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Invitación y bienvenida

Hola amig@s, bienvenid@s a este lugar, "Seguir la Senda.Ventana abierta", un blog que da comienzo e inicia su andadura el 6 de Diciembre de 2010, y con el que sólo busco compartir con ustedes algo de mi inventiva, artículos que tengo recogidos desde hace años, y también todo aquello bonito e instructivo que encuentro en Google o que llega a mí desde la red, y sin ánimo de lucro.

Si alguno de ustedes comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia, o por el contrario quiere que sea retirado de inmediato, por favor, comuníquenmelo y lo haré en seguida y sin demora.

Doy las gracias a tod@s mis amig@s blogueros que me visitan desde todas partes del mundo y de los cuales siempre aprendo algo nuevo. ¡¡¡Gracias de todo corazón y Bienvenid@s !!!!

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Espero que todos los artículos que publique en mi blog -y también el de ustedes si así lo desean- les sirva de ayuda, y si les apetece comenten qué les parece...

Mi ventana y mi puerta siempre estarán abiertas para tod@s aquell@s que quieran visitarme. Dios les bendiga continuamente y en gran manera.

Aquí les recibo a ustedes como se merecen, alrededor de la mesa y junto a esta agradable meriendita virtual.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.
No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad. Les saluda atentamente: Angelita.

martes, 29 de marzo de 2011

¿Qué es ser buen católico o mal católico?

Catequesis en la familia cristiana.
Primera parte.

 

Este miércoles se discutía en clases sobre uno de los aspectos básicos de la convivencia de una sociedad, “la justicia”, una ciudad justa aplica sus criterios con los que ha sido alimentada, el alimento es de imaginar lo recibe de los senos de las familias y damos razón que la familia es el núcleo de una sociedad, lo que se mama dentro del seno familiar es lo que aflora ya como consecuencia de esos cimientos, pero…Si la sociedad pierde su confianza en sus mismos miembros por la forma de actuar de ellos, ¿qué puede esperar a las nuevas generaciones?, una de la doctrina básica de un cristiano es que debe de ser sal de la tierra (cfr. Mt 5, 13) pero si el cristiano no da testimonio de esta actitud, ¿será buen cristiano?, entonces para que pueda dar ese testimonio y sea sal se tiene que educar y formar como tal, es ahí donde podemos percibir la necesidad de una catequesis en la familia bien estructurada, en la XXXIII JORNADAS DE VICARIOS DE PASTORAL de hace varios años se tocó un punto que puede ayer, hoy y siempre cambiar sustancialmente ese actuar digno del hombre en la sociedad y es la razón por la cual presentamos este trabajo, elaborado en esa XXXIII jornada y que va directo hacía la familia por parte de la Conferencia Episcopal Española.


LA FAMILIA CRISTIANA: UN ESPACIO DONDE
EL EVANGELIO ES TRANSMITIDO Y
DESDE DONDE ÉSTE SE IRRADIA


XXXIII JORNADAS DE VICARIOS DE PASTORAL
COMUNICACIÓN DE D. FERNANDO GONZALO-BILBAO FERNÁNDEZ
VICARIO GENERAL DE VITORIA


ÍNDICE


La familia hoy
• En medio de profundos cambios
• Una realidad socialmente valorada
• En perspectiva eclesial


I. LA FAMILIA CRISTIANA:

UN ESPACIO DONDE EL EVANGELIO ES TRANSMITIDO


La familia cristiana comunidad de amor.

• En la alianza matrimonial
• En la vida familiar
• Con Dios al fondo


La familia cristiana:

 comunidad que anuncia y educa en la fe


• Los motivos del anuncio
• En verdadero intercambio
• Desde la experiencia

• Con la ayuda de Dios


La familia cristiana, una comunidad que ora


• A partir de la vida
• Ora en común
• Y enseña a orar


II. LA FAMILIA CRISTIANA:

 UN ESPACIO DESDE DONDE EL EVANGELIO SE IRRADIA


Transformar desde dentro

• Desde la propia vida familiar
• Comprometidos en la vida pública
• Construyendo el Reino
Un testimonio interpelador
• Desde un estilo de vida familiar
• De unos valores auténticos
Anuncio explícito
• Comunicar la propia experiencia de fe
• En actitud dialogante
• Anuncio de una “vida nueva”


PRESENTACIÓN


Unas pistas para la reflexión y el diálogo en grupos
El director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Pastoral, al preparar las XXXII Jornadas de Vicarios de Pastoral sobre al tema “La familia transmisora de la fe”, convocó a cuatro Vicarios de distintas diócesis -concretamente de Madrid, Sevilla, Tarragona y Vitoria para elaborar unas pistas que facilitaran el posterior diálogo en grupos de trabajo en torno a la situación actual de la familia cristiana, evangelizada y evangelizadora, en nuestras iglesias.

Esta intervención, al igual que la titulada “El servicio pastoral a la familia”, no pretende ser una ponencia, sino sólo servir de base de lanzamiento al trabajo de grupos sobre la familia evangelizadora. Sólo trata de aportar un posible marco de encuadre para ese diálogo entre todos los participantes en las Jornadas.
Al preparar estas pistas de reflexión hemos tenido especialmente presente la
documentación seleccionada para estas Jornadas por el Secretariado de la Comisión de Pastoral y especialmente: Evangelii nuntiandi y Familiaris consortio. Además hemos tomado abundantes ideas y expresiones de la Carta Pastoral Redescubrir la familia, de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria (1995), y del texto de la conferencia La Iglesia ante las transformaciones contemporáneas de la familia de Mons. D. Juan María Uriarte.


 

La familia cristiana:

un espacio donde el Evangelio es transmitido
y desde donde éste se irradia.


La familia hoy
En medio de profundos cambios

El cambio social y cultural que vivimos en estos tiempos implica una transformación de pautas de relación, de estilos de vida e incluso de las instituciones y afecta profundamente a diversos aspectos de nuestra existencia personal y colectiva. La familia es una realidad que en modo alguno escapa a la influencia de esos cambios y, en consecuencia, se ve intensamente afectada por ellos.
La secularización ha despojado en la actualidad a las realidades sociales del matrimonio y la familia del aspecto sagrado que las envolvía en otro tiempo. Estas realidades hoy son contempladas socialmente como profanas, desprovistas en sí mismas de sentido religioso.
En todo caso, se reconoce que ese sentido religioso les es atribuido subjetivamente por los creyentes que participan de ellas.
Los cambios en la vida y estructura familiar son de gran calado y afectan intensamente a muchos miembros de la comunidad cristiana. Esas transformaciones familiares son una llamada y una oportunidad para replantear y actualizar la misión de la comunidad cristiana familiar.

Una realidad socialmente valorada

Según datos recientemente publicados al presentar el informe Jóvenes esp
añoles 2005, patrocinado por la Fundación Santa María, la familia sigue manteniéndose como la institución más valorada por la gran mayoría de los españoles entre 15 y 24 año. Para ellos, la familia, , supone un refugio vital que aporta seguridad ante las situaciones difíciles o a la hora de tomar decisiones, y representa una gran carga de afectividad, además de procurar un techo, alimento y vestido. De hecho formar una familia es uno de los proyectos vitales de los jóvenes, y entienden que para que sea tal, se deben tener hijos. Esta valoración positiva de los jóvenes hacia la familia puede estar condicionada, según observación del director del
informe, por su propia situación actual, ya que “están atados a la familia de origen por las dificultades que tienen para emanciparse”. Otros datos de este informe señalan que los jóvenes: Valoran el matrimonio pero lo retardan; valoran tener hijos pero los reducen en número; tienden a ser más fieles a la
pareja, a pesar de aumentar separaciones y divorcios. Más allá de esa valoración subjetiva por parte de los jóvenes, la familia sigue siendo hoy especialmente relevante para la persona y para la sociedad porque cumple una importante
misión respecto de sus miembros y un imprescindible quehacer respecto de la sociedad. Respecto de sus miembros, la familia potencia la estabilización emotiva de adultos y de niños y jóvenes, que encuentran en ella: afecto, comprensión, aceptación personal incondicionada, interés por su bienestar y desarrollo, trato individualizado, serenidad emotiva, espontaneidad en la relación, intimidad, gratuidad y variados cuidados.
Respecto de la sociedad, la familia ayuda al futuro ciudadano a interiorizar los valores sociales comunes y le motiva para el trabajo, la cooperación cívica y
las relaciones de amistad. La familia prepara especialmente al niño y al adolescente para que se adapte a las exigencias de la vida escolar y de las normas cívicas de convivencia.

En perspectiva eclesial

La familia es pues una realidad social importante, pero no es por eso por lo que centramos nuestra atención en ella. Ni siquiera lo hacemos por razones de “estrategia pastoral”; no miramos a la familia sólo como “un ambiente” social, entre otros, en el que los creyentes han de hacer presente el Evangelio. En estas pistas de reflexión vamos a contemplar la familia desde su perspectiva eclesial. En esa perspectiva la familia -la familia cristiana- no es una mera “forma sociológica” sino un verdadero “lugar teológico”. La familia cristiana es “un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia”, según la expresión de Pablo VI (EN 71), que hemos adoptado como título y estructura de esta reflexión.
El Conc. Vatic. II dijo de la familia cristiana que era una «especie de Iglesia doméstica» (Lumen gentium, 11) para expresar cómo constituye una imagen viva y una representación del misterio mismo de la Iglesia. Y desde entonces esa misma expresión ha sido reiterada prácticamente por todos los documentos eclesiales importantes relativos a la familia. La comunidad familiar, imagen y representación del misterio de la Iglesia, es fiel a su vocación cuando realiza, a su escala, los grandes quehaceres de la Iglesia: adorar, vivir unida, testificar la fe y servir a la comunidad humana.
Así podemos contemplar la misión de la familia desde su participación en la vida y en la misión evangelizadora de la Iglesia. Esta perspectiva nos ayuda a descubrir más plenamente la identidad y las funciones de la familia cristiana, llamada a cumplir dentro de sí misma estas tres misiones: personalizar, socializar, evangelizar. En esta perspectiva eclesial Familiaris Consortio subraya especialmente ciertos aspectos:
la familia cristiana está puesta al servicio de la edificación del Reino de Dios en la
historia, mediante la participación en la vida y misión de la Iglesia. (49)
en la medida en que la familia cristiana acoge el Evangelio y madura en la fe, se hace comunidad evangelizadora. (52)
el ministerio de evangelización asume las características típicas de la vida familiar, hecha de amor, sencillez, concreción y testimonio cotidiano. (53)
también la fe y la misión evangelizadora de la familia cristiana poseen la dimensión misionera de difundir la fe “hasta los últimos confines de la tierra”. (54)
La familia no es sólo destinataria de la atención pastoral de la Iglesia. Es también sujeto de la acción evangelizadora. “La futura evangelización depende en gran medida de la Iglesia doméstica”(FC52)

I. LA FAMILIA CRISTIANA:

UN ESPACIO DONDE EL EVANGELIO ES TRANSMITIDO



La responsabilidad de la evangelización recae sobre todos los creyentes. La familia cristiana participa en la misión de la Iglesia, que es la evangelización, y lo hace a partir de la condición de bautizados de cada uno de sus miembros y con el dinamismo que brota del carácter sacramental del matrimonio cristiano. La familia cristiana puede y debe ser “un espacio donde el Evangelio es transmitido ”.
No todas las familias de los cristianos son familias cristianas. La vida matrimonial y familiar es «cristiana» en la medida en que está inspirada por los valores evangélicos, avivada por la fe, la esperanza y la caridad, y animada por el Espíritu en la realidad familiar entretejida a partir de lo cotidiano.
Hoy la presencia viva de la fe persiste en las familias cristianas que, con mayor o menor vigor, conciben el ámbito matrimonial y familiar como un espacio de encuentro con el Señor, de transmisión de la fe, de iniciación a la oración y a la celebración religiosa, de estilo de vida coherente con el Evangelio, de inserción en la comunidad de fe, de testimonio y compromiso cristiano.
La familia cristiana reproduce en su vida interna, a pequeña escala, el dinamismo de la comunidad eclesial. Por eso podemos analizar su tarea evangelizadora según las acciones propias de cada uno de los servicios eclesiales básicos: la caridad, la palabra y la celebración de la fe.

 La familia cristiana: comunidad de amor

Familiaris consortio (n 50) señala que la familia cristiana está llamada a tomar parte viva y responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y original, en cuanto comunidad íntima de vida y de amor.
La familia cristiana, constituida como la Iglesia a imagen de la Trinidad, ha de ser también ella una comunidad de amor que sin quedar encerrada en sí misma, se abre a la sociedad y a las exigencias universales del amor cristiano.
En consecuencia, la familia cristiana habría de ser el lugar humano privilegiado para descubrir la dimensión religiosa de toda relación de alteridad y de comunicación interpersonal, a partir de la experiencia de la comunidad íntima de vida y de amor que en ella se desarrolla. La belleza del amor y la alegría de vivirlo son don y manifestación del amor de Dios y así han de ser vividos por quienes conscientemente los comparten con Él.

En la alianza matrimonial

La relación personal más íntima y profunda que existe entre seres humanos es la unión de los esposos. El matrimonio cristiano hace de esa realidad un signo del amor de Dios. Hombre y mujer comprometidos en fidelidad mutua están llamados a compartir todos sus bienes, estableciendo entre ellos una comunicación sincera y profunda. Comparten ideas y sentimientos, proyectos y esperanzas, esfuerzos, alegrías y sufrimientos para llevar adelante un proyecto de vida en común.
En el corazón de la alianza matrimonial ciertamente está el amor como motor, pero todo no se reduce al vínculo afectivo. Ese vínculo es también solidaridad, memoria de una historia vivida en común, comunidad de bienes, proyecto compartido, fecundidad, fidelidad a la palabra dada. Es, por tanto, confianza en el otro, en la relación mutua y, para los creyentes,
en la gracia.

En la vida familiar

La familia, comunidad de vida y de amor, ha de saber adecuar los vínculos de la comunión afectiva al desarrollo de la personalidad propia de cada uno de sus miembros en el ejercicio de su propia libertad y responsabilidad. La familia cristiana ha de ofrecer el clima humano necesario para que la persona vaya descubriendo y afirmando en su proceso evolutivo, los valores de «la verdad, la justicia, la libertad y el amor» en los que se fundamenta una convivencia auténticamente humana y cristiana.
Vivir la experiencia de una comunidad familiar en la que sus miembros saben comunicarse por medio del diálogo respetuoso, en la tolerancia de la diversidad y en la búsqueda de convergencia en los valores comunes, sin renunciar al valor supremo del amor ni sacrificarlo a otros intereses, constituye una aportación fundamental en la transmisión del Evangelio en la familia.
En la vida familiar, la clave del amor se manifiesta especialmente mediante la ayuda y protección a sus miembros más débiles o necesitados. Y esa solidaridad funciona frecuentemente, no sólo en el núcleo familiar reducido sino también en su forma más extensa, en las familias con miembros enfermos o ancianos, o en situación de paro. La familia sigue siendo en muchos casos la institución más cercana y eficaz del “Estado de bienestar”.

Con Dios al fondo

La familia se deja evangelizar en la medida en que siente la llamada permanente a vivir un proyecto de vida elaborado desde una actitud creyente, a través de los acontecimientos, los problemas, las dificultades y las alegrías de cada día. Todas las áreas de la existencia humana son espacio vital abierto a una experiencia humilde, pero real, «con Dios al fondo».
También lo es la experiencia conyugal y familiar.
Con mirada limpia y de fe, a Dios se le puede descubrir en las experiencias normales de la vida cotidiana: en el deseo de la felicidad familiar, en el mutuo amor a veces frágil e inconstante, en las tristezas y en la añoranzas inexplicables, en los anhelos y preguntas más hondas, en las decisiones responsables, en la búsqueda sincera… Dios es Amor y, por eso, el amor y la amistad verdadera pueden ser la mejor experiencia para vislumbrar su presencia cercana. En el fondo de la ternura compartida, del encuentro familiar, de la solidaridad generosa ¿no está vibrando de algún modo el amor de Dios? “A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos mutuamente, Dios está con nosotros y su amor está realizado entre nosotros” (1 Jn 4,12)
Los acontecimientos dichosos o tristes que se comparten y celebran en familia no son superficiales, sino realmente profundos. Los valores más profundos y los bienes más valiosos son compartidos gratuitamente en el marco de la vida familiar. Es ahí donde los cristianos son llamados a compartir también, dentro del conjunto de relaciones que en ella se desarrollan, el tesoro de su experiencia de fe. A la luz de la fe, la vida matrimonial y familiar, llamada a encarnar la igualdad del hombre y la mujer, a respetar la singularidad de sus componentes y a vivir en la unidad solidaria del amor, es un signo de la Nueva Alianza entre Dios y la familia humana. La finalidad sacramental del matrimonio es convertir a los esposos en señal visible del amor de Dios.
A través de las relaciones vividas en la familia, se puede despertar en los hijos la experiencia de la relación filial con Dios, y la percepción de que todo hombre o mujer, especialmente el pobre y el necesitado, es un hermano en el que se refleja el rostro de Jesucristo.
La familia cristiana en cuanto comunidad concreta de vida y amor es un espacio en el que se puede vivir al pié de la letra la afirmación de Benedicto XVI: “El cristiano sabe cuando es tiempo de hablar de Dios y cuando es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor. Sabe que Dios es amor (1Jn 4,8) y que se hace presente en los momentos en que no se hace más que amar” (Deus Caritas est 31)



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