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Invitación y bienvenida

Hola amig@s, bienvenid@s a este lugar, "Seguir la Senda.Ventana abierta", un blog que da comienzo e inicia su andadura el 6 de Diciembre de 2010, y con el que sólo busco compartir con ustedes algo de mi inventiva, artículos que tengo recogidos desde hace años, y también todo aquello bonito e instructivo que encuentro en Google o que llega a mí desde la red, y sin ánimo de lucro.

Si alguno de ustedes comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia, o por el contrario quiere que sea retirado de inmediato, por favor, comuníquenmelo y lo haré en seguida y sin demora.

Doy las gracias a tod@s mis amig@s blogueros que me visitan desde todas partes del mundo y de los cuales siempre aprendo algo nuevo. ¡¡¡Gracias de todo corazón y Bienvenid@s !!!!

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Espero que todos los artículos que publique en mi blog -y también el de ustedes si así lo desean- les sirva de ayuda, y si les apetece comenten qué les parece...

Mi ventana y mi puerta siempre estarán abiertas para tod@s aquell@s que quieran visitarme. Dios les bendiga continuamente y en gran manera.

Aquí les recibo a ustedes como se merecen, alrededor de la mesa y junto a esta agradable meriendita virtual.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.
No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad. Les saluda atentamente: Mª Ángeles Grueso (Angelita)

domingo, 13 de marzo de 2011

El regreso a casa.


La parábola del regreso hijo pródigo puede identificarnos con el hijo que pide su herencia y se va de casa o con el hermano que se escandaliza de la bienvenida que hace el Padre por el regreso de su hijo perdido. (Foto: Wikipedia)


Un día sentí que me faltaba el calor de tus brazos.
Sentí el frío de no contar con ellos. Un frío que enfría el alma.
Me creí libre de ti, Señor, y me encontré esclavo de mí mismo.
Sentí la soledad, aunque estaba con todos. Sentí la tristeza, aunque todos se reían.
Sentí el vacío y todos parecían felices. Hoy vuelvo a Ti, Padre.
Necesito que tus brazos me estrechen. Necesito que tu corazón me devuelva la alegría.
Necesito que tu calor se lleve mi frío. Necesito sentir que me llamas hijo.
Necesito sentir el calor de tu abrazo. Necesito sentir el silencio del no reproche.
Necesito sentir que me invitas a tu mesa. Necesito sentir que me abres la puerta.
Necesito sentir que hoy me dices: “Entra, esta es tu casa. Ponte cómodo y hagamos fiesta”.
La parábola del Hijo Pródigo ha tenido distintos títulos, porque todo depende de cómo la lee cada uno y de la resonancia que tiene en el corazón de cada uno. Porque, a diferencia de otras parábolas, ésta tiene mucho de personal, de retrato de cada uno de nosotros. Es la parábola de Dios Padre. Es la parábola del corazón de Dios. Pero también es la parábola de cada uno de nosotros.
Porque, de una manera u otra:
Todos hemos tenido nuestras rebeldías interiores.
Todos hemos buscado una libertad al margen de Dios.
Todos hemos tenido nuestras experiencias de irnos de casa.
Todos hemos olvidado alguna vez el corazón y el dolor de nuestro Padre Dios.
Todos hemos tenido momentos de querer llenar nuestros estómagos con las bellotas de los chanchos.
Todos hemos vivido nuestros momentos de terribles vacíos interiores.
Todos hemos tenido esos momentos de regreso a la casa del Padre.
Todos hemos sentido miedo a que nos rechacen y echen de casa al llegar.
Todos hemos sentido, alguna vez, el calor de los brazos amorosos de Dios Padre.
Porque ¿quién puede decir que, en algún momento de su vida, no le hemos reclamado a Dios nuestra libertad para hacer lo que nos venía en gana creyendo que sólo nosotros sabemos lo que nos conviene y nos hace felices?
Porque ¿quién de nosotros nunca ha experimentado el frío de la noche sin el calor del hogar paterno?
Porque ¿quién de nosotros no ha pasado por esos momentos en los que, en vez del pan caliente del hogar, hemos alimentado nuestras vidas con las bellotas del placer o de la borrachera o simplemente de prescindir de todo?
Porque, ¿quién de nosotros no ha tenido miedo a regresar o que incluso ha regresado y no siempre ha encontrado unos brazos calientes sino el rechazo y el mal humor de un confesor con dolor de hígado?
Porque, ¿quién no ha experimentado, alguna vez en su vida, unos brazos abiertos y calientes y unos besos que nos han abierto la puerta del regreso y nos han invitado a la mesa de la Eucaristía?
En algún momento de nuestras vidas nos hemos sentido ese “hijo que pide su herencia” y se larga de casa. O hemos sentido que más nos parecemos a nuestro hermano mayor, legalista y sin conocer el amor, que se niega a creer en nuestro regreso y hasta se escandaliza de que Dios nos ame tanto a los pródigos y haga fiesta por nosotros.
Pero la parábola no tiene tanto la finalidad de describirnos a nosotros mismos, sino de describir el corazón de Dios y de invitarnos a amar como él ama y a perdonar como él perdona y a celebrar como él celebra el regreso de alguien a la casa de la Iglesia que es la casa del Padre. Él sale a recibir al hijo que regresa de lejos. Y sale a llamar al hijo que está cerca y se niega a entrar.
Conocemos demasiado nuestro corazón de “pródigos”. Y hasta conocemos demasiado nuestro corazón de “hijos mayores”. Pero ¿conocemos nuestro corazón tratando de amar como hemos sido amados por nuestro Padre Dios?
Demasiado tiempo hemos tenido el corazón de ambos hijos. Es el momento de tener el corazón del Padre. Es el momento de amar como el Padre, “como yo os amé”. Es el momento de perdonar como hemos sido perdonados. Y es el momento de descubrir que ser cristianos, ser hijos de Dios, es “celebrar una fiesta y bailar al ritmo de una música”.
“Cada mañana sales al balcón y oteas el horizonte por ver si vuelvo.
Cada mañana bajas saltando las escaleras y echas a correr por el campo cuando me adivinas a lo lejos.
Cada mañana me cortas la palabra, te abalanzas sobre mí y me rodeas con tu abrazo redondo el cuerpo entero.
Cada mañana contratas la banda de músicos y organizas una fiesta por mí por el ancho del mundo.
Cada mañana me dices al oído con voz de primavera: Hoy puedes empezar de cero”. (P. Loidi: Mar Rojo)

Oración

Señor: sé que hay mucho de pródigo en mi vida,
también del hermano mayor sin amor.
Ahora quiero compartir la fiesta de mi regreso a casa.
Ahora quiero compartir contigo la fiesta y la mesa que has preparado para mí.
Ahora quiero pedirte un corazón como el tuyo.
Que comprenda a los que un día se han alejado.
Que acepte a los que regresan a tu casa.
Que ame a los que tú mismo has abrazado con tu amor.
También yo quisiera olvidarme de mi corazón de pródigo
y conseguir un corazón de Padre para amar a mis hermanos.
Clemente Sobrado C.P.

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Esta parábola nos identifica con el hijo que pide su herencia y se va de casa
o con el hermano mayor que se incomoda por la bienvenida del Padre al hijo perdido.
 (Foto: Wikipedia)

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