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Aquí les recibo a ustedes como se merecen, alrededor de la mesa y junto a esta agradable meriendita virtual.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.
No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad. Les saluda atentamente: Mª Ángeles Grueso (Angelita)

sábado, 9 de abril de 2011

Informe Especial:

Presentación de María en el Templo




Presentación de la Virgen María en el Templo, Fiesta Universal ( 21 de noviembre)



A la edad de 3 años María es presentada por sus padre Joaquín y Ana en el templo de Jerusalén.
La Presentación de Nuestra Señora en el Templo suele confundirse a veces con la Presentación del Niño Jesús en el Templo, fiesta que se celebra el día 2 de febrero en conmemoración de un hecho ampliamente descrito en los evangelios y que corresponde a la ley judía, que obligaba a los israelitas a ofrecer sus primogénitos a Dios.
La presentación de Nuestra Señora no se narra en los evangelios.
Es una tradición piadosa muy antigua, que ha tenido amplia repercusión en toda la Iglesia universal.

Dice esta tradición que Joaquín y Ana, piadosos israelitas, después de varios años de matrimonio, habían llegado a una avanzada edad sin lograr descendencia.
Sobre ellos pesaba el terrible oprobio de la esterilidad, que para los israelitas era doblemente doloroso, porque significaba la exclusión de la familia de las promesas del Señor, tanto más cuanto, como en el caso de Joaquín y Ana, se trataba de personas que pertenecían a la casa de David, de la que, en su día había de nacer el Mesías.

En su angustia, Ana hizo una oración fervorosa, prometiendo al Señor ofrecerle el fruto de sus entrañas si se dignaba concederle descendencia.
El nacimiento de la Santísima Virgen fue el resultado de esta oración y esta promesa. Joaquín y Ana, fieles a su voto, presentaron a la Niña en el templo a la edad de tres años, y allí permaneció en compañía de otras doncellas y piadosas mujeres, hasta sus desposorios con San José, dedicada a la oración y al servicio del templo.

Varias referencias bíblicas parecen aludir a la existencia de una comunidad femenina dentro del recinto sagrado. El Antiguo Testamento habla de “las mujeres que velaban en la entrada del tabernáculo de la reunión”, aunque no se sabe cuál era su misión ni si vivían ciertamente dentro de la casa de Dios. Por otra parte, San Lucas dice en su evangelio que la profetisa Ana “no se apartaba del templo, sirviendo con ayunos y oraciones de noche y día”.
“Que había habitaciones en el templo para los sacerdotes, las personas consagradas y los servidores del mismo, dice el padre Muñana, lo sabemos por la historia del niño Samuel y del sacerdote Helí.” Además, allí estuvo escondido Joás durante seis años cuando Atalía quería acabar con los descendientes de Ococías. La Biblia relata así el suceso: “Josaba, hija del rey, cogió a Joás, hijo de Ococías, y le arrebató de en medio de los hijos del rey cuando los mataba, escondiéndole a él y a su nodriza en el dormitorio. Así Josaba, hija del rey Joram, mujer del sacerdote Joyada y hermana de Ococías, le escondió de Atalía, que no pudo matarle. Seis años estuvo escondido con ellos en la casa de Dios.”
Sin embargo, no tenemos ninguna referencia bíblica de que hubiera nunca niñas en el templo de Jerusalén. Francisco William escribe en su Vida de María, la Madre de Jesús: “La leyenda popular dice que María se educó en el templo. Si así fue, influiría para ello su parentesco con Zacarías, el cual podía hacer valer sus derechos. El voto de los padres de la Virgen y la ofrenda de Nuestra Señora en el templo encaja perfectamente dentro del ambiente religioso y psicológico del pueblo de Israel. La esterilidad era un oprobio para los hebreos, y frecuentemente los israelitas ofrecían votos al Señor pidiéndole hijos a cambio de ofrecérselos a Él. La ley autorizaba a rescatar a las personas así consagradas, y la forma de hacerlo se establece minuciosamente en los libros sagrados; pero sabemos que a veces no se ejercía ese derecho, como en el caso del pequeño Samuel, que quedó en el templo desde su infancia”.
María, se consagró a Dios, escribe F. William porque su vida en Dios despertaba en su alma un anhelo que se apoderaba de ella por completo: el de pertenecer a Dios de tal manera, que no quedase libre ni un átomo de su ser. Este anhelo, que ya se prendió en su alma cuando empezó a ser consciente, se fue desarrollando con más rapidez que ella misma. Como el murmurar de una fuente es siempre el mismo, y el mismo el silbido del viento, como el fuego lanza su llama sin cesar a las alturas, así los sentimientos y aspiraciones de María eran siempre los mismos y estaban dirigidos a Dios únicamente.”

ORIGEN DE LA FIESTA

Entre las numerosas fiestas establecidas por la Iglesia cristiana en honor a la Virgen María, la de su Presentación en el templo es una de las pocas con que la ensalza la Iglesia universal. Celebrada el 21 de noviembre, esta fiesta (de jerarquía menor, aunque con rito doble mayor) constituye una de las cuatro festividades marianas que la cristiandad occidental tomó de la oriental, junto a las de la Anunciación, la Natividad y la Asunción.
Pese a la rápida y ferviente acogida popular de esas leyendas apócrifas sobre la Presentación de la Virgen, la correspondiente celebración litúrgica tardaría bastante en introducirse.
La tradición más antigua que se recuerda sobre la fiesta de la Presentación de María data del 21 de noviembre de 543, fecha en que se consagró la basílica de Santa María la Nueva en Jerusalén, construida por el emperador Justiniano I (r. 527-565) en el centro de la ciudad.
El festejo por la dedicación de dicha basílica se convirtió de inmediato en Jerusalén en remembranza local de la presentación de María en el templo, bajo la forma de una nueva festividad religiosa.
Conmemorada, al parecer, como devoción particular en algunos enclaves del Imperio Bizantino desde el siglo VI, esa fiesta mariana no tardaría en instituirse entre los siglos VII y VIII en la propia Iglesia de Constantinopla, cuyos calendarios litúrgicos a partir de esas centurias la incluyeron siempre en la referida fecha. Finalmente, en 1143 el emperador Manuel I Comneno el Grande (r. 1143-1180) la convirtió en celebración oficial en todo el territorio del Imperio Bizantino.
Desde Oriente la festividad fue introducida en Occidente en fecha muy tardía (siglos X-XII) y de modo paulatino, lo cual revela cierto desinterés ante ella por parte de los europeos.
 De hecho, al inicio apareció en esporádicas incidencias en dos evangeliarios en griego, manuscritos en Cesena en los siglos X y XII, respectivamente, en un calendario inglés de Winchester del siglo XII, y en un par de calendarios litúrgicos húngaros, uno de ellos de 1200.
Por lo demás, ya en el siglo XII esta festividad se celebraba en el sur de Italia y en algunas partes de Inglaterra.

La Presentación de María en el templo comenzó a generalizarse en Europa como celebración litúrgica en 1372, cuando el papa Gregorio XI (r. 1370-1378) la introdujo en el calendario de la Curia Pontificia (instalada entonces en Aviñón), luego de que el rey Carlos V de Francia le instase a aceptarla como festividad religiosa, como lo había hecho él mismo al autorizar -inducido por su embajador en Chipre y con el consentimiento del propio papa- que se celebrase en la iglesia de los Frailes Menores en Aviñón.
Tras esa iniciativa de Gregorio XI, la fiesta no tardó en ser adoptada por toda la cristiandad occidental, luego de que la aceptasen los carmelitas en 1391 y los cartujos en 1474.
 Los papas Pio II (r. 1458-1464) y Sixto IV (r. 1471-1484) fomentaron su difusión; sin embargo, si bien Pío IV (r. 1559-1565) la introdujo en el Breviario romano, la Presentación de María fue suprimida luego, junto con otras muchas fiestas, por el Papa San Pío V (r. 1566-1572), al reformar el breviario y el calendario litúrgico, por ser de origen apócrifo.
Escasos lustros más tarde (en 1585) el papa Sixto V (r. 1585-1590) restableció en dicho calendario para toda la Iglesia universal la Presentación de María como fiesta menor con rito doble, aprovechando para ello el mismo formulario de la liturgia de la Natividad de María.
Y, pese a otros varios intentos de suprimirla por sus orígenes apócrifos, la festividad litúrgica de la Presentación de María fue, a la postre, conservada, si bien re-simbolizada bajo el concepto de la personal y autónoma “oblación” o “consagración” de María a Dios, más bien que bajo el originario concepto de su presentación heterónoma (hecha por sus padres) en el templo, cuando ella apenas tenía tres años de edad.
En todo caso, los pormenores con que, desde tiempo inmemorial, se quiso revestir el acto del ofrecimiento de María al templo se incorporaron desde temprana data a la tradición cristiana a través de los tres relatos apócrifos, siguiendo el ejemplo del primigenio Protoevangelio de Santiago (c. siglo II).
Por si fuera poco, a partir del siglo V los Santos Padres -en especial, los de la Iglesia oriental- se refieren a este presunto episodio mariano como algo no sólo verosímil, sino del todo verídico, episodio que después glosarían e interpretarían en sentido doctrinario o dogmático no pocos teólogos, santos y oradores eclesiásticos. Según precisa Gaetano Passarelli, a la consolidación de esa fiesta mariana contribuyeron ciertos homiletas, como San Andrés de Creta (c. 660-740), San Germán (715-733) y Tarasio (784-806), ambos patriarcas de Constantinopla, como también algunos melodas, como Sergio de Jerusalén (ss. VIII-IX) y Jorge de Nicomedia (s. IX), autor del Canon de Maitines de dicha celebración litúrgica.

EL RELATO DE LA PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO

Basándose quizá en otras leyendas orales más antiguas, los tres escritos apócrifos – el Protoevangelio de Santiago (c. siglo II), el Evangelio del Pseudo Mateo (c. siglo IV) y el Libro de la Natividad de María (c. siglo IX) – sintetizan el contenido del evento de la presentación de María en estos detalles esenciales: a los tres años de edad María fue conducida por sus padres, Joaquín y Ana, a Jerusalén para ser consagrada al Señor y dedicada al servicio del templo, en un género de vida recoleta y devota similar al que ya cumplían otras doncellas allí recluidas; subiendo con rapidez por su propio pie las gradas de acceso al santuario, la Virgen niña fue recibida con toda solemnidad por el sumo sacerdote, antes de ser conducida por éste al sancta sanctorum; en aquella intimidad sacra viviría María durante toda su infancia, en diálogo permanente con los ángeles, uno de los cuales la nutría en persona con pan celestial.
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El hecho medular de la “oblación” incondicional y la total consagración de María a Dios desde los primeros instantes de su existencia, tras su inicial presentación en el templo, fue defendida con entusiastas apologías -en refrendo de su intuida validez dogmática y de su indiscutible ejemplaridad moral y catequética- por numerosos Padres de la Iglesia oriental, como San Epifanio, San Andrés de Creta, San Gregorio de Nisa, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo, San Cirilo de Jerusalén, San Germán de Constantinopla y San Juan Damasceno, y por algunos Padres de la Iglesia occidental, como San Ambrosio, como asimismo por incontables teólogos y exegetas, y, en general, por la mayoría de los santos y los oradores sacros.
Así lo sostiene, por ejemplo, San Juan Damasceno, al afirmar:
“Nace [María] en casa de Joaquín y es conducida al templo, y en seguida plantada allí en la Casa de Dios, y nutrida allí por el Espíritu Santo, quedó constituida en asiento de todas las virtudes cual fructuosa oliva; como que había apartado de su mente toda sensualidad de esta vida y de su cuerpo, conservando así con virginal pureza, no solamente su cuerpo, sino también su alma, cual correspondía a la que había de llevar a Dios en su seno.”
Si se combinan los detalles descriptivos propuestos por los tres relatos apócrifos mencionados, el suceso puntual de la presentación de María -sin incluir aquí la permanencia de María en el templo durante los once años subsiguientes- contiene los siguientes elementos:
1. Protagonistas: María (niña de tres años, subiendo las gradas de acceso al santuario), sus padres, Joaquín y Ana, el sumo sacerdote que recibe a la niña a la entrada del templo.
2. Comparsas: grupo de doncellas (que, según uno u otro apócrifo, pueden ser las que, con candelas encendidas, acompañan a Joaquín y Ana, sea las que habitan ya en el templo, dedicadas al servicio religioso), otros sacerdotes (“pontífices”), y, a veces, público local (“toda la casa de Israel”, “todo el pueblo”).
3. Escenografía: templo de Salomón en Jerusalén (“el templo del Señor”), cuyo exterior marcan quince gradas de acceso, y cuyo interior se materializa casi siempre mediante el altar de los holocaustos (por lo general, inserto bajo un cimborrio o baldaquino, apeado sobre cuatro columnas) o incluso mediante el sancta sanctorum.
Movidos e inspirados por esas primigenias fuentes apócrifas, los artistas medievales contribuyeron en gran medida a popularizar este tema iconográfico mariano mediante imágenes devocionales. En concordancia con el hecho de que fue la Iglesia de Oriente la primera en aceptar desde temprana fecha el relato apócrifo y en introducir la correspondiente festividad de la Presentación de María en el templo (la cual se convertiría en una de las doce grandes festividades del año litúrgico oriental), las representaciones plásticas de dicho acontecimiento se multiplicaron pronto en el ámbito bizantino.

SEGÚN EL PROTOEVANGELIO DE SANTIAGO

Al llegar la niña a los tres años, dijo Joaquín: Llamad a las doncellas hebreas que están sin mancilla y que tomen sendas candelas encendidas (para que la acompañen), no sea que la niña se vuelva atrás y su corazón sea cautivado por alguna cosa fuera del templo de Dios.
Y así lo hicieron mientras iban subiendo al templo de Dios. Y la recibió el sacerdote, quien, después de haberla besado, la bendijo y exclamó:
El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel.
Entonces la hizo sentar sobre la tercera grada del altar.
El Señor derramó gracia sobre la niña, quien danzó, haciéndose querer de toda la casa de Israel.
Bajaron sus padres, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo como una paloma, recibiendo alimento de manos de un ángel.

SEGÚN EL EVANGELIO DE LA NATIVIDAD DE MARÍA

VI 1. Transcurridos tres años y terminado el tiempo de la lactancia, llevaron a la Virgen con ofrendas al templo del Señor. Y había alrededor del templo, según el número de los salmos graduales, quince gradas que subir. Porque, estando el templo situado sobre una altura, sólo por gradas era accesible el altar de los holocaustos, que estaba situado en el exterior.
2. Y sobre la primera de aquellas gradas colocaron los padres a la bienaventurada María, todavía muy pequeña. Y, en tanto que ellos se quitaban los vestidos de viaje, para ponerse, siguiendo la costumbre, trajes más bellos y más propios de la ceremonia, la Virgen del Señor subió todas las gradas, sin mano alguna que la condujese, de tal suerte que todos pensaron que no le faltaba nada, a lo menos en aquella circunstancia, de la perfección de la edad. Es que el Señor, en la infancia misma de la Virgen, operaba ya grandes cosas, y mostraba por aquel milagro lo que sería un día.
3. Y, después de haber celebrado un sacrificio conforme al uso de la ley, dejaron allí a la Virgen, para ser educada en el recinto del templo, con las demás vírgenes. Y ellos regresaron a su casa.

SEGÚN EL EVANGELIO DEL PSEUDO-MATEO

IV 1. Y nueve meses después, Ana dio a luz una niña, y llamó su nombre María. Y, destetada que fue al tercer año, Joaquín y su esposa Ana se encaminaron juntos al templo, y ofrecieron víctimas al Señor, y confiaron a la pequeña a la congregación de vírgenes, que pasaban el día y la noche glorificando a Dios.
2. Y, cuando hubo sido depositada delante del templo del Señor, subió corriendo las quince gradas, sin mirar atrás, y sin reclamar la ayuda de sus padres, como hacen de ordinario los niños. Y este hecho llenó a todo el mundo de sorpresa, hasta el punto de que los mismos sacerdotes del templo no pudieron contener su admiración.
Fuentes: José María Salvador González, Mary Salas para Mercaba y otras

Presentación de María en el templo y su infancia en él



Escondida en la ladera de una montaña y limitado su horizonte, extiéndase la población de Nazareth, que aún hoy permanece casi en el mismo estado que en los tiempos en que la habitó María en el de su infancia y más tarde durante su místico desposorio con José, vio transcurrir los treinta primeros años de la vida de Jesús escuchando sus primeras predicaciones.
Rodeada de hermosas huertas en que los frutales confunden sus ramas con los retorcidos nopales y se abren en cenicienta estrella los agaves o piteras, perfumada por sus aromáticas flores y embellecida hoy, a más de la blancura de sus casas por las moles de sus modernos templos, la ciudad de Nazareth, la ciudad en que vivieron María, José y Jesús, continua tan bella por sus recuerdos de la Sagrada Familia, como por los encantos naturales de sus valles y montañas, como también por su cielo tan puro, azul y hermoso, cual la mirada de María que lo embelleció con su presencia, y enaltecieron sus campos con sus pies la Madre y su divino Hijo.

He aquí cómo describe a Nazareth y su comarca un ilustre viajero, y cuyas palabras copiamos:
«Nazareth fue la ciudad por el Salvador elegida para pasar los treinta primeros años de su existencia en la tierra, y de ahí la incomparable aureola que a los ojos del cristiano la rodea, y la atracción que ejerce en el gran número de peregrinos que anualmente se postran en el Santuario de la Anunciación.
Nazareth, dominando sosegado valle desde suave pendiente, álzase en sitio por todo extremo agradable. Nazareth en hebreo significa la ciudad de las flores y de las rosas.
La ciudad de María en el centro de la feraz Galilea, ocupa un pedazo de tierra embellecido con todas las gracias de la naturaleza; de lejos muéstrase rodeada de una cerca de verdor, y en esto consisten sus murallas; las casas son blancas, limpias y de buena construcción.
El santuario católico domina el paisaje, lo mismo que la iglesia de los armenios, construida sobre los cimientos de la antigua Sinagoga.
No hay lugar en el mundo, y así debía ser, en que sea tan popular como en Nazareth el nombre de María. Los peregrinos hallan en la ciudad fraternal acogida, y a cada instante oyen resonar en sus oídos el dulcísimo nombre.
 Las mujeres todas de Nazareth dicen ser parientas de la Virgen Madre de Jesús, y al celebrar su hermosura, dicen ser deudoras de esta gracia a la sangre de su pura parienta que corre por sus venas; son tan modestas las mujeres católicas, tan devotas y virtuosas, que de no ser primas de María, hacen en verdad méritos para llegar a serlo».

Lamartine, el sentido poeta, en su viaje a Galilea, escribe inspirándose en aquellos sentimientos de piedad cristiana y de poesía, lo siguiente:
«También a mí al subir las últimas cuestas que de Nazareth me separaban, parecíame que iba a ver y contemplar en su misterioso origen la religión vasta y fecunda que desde hace dos mil años, brotando en los montes de Galilea, ha tomado por lecho el universo y saciado con sus aguas puras y vivificadoras a tan gran número de generaciones.
Aquí en la concavidad de esta roca que ahora piso, estuvo el manantial; la colina cuyas últimas pendientes subo, llevó en su seno la salvación, la vida, la luz y la esperanza del mundo; allí a pocos pasos del lugar en que ahora estoy, el hombre modelo quiso tomar carne y mostrarse entre los hijos de Adán para apartarlos con sus palabras y sus ejemplos del océano de corrupciones y de errores en que iba a sumergirse el humano linaje.
De considerar el hecho únicamente como filósofo, veíame en el punto de partida del acontecimiento de mayor trascendencia que ha transformado jamás al universo político y moral, acontecimiento cuya percusión imprime al mundo intelectual un resto de movimiento y vida.
Aquí apareció entre obscuridad, ignorancia y miseria el más justo, el más sabio, el más virtuoso de los hombres todos…
A estos pensamientos me entregaba cuando distinguí a mis pies, en lo más hondo de una vega, las casitas blancas de Nazareth, con gracia agrupadas en el valle y sus laderas.
Su iglesia griega, el elevado alminar de la mezquita de los turcos y los prolongados y anchos muros del convento de los Padres Latinos, se destacaban sobre todo lo demás; varias calles, formadas por casas más reducidas, pero de oriental y elegante forma, estaban diseminadas alrededor de aquellos más imponentes edificios y rebosaban de movimiento y vida.
Por todo el valle, comunicando amenidad y belleza al paisaje, se alzaban aquí y allí, sin orden y como al azar, grupos de espinosos nopales, higueras despojadas de sus hojas otoñales y granados de sutil y amarillento follaje: eran como silvestres flores alrededor de un altar campesino.
 Dios sabe lo que en aquel momento pasó en mi corazón: únicamente puedo decir que por espontáneo y, si vale expresarse así, involuntario movimiento, me encontré de rodillas y con la frente inclinada al suelo».

Nazareth, en árabe Nasarah o Nasirah, recibió este nombre, según San Jerónimo, de la voz hebrea Neser, que dice significa retoño; pero de esta modesta ciudad tan pequeña, ni hace mención de ella el Antiguo Testamento, ni Flavio Josefo en sus obras.
Silencio que da a entender su escasa importancia y que tan sólo conquista nombre y fama desde que adquiere el insigne honor y privilegiada suerte de ser la ciudad reservada por los decretos de Dios para servir de morada en el mundo a su Hijo, al Salvador, de María y de la Santa Familia, puesto que en aquel hermoso valle de Galilea se pasaron los treinta primeros años de su ignorada existencia.
Perteneció en los tiempos antiguos a la división de Galilea y atribuida a la tribu de Zabulón, situada en los lindes con la de Isachar.
La reputación de que gozaban los pobres habitantes de Nazareth no era la más envidiable, pues cuando el Apóstol San Felipe anunció a Nathanel haber hallado al Mesías anunciado por Moisés y los Profetas en la persona de Jesús de Nazareth, contestóle aquél:
 ¿En Nazareth puede haber cosa buena?
Así es que el nombre de Nazareno, que por escarnio dieron los judíos a Jesús, pasó a los discípulos y aun hoy los árabes designan a los cristianos con el nombre de Nasara.
La época del engrandecimiento de Nazareth comienza con Constantino, después del triunfo de la Iglesia. Eusebio y San Jerónimo hablan ya de la pequeña ciudad en que vivió y se educó el Salvador y de la feliz aldea en que fue anunciada su Encarnación.
De esta época datan las primeras peregrinaciones, y en principios del siglo VII existen ya en ella dos iglesias.
 Pocos años después la conquista de los fanáticos musulmanes llegó hasta Nazareth y puso en peligro a los cristianos.
Transcurrido un siglo, sabemos por San Willibrode, que los cristianos tenían que pagar a los mahometanos a peso de oro la conservación de sus templos, empeñados los conquistadores en demolerlos. Afortunadamente aquello no llegó a realizarse, pero la persecución y el temor a los conquistadores hicieron perder mucha importancia a Nazareth, tanto que en el año 970, cuando el emperador griego Zimiscos la reconquista, era una pobre y mísera aldea.
Fue reconstruida la ciudad, mejorados los templos, de los que luego hablaremos, y en poder de los cruzados continuó, volviendo nuevamente las peregrinaciones, y Tancredo, su príncipe, miró con singular cariño a la ciudad de la Sagrada Familia.
Trasladóse a ella la Sede Metropolitana de Seythópolis en 1º de mayo de 1187, dos meses antes de la funesta y terrible jornada del lago de Tiberiades para las armas cristianas. Afdal, el hijo de Saladino, se presentó con siete mil caballos en las inmediaciones de Nazareth.
Armáronse los cristianos y con ciento treinta caballeros del Temple y del Hospital, que de la llanura de Esdralón habían acudido en auxilio de la Santa Ciudad, salieron al encuentro del enemigo y la batalla se dio en un pueblecillo que la historia de aquellas guerras denomina El-Mahed. El combate fue terrible, muriendo en él Santiago de Maillé, mariscal del Temple, que fue sepultado en la iglesia de la Anunciación. No se atrevió el mahometano a avanzar después de aquel combate y emprendió la retirada, salvándose por breve tiempo Nazareth.
Poco después del desastre del lago Tiberiades caía nuevamente la ciudad en poder de los sarracenos. Once años después, en 1263, el sultán Bibars invadió la Palestina, y a la embajada que le enviaron los latinos solicitando la paz, contestó asolando la comarca, y regresando a Nazareth arrojó y asesinó a los cristianos, dando fuego a los templos.
Pero llega el año 1271, y apodéranse nuevamente los cristianos de Nazareth, pasando a cuchillo a sus dominadores y levantando nuevamente la cruz; pero su dominación no había de ser larga, pues rendida Tolemaida en 1291 y abandonada Palestina por los Cruzados, Nazareth quedó como olvidado por los peligros que se corrían para llegar hasta él.
Un viajero alemán escribe en 1449 que había pasado la noche en la capilla subterránea, y sólo un sacerdote y dos cristianos había encontrado en la ciudad; la hermosa iglesia que sobre aquélla se levantaba, había sido arruinada.
Pero llega el año 1620, y el emir Fakhur-Eddin abre las puertas a los cristianos, entregando la cripta de la Anunciación a los Padres de San Francisco, comenzando una nueva era de tranquilidad; y por último, en 1799, Napoleón I estuvo en ella la noche que precedió a la gloriosa batalla del Thabor.
Después de la retirada del ejército francés, Djezar quiso pasar a cuchillo a la población cristiana, pero las amenazas del almirante inglés impidieron el bárbaro propósito, aunque los cristianos sufrieron agresiones continuas. Las matanzas de los cristianos en Damasco en el año 1860, hicieron temer a los de Nazareth por sus vidas, pero Akil-Agha, jefe de los beduinos, los defendió y amparó noblemente.
Tales han sido las vicisitudes por las que ha pasado la ciudad de María, la ciudad de las flores que sirvió de hogar a la Santa Familia de José el carpintero durante treinta años.
El aspecto exterior contemplado desde la peña por la que los de Nazareth quisieron despeñar al Señor, o desde la iglesia latina, no puede ser más hermoso su conjunto, pero todo este encanto se desvanece al penetrar en sus calles en cuesta, el aspecto de mezquindad de sus blanqueadas casas desagrada, y el polvo que llena sus calles junto con las inmundicias, hacen repulsivo el interior de aquella tan poética ciudad contemplada desde las afueras.
Lo cálido y ardiente del clima hace que las casas todas tengan sus habitaciones subterráneas, que son sumamente frescas en aquel clima y verano, como cálidas durante la estación del invierno.
Tenga en cuenta el lector esta disposición común a todas las casas de Nazareth, para cuando nos ocupemos de la que habitaron José, María y su divino Hijo.
Para cuando describamos aquélla, hablaremos del templo que sobre la gruta de la Anunciación se levanta hoy.
De una manera breve y rápida hemos dado a conocer las dolorosas vicisitudes por que durante siglos ha pasado Nazareth para llegar hasta hoy en un periodo de calma y tranquilidad que permite al peregrino llegar a ella con seguridad y sin temores por su vida.
Esbozado el cuadro que presenta la ciudad de las rosas, la que encerró a la rosa más pura y estimada del Eterno, a María, y en la que se verificó el más grande de los santos misterios de nuestra religión, en la que pasaron los primeros años de la vida de Jesús, escuchó sus primeras predicaciones y comenzó a conquistar la enemiga del infierno concitando contra Él las turbas ignorantes y rencorosas, pasemos a decir algo en cuanto la tradición y la historia nos enseñan de los primeros años de la vida de María, y de su vida en la casa de sus padres Joaquín y Ana.
Escasas son las noticias que sobre este punto nos proporcionan los monumentos históricos y poco podemos decir de la infancia de María.

Cumplidores los padres de María de las leyes del pueblo israelita, presentaron al templo a la recién nacida.
Pero antes de este acto solemne debió preceder, como las leyes mandaban, la purificación de la madre, y pagado este precepto, el santo matrimonio presentó a la que lo había de ser del Redentor y realizar la promesa hecha de ofrecer al Señor y a su culto al heredero anunciado por el ángel a Joaquín y Ana.
Cumplidos los preceptos de la ley debieron retirarse a Nazareth, en donde tenían bienes, y allí permanecieron hasta llegar a la edad de tres años la tierna María.

La Iglesia católica celebra dos festividades de la Presentación de María en el templo de Jerusalem; la una el día 2 de febrero y la segunda el 21 de noviembre. No cabe confundir ambas festividades, pues la de 21 de noviembre es la que debe titularse Presentación de la Virgen María al templo y la de 2 de febrero debe entenderse, más que la Presentación de María, la de Jesús por su Santa Madre; pues María se presentó para llevar, ya purificada, a su Hijo y así debe entenderse por fiesta de la Purificación.
Como hemos dicho, ni los Evangelios ni otros textos sagrados nos dan más amplias noticias de la infancia de María y tenemos para ello que recurrir a la tradición y a lo que la Iglesia nos dice acerca de este extremo. «Pero antes, y sobre todo, como dice D. Vicente Lafuente, es la Iglesia, y los trozos selectos de los Santos Padres que ella nos presenta en el Oficio divino, son superiores a cuanto se pueda decir por los ascéticos antiguos y los modernos filósofos cristianos».

En la citada fiesta de la Presentación, San Juan Damasceno y San Ambrosio son los que la Iglesia nos presenta en dicho día.
La constante tradición entre latinos y orientales y lo antiguo de esta festividad, unido al cumplimiento de la ley y promesa hecha por los padres de María, pone fuera de toda duda el hecho, de que siendo todavía muy niña, fue conducida por sus ancianos padres al templo de Jerusalem para que quedase consagrada al Señor y ocupaciones a que se dedicaban las doncellas piadosas, que vivían en el recinto exterior del templo, recibiendo una educación cuidadosa y esmerada en cuanto los tiempos alcanzaban.
En las habitaciones del recinto exterior del templo, dice Lafuente, la tenían los Sacerdotes y Levitas cuando les tocaba venir de sus pueblos a servir por turno en el templo de Jerusalem, y allí vivían también las doncellas dedicadas a Dios, y entre ellas, en su tiempo, la purísima María.

Así lo afirma Damasceno de una manera terminante cuando dice:
«Nace en casa de Joaquín y es conducida al templo, y en seguida plantada allí en la Casa de Dios, y nutrida allí por el Espíritu Santo, quedó constituida en asiento de todas las virtudes cual fructuosa oliva; como que había apartado de su mente de toda sensualidad de esta vida y de su cuerpo, conservando así con virginal pureza, no solamente su cuerpo, sino también su alma, cual correspondía a la que había de llevar a Dios en su seno».
Y al llegar a este punto de la estancia de la Santísima Virgen en el templo, creemos hacer un favor a nuestros lectores desvaneciendo el error que hemos oído a algunas personas que se estiman por entendidas, acerca del templo de Jerusalem, que se lo figuran, creen y describen como una gran iglesia de los tiempos presentes.
Imagínanselo como una gran Catedral, como un gran templo de San Pedro o del Escorial, con esas columnas retorcidas que apellidan Salomónicas, sosteniendo una gran bóveda, y en esto estriba el error.

El templo no tenía bóveda ni estaba cubierto: constaba de grandes patios circulares rodeados de pórticos, quedando sólo cubierto y cerrado el oráculo, donde no entraba el pueblo.
El primero de los patios era el mayor, siendo la entrada pública hasta para los gentiles; en el segundo era donde oraba el pueblo, y en el tercero sólo entraban los sacerdotes, sin que pasaran al reservado del Oráculo, el Santuario, en el que sólo penetraba, una vez al año, el gran sacerdote, y para ello precediendo gran preparación.
Fuera de su recinto estaban, como hemos dicho, las habitaciones de los sacerdotes, levitas y jóvenes doncellas dedicadas al culto.

La tradición afirma, y no hay nadie que contradiga esta creencia general, que San Zacarías fue quien recibió en el Templo a María y a sus ancianos padres; como era pariente de la familia, nada de extraño tiene que esperaran los padres de María que aquél estuviese en funciones de su cargo para entonces llevarla, cumpliendo la promesa hecha antes del nacimiento de la niña; y esta tradición la dan como cosa probada los Padres Orientales.
La Iglesia oriental ha fantaseado mucho sobre la estancia de la Virgen durante su niñez en el Templo, llevándola hasta el punto de poner en boca de San Zacarías estas palabras:
«Entra, niña, con confianza en tu Santo Templo, pues éste puede llamarse domicilio tuyo mejor que de ningún otro: te entrego la casa de Dios, donde sólo puede entrar el Sacerdote una vez al año. Ve por tanto, hija, al lugar santísimo, pues tú recibirás en ti al Santo de los Santos, y nos darás a todos la santidad».
La Iglesia latina, menos fantaseadora que aquélla, se ha mostrado poco propicia, dice el mismo D. Vicente Lafuente, a esta idea de que la Santísima Virgen entrase a orar en el Santuario, y casi tuviera allí su morada, a pesar de haberlo consignado también la Venerable Madre de Ágreda en su Mística Ciudad de Dios.
El Abate Orsini la combate abiertamente:
«Antiguas leyendas se han complacido en rodear de una multitud de prodigios la primera infancia de la Virgen; pasaremos en silencio sus hechos maravillosos, que no están suficientemente probados, pero debemos combatir una aserción inexacta, o por mejor decir inadmisible, que ha sido admitida confiadamente y sin examen por santos personajes y escritores piadosos.
De que la Virgen haya sido la misma Santidad, lo que nadie niega, se ha querido inferir que la Virgen debió ser colocada en la parte más santificada del templo, es decir, en el Santo de los Santos, lo cual es materialmente falso».
(La frase en boca del ilustre escritor resulta un poco dura).
«El Santo de los Santos, ese impenetrable santuario del Dios de los ejércitos, estaba cerrado a todo Sacerdote hebreo, a excepción del gran Pontífice, que no penetraba en él más que una vez al año, después de un buen número de ayunos, vigilias y purificaciones.
Al entrar allí iba envuelto en una nube de humo producido por los aromas quemados en su incensario, lo cual impedía ver los objetos, interponiéndose la nube entre la Divinidad y él, pues ningún inmortal podía verle y vivir según la Escritura: no estaba allí más que algunos minutos, durante los cuales, el pueblo prosternado y con el rostro pegado al suelo, prorrumpía en grandes sollozos, temiendo por la vida del Sumo Sacerdote, y tanto era así, que éste daba después un gran convite a sus amigos para congratularse con ellos de haber escapado por aquella vez de tan gran riesgo, Júzguese, pues, por estos datos, si es creíble que la Virgen María fuese criada en el interior del Santuario».
El mismo D. Vicente Lafuente, dice:
«Dudo mucho que sea cierta la crianza de la Virgen Santísima en lo interior del Santuario, ni aun su entrada en el Santuario alguna vez, porque ni parece admisible esa Anunciación previa, ni está en el carácter de la Virgen, ni en las miras de la Providencia con respecto a Ella.
Fue partidaria siempre la Santísima Virgen de vida escondida, como queda dicho, y también enemiga de singularizarse y de ostentar privilegios y exenciones.
Si Dios le concedió ser concebida sin mancha de pecado original, esto fue en el orden espiritual e interno: ninguna señal exterior lo reveló: si fue Virgen y Madre a la vez, esto fue tan oculto que nadie lo supo: su mismo Santísimo Esposo lo ignoró algún tiempo: el vulgo la creyó una mujer cualquiera; Ella misma, purísima y castísima, se sujeta a la ignominiosa ceremonia de la Purificación, que suponía impureza, pues lo que se purifica no está puro.
 ¿A qué se turbó al darle el Ángel su embajada, si ya lo sabía por su padre San Joaquín y lo sabían los Sacerdotes y todos los que entraban en el templo?
¿Por qué concibió celos San José si toda la Familia sabía que había de ser Madre y Virgen?
¿Podía ignorar el marido lo que sabían todos?»
Así se expresa el católico escritor, cuyas palabras hemos copiado de su Vida de la Virgen María.
Y dejando esta cuestión y admitiendo la opinión del citado historiador, que deja las cosas en el lugar que deben, fuera de las exageraciones de escritores de ambas Iglesias, veamos cómo dice el padre Ribadeneyra que pasó su infancia en el templo la Santísima señora:
«Allí aprendió muy perfectamente a hilar lana y lino y seda y holanda; coser y labrar los ornamentos sacerdotales y todo lo que era menester para el culto del templo, y después para servir y vestir a su precioso Hijo, y para hacerle la túnica inconsútil, como dice Eutimio. Aprendió asimismo las letras hebreas y leía a menudo con mucho cuidado, y meditaba con grande dulzura las Divinas Escrituras, las cuales, con su alto y delicado ingenio, y con la luz soberana del cielo que el Señor le infundía, entendía perfectamente.
 Nunca estaba ociosa: guardaba silencio: sus palabras eran pocas y graves, y cuando era menester; su humildad profundísima, la modestia virginal, y todas las virtudes tan en su punto y perfección, que atraía a sí los ojos, y robaba los corazones de todos, porque más parecía niña venida del cielo, que criada acá en la tierra.
Ayunaba mucho, y con el recogimiento, soledad, silencio y quietud se disponía a la contemplación y unión con Dios, en la cual fue eminentísima; y el Señor la visitaba y la regalaba con sus resplandores y ardores divinos…

Respecto de su educación en el templo, dice el abate Orsini en su citada obra:
 «Después de haber cumplido este primer deber, María y sus jóvenes compañeras volvían a sus ocupaciones habituales, unas hacían dar vueltas en sus ágiles dedos a un huso de cedro, otras matizaban la púrpura, el jacinto y el oro sobre los velos del templo, que sembraban con ramilletes de flores, mientras algunas otras, inclinadas sobre un telar sidonio, se aplicaban a ejecutar los variados dibujos de esos magníficos tapices que valieron los elogios de todo Israel a la mujer fuerte y que el mismo Homero ha celebrado.
La Virgen se aventajaba a todas las muchachas de su pueblo en esas hermosas obras tan apreciadas de los antiguos.
 San Epifanio nos enseña que ella se distinguía en el bordado y en el arte de trabajar sobre lana, lino y oro: su habilidad sin igual en hilar el lino de Pelusa se conserva aún tradicional en Oriente, y los cristianos occidentales, para perpetuar su memoria, han dado el nombre de hilo de la Virgen a esas randas brillantes de blancura y de un tejido casi vaporoso, cual se observan en el hondo de los valles durante las húmedas mañanas del otoño.
Por este motivo fue, que las graves y puras esposas de los primeros fieles, en el momento de doblar su cabeza al yugo del himeneo, vinieron por largo tiempo a deponer sobre el altar de la Reina de los Ángeles una rueca ceñida de cintillas de púrpura y cargada de una lana sin mancha».

Estando aquí en el templo, con encendido deseo y amor de la virginidad, que el Espíritu Santo le inspiraba, hizo voto de guardarla perpetuamente, y fue la primera que hizo esta manera de voto, y alzó la bandera de la virginidad, y con su ejemplo incitó a tantos y tan grandes escuadrones de purísimas doncellas para que la alcanzasen, y por no perderla perdieron su vida: y por esto se llama Virgen de las Vírgenes, como maestra y capitana de todas ellas».
La iglesia de Jerusalem consagró desde los antiguos tiempos este santo y hermoso recuerdo de la vida laboriosa de María, ejemplo de actividad y de purificación del espíritu, cual es el cumplimiento de la santa ley del trabajo, y colocó en el número de los tesoros los ligeros husos de la Virgen María.

Así, en medio de estas operaciones, la pura niña iba educando su santo espíritu y ocupada en estas labores materiales unas horas y otras consagrándolas al estudio, distribuía el tiempo combatiendo el pernicioso influjo de la ociosidad, aun cuando ésta nunca pudo ni aun acercarse a la pura hija de Joaquín y Ana, pues no llegó a Ella ningún vicio. San Ambrosio le atribuye una perfecta inteligencia de los libros sagrados y San Anselmo añade que poseyó a fondo el hebreo de Moisés. Sea que María, estudiando el idioma de Ana y de Débora en sus vigilias, en las altas profecías de Israel, ya que hubiese, como es indudable, en el Espíritu santificador una inspiración correspondiente al prodigioso amparo del Dios creador, lo cierto es que la Iglesia es deudora a María del más hermoso de los cánticos, con una de las más elevadas concepciones del genio poético.

Para nosotros los cristianos, amantes y entusiastas por la más pura de las vírgenes, la más sublime de las madres y el más grande consuelo y protectora de nosotros los pecadores, el cántico del Magnificat será en todos los pueblos del mundo, mientras impere la fe, la composición más delicada y encantadora en sublime, sencilla y hermosa e inspirada poesía, cual emanada de la más alta de las fuentes poéticas; en Dios, fuente de toda belleza.
María juntaba en sí, a una santidad tan excelsa, cual correspondía a la que había de ser arca santa que encerrara en su seno al Hijo de Dios, un talento privilegiado, cual destello de la luz divina que la iluminaba y talento que nunca había de ser bastante para el Tabernáculo de Jesús.
Los orientales, tan poéticos e inspirados en fantásticas imágenes, dicen, que cuando la luz quiere condensarse, toma un carbunclo por globo en donde irradiar; y así, tomando esta poética imagen con relación a María, podremos decir que fue el carbunclo en que Dios condensó la luz esplendente que había de alumbrar al mundo.
María es la obra maestra de la Divinidad, es la luz de las generaciones antiguas y el faro deslumbrador de la fe de las modernas edades, la maravilla de los siglos y admiración de los venideros por a suma de perfecciones reunidas en una hija de los hombres.
El recuerdo de esta humilde mujer, de la hija de los ancianos Joaquín y Ana, se conserva aún entre las naciones y pueblos que tienen cerrados los ojos a la luz del Evangelio: los persas la denominan la Santa, los turcos juntan su nombre de Miriam Sceldika, es decir, María la justa, y para nosotros los hijos de María, de la Madre del Salvador, de la Virgen clemente, ha sido siempre y será la Señora de todas las purezas y virtudes, el espejo de luz y caridad, y nuestro consuelo en las aflicciones.
En ella, en sus virtudes, vemos la blancura de la inmaculada cual la del copo de la nieve, menos blanca que su pureza, y esas virtudes y celistías cayendo cual el copo de aquélla, silenciosamente en nuestras almas y cubriéndolas como cubre la tierra con su blanco manto, nos envuelve en su albura y su pureza, y su amor alcanzando el perdón de nuestras culpas cuando las lágrimas bañan nuestros ojos y con fe y amor la llamamos, nos eleva a humillar nuestra frente ante su gloria y pureza para adorarla y reverenciar sus virtudes.

María entró en el Templo como una de aquellas víctimas sin mancha, que Malaquías había visto por inspiración del Señor. Pudo conseguir, como nacida de noble familia, llegar hasta el trono por su belleza y virtudes, como había sucedido con nobles mujeres del Antiguo Testamento; pero María se consagró a Dios desde sus primeros años, haciendo un voto de castidad cuando apenas sus labios podían pronunciar las primeras palabras del armonioso hebreo. Dejó las pompas que el mundo pudiera ofrecerle, y puesta su mirada en Dios, que tan perfecta la había criado, a Él consagró todas sus aspiraciones y propósitos.

Para terminar este punto de la vida de María en el templo ya cerca de la que tanto han fantaseado los escritores orientales y también con poca crítica algunos occidentales, nada diremos por nuestra parte, sino que dejaremos la palabra a un tan reputado escritor como D. Vicente Lafuente, cuyo criterio católico y sana critica nos pone fuera de la que pudiera decir que hacíamos vulgar y humana la vida de la Santísima Señora.
He aquí copiadas con sus palabras, lo que dice el citado historiador de la Vida de María:
«Generalmente los escritores orientales propenden a considerar a la Virgen durante su estancia en el Templo, como una monjita metida en su celda, guardando las horas llamadas canónicas y teniendo su alacena para guardar su comida.
Pero si en vez de considerar a la Virgen como una monja, durante su estancia en el Templo la consideramos una colegiala en una casa religiosa, de educación y ascetismo a la vez, la escena cambia por completo.
La Virgen no arreglaría el método de su vida, sino que seguiría la regla y método de vida del Colegio; la Virgen no entraría en el Santuario, sino que oraría y dormiría donde oraban y dormían las otras halmas, o colegialas.
 La Virgen no comería de extraordinario, sino que comería lo que comían todas y a la hora que las otras, y de seguro mortificando su apetito y tomando lo estrictamente preciso, como quien toma medicina, según la práctica de todos los santos.
 Pudo ser que al morir Santa Ana, la Virgen saliese milagrosamente del Templo para asistir a su Santa Madre, sin ser notada, y quedando en tanto un Ángel en el Templo haciendo sus veces y llevando su figura; pero si se tiene en cuenta que las almas no tenían rígida clausura, como se ve por el capítulo tercero del libro de los Macabeos, se echa de ver que no había necesidad de aquel milagro, y Dios no los prodiga sin necesidad, a nuestro modo de ver.
Puede ser que Dios permitiera que la Santísima Virgen fuera acusada por sus compañeras de inquieta, alborotadora y bulliciosa, a fin de que ejercitara su gran humildad, paciencia y mansedumbre, pidiendo perdón a sus compañeras y a los sacerdotes por culpas que no había cometido.
 Mas ¿cómo avenir esto con su vida dentro del Sancta Sanctorum y con los otros favores extraordinarios y portentos admirados por los Sacerdotes mismos?»
De esta suerte explica este doctísimo historiador el hecho, procurando restablecer la verdad ante la crítica y la historia en su verdadero terreno.
Allí quedó la pura niña, y sus padres Joaquín y Ana se retiraron a sus tierras de Nazareth, en donde pasó algunos años el feliz matrimonio cultivando sus tierras y en esa feliz e ignorada tranquilidad que tan bien place a las almas justas y hermosas.
El Señor no concedió muchos años de vida al santo matrimonio, después de la incomparable dicha de haber sido padres de aquella niña tan bella y que había de ser el portento de la pureza y de la gracia ante el Señor.
He aquí cómo Orsini nos pinta al santo matrimonio después de la consagración y separación de su Hija:
«Joaquín era un verdadero israelita, muy adicto a la ley de Moisés; él iba al Templo en todas las fiestas solemnes con su esposa y una parte de su parentela, según costumbre de los hebreos, y es de suponer que el deseo de ver a su hija, aumentaba aún su afición por las ceremonias del culto.
 ¡Con qué alegría su buena y piadosa compañera tomaba su velo de viaje para ir a la Ciudad santa!
 ¡Cuán largos le parecían los caminos que veía serpentear a lo lejos al través de las montañas y de las llanuras!
Ella salvaba con la vista y saludaba veinte veces con el pensamiento antes de llegar a ellos en realidad, las breñas, los nopales, las copas de adelfas y los grupos de carrascas o de sicomoros que se divisaban de distancia en distancia en su camino, porque traspasado cada uno de esos puntos, ella estaba más cerca de su Hija, de su Hija, don del Señor, Hija del Milagro, aquella que un Ángel había proclamado la gloria de Israel.
¡Con qué dulce emoción debía ella saludar desde el fondo del valle la torre Antonia, que se elevaba esplendida y amenazadora sobre su base de pulido mármol para proteger la casa de la oración; y cuánto no debía conmover a aquella alma tierna y santa la vista del Templo que encerraba a su Dios y a su Hija!

Al caer de la tarde y cuando las trompetas de los Sacerdotes llamaban al pueblo a la ceremonia, Ana se apresuraba para adorar a Dios y echar una mirada sobre su Hija, que muchos meses no había visto.
El atrio, que no tenía otra bóveda que el cielo, mezclaba las deslumbradoras luces de sus candelabros con el vacilante resplandor de las estrellas.
Millones de luces se cruzaban bajo los pórticos adornados con frescas guirnaldas; y los Príncipes de los Sacerdotes atravesaban la muchedumbre con sus ricos ornamentos traídos desde las orillas de la India por las caravanas de Palmira.
 Entre tanto, las consonancias aisladas de las arpas parecían acompañar el murmullo semejante al ruido de las olas que hacían al tiempo de orar una multitud de hebreos venidos de las riberas del Nilo, del Eúfrates y del Tíber, para doblar la rodilla ante el altar único del Dios de sus padres.
En medio de este concurso inmenso de creyentes nacionales y extranjeros, Ana, que rogaba con fervor, no levantaba la cabeza un instante, y era cuando María y sus jóvenes compañeras pasaban vestidas de blanco y cubiertas con sus velos con lámparas en las manos a manera de las vírgenes prudentes del Evangelio.
Terminada la fiesta, Ana, después de haber bendecido y abrazado a María, volvía a cruzar con Joaquín el camino a través de las montañas, alejábase de Jerusalem con paso lento, sin atreverse a volver la cabeza, y llevábase recuerdos de felicidad por todo el espacio de tiempo que iba a discurrir hasta la fiesta inmediata».
La edad avanzada de Joaquín y de Ana, les hicieron, dice el citado historiador, retirar a Jerusalem, y los dos esposos dejaron a Nazareth, viniendo a habitar su casa en la ciudad; la casa en que según las crónicas orientales y las antiguas tradiciones cristianas, había nacido la Virgen y en la que debía entregar su espíritu al Señor el justo Joaquín.

Fuente: Vida de la Virgen María deJoaquin Casañ

Presentación de María en el Templo: visión de Sor Catalina Emmerich



PREPARATIVOS PARA LA PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO

María era de tres años de edad y tres meses cuando hizo el voto de presentarse en el templo entre las vírgenes que allí moraban.
Era de complexión delicada, cabellera clara un tanto rizada hacia abajo; tenía ya la estatura que hoy en nuestro país tiene un niño de cinco a seis años.

La hija de María Helí era mayor en algunos años y más robusta.
He visto en casa de Ana los preparativos de María para ser conducida al templo. Era una fiesta muy grande.
Estaban presentes cinco sacerdotes de Nazaret, de Séforis y de otras regiones, entre ellos Zacarías y un hijo del hermano del padre de Ana. Ensayaban una ceremonia con la niña María.
Era una especie de examen para ver si estaba madura para ser recibida en el templo.
Además de los sacerdotes estaban presentes la hermana de Ana de Séforis y su hija, María Helí y su hijita y algunas pequeñas niñas y parientes.
Los vestidos, en parte cortados por los sacerdotes y arreglados por las mujeres, le fueron puestos en esta ocasión a la niña en diversos momentos, mientras le dirigían preguntas.
Esta ceremonia tenía un aire de gravedad y de seriedad, aun cuando algunas preguntas estaban hechas por el anciano sacerdote con infantil sonrisa, las cuales eran contestadas siempre por la niña, con admiración de los sacerdotes y lágrimas de sus padres.
Había para María tres clases de vestidos, que se pusieron en tres momentos.
Esto tenía lugar en un gran espacio junto a la sala del comedor, que recibía la luz por una abertura cuadrangular abierta en el techo, a menudo cerrada con una cortina.
En el suelo había un tapete rojo y en medio de la sala un altar cubierto de paño rojo y encima blanco transparente.
Sobre el altar había una caja con rollos escritos y una cortina que tenía dibujada o bordada la imagen de Moisés, envuelto en su gran manto de oración y sosteniendo en sus brazos las tablas de la ley.
He visto a Moisés siempre de anchas espaldas, cabeza alta, nariz grande y curva, y en su gran frente dos elevaciones vueltas un tanto una hacia otra, todo lo cual le daba un aspecto muy particular.
Estas especies de cuernos los tuvo ya Moisés desde niño, como dos verrugas.
 El color de su rostro oscuro de fuego y los cabellos rubios.
He visto a menudo semejante especie de cuernos en la frente de antiguos profetas y ermitaños y a veces una sola de estas excrecencias en medio de la frente.
Sobre el altar estaban los tres vestidos de María; había también paños y lienzos obsequiados por los parientes para el arreglo de la niña. Frente al altar veíase, sobre gradas, una especie de trono. Joaquín, Ana y los miembros de la familia se encontraban reunidos. Las mujeres estaban detrás y las niñas al lado de María. Los sacerdotes entraron con los pies descalzos. Había cinco, pero sólo tres de ellos llevaban vestiduras sacerdotales e intervenían en la ceremonia.
Un sacerdote tomó del altar las diversas prendas de la vestimenta, explicó su significado y presentólas a la hermana de Ana, Maraha de Séforis, la cual vistió con ellas a la niña María.
 Le pusieron primero un vestidito amarillo y encima, sobre el pecho, otra ropa bordada con cintas, que se ponía por el cuello y se sujetaba al cuerpo.
Después, un mantito oscuro con aberturas en los brazos; por arriba colgaban algunos retazos de género. Este manto estaba abierto por arriba y cerrado por debajo del pecho.
Calzáronle sandalias oscuras con suelas gruesas de color amarillo.
Tenía los cabellos rubios peinados y una corona de seda blanca con variadas plumas.
Colocáronle sobre la cabeza un velo cuadrado de color ceniza, que se podía recoger bajo los brazos para que éstos descansaran como sobre dos nudos.
Este velo parecía de penitencia o de oración.
Los sacerdotes le dirigieron toda clase de preguntas relacionadas con la manera de vivir las jóvenes en el templo. Le dijeron, entre otras cosas:
 “Tus padres, al consagrarte al templo, han hecho voto de que no beberás vino ni vinagre, ni comerás uvas ni higos.
¿Qué quieres agregar a este voto?…
Piénsalo durante la comida”.
A los judíos, especialmente a las jóvenes judías, les gusta mucho el vinagre, y María también tenía gusto en beberlo.
Le hicieron otras preguntas y le pusieron un segundo género de vestido.
Constaba éste de uno azul celeste, con mantito blanco azulado, y un adorno sobre el pecho y un velo transparente de seda blanca con pliegues detrás, como usan las monjas.
Sobre la cabeza le pusieron una corona de cera adornada con flores y capullos de hojas verdes.
Los sacerdotes le pusieron otro velo para la cara: por arriba parecía una gorra, con tres broches a diversa distancia, de modo que se podía levantar un tercio, una mitad o todo el velo sobre la cabeza.
Se le indicó el uso del velo: cómo tenía que recogerlo para comer y bajarlo cuando fuese preguntada.
Con este vestido presentóse María con los demás a la mesa: la colocaron entre los dos sacerdotes y uno enfrente.
Las mujeres con otros niños se sentaron en un extremo de la mesa, separadas de los hombres.
Durante la comida probaron los sacerdotes a la niña María en el uso del velo.
Hubo preguntas y respuestas.
También se le instruyó acerca de otras costumbres que debía observar.
Le dijeron que podía comer de todo por ahora dándole diversas comidas para tentarla.
María los dejó a todos maravillados con su forma de proceder y con las respuestas que les daba.
Tomó muy poco alimento y respondía con sabiduría infantil que admiraba a todos.
 He visto durante todo el tiempo a los ángeles en torno a ella, que le sugerían y guiaban en todos los casos.
Después de la comida fue llevada a la otra sala, delante del altar, donde le quitaron los vestidos de la segunda clase para ponerle los de la tercera.
 La hermana de Santa Ana y un sacerdote la revistieron de los nuevos vestidos de fiesta.
Era un vestido color violeta con adorno de paño bordado sobre el pecho.
 Se ataba de costado con el paño de atrás, formaba rizos y terminaba en punta por debajo.
Pusiéronle un mantito violeta más amplio y más festivo, redondeado por detrás, que parecía una casulla de misa.
Tenía mangas anchas para los brazos y cinco líneas de adornos de oro.
La del medio estaba partida y se recogía y cerraba con botones.
El manto estaba también bordado en las extremidades.
Luego se le puso un velo grande: de una parte caía en blanco y de otra en blanco violeta sobre los ojos. Sobre esto colocáronle una corona cerrada, con cinco broches, que constaba de un círculo de oro, más ancho arriba, con picos y botones.
Esta corona estaba revestida de seda por fuera, con rositas y cinco perlas de adorno; los cinco arcos terminales eran de seda y tenían un botón.
El escapulario del pecho estaba unido por detrás; por delante, tenía cintas.
El manto estaba sujeto por delante sobre el pecho.
Revestida en esta forma fue la niña María llevada sobre las gradas del altar.
Las niñas rodeaban el altar de uno y otro lado.
María dijo que no pensaba comer carne ni pescado ni tomar leche; que sólo tomaría una bebida hecha de agua y de médula de junco, que usaban los pobres y que pondría a veces en el agua un poco de zumo de terebinto.
Esta bebida es como un aceite blanco, se expande, y es muy refrescante aunque no tan fina como el bálsamo.
Prometió no gustar especias y no comer en frutas más que unas bayas amarillas que crecen como uvas. Conozco estas bayas: las comen los niños y la gente pobre.
 También dijo que quería descansar sobre el suelo y levantarse tres veces durante la noche para rezar.
Las personas piadosas, Ana y Joaquín lloraban al oír estas cosas.
El anciano Joaquín, abrazando a su hija, le decía:
“¡Ah, hija! Esto es muy duro de observar.
Si quieres vivir en tanta penitencia creo que no te podré ver más, a causa de mi avanzada edad”.
Era una escena muy conmovedora.
Los sacerdotes le dijeron que se levantara sólo una vez, como las demás, y le hicieron otras propuestas para mitigar sus abstinencias.
 Le impusieron comer otros alimentos, como el pescado, en las grandes festividades.
Había en Jerusalén, en la parte baja de la ciudad, un gran mercado de pescados, que recibía el agua de la piscina de Bethseda.
Un día qué faltó el agua, Herodes el Grande quiso construir allí un acueducto, vendiendo, para lograr dinero, vestiduras sacerdotales y vasos sagrados del templo.
 Por este motivo hubo un intento de sublevación, pues los esenios, encargados de la inspección de las vestiduras sacerdotales, acudieron a Jerusalén de todas partes del país y se opusieron firmemente. Recordé en este momento estas cosas.
Por último dijeron los sacerdotes:
“Muchas de las otras niñas que van al templo sin pagar su manutención y sus vestidos, se comprometen, con el consentimiento de sus padres, a lavar los vestidos de los sacerdotes manchados con la sangre de las víctimas, y otros paños burdos, trabajo muy pesado que lastima las manos.
Tú no necesitas hacer esto, porque tus padres te costean tu manutención”.
María respondió prontamente que quería hacer también eso, si era tenida por digna de hacerlo.
Joaquín se emocionó grandemente al oírla.
 Mientras se hacían estas ceremonias vi que María, en varias ocasiones, había crecido de tal modo ante ellos, que los superaba en altura.
Era una señal de la gracia y de su sabiduría.
Los sacerdotes se mostraron serios, con grata admiración.
Por último fue bendecida la niña María por el sacerdote.
 La he visto de pie sobre el tronito resplandeciente.
Dos sacerdotes estaban a su lado; otro, delante.
Los sacerdotes tenían rollos en las manos y rezaban preces sobre ella con las manos extendidas.
Tuve una admirable visión de María.
Me parecía que por la bendición se hacía transparente.
Vi una gloria de indescriptible esplendor y dentro de ella el misterio del Arca de la Alianza como si estuviese en un brillante vaso de cristal.
 Luego vi el corazón de María que se abría en dos como una puertecita del templete, y el misterio sacramental del Arca de la Alianza penetró en su corazón.
En torno de este misterio había formado un tabernáculo de variadas y muy significativas piedras preciosas.
Entró en el corazón, como el Arca en el Santísimo, como el Ostensorio en el tabernáculo.
Vi a la niña María como transformada, flotando en el aire.
Con la entrada del sacramento en el corazón de María, que se cerró luego, lo que era figura pasó a ser realidad y posesión, y vi que la niña estuvo desde entonces como penetrada de una ardorosa concentración interior.
Vi también, durante esta visión, que Zacarías recibió una interna persuasión o una celestial revelación de que María era el vaso elegido del misterio o sacramento.
Había recibido él un rayo de luz que yo vi salir de María.
Después de esto condujeron los sacerdotes a la niña adonde estaban sus padres.
Ana levantó a su hija en alto y estrechándola contra su pecho la besó con interna dulzura y afecto, mezclada de veneración.
Joaquín, muy conmovido, le dio la mano, lleno de admiración y veneración.
La hermana mayor de María Santísima, María de Helí, abrazó a la niña con más vivacidad que Santa Ana, que era una mujer muy reservada, moderada y muy medida en todos sus actos.
La sobrinita, María Cleofás, le echó los brazos al cuello, como hacen las criaturas.
Después los sacerdotes tomaron a la niña de nuevo, le quitaron los vestidos simbólicos y le pusieron sus acostumbrados vestidos.
Todavía los he visto de pie, tomando algún líquido de un recipiente, y luego partir.

LA PARTIDA AL TEMPLO DE JERUSALÉN

He visto a Joaquín, a Ana y a su hija mayor, María de Helí, ocupados toda la noche preparando paquetes y utensilios.
Ardía una lámpara con varias mechas.
A María Helí la veía con una luz ir de un lado a otro.
 Unos días antes Joaquín había mandado a sus siervos que eligieran cinco de cada especie de los animales de sacrificio, entre los mejores y los había despachado para el templo: formaban estos animales una hermosa majada.
Después tomó dos animales de carga y los fue cargando con toda clase de paquetes: vestidos para la niña y regalos para el templo.
Sobre el lomo del animal acomodó un ancho asiento para que se pudiera sentar cómodamente. Los objetos que se cargaron estaban acondicionados en bultos y atados, fáciles de llevar.
Vi cestas de diversas formas sujetas a los flancos del animal.
En una de ellas había pájaros del tamaño de las perdices; otros cestos, semejantes a cuévanos de uvas, contenían frutas de toda clase.
Cuando el asno estuvo cargado completamente, tendieron encima una gran manta de la que colgaban gruesas borlas.
Todavía quedaban dos sacerdotes.
Uno de ellos era muy anciano, que llevaba un capuz terminado en punta sobre la frente y dos vestiduras, la de arriba más corta que la de abajo.
Este sacerdote es el que se había ocupado el día anterior en el examen de María, y le he visto dar otras instrucciones más a la niña.
 Tenía una especie de estola colgante.
El otro sacerdote era más joven.
María tenía en aquel momento algo más de tres años de edad: era bella y delicada y estaba tan adelantada como un niño de cinco años de nuestro país.
Sus cabellos lisos, rizados en sus extremos, eran de un rubio dorado y más largos que los de María Cleofás, de siete años, cuya rubia cabellera era corta y crespa.
Casi todas las personas mayores llevaban largas ropas de lana sin teñir.
Yo notaba la presencia de dos niños que no eran de este mundo: estaban allí en una forma espiritual y figurativa, como profetas; no pertenecían a la familia y no conversaban con nadie. Parecía que nadie notaba su presencia.
Eran hermosos y amables; tenían largos cabellos rubios y rizados.
Mirando a uno y otro lado me dirigieron la palabra.
Llevaban libros, probablemente para su instrucción.
La pequeña María no poseía libro alguno a pesar de que sabía leer.
Los libros no eran como los nuestros, sino largas tiras de más o menos media vara de ancho, enrolladas en un bastón, cuyas extremidades asomaban por cada lado.
El más alto de los dos niños se me acercó con uno de los rollos desplegados en la mano y leyó algo, explicándomelo luego.
 Eran letras de oro, totalmente desconocidas para mí, escritas al revés y cada una de ellas parecía representar una palabra entera.
 La lengua me era completamente desconocida también y, sin embargo, la entendía perfectamente.
 Lástima que haya olvidado la explicación.
Tratábase de un texto de Moisés sobre la zarza ardiente.
Me declaró:
“Como la zarza ardía y no se quemaba, así arde el fuego del Espíritu Santo en la niña María, y en su humildad es como si nada supiera de ello.
Significa también la divinidad y humanidad de Jesús y como el fuego de Dios se une con la niña María”.
El descalzarse explicólo como que la ley se cumplía, la corteza caía y llegaba ahora la sustancia.
La pequeña bandera que traía la extremidad del bastoncito significaba que María empezaba su camino, su misión para ser Madre del Redentor.
 El otro niño jugaba con su rollo inocentemente, representando con esto el candor infantil de María, sobre la cual reposaba una promesa muy grande, la cual, no obstante tan alto destino, jugaba ahora como una criatura.
Explicáronme aquellos niños siete pasajes de sus rollos; pero a causa del estado en que me encuentro, se me ha ido de la memoria.
 ¡Oh, Dios mío!
Cuando se me aparece todo esto ¡qué bello y profundo es y, al mismo tiempo, qué simple y claro!…
Al rayar el alba vi que se ponían en camino para Jerusalén.
La pequeña María deseaba vivamente llegar al templo y salió apresuradamente de la casa acercándose a la bestia de carga.
Los niños profetas me mostraron todavía algunos textos de sus rollos.
Uno de éstos decía que el templo era magnífico, pero que la niña María encerraba en sí algo más admirable aún.
Había dos bestias de carga.
Uno de los asnos, el más cargado, iba conducido por un servidor y debía ir siempre delante de los viajeros.
El otro, que estaba delante de la casa, cargado con más bultos, tenía preparado un asiento, y María fue colocada sobre él.
Joaquín conducía el asno.
Llevaba un bastón largo con un grueso pomo redondo en la extremidad: parecía un cayado de peregrino. Un poco más adelante iba Ana con la pequeña María Cleofás y una criada que debía acompañarla en todo el camino.
Al empezar el viaje se juntaron con ellas unas mujeres y niñas: se trataba de parientas que en los diversos cruces del camino se separaban de la comitiva para volverse a sus casas.
Uno de los sacerdotes acompañó a la comitiva durante algún tiempo.
He visto unas seis mujeres parientas, con sus hijos y algunos hombres.
Llevaban una linterna, y vi que la luz desaparecía totalmente ante aquella otra claridad que derramaban las santas personas sobre el camino en su viaje nocturno, sin que, al parecer, lo notaran los demás.
Al principio me pareció que el sacerdote iba detrás de la pequeña María con los niños profetas.
Más tarde, cuando ella bajó del asno para seguir a pie, yo estuve a su lado.
Más de una vez oí a mis jóvenes compañeros cantando el salmo “Eructavit cor meum” y el “Deus deorum Dominus locutus est”.
 Supe por ellos que estos salmos serían cantados a doble coro cuando la Niña fuera admitida en el templo. Lo escucharé cuando lleguen al templo.
Al principio vi que el camino descendía en pendiente de una colina, para volver a subir después.
 Siendo temprano, y habiendo buen tiempo, el cortejo se detuvo cerca de un manantial del que nacía un arroyo.
Había allí una pradera y los caminantes descansaron sentándose junto a un cerco de plantas de bálsamo. Debajo de estos frágiles arbustos solían poner vasos y recipientes de piedra para recoger el bálsamo que iba cayendo gota a gota.
Los viajeros bebieron bálsamo y echaron un poco en el agua, llenando pequeños recipientes.
Comieron bayas de ciertas plantas que allí había, con panecillos que traían en las alforjas.
En ese momento desaparecieron los dos niños profetas.
Uno de ellos era Elías; el otro me pareció que era Moisés.
La pequeña María los había visto; pero no habló de ello con nadie.
Así sucede que a veces vemos en nuestra infancia a santos niños y en edad más madura a santas jóvenes o muchachos, y callamos estas visiones sin comunicarlas a los demás por ser tal momento un instante de gozo celestial y de recogimiento.
Más tarde vi a los viajeros entrar en una casa aislada, en la que fueron bien recibidos y tomaron provisiones, pues los moradores parecían ser de la familia.
En aquel sitio se despidieron de la niña Cleofás, que debía volver a su casa.
Durante el día, vi el curso del camino que suele ser bastante penoso, pues hay muchas subidas y bajadas. En los valles hay a menudo neblina y rocío; con todo, veo algunos lugares mejor situados, donde brotan flores.
Antes de llegar al sitio donde debían pasar la noche, hallaron un pequeño arroyo.
Se hospedaron en una posada al pie de una montaña en la cual se veía una ciudad.
Por desgracia, no recuerdo el nombre de esa ciudad, pues la he visto durante otros viajes de la Sagrada Familia, por lo cual confundo los nombres.
Lo que puedo decir es que ellos siguieron el camino que tomó Jesús en el mes de septiembre, cuando tenía treinta años e iba de Nazaret a Betania y luego al bautismo de Juan y aun esto lo digo sin certidumbre completa.
La Sagrada Familia hizo más tarde este camino en la época de la huida a Egipto.
La primera etapa fue Nazara, pequeño lugar entre Massaloth y otra ciudad ubicada en la altura, más cercana a esta última.
Veo por todas partes tantas poblaciones, cuyos nombres oigo pronunciar, que luego confundo unos con otros.
La ciudad cubre la ladera de una montaña y se divide en varias partes, si es que realmente todas forman una misma ciudad.
Allí falta agua y tienen que hacerla subir desde el llano con la ayuda de cuerdas.
Veo allí torres antiguas en ruinas.
Sobre la cumbre de la montaña hay una torre que parece un observatorio con un aparato de mampostería que tiene vigas y cuerdas como para hacer subir algo desde la ciudad.
Hay una cantidad tan grande de estas cuerdas que el conjunto aparenta mástiles de buques.
Debe haber como una hora de camino desde abajo a la cumbre de la montaña, desde donde se disfruta de una espléndida vista muy extensa.
Los caminantes entraron en una posada situada en la llanura.
En una parte de la ciudad había paganos, considerados como esclavos por los judíos, debiendo someterse a rudos trabajos en el templo y en otras construcciones.
Esta noche he visto a la pequeña María llegando con sus padres a una ciudad situada a seis leguas más o menos de Jerusalén en dirección noroeste.
Esta ciudad, se llama Bet-Horon y se encuentra al pie de una montaña.
Durante el viaje atravesaron un pequeño río que desemboca en el mar en los alrededores de Jopé, donde enseñó San Pedro después de la venida del Espíritu Santo.
Cerca de Bet-Horon tuvieron lugar grandes batallas que he visto y olvidado.
Faltaban aun dos leguas para llegar a un punto del camino desde donde se podía divisar a Jerusalén; he oído el nombre de este lugar, que ahora no puedo precisarlo.
Bet-Horon es una ciudad de Levitas de cierta importancia: produce hermosas uvas y gran cantidad de frutas.
La santa comitiva entró en la casa de unos amigos, que estaba muy bien situada.
Su dueño era maestro en una escuela de Levitas y había allí algunos niños.
Me admira ver allí a varias parientas de Ana, con sus hijas pequeñas, que yo creía que habían regresado a sus casas al principio del viaje: ahora advierto que llegaron antes, tomando algún atajo, quizás para anunciar la llegada de la santa comitiva.
Los parientes de Nazaret, de Séforis y de Zabulón, que habían asistido al examen de María, se hallaban allí con sus hijas: vi, por ejemplo, a la hermana mayor de María con su hija María de Cleofás, y a la hermana de Ana venida de Séforis con sus hijas.
Con motivo de la llegada de la pequeña María hubo grandes fiestas.
María fue llevada en compañía de otras niñas a una gran sala, y puesta en un asiento alto, a semejanza de un trono, dispuesto para ella.
El maestro de escuela y otras personas hicieron toda clase de preguntas a María y le pusieron guirnaldas en la cabeza.
Todos estaban asombrados por la sabiduría que manifestaba en sus respuestas.
Oí hablar en esta ocasión del juicio y prudencia de otra niña que había pasado por allí poco antes, volviendo de la escuela del templo a la casa de sus padres.
Esta niña se llamaba Susana y más tarde figuró entre las santas mujeres que seguían a Jesús. (En otra ocasión Ana Catalina dijo que esta niña era parienta de María).
María ocupó su puesto vacante en el templo, pues había un número fijo de plazas para estas jóvenes.
Susana tenía quince años cuando dejó el templo, es decir, cerca de once más que la niña María.
 También Santa Ana había sido educada allí a la edad de cinco años.
La pequeña María estaba llena de júbilo por hallarse tan cerca del templo.
He visto a Joaquín que la estrechaba entre sus brazos, llorando y diciéndole:
“Hija mía, ya no volveré a verte”.
Habían preparado comida y mientras estaban en la mesa, vi a María ir de un lado a otro, apretarse contra su madre, llena de gracia, o, deteniéndose detrás de ella, echarle los bracitos al cuello.
Esta mañana muy temprano vi a los viajeros salir de Bet-Horon para dirigirse a Jerusalén.
 Todos los parientes con sus criaturas se habían juntado a ellos y lo mismo los dueños de la casa. Llevaban regalos para la niña, consistentes en ropas y frutas.
Me parece ver una fiesta en Jerusalén.
Supe que María tenía en ese momento tres años y tres meses.
En su viaje no fueron a Ussen Sheera ni a Gofna, a pesar de tener allí amistades; pasaron sólo por los alrededores.
Vi que el maestro de los Levitas con su familia los acompañó a Jerusalén. Cuanto más se acercaban a la ciudad tanto más se mostraba María contenta y ansiosa.
 Solía correr delante de sus padres.

LA LLEGADA DE LA COMITIVA A JERUSALÉN

Hoy al mediodía he visto llegar la comitiva que acompañaba a María al templo de Jerusalén. Jerusalén es una ciudad extraña.
No hay que pensar que sea como una de nuestras ciudades, con tanta gente en las calles.
Muchas calles bajas y altas corren alrededor de los muros de la ciudad y no tienen salida ni puertas.
Las casas de las alturas, detrás de las murallas, están orientadas hacia el otro lado, pues se han edificado barrios distintos y se han formado nuevas crestas de colinas y los antiguos muros quedaron allí.
 Muchas veces se ven las calles de los valles sobreedificadas con sólidas bóvedas.
Las casas tienen sus patios y piezas orientadas hacia el interior; hacia la calle sólo hay puertas y terrazas sobre los muros.
Generalmente las casas son cerradas.
Cuando la gente no va a las plazas o mercados o al templo está generalmente entretenida en el interior de sus casas.
Hay silencio en las calles, fuera de los lugares de mercado o de ciertos palacios, donde se ve ir y venir a soldados y viajeros.
En ciertos días en que están casi todos en el templo, las calles parecen como muertas.
 A causa de las calles solitarias, de los profundos valles y de la costumbre de permanecer las gentes en sus casas, es que Jesús podía ir y venir con sus discípulos sin ser molestado.
Por lo general falta agua en la ciudad: frecuentemente se ven edificios altos adonde es llevada y torres hacia las cuales es bombeada el agua.
 En el templo se tiene mucho cuidado con el agua porque hay que purificar muchos vasos y lavar las ropas sacerdotales.
 Se ven grandes maquinarias y artefactos para bombear el agua a los lugares elevados.
Hay muchos mercaderes y vendedores en la ciudad: están casi siempre en los mercados o en lugares abiertos, bajo tiendas de campaña.
Veo, por ejemplo, no lejos de la Puerta de las Ovejas, a mucha gente que negocia con alhajas, oro, objetos brillantes y piedras preciosas.
 Las casitas que habitan son muy livianas, pero sólidas, de color pardo, como si estuviesen cubiertas con pez o betún.
Adentro hacen sus negocios; entre una tienda y otra están extendidas lonas, debajo de las cuales muestran sus mercaderías.
Hay, sin embargo, otras partes de la ciudad donde hay mayor movimiento y se ven gentes que van y vienen cerca de ciertos palacios.
Comparada Jerusalén con la Roma antigua, que he visto, esta ciudad era mucho más bulliciosa en las calles; tenía aspecto más agradable y no era tan desigual ni empinada.
La montaña sobre la cual se halla el templo está rodeada, por el lado en que la pendiente es más suave, de casas que forman varias calles detrás de espesos muros.
Estas casas están construidas sobre terrazas colocadas unas sobre otras.
 Allí viven los sacerdotes y los servidores subalternos del templo, que hacen trabajos más rudos, como la limpieza de los fosos, donde se echan los desperdicios provenientes de los sacrificios de animales.
Hay un costado norte, creo, donde la montaña del templo es muy escarpada.
En todo lo alto, alrededor de la cumbre, se halla una zona verde formada por pequeños jardines pertenecientes a los sacerdotes.
Aun en tiempos de Jesucristo se trabajaba siempre en alguna parte del templo.
Este trabajo no cesaba nunca.
En la montaña del templo había mucho mineral, que se fue sacando y empleando en la construcción del mismo edificio.
Debajo del templo hay fosos y lugares donde funden el metal.
No pude encontrar en este gran templo un lugar donde poder rezar a gusto.
 Todo el edificio es admirablemente macizo, alto y sólido.
Los numerosos patios son estrechos y sombríos, llenos de andamios y de asientos.
Cuando hay mucha gente causa miedo encontrarse apretado entre los espesos muros y las gruesas columnas.
Tampoco me gustan los continuos sacrificios y la sangre derramada en abundancia, a pesar de que esto se hace con orden e increíble limpieza.
Hacía mucho tiempo que no había visto con tanta claridad, como hoy, los edificios, los caminos y los pasajes.
 Pero son tantas las cosas que hay aquí que me es imposible describirlas con detalles.
Los viajeros llegaron con la pequeña María, por el norte, a Jerusalén: con todo, no entraron por ese lado, sino que dieron vuelta alrededor de la ciudad hasta el muro oriental, siguiendo una parte del valle de Josafat.
Dejando a la izquierda el Monte de los Olivos y el camino de Betania, entraron en la ciudad por la Puerta de las Ovejas, que conducía al mercado de las bestias.
No lejos de esta puerta hay un estanque donde se lava por primera vez a las ovejas destinadas al sacrificio.
No es ésta la piscina de Bethseda.
La comitiva, después de haber entrado en la ciudad, torció de nuevo a la derecha y entró en otra barriada siguiendo un largo valle interno dominado de un lado por las altas murallas de una zona más elevada de la ciudad, llegando a la parte occidental en los alrededores del mercado de los peces, donde se halla la casa paterna de Zacarías de Hebrón.
 Se encontraba allí un hombre de avanzada edad: creo que el hermano de su padre.
Zacarías solía volver a la casa después de haber cumplido su servicio en el templo.
En esos días se encontraba en la ciudad y habiendo acabado su tiempo de servicio, quería quedarse sólo unos días en Jerusalén para asistir a la, entrada de María al templo.
 Al llegar la comitiva, Zacarías no se encontraba allí.
En la casa se hallaban presentes otros parientes de los contornos de Belén y de Hebrón, entre ellos, dos hijas de la hermana de Isabel.
 Isabel tampoco se encontraba allí en ese momento.
Estas personas se habían adelantado para recibir a los caminantes hasta un cuarto de legua por el camino del valle.
Varias jóvenes los acompañaban llevando guirnaldas y ramas de árboles.
Los caminantes fueron recibidos con demostraciones de contento y conducidos hasta la casa de Zacarías, donde se festejó la llegada.
Se les ofreció refrescos y todos se prepararon para llevarlos a una posada contigua al templo, donde los forasteros se hospedan los días de fiesta.
Los animales que Joaquín había destinado para el sacrificio habían sido conducidos ya desde los alrededores de la plaza del ganado a los establos situados cerca de esta casa.
Zacarías acudió también para guiar a la comitiva desde la casa paterna hasta la posada.
Pusieron a la pequeña María su segundo vestidito de ceremonias con el pelo celeste.
Todos se pusieron en marcha formando una ordenada procesión.
Zacarías iba adelante con Joaquín y Ana; luego la niña María rodeada de cuatro niñas vestidas de blanco, y las otras chicas con sus padres cerraban la marcha.
 Anduvieron por varias calles y pasaron delante del palacio de Herodes y de la casa donde más tarde habitó Pilatos.
Se dirigieron hacia el ángulo Nordeste del templo, dejando atrás la fortaleza Antonia, edificio muy alto, situado al Noroeste.
Subieron por unos escalones abiertos en una muralla alta.
La pequeña María subió sola, con alegre prisa, sin permitir que nadie la ayudara.
 Todos la miraban con asombro.
La casa donde se alojaron era una posada para días de fiesta situada a corta distancia del mercado del ganado.
Había varias posadas de este género alrededor del templo, y Zacarías había alquilado una.
Era un gran edificio con cuatro galerías en torno de un patio extenso.
En las galerías se hallaban los dormitorios, así como largas mesas muy bajas.
Había una sala espaciosa y un hogar para la cocina.
 El patio para los animales enviados por Zacarías estaba muy cerca.
 A ambos lados del edificio habitaban los servidores del templo que se ocupaban de los sacrificios.
Al entrar los forasteros se les lavaron los pies, como se hacía con los caminantes; los de los hombres fueron lavados por hombres; y las mujeres hicieron este servicio con las mujeres.
Entraron luego en una sala en medio de la cual se hallaba suspendida una gran lámpara de varios brazos sobre un depósito de bronce lleno de agua, donde se lavaron la cara y las manos.
 Cuando hubieron quitado la carga al asno de Joaquín, un sirviente lo llevó a la cuadra.
Joaquín había dicho que sacrificaría y siguió a los servidores del templo hasta el sitio donde se hallaban los animales, a los cuales examinaron.
Joaquín y Ana se dirigieron luego con María a la habitación de los sacerdotes, situada más arriba.
 Aquí la niña María, como elevada por el espíritu interior, subió ligerísimamente los escalones con un impulso extraordinario.
Los dos sacerdotes que se hallaban en la casa los recibieron con grandes muestras de amistad: uno era anciano y el otro más joven.
Los dos habían asistido al examen de la niña en Nazaret y esperaban su llegada.
Después de haber conversado del viaje y de la próxima ceremonia de la presentación, hicieron llamar a una de las mujeres del Templo.
Era ésta una viuda anciana que debía encargarse de velar por la niña.
Habitaba en la vecindad con otras personas de su misma condición, haciendo toda clase de labores femeniles y educando a las niñas.
Su habitación se encontraba más apartada del templo que las salas adyacentes, donde habían sido dispuestos, para las mujeres y las jóvenes consagradas al servicio del Templo, pequeños oratorios desde los cuales podían ver el santuario sin ser vistas por los demás.
La matrona que acababa de llegar estaba tan bien envuelta en su ropaje que apenas podía vérsele la cara.
Los sacerdotes y los padres de María se la presentaron, confiándola a sus cuidados.
Ella estuvo dignamente afectuosa, sin perder su gravedad.
La niña María se mostró humilde y respetuosa.
La instruyeron en todo lo que se relacionaba con la niña y su entrada solemne en el templo.
Aquella mujer bajó con ellos a la posada, tomó el ajuar que pertenecía a la niña y se lo llevó a fin de prepararlo todo en la habitación que le estaba destinada.
 La gente que había acompañado a la comitiva desde la casa de Zacarías, regresó a su domicilio, quedando en la posada solamente los parientes.
 Las mujeres se instalaron allí y prepararon la fiesta que debía tener lugar al día siguiente.
Joaquín y algunos hombres condujeron las víctimas al Templo al despuntar el nuevo día y los sacerdotes las revisaron nuevamente.
Algunos animales fueron desechados y llevados en seguida a la plaza del ganado.
Los aceptados fueron conducidos al patio donde habrían de ser inmolados.
 Vi allí muchas cosas que ya no es posible decirlas en orden.
Recuerdo que antes de inmolar, Joaquín colocaba su mano sobre la cabeza de la víctima, debiendo recibir la sangre en un vaso y también algunas partes del animal.
 Había varias columnas, mesas y vasos.
Se cortaba, se repartía y ordenaba todo.
Se quitaba la espuma de la sangre y se ponía aparte la grasa, el hígado, el bazo, salándose todo esto.
 Se limpiaban los intestinos de los corderos, rellenándolos con algo y volviéndolos a poner dentro del cuerpo, de modo que el animal parecía entero, y se ataban las patas en forma de cruz.
Luego, una gran parte de la carne era llevada al patio donde las jóvenes del Templo debían hacer algo con ella: quizás prepararla para alimento de los sacerdotes o ellas mismas.
Todo esto se hacía con un orden increíble.
 Los sacerdotes y levitas iban y venían, siempre de dos en dos.
Este trabajo complicado y penoso se hacía fácilmente, como si se efectuase por sí solo.
Los trozos destinados al sacrificio quedaban impregnados en sal hasta el día siguiente, en que debían ser ofrecidos sobre el altar.
Hubo hoy una gran fiesta en la posada, seguida de una comida solemne.
 Habría unas cien personas, contados los niños.
Estaban presentes unas veinticuatro niñas de diversas edades, entre ellas Serapia, que fue llamada Verónica después de la muerte de Jesús: era bastante crecida, como de unos diez o doce años.
Se tejieron coronas y guirnaldas de flores para María y sus compañeras, adornándose también siete candelabros en forma de cetro sin pedestal.
En cuanto a la llama que brillaba en su extremidad no sé si estaba alimentada con aceite, cera u otra materia.
Durante la fiesta entraron y salieron numerosos sacerdotes y levitas.
Tomaron parte en el banquete, y al expresar su asombro por la gran cantidad de víctimas ofrecidas para el sacrificio, Joaquín les dijo que, en recuerdo de la afrenta recibida en el templo al ser rechazado su sacrificio, y a causa de la misericordia de Dios que había escuchado su oración, había querido demostrar su gratitud de acuerdo con sus medios.
Hoy pude ver a la pequeña María paseando con las otras jóvenes en torno de su casa.
Otros detalles los he olvidado completamente.

VISION DE LA BEATA CATALINA EMMERICH: LA PRESENTACIÓN DE LA NIÑA MARÍA EN EL TEMPLO

Esta mañana fueron al Templo: Zacarías, Joaquín y otros hombres.
Más tarde fue llevada María por su madre en medio de un acompañamiento solemne.
Ana y su hija María Helí, con la pequeña María Cleofás, marchaban delante; iba luego la santa niña María con su vestidito y su manto azul celeste, los brazos y el cuello adornados con guirnaldas: llevaba en la mano un cirio ceñido de flores.
A su lado caminaban tres niñitas con cirios semejantes.
Tenían vestidos blancos, bordados de oro y peplos celestes, como María, y estaban rodeadas de guirnaldas de flores; llevaban otras pequeñas guirnaldas alrededor del cuello y de los brazos.
Iban en seguida las otras jóvenes y niñas vestidas de fiesta, aunque no uniformemente.
Todas llevaban pequeños mantos. Cerraban el cortejo las demás mujeres.
Como no se podía ir en línea recta desde la posada al Templo, tuvieron que dar una vuelta pasando por varias calles.
Todo el mundo se admiraba de ver el hermoso cortejo y en las puertas de varias casas rendían honores. En María se notaba algo de santo y de conmovedor.
A la llegada de la comitiva he visto a varios servidores del Templo empeñados en abrir con grande esfuerzo una puerta muy alta y muy pesada, que brillaba como oro y que tenía grabadas varias figuras: cabezas, racimos de uvas y gavillas de trigo.
 Era la Puerta Dorada.
La comitiva entró por esa puerta.
Para llegar a ella era preciso subir cincuenta escalones; creo que había entre ellos algunos descansos. Quisieron llevar a María de la mano; pero ella no lo permitió: subió los escalones rápidamente, sin tropiezos, llena de alegre entusiasmo.
 Todos se hallaban profundamente conmovidos.
Bajo la Puerta Dorada fue recibida María por Zacarías, Joaquín y algunos sacerdotes que la llevaron hacia la derecha, bajo la amplia arcada de la puerta, a las altas salas donde se había preparado una comida en honor de alguien.
 Aquí se separaron las personas de la comitiva.
La mayoría de las mujeres y de las niñas se dirigieron al sitio del Templo que les estaba reservado para orar. Joaquín y Zacarías fueron al lugar del sacrificio.
 Los sacerdotes hicieron todavía algunas preguntas a María en una sala y cuando se hubieron retirado, asombrados de la sabiduría de la niña, Ana vistió a su hija con el tercer traje de fiesta, que era de color azul violáceo y le puso el manto, el velo y la corona ya descritos por mí al relatar la ceremonia que tuvo lugar en la casa de Ana.
Entre tanto Joaquín había ido al sacrificio con los sacerdotes.
Luego de recibir un poco de fuego tomado de un lugar determinado, se colocó entre dos sacerdotes cerca del altar.
 Estoy demasiada enferma y distraída para dar la explicación del sacrificio en el orden necesario. Recuerdo lo siguiente: no se podía llegar al altar más que por tres lados.
Los trozos preparados para el holocausto no estaban todos en el mismo lugar, sino puestos alrededor, en distintos sitios.
 En los cuatro extremos del altar había cuatro columnas de metal, huecas, sobre las cuales descansaban cosas que parecían caños de chimenea.
 Eran anchos embudos de cobre terminados en tubos en forma de cuernos, de modo que el humo podía salir pasando por sobre la cabeza de los sacerdotes que ofrecían el sacrificio.
Mientras se consumía sobre el altar la ofrenda de Joaquín, Ana fue con María y las jóvenes que la acompañaban, al vestíbulo reservado a las mujeres.
Este lugar estaba separado del altar del sacrificio por un muro que terminaba en lo alto en una reja.
En medio de este muro había una puerta.
El atrio de las mujeres, a partir del muro de separación, iba subiendo de manera que por lo menos las que se hallaban más alejadas podían ver hasta cierto punto el altar del sacrificio.
 Cuando la puerta del muro estaba abierta, algunas mujeres podían ver el altar.
María y las otras jóvenes se hallaban de pie, delante de Ana, y las demás parientas estaban a poca distancia de la puerta.
En sitio aparte había un grupo de niños del Templo, vestidos de blanco, que tañían flautas y arpas.
Después del sacrificio se preparó bajo la puerta de separación un altar portátil cubierto, con algunos escalones para subir.
 Zacarías y Joaquín fueron con un sacerdote desde el patio hasta este altar, delante del cual estaba otro sacerdote y dos levitas con rollos y todo lo necesario para escribir.
Un poco atrás se hallaban las doncellas que habían acompañado a María.
María se arrodilló sobre los escalones; Joaquín y Ana extendieron las manos sobre su cabeza. El sacerdote cortó un poco de sus cabellos, quemándolos luego sobre un brasero.
Los padres pronunciaron algunas palabras, ofreciendo a su hija, y los levitas las escribieron.
Entretanto las niñas cantaban el salmo “Eructavit cor meum verbum bonum” y los sacerdotes el salmo “Deus deorum Dominus locutus est” mientras los niños tocaban sus instrumentos. Observé entonces que dos sacerdotes tomaron a María de la mano y la llevaron por unos escalones hacia un lugar elevado del muro, que separaba el vestíbulo del Santuario.
 Colocaron a la niña en una especie de nicho en el centro de aquel muro, de manera que ella pudiera ver el sitio donde se hallaban, puestos en fila, varios hombres que me parecieron consagrados al Templo.
Dos sacerdotes estaban a su lado; había otros dos en los escalones, recitando en alta voz oraciones escritas en rollos.
Del otro lado del muro se hallaba de pie un anciano príncipe de los sacerdotes, cerca del altar, en un sitio bastante elevado que permitía vérsele el busto.
 Yo lo vi presentando el incienso, cuyo humo se esparció alrededor de María.
Durante esta ceremonia vi en torno de María un cuadro simbólico que pronto llenó el Templo y lo oscureció.
 Vi una gloria luminosa debajo del corazón de María y comprendí que ella encerraba la promesa de la sacrosanta bendición de Dios.
 Esta gloria aparecía rodeada por el arca de Noé, de manera que la cabeza de María se alzaba por encima y el arca tomaba a su vez la forma del Arca de la Alianza, viendo luego a ésta corno encerrada en el Templo.
Luego vi que todas estas formas desaparecían mientras el cáliz de la santa Cena se mostraba fuera de la gloria, delante del pecho de María, y más arriba, ante la boca de la Virgen, aparecía un pan marcado con una cruz.
A los lados brillaban rayos de cuyas extremidades surgían figuras con símbolos místicos de la Santísima Virgen, como todos los nombres de las Letanías que le dirige la Iglesia.
Subían, cruzándose desde sus hombros, dos ramas de olivo y de ciprés, o de cedro y de ciprés, por encima de una hermosa palmera junto con un pequeño ramo que vi aparecer detrás de ella. En los espacios de las ramas pude ver todos los instrumentos de la pasión de Jesucristo.
El Espíritu Santo, representado por una figura alada que parecía más forma humana que paloma, se hallaba suspendido sobre el cuadro, por encima del cual vi el cielo abierto, el centro de la celestial Jerusalén, la ciudad de Dios, con todos sus palacios, jardines y lugares de los futuros santos. Todo estaba lleno de ángeles, y la gloria, que ahora rodeaba a la Virgen Santísima, lo estaba con cabezas de estos espíritus.
¡Ah, quién pudiera describir estas cosas con palabras humanas!…
Se veía todo bajo formas tan diversas y tan multiformes, derivando unas de las otras en tan continuada transformación, que he olvidado la mayor parte de ellas.
Todo lo que se relaciona con la Santísima Virgen en la antigua y en la nueva Alianza y hasta en la eternidad, se hallaba allí representado.
Sólo puedo comparar esta visión a otra menor que tuve hace poco, en la cual vi en toda su magnificencia el significado del santo Rosario.
 Muchas personas, que se creen sabias, comprenden esto menos que los pobres y humildes que lo recitan con simplicidad, pues éstos acrecientan el esplendor con su obediencia, su piedad y su sencilla confianza en la Iglesia, que recomienda esta oración.
Cuando vi todo esto, las bellezas y magnificencias del Templo, con los muros elegantemente adornados, me parecían opacos y ennegrecidos detrás de la Virgen Santísima.
El Templo mismo parecía esfumarse y desaparecer: sólo María y la gloria que la rodeaba lo llenaba todo.
Mientras estas visiones pasaban delante de mis ojos, dejé de ver a la Virgen Santísima bajo forma de niña: me pareció entonces grande y como suspendida en el aire.
Con todo veía también, a través de María, a los sacerdotes, al sacrificio del incienso y a todo lo demás de la ceremonia. Parecía que el sacerdote estaba detrás de ella, anunciando el porvenir e invitando al pueblo a agradecer y a orar a Dios, porque de esta niña habría de salir algo muy grandioso.
Todos los que estaban en el Templo, aunque no veían lo que yo veía, estaban recogidos y profundamente conmovidos.
 Este cuadro se desvaneció gradualmente de la misma manera que lo había visto aparecer.
Al fin sólo quedó la gloria bajo el corazón de María y la bendición de la promesa brillando en su interior. Luego desapareció también y sólo vi a la niña María adornada entre los sacerdotes.
Los sacerdotes tomaron las guirnaldas que estaban alrededor de sus brazos y la antorcha que llevaba en la mano, y se las dieron a las compañeras.
Le pusieron en la cabeza un velo pardo y la hicieron descender las gradas, llevándola a una sala vecina, donde seis vírgenes del Templo, de mayor edad, salieron a su encuentro arrojando flores ante ella.
Detrás iban sus maestras, Noemí, hermana de la madre de Lázaro, la profetisa Ana y otra mujer.
 Los sacerdotes recibieron a la pequeña María, retirándose luego.
Los padres de la Niña, así como sus parientes más cercanos, se encontraban allí.
Una vez terminados los cantos sagrados, despidióse María de sus padres.
Joaquín, que estaba profundamente conmovido, tomó a María entre sus brazos y apretándola contra su corazón, dijo en medio de las lágrimas:
 “Acuérdate de mi alma ante Dios”.
María se dirigió luego con las maestras y varias otras jóvenes a las habitaciones de las mujeres, al Norte del Templo.
Estas habitaban salas abiertas en los espesos muros del Templo y podían, a través de pasajes y escaleras, subir a los pequeños oratorios colocados cerca del Santuario y del Santo de los Santos.
Los deudos de María volvieron a la sala contigua a la Puerta Dorada, donde antes se habían detenido quedándose a comer en compañía de los sacerdotes.
Las mujeres comían en sala aparte.
He olvidado, entre otras muchas cosas, por qué la fiesta había sido tan brillante y solemne.
Sin embargo, sé que fue a consecuencia de una revelación de la voluntad de Dios.
 Los padres de María eran personas de condición acomodada y si vivían pobremente era por espíritu de mortificación y para poder dar más limosnas a los pobres.
 Así es cómo Ana, no sé por cuánto tiempo, sólo comió alimentos fríos.
A pesar de esto trataban a la servidumbre con generosidad y la dotaban.
He visto a muchas personas orando en el Templo.
 Otras habían seguido a la comitiva hasta la puerta misma.
Algunos de los presentes debieron tener cierto presentimiento de los destinos de la Niña, pues recuerdo unas palabras que Santa Ana en un momento de entusiasmo jubiloso dirigió a las mujeres, cuyo sentido era:
 “He aquí el Arca de la Alianza, el vaso de la Promesa, que entra ahora en el Templo”.
Los padres de María y demás parientes regresaron hoy a Bet-Horon.


Presentación de María en el Templo:

 visión de Sor María de Agreda




Contiene la presentación al templo de la Princesa del Cielo y los fa­vores que la diestra divina le hizo.

DE LA PRESENTACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA EN EL TEMPLO EL AÑO TERCERO DE SU EDAD

413. Entre las sombras que figuraban a María Santísima en la ley escrita, ninguna fue más expresa que el arca del testamento, así por la materia de que estaba fabricada, como por lo que en sí contenía, y para lo que servía en el pueblo de Dios, y las demás cosas que mediante el arca y con ella y por ella hacía y obraba el mismo Señor en aquella antigua Sinagoga; que todo era un dibujo de esta Señora y de lo que por ella y con ella había de obrar en la nueva Iglesia del Evangelio. La materia del cedro inco­rruptible (Ex., 25, 10) de que —no acaso pero con Divino acuerdo— fue fabrica­da, expresamente señala a nuestra arca mística María, libre de la corrupción del pecado actual y de la carcoma oculta del original y su inseparable fomes y pasiones. El oro finísimo y purísimo que por dentro y fuera la vestía (Ib. 11), cierto es que fue lo más perfecto y levantado de la gracia y dones que en sus pensamientos divinos, y en sus obras y costumbres, hábitos y potencias resplandecía, sin que a la vista de lo interior y exterior de esta arca se pudiese divi­sar parte, tiempo, ni momento en que no estuviese toda llena y vestida de gracia, y gracia de subidísimos quilates.
414.    Las tablas lapídeas de la ley, la urna del maná y vara de los  prodigios,  que aquella  antigua  arca  contenía  y  guardaba,  no pudo  significar  con  mayor  expresión  al  Verbo  Eterno  humanado, encerrado  en  esta arca  viva  de  María  Santísima,  siendo  su  Hijo unigénito la piedra fundamental (1 Cor., 3, 11) y viva del edificio de la Iglesia Evangélica;   la  angular (Ef., 2, 20),  que  juntó  a  los  dos  pueblos,  judaico y gentil, tan divisos, y que para esto se cortó del monte (Dan., 2, 34) de la eterna generación, y para que, escribiéndose en ella con el dedo de Dios la nueva ley de gracia, se depositase en el arca virginal de María; y para que se entienda que era depositaría esta gran Reina de todo lo que Dios era y obraba con las criaturas. Encerraba también con­sigo el maná de la Divinidad y de la gracia y el poder y vara de los  prodigios  y maravillas,  para  que  sólo  en  esta arca  divina y mística se hallase la fuente de las gracias, que es el mismo ser de Dios, y de ella redundasen a los demás mortales, y en ella y por ella se obrasen las maravillas y prodigios del brazo de Dios; y todo lo que este Señor quiere, es y obra, se entienda que en María está encerrado y depositado.
415.    A todo esto era consiguiente que el arca del testamento —no por la figura y sombra, sino por la verdad que significaba— sirviese de peana y asiento al propiciatorio (Ex., 26, 34), donde el Señor tenía el asiento y tribunal de las misericordias para oír a su pueblo, res­ponderle y despachar sus peticiones y favores; porque de ninguna otra criatura hizo Dios trono de gracia fuera de María Santísima; ni  tampoco podía dejar de hacer propiciatorio de esta mística y verdadera arca, supuesto que la había fabricado para encerrarse en ella. Y así parece que el tribunal de la Divina justicia se quedó en el mismo Dios y el propiciatorio y tribunal de la misericordia le puso en María dulcísima, para que a ella como a trono de gracia llegásemos  con  segura  confianza  a  presentar nuestras  peticiones, a pedir los beneficios, gracias y misericordias, que, fuera del pro­piciatorio de la gran Reina María, ni son oídas ni despachadas para el linaje humano.
416.   Arca tan misteriosa y consagrada, fabricada por la mano del mismo Señor para su habitación y propiciatorio para su pueblo, no estaba bien fuera de su templo, donde estaba guardada la otra arca material, que era figura de esta verdadera y espiritual arca del  Nuevo Testamento.  Por esto ordenó  el mismo Autor  de esta maravilla que María Santísima fuese colocada en su casa y templo, cumplidos los tres años de su felicísima natividad. Verdad es que no sin grande admiración hallo una diferencia admirable en lo que sucedió con aquella primera y figurativa arca y lo que sucede con la segunda y verdadera; pues cuando el Santo Rey David trasladó el arca a diferentes lugares, y después su hijo Salomón la trasladó o colocó en el templo como a su lugar y asiento propio, aunque no tenía aquella arca más grandeza que significar a María Purísima y sus mis­terios, fueron sus traslaciones y mudanzas tan festivas y llenas de regocijo para aquel antiguo pueblo como lo testifican las solem­nes procesiones que hizo Santo David de casa de Aminadab a la de Obededón y de ésta al tabernáculo de Sión, ciudad propia del mismo Santo Rey David; y cuando de Sión la trasladó Salomón al nuevo templo, que para casa de Dios y de oración edificó por precepto del mismo Señor ((2 Sam., 6, 10.12; 3 Re., 8, 6; 2 par., 5).
417.    En todas estas traslaciones fue llevada la antigua arca del testamento con pública veneración y culto solemnísimo de músicas, danzas, sacrificios y júbilo de aquellos reyes y de todo el pueblo de Israel, como lo refiere la Sagrada Historia de los libros II y III de los Reyes  y  I  y  II   del  Paralipómenon.  Pero nuestra arca  mística y verdadera, María Santísima, aunque era la más  rica, estimable y digna de toda veneración entre las criaturas, no fue llevada al templo con tan solemne aparato y ostentación pública;  no hubo en esta misteriosa  traslación  sacrificios  de  animales, ni la pompa real  y majestad de Reina, antes bien fue trasladada de casa de su padre Joaquín, en los brazos humildes de su madre Ana, que, si bien no era muy pobre, pero en esta ocasión llevó a su querida Hija a presentar y depositarla en el templo con recato humilde, como pobre, sola y sin ostentación popular. Toda la gloria y majestad de esta procesión quiso el Altísimo que fuese invisible y divina; porque los sacramen­tos y misterios de María Santísima fueron tan levantados y ocultos que muchos de ellos lo están hasta el día de hoy por los investigables juicios del Señor, que tiene destinado el tiempo y hora para todas las cosas y para cada una.
418.   Admirándome yo de esta maravilla en presencia del Muy Alto y alabando sus juicios, se dignó Su Majestad de responderme de esta manera:   Advierte,  alma, que yo si ordené fuese venerada el arca del viejo testamento con tanta festividad y aparato, fue porque era figura expresa de la que había de ser Madre del Verbo Huma­nado. Aquella era arca irracional y material, y con ella sin dificul­tad se podía hacer aquella celebridad y ostentación; pero con el arca verdadera y viva no permití yo esto, mientras vivió en carne mortal, para enseñar con este ejemplo lo que tú y las demás almas debéis advertir, mientras sois viadoras. A mis electos, que están escritos en mi mente y aceptación para eterna memoria, no quiero yo poner los en ocasión que la honra y el aplauso ostentoso y desmedido de los hombres les sea parte de premio en la vida mortal, por lo que en ella trabajan por mi honra y servicio; ni tampoco les conviene el peligro de repartir el amor, en quien los justifica y hace santos y en quien los celebra por tales. Uno es el Criador que los hizo y sustenta, ilumina y defiende; uno ha de ser el amor y atención y no se debe partir ni dividir, aunque sea para remunerar y agradecer las honras que con piadoso celo se les hacen a los justos. El amor divino es  delicado,  la voluntad  humana fragilísima y limitada;   y dividida, es poco y muy imperfecto lo que hace, y ligeramente lo pierde  todo.  Por esta doctrina y ejemplar con  la que era santísima y no podía caer por mi protección, no quise que fuese cono­cida, ni honrada en su vida, ni llevada al templo con ostentación de honra visible.
419.   A más de esto, yo envié a mi Unigénito del Cielo y crié a la que había de ser su Madre, para que sacasen al mundo de su error y desengañasen a los mortales, de que era ley iniquísima y establecida por el pecado que el pobre fuese despreciado y el rico estimado;  que el humilde fuese abatido y el soberbio ensalzado; que el virtuoso fuese vituperado y el pecador acreditado;  que el temeroso y encogido fuese juzgado por insensato y el arrogante fuese tenido por valeroso; que la pobreza fuese ignominiosa y desdicha­da; las riquezas, fausto, ostentación, pompas, honras, deleites pere­cederos buscados y apreciados de los hombres insipientes y carna­les. Todo esto vino el Verbo Encarnado y su Madre a reprobar y condenar por engañoso y mentiroso, para que los mortales conoz­can el formidable peligro en que viven en amarlo y en entregarse tan ciegamente a la mentira dolosa de lo sensible y deleitable. Y de este insano amor les nace que con tanto esfuerzo huyan de la hu­mildad, mansedumbre y pobreza, y desvíen de sí todo lo que tiene olor de virtud verdadera de penitencia y negación de sus pasiones; siendo esto lo que obliga a mi equidad y es aceptable en mis ojos, porque es lo santo, lo honesto, lo justo y que ha de ser premiado con remuneración de eterna gloria, y lo contrario con sempiterna pena.
420.   Esta verdad no alcanzan los ojos terrenos de los mundanos y carnales, ni quieren atender a luz que se la enseñaría; pero tú, alma, óyela y escríbela en tu corazón con el ejemplo del Verbo Huma­nado, de la que fue su Madre y le imitó en todo. Santa era, y en mi estimación y agrado la primera después de Cristo, y se le debía toda veneración y honra de los hombres, pues no le pudieran dar la que merecía; pero yo previne y ordené que no fuese honrada ni conocida por entonces, para poner en ella lo más santo, lo más perfecto, lo más apreciable y seguro, que mis escogidos habían de imitar y aprender de la Maestra de la verdad; y esto era la humil­dad, el secreto, el retiro, el desprecio de la vanidad engañosa y formidable del mundo, el amor a los trabajos, tribulaciones, con­tumelias, aflicciones y deshonras de las criaturas. Y porque todo esto no se compadece ni conviene con los aplausos, honras y estimación de los mundanos, determiné que María Purísima no las tuviese, ni quiero que mis amigos las reciban ni admitan. Y si para mi gloria yo los doy a conocer alguna vez al mundo, no es porque ellos lo desean, ni lo quieren;  mas con su humildad, y sin salir de sus límites, se rinden a mi disposición y voluntad; y para sí y por sí desean y aman lo que el mundo desecha, y lo que el Verbo Huma­nado y su Madre Santísima obraron y enseñaron.—Esta fue la res­puesta del Señor a mi admiración y reparo; con que me dejó satisfecha y enseñada en lo que debo y deseo ejecutar.
421. Cumplido ya el tiempo de los tres años determinados por el Señor, salieron de Nazaret Joaquín y Ana, acompañados de algunos deudos, llevando consigo la verdadera arca viva del testamento, María Santísima, en los brazos de su madre, para depositarla en el Templo Santo de Jerusalén. Corría la hermosa niña con sus afec­tos fervorosos tras el olor de los ungüentos de su amado (Cant., 1, 3), para buscar en el Templo al mismo que llevaba en su corazón. Iba esta humilde procesión muy sola de criaturas terrenas y sin alguna visi­ble ostentación, pero con ilustre y numeroso acompañamiento de espíritus angélicos que para celebrar esta fiesta habían bajado del Cielo, a más de los ordinarios que guardaban a su Reina niña, y cantando con música celestial nuevos cánticos de gloria y alabanza del Altísimo —oyéndolos y viéndolos a todos la Princesa de los cielos, que caminaba hermosos pasos a la vista del supremo y verdadero Salomón— prosiguieron su jornada de Nazaret hasta la Ciudad Santa de Jerusalén, sintiendo los dichosos padres de la niña María gran­de júbilo y consolación de su espíritu.
422.    Llegaron al Templo Santo, y la Bienaventurada Ana, para entrar con su hija y Señora en él, la llevó de la mano, asistién­dolas particularmente el Santo Joaquín; y todos tres hicieron devota y fervorosa oración al Señor: los padres ofreciéndole a su hija y la hija santísima ofreciéndose a sí misma con profunda humildad, adoración y  reverencia.  Y  sola  ella  conoció  cómo el  Altísimo  la admitía y recibía; y entre un divino resplandor que llenó el templo, oyó una voz que le decía: Ven, esposa mía, electa mía, ven a mi templo, donde quiero que me alabes y me bendigas.—Hecha esta oración  se levantaron y fueron al  sacerdote y le  entregaron los padres a su hija y niña María, y el sacerdote le dio su bendición; y juntos todos la llevaron a un cuarto, donde estaba el colegio de las doncellas que se criaban en recogimiento y santas costumbres, mientras llegaban a la edad de tomar estado de matrimonio; y espe­cialmente se recogían allí las primogénitas del tribu real de Judá y del tribu sacerdotal de Leví.
423.    La subida de este colegio tenía quince gradas, adonde sa­lieron otros sacerdotes a recibir la bendita niña María; y el que la llevaba, que debía de ser uno de los ordinarios y la había recibido, la puso en la grada primera; ella le pidió licencia y, volviéndose a sus padres Joaquín y Ana, hincando las rodillas les pidió su ben­dición y les besó la mano a cada uno, rogándoles la encomendasen a Dios. Los santos padres con gran ternura y lágrimas la echaron bendiciones, y, en recibiéndolas, subió por sí sola las quince gradas con incomparable fervor y alegría, sin volver la cabeza ni derramar lágrima, ni hacer acción párvula, ni mostrar sentimiento de la des­pedida de sus padres;  antes puso a todos en admiración el verla en edad tan tierna con majestad y entereza tan peregrina. Los sacer­dotes la recibieron y llevaron al colegio de las demás vírgenes; y el Santo Simeón, Sumo Sacerdote, la entregó a las maestras, una de las cuales era Ana profetisa. Esta santa matrona había sido prevenida con  especial gracia y luz del Altísimo para  que se encargase  de aquella niña de Joaquín y Ana, y así lo hizo por Divina dispensa­ción, mereciendo por su santidad y virtudes tener por discípula a la que había de ser Madre de Dios y maestra de todas las criaturas.
424.    Los padres, Joaquín y Ana, se volvieron a Nazaret dolori­dos, y pobres sin el rico tesoro de su casa, pero el Altísimo los con­fortó y consoló en ella. El santo sacerdote Simeón, aunque por en­tonces  no conoció   el  misterio encerrado  en  la niña María,  pero tuvo grande luz de que era santa y escogida del Señor; y los otros sacerdotes también sintieron de ella con gran alteza y reverencia. En aquella escala que subió la niña se ejecutó con toda propiedad lo que Jacob vio en la suya (Gén., 28, 12), que subían y bajaban Ángeles; unos que acompañaban y otros que salían a recibir a su Reina; y en lo supremo de ella aguardaba Dios para admitirla por Hija y por Es­posa; y ella conoció en los efectos de su amor que verdaderamente aquella era casa de Dios y puerta del cielo.
425.    La niña María, entregada y encargada a su maestra, con humildad profunda le pidió de rodillas la bendición, y la rogó que la recibiese debajo de su obediencia, enseñanza y consejo, y que tuvie­se paciencia en lo mucho que con ella trabajaría y padecería. Ana profetisa, su maestra, la recibió con agrado y la dijo:  Hija mía, en mi voluntad hallaréis madre y amparo y yo cuidaré de vos y de vuestra crianza con  todo el  desvelo posible.—Luego pasó a ofre­cerse con la misma humildad a todas las doncellas que allí estaban, y a cada una  singularmente  la saludó y abrazó y se  dedicó por sierva suya, y les pidió que como mayores y más capaces de lo que allí habían de hacer la enseñasen y mandasen; y dioles gracias porque sin merecerlo la admitían en su compañía.

DOCTRINA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

426. Hija mía, la mayor dicha que puede venirle en esta vida mortal a un alma es que la traiga el Altísimo a su casa y la consa­gre toda a su servicio; porque con este beneficio la rescata de una peligrosa esclavitud y la alivia de la vil servidumbre del mundo, donde sin perfecta libertad come su pan con el sudor de su cara (Gén., 3, 19). ¿Quién hay tan insipiente y tenebroso que no conozca el peligro de la vida mundana, con tantas leyes y costumbres abominables y pésimas como la astucia diabólica y la perversidad de los hombres han introducido? La mejor parte es la religión y retiro; aquí se halla puerto seguro y lo demás todo es tormenta y olas alteradas y llenas de dolor y desdichas; y no reconocer los hombres esta verdad y agradecer este singular beneficio, es fea dureza de corazón y olvido de sí mismos. Pero tú, hija mía, no te hagas sorda a la voz del Altísimo, atiende y obra y responde a ella; y te advierto que uno de los mayores desvelos del demonio es impedir la vocación del Señor cuando llama y dispone a las almas para que se dediquen a su servicio.
427.    Sólo aquel acto público y sagrado de recibir el hábito y entrar en la religión, aunque no se haga siempre con el fervor y pureza de intención debida, indigna y enfurece al Dragón infernal y a sus demonios, así por la gloria del Señor y gozo de los Santos Án­geles, como porque sabe aquel mortal enemigo que la religión lo santifica y perfecciona. Y sucede muchas veces que habiéndola reci­bido por motivos humanos y terrenos, obra después la divina gracia y lo mejora y ordena todo. Y si esto puede cuando el principio no fue con intención tan recta como convenía, mucho más poderosa y eficaz será la luz y virtud del Señor y la disciplina de la religión, cuando el alma entra en ella movida del Divino amor y con íntimo y verdadero deseo de hallar a Dios, servirle y amarle.
428.    Y para que el Altísimo reforme o adelante al que viene a la religión por cualquier motivo que traiga, conviene que, en vol­viendo al mundo las espaldas, no le vuelva los ojos y que borre todas sus imágenes de la memoria y olvide lo que tan dignamente ha de­jado en el mundo. A los que no atienden a esta enseñanza y son ingratos y desleales con Dios, sin duda les viene el castigo de la mujer de Lot (Gén., 19, 26), que si por la Divina piedad no es tan visible y pa­tente a los ojos exteriores, pero recíbenle interiormente, quedando helados, secos y sin fervor ni virtud. Y con este desamparo de la gracia, ni consiguen el fin de su vocación, ni aprovechan en la religión, ni hallan consuelo espiritual en ella, ni merecen que el Señor les mire y visite como a hijos; antes los desvía como esclavos infieles y fugitivos. Advierte, María, que para ti todo lo del mundo ha de estar muerto y crucificado, y tú para él, sin memoria, ni imagen, ni atención, ni afecto o cosa alguna terrena y si tal vez fuere necesario ejercitar la caridad con los prójimos, ordénala tan bien que en primer lugar pongas el  bien de tu alma y tu seguridad y  quietud,  paz   y  tranquilidad   interior.   Y  en   estas   advertencias todo extremo, que no sea vicio, te lo amonesto y mando si has de estar en mi escuela.

DE UN SINGULAR FAVOR QUE HIZO EL ALTÍSIMO A MARÍA SANTÍSIMA LUEGO QUE SE QUEDÓ EN EL TEMPLO

429. Cuando la divina niña María, despedidos sus padres, se quedó en el templo para vivir en él, le señaló su maestra el retiro que le tocaba entre las demás vírgenes, que eran como unas grandes alcobas o pequeños aposentos para cada una. Postróse en tierra la Princesa de los cielos y, con advertencia de que era suelo y lugar del templo, le besó y adoró al Señor dándole gracias por aquel nuevo beneficio, y a la misma tierra, porque la había recibido y sustentaba, siendo indigna de aquel bien, de pisarla y estar en ella. Luego se convirtió a sus Ángeles santos y les dijo: Príncipes celes­tiales, nuncios del Altísimo, fidelísimos amigos y compañeros míos, yo os suplico con todo el afecto de mi alma, que en este santo Templo de mi Señor hagáis conmigo el oficio de vigilantes centinelas, avi­sándome de todo lo que debo hacer; enseñadme y encaminadme como maestros y nortes de mis acciones, para que acierte en todo a cumplir la voluntad perfecta del Altísimo, dar gusto a los santos sacerdotes y obedecer a mi maestra y compañeras.—Y hablando con los doce Ángeles singularmente —que arriba dijimos (Cf. supra 202 y 273)  eran los doce del Apocalipsis— les dijo: Y a vosotros, embajadores míos, os pido que, si el Altísimo os diere su licencia, vais [sic] a consolar a mis santos padres en su aflicción y soledad.
430.  Obedecieron a su Reina los doce Ángeles y, quedando con los demás en coloquios divinos, sintió una virtud superior que la movía fuerte y suave y la espiritualizaba y levantaba en un ardiente éxtasis; y luego el Altísimo mandó a los Serafines que la asistían ilustrasen su alma santísima y la preparasen. Y luego le fue dado un lumen y cualidad divina que perfeccionase y proporcionase sus potencias con el objeto que le querían manifestar. Y con esta pre­paración, acompañada de todos sus Santos Ángeles y otros muchos, vestida la divina niña de una refulgente nubécula, fue llevada en cuer­po y alma hasta el Cielo empíreo, donde fue recibida de la Santísima Trinidad con digna benevolencia y agrado. Postróse ante la presencia del poderosísimo y altísimo Señor, como solía en las demás visio­nes, y adoróle con profunda humildad y reverencia. Y luego la vol­vieron a iluminar de nuevo con otra cualidad o lumen con el cual vio la Divinidad intuitiva y claramente; siendo esta la segunda vez que se le manifestó por este modo intuitivo a los tres años de su edad.
431.    No hay sentido ni lengua que pueda manifestar los efec­tos de esta visión y participación de la Divina esencia. La Persona del  Eterno  Padre habló  a  la futura Madre  de  su  Hijo, y díjola: Paloma mía y dilecta mía, quiero que veas los tesoros de mi ser inmutable y perfecciones  infinitas y los  ocultos  dones que tengo destinados para las almas que tengo elegidas para herederas de mi gloria,  que  serán  rescatadas   con  la Sangre  del  Cordero  que por ellas ha de morir. Conoce, hija mía, cuán liberal soy para mis criatu­ras que me conocen y aman; cuán verdadero en mis palabras, cuán fiel  en mis  promesas,  cuán  poderoso y admirable  en mis  obras. Advierte, esposa mía, cómo es verdad infalible que quien me siguiere no vivirá en tinieblas. De ti quiero que, como mi escogida, seas testi­go de vista de los tesoros que tengo aparejados para levantar los humildes, remunerar los pobres, engrandecer los abatidos y premiar todo lo que por mi nombre hicieren o padecieren los mortales.
432.    Otros  sacramentos  grandes  conoció la  santísima niña  en esta visión de la Divinidad, porque el objeto es infinito; y aunque se le había manifestado otra vez  claramente, pero siempre le resta infinito que comunicar de nuevo con más admiración y mayor amor de quien recibe este favor. Respondió la Santísima María al Señor, y dijo: Altísimo y supremo Dios eterno, incomprensible sois en vues­tra grandeza, rico en misericordias, abundante en tesoros, inefable en misterios, fidelísimo en promesas, verdadero en palabras, perfectísimo en vuestras obras, porque sois Señor infinito y eterno en vuestro ser y perfecciones. Pero ¿qué hará, altísimo Señor, mi pe­quenez a la vista de vuestra grandeza? Indigna me reconozco de mirar vuestra grandeza que veo, pero necesitada de que con ella me miréis. En vuestra presencia, Señor, se aniquila toda criatura, ¿qué hará vuestra sierva, que es polvo? Cumplid en mí todo vuestro querer y  beneplácito;   y  si  en  vuestros  ojos   son  tan  estimables los trabajos y desprecios de los mortales, la humildad, la paciencia y mansedumbre en ellos, no consintáis, amado mío, que yo carezca de tan rico tesoro y prendas de vuestro amor; y dad el premio de ello a  vuestros  siervos y amigos,  que lo merecerán mejor, pues nada he trabajado yo en vuestro servicio y agrado.
433.    El Altísimo se agradó mucho de la petición de la divina niña y la dio a conocer cómo la admitía para concederle que traba­jase y padeciese por su amor en el discurso de su vida, sin entender entonces el orden y modo como había de suceder todo. Dio gracias la Princesa del Cielo por este beneficio y favor de que era escogida para trabajar y padecer por el nombre y gloria del Señor y, fervo­rosa con el deseo de conseguirlo, pidió licencia a Su Majestad para hacer en su presencia cuatro votos; de castidad, pobreza, obediencia y perpetuo  encerramiento  en  el  templo,  adonde  la  había  traído. A esta petición la respondió el Señor, y la dijo: Esposa mía, mis pensamientos se levantan sobre todas las criaturas y tú, electa mía, ahora ignoras lo que en el discurso de tu vida te puede suceder y que no será posible en  todo cumplir tus fervorosos deseos  en el modo que ahora piensas; el voto de castidad admito y quiero le ha­gas, y que renuncies desde luego las riquezas terrenas; si bien es mi voluntad que en los  demás votos y en sus materias obres, en lo posible, como si los hubieras hecho todos; y tu deseo se cumplirá en otras muchas doncellas que, en el tiempo venidero de la ley de gracia, por seguirte y servirme harán  los mismos votos  viviendo juntas en congregación, y serás madre de muchas hijas.
434.    Hizo  luego  la  santísima  niña  en presencia  del  Señor el voto de castidad, y en lo demás sin obligarse renunció todo el afec­to de lo terreno y criado; y propuso obedecer por Dios a todas las criaturas. Y en el cumplimiento de estos propósitos fue más pun­tual, fervorosa y fiel que ninguno de cuantos por voto lo prometie­ron ni prometerán. Con esto cesó la visión intuitiva y clara de la Divinidad, pero no luego fue restituida a la tierra; porque en otro estado más inferior tuvo luego otra visión imaginaria del mismo Señor y estando siempre en el cielo empíreo; de manera que se siguieron a la vista de la Divinidad otras visiones imaginarias.
435.    En esta segunda e imaginaria visión llegaron a ella algu­nos Serafines de los más inmediatos al Señor y, por mandado suyo, la adornaron y compusieron en esta forma. Lo primero, todos sus sentidos fueron como iluminados con una claridad o lumen que los llenaba de gracia y hermosura. Luego la vistieron una ropa o tuni-cela preciosísima de refulgencia y la ciñeron con una cintura de piedras diferentes de varios colores transparentes, lucidísimos y bri­llantes, que toda la hermoseaba sobre la humana ponderación;  y significaba la pura candidez y heroicas y diferentes virtudes de su alma   santísima.   Pusiéronla   también   una   gargantilla   o   collar  in­estimable y de subido valor con tres grandes piedras, símbolo de las tres mayores y excelentes virtudes, fe, esperanza y caridad; y estas pendían   del   collar   sobre   el   pecho,   como   señalando   su   lugar  y asiento de tan ricas joyas. Diéronle tras esto siete anillos de rara hermosura en sus manos, donde se los puso el Espíritu Santo en testimonio de que la adornaba con sus dones en grado eminentísi­mo. Y sobre este adorno la Santísima Trinidad puso sobre su cabeza una imperial corona de materia y piedras inestimables, constituyén­dola juntamente por Esposa suya y por Emperatriz del cielo; y en fe de todo esto la vestidura cándida y refulgente estaba sembrada de unas letras o cifras de finísimo oro y muy brillante, que decían: María hija del Eterno Padre, Esposa del Espíritu Santo y Madre de la verdadera luz. Esta última empresa o título no entendió la di­vina Señora, pero los Ángeles sí, que admirados en la alabanza del Autor asistían a obra tan peregrina y nueva; y en cumplimiento de todo esto puso el Altísimo en los mismos espíritus angélicos nueva atención, y salió una voz del trono de la Santísima Trinidad, que hablando con María Santísima le dijo: Nuestra Esposa, nuestra que­rida y escogida entre las criaturas serás por toda la eternidad; los Ángeles te servirán y todas las naciones y generaciones te llamarán bienaventurada (Lc., 1, 48).
436.    Adornada la soberana niña con las galas de la divinidad, se celebró luego el desposorio más célebre y maravilloso que pudo imaginar ninguno de los más altos querubines y serafines, porque el Altísimo la admitió por Esposa única y singular y  la  constituyó en la más suprema dignidad que pudo caber en pura criatura, para depositar en ella su misma Divinidad en la Persona del Verbo y con él todos los tesoros de gracias que a tal eminencia convenían. Estaba la humildísima entre los humildes absorta en el abismo de amor y admiración que la causaban tales favores y beneficios y en presencia del Señor, dijo:
437.    Altísimo Rey y Dios incomprensible, ¿quién sois vos y quién soy yo, para que vuestra dignación mire a la que es polvo, indigna de tales misericordias? En vos, Señor mío, como en espejo claro, conociendo vuestro ser inmutable, veo y conozco sin engaño la ba­jeza y vileza del mío, miro vuestra inmensidad y mi nada, y en este conocimiento quedo aniquilada y deshecha con admiración de que la Majestad infinita se incline a tan humilde gusanillo, que sólo puede merecer el desecho y desprecio entre todas las criaturas. ¡Oh Señor y bien mío, qué magnificado y engrandecido seréis en esta obra! ¡Qué admiración causaréis conmigo en vuestros espíritus an­gélicos, que conocen vuestra infinita bondad, grandeza y misericor­dias, en levantar al polvo y a la que en él es pobre (Sal., 112, 3), para colocar­la entre los príncipes! Yo, Rey mío y mi Señor, os admito por mi Esposo y me ofrezco por vuestra esclava. No tendrá mi entendi­miento otro objeto, ni mi memoria otra imagen, ni mi voluntad otro fin ni deseo fuera de vos, sumo, verdadero y único bien y amor mío, ni mis ojos se levantarán para ver otra criatura humana, ni atenderán mis potencias y sentidos a nadie fuera de vos mismo y a lo que Vuestra Majestad me encaminare; solo vos, amado mío, seréis para vuestra Esposa (Cant., 2, 16) y ella para solo vos, que sois incomu-table y eterno bien.
438.  Recibió el Altísimo con inefable agrado esta aceptación que hizo la soberana Princesa del nuevo desposorio que con su alma santísima había celebrado; y, como a verdadera Esposa y Señora de todo lo criado, le puso en sus manos todos los tesoros de su poder y gracia y la mandó que pidiese lo que deseaba, que nada le sería negado.  Hízolo  así la humildísima paloma y pidió  al  Señor  con ardentísima caridad enviase a su Unigénito al mundo para remedio de los mortales; que a todos los llamase al conocimiento verdadero de su Divinidad; que a sus padres naturales Joaquín y Ana les aumenta­se en el amor y dones de su Divina diestra; que a los pobres y afli­gidos los consolase y confortase en sus trabajos; y para sí misma pidió el cumplimiento y beneplácito de la Divina voluntad.  Estas fueron  las  peticiones  más  particulares que  hizo la  nueva esposa María en esta ocasión a la Beatísima Trinidad. Y todos los espíritus angélicos en alabanza del Altísimo hicieron nuevos cánticos de ad­miración y, con música celestial, los que Su Majestad destinó vol­vieron  a  la  santísima  niña  desde  el  cielo  empíreo  al  lugar  del templo, dé donde la habían llevado.
439.    Y para comenzar luego a poner por obra lo que Su Alteza había prometido en  presencia  del  Señor,  fue  a  su  maestra y la entregó todo cuanto su madre Santa Ana le había dejado para su necesidad y regalo, hasta unos libros y vestuario; y la rogó lo dis­tribuyese a los pobres, o como ella gustase disponer de ello, y la mandase y ordenase lo que debía hacer. La discreta maestra, que ya he dicho era Ana la profetisa, con divino impulso admitió y apro­bó lo que la hermosa niña María ofrecía y la dejó pobre y sin cosa aguna más de lo que tenía vestido; y propuso cuidar singularmente de ella como de más destituida y pobre, porque las otras doncellas cada una tenía su peculio y homenaje señalado y propio de sus ropas y otras cosas a su voluntad.
440. Diole también la maestra orden de vivir a la dulcísima niña, habiéndolo comunicado primero con el sumo sacerdote; y con esta desnudez y resignación consiguió la Reina y Señora de las criaturas quedar sola, destituida y despojada de todas ellas y de sí misma, sin reservar otro afecto ni posesión más de solo el amor ardentísimo del Señor y de su propio abatimiento y humillación. Yo confieso mi suma ignorancia, mi vileza, mi insuficiencia y que del todo me hallo indigna para explicar misterios tan soberanos y ocultos; donde las lenguas expeditas de los sabios y la ciencia y amor de los supremos querubines y serafines fueran insuficientes ¿qué podrá decir una mujer inútil y abatida? Conozco cuánto ofendiera a la grandeza de sacramentos tan venerables, si la obediencia no me excusara; pero aun con ella temo y creo que ignoro y callo lo más y conozco y digo lo menos en cada uno de los misterios y sucesos de esta Ciudad de Dios María Santísima.
  

DOCTRINA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

441.    Hija mía, entre los favores grandes e inefables que recibí en el discurso de mi vida de la diestra del Todopoderoso, uno fue el   que  acabas   de   conocer  y  escribir  ahora;   porque   en  la  vista clara de la divinidad y ser incomprensible del Altísimo conocí ocul­tísimos sacramentos y misterios, y en aquel adorno y desposorio recibí incomparables beneficios, y en mi espíritu sentí dulcísimos y divinos  efectos. Aquel  deseo  que  tuve  de hacer los  cuatro votos de pobreza, obediencia, castidad y encerramiento, agradó mucho al Señor;  y merecí con el deseo que se estableciese en la Iglesia y ley de gracia el hacer los mismos votos las religiosas, como hoy se acostumbra; y aquel fue el principio de lo que ahora hacéis las religiosas, según lo que dijo Santo Rey David (Sal., 44, 13): Adducentur Regí virgines post eam, en el salmo 44, porque el Altísimo ordenó que fuesen mis deseos el fundamento de las religiones de la Ley Evangélica. Y yo cumplí entera y perfectísimamente todo lo que allí propuse delante del Se­ñor, en cuanto según mi estado y vida fue posible; ni jamás miré al rostro a hombre alguno, ni de mi esposo San José, ni de los mismos Ángeles, cuando en forma humana se me aparecían, pero en Dios los vi y conocí todos; y a ninguna cosa criada o racional tuve afecto, ni en operación e inclinación humana; ni tuve querer propio: sí o no, haré o no haré, porque en todo me gobernó el Altísimo, o por sí inmediatamente, o por la obediencia de las criaturas a quien de vo­luntad me sujetaba.
442.   No ignores, carísima, que como el estado de la religión es sagrado y ordenado por el Altísimo, para que  en él  se conserve la  doctrina  de  la perfección  cristiana y  perfecta imitación  de la vida santísima de mi Hijo, por esto mismo está indignadísimo con las almas religiosas que duermen olvidadas de tan alto beneficio y viven tan descuidadas y más relajadamente que muchos hombres mundanos; y así les aguarda más severo juicio y castigo que a ellos. También el demonio, como antigua y astuta serpiente, pone más diligencia y sagacidad en tentar y vencer a los religiosos y religio­sas que con todo el resto de los mundanos respectivamente; y cuando derriba a un alma religiosa, hay mayores consejos y solicitud de todo el infierno, para que no se vuelva a levantar con los reme­dios que para esto tiene más prontos la religión, como son la obe­diencia y ejercicios santos y uso frecuente de los sacramentos. Para que todo esto se malogre y no le aproveche al religioso caído, usa el enemigo de tantas artes y ardides, que sería espantosa cosa el cono­cerlos. Pero mucho de esto se manifiesta considerando los movimien­tos y obras que hace un alma religiosa para defender sus relajacio­nes, excusándolas si puede con algún color y si no con inobediencias y mayores desórdenes y culpas.
443. Advierte, pues, hija mía, y teme tan formidable peligro; y con las fuerzas de la Divina gracia procura levantarte a ti sobre ti, sin consentir en tu voluntad afecto ni movimiento desordenado. Toda quiero que trabajes en morir a tus pasiones y espiritualizarte, para que, extinguido en ti todo lo que es terreno, pases al ser angélico por la vida y conversación. Para llenar el nombre de esposa de Cristo has de salir de los términos y esfera del ser humano y ascen­der a otro estado y ser divino; y aunque eres tierra, has de ser tierra bendita sin espinas de pasiones, cuyo fruto copioso sea todo para el Señor, que es su dueño. Y si tienes por esposo aquel supremo y poderoso Señor, que es Rey de los reyes y Señor de los señores, dedígnate de volver los ojos, y menos el corazón, a los esclavos viles, que son las criaturas humanas; pues aun los ángeles te aman y respetan por la dignidad de esposa del Altísimo. Y si entre los mortales se juzga por osadía temeraria y desmesurada que un hom­bre vil ponga los ojos en la esposa del príncipe ¿qué delito será ponerlos en la esposa del Rey celestial y todopoderoso? Y no será menor culpa que ella lo admita y lo consienta. Asegúrate y pondera que es incomparable y terrible el castigo que para este pecado está prevenido, y no te le muestro a la vista porque con ella no des­fallezca tu flaqueza. Y quiero que para ti sea bastante mi enseñanza para que ejecutes todo lo que te ordeno y me imites como discípula en cuanto alcanzaren tus fuerzas; y sé solícita en amonestar a tus monjas esta doctrina y hacer que la ejecuten.—Señora mía y Reina piadosísima, con júbilo de mi alma oigo vuestras dulcísimas palabras llenas de espíritu y de vida; y deseo escribirlas en lo íntimo de mi corazón con la gracia de vuestro Hijo Santísimo que os suplico me alcancéis. Y si me dais licencia, hablaré en vuestra presencia como discípula ignorante con mi Maestra y Señora. Deseo, Madre y amparo mío, que para cumplir los cuatro votos de mi pro­fesión, como Vuestra Majestad me lo manda y yo debo, y aunque indigna y tibia lo deseo, me déis alguna doctrina más copiosa que me sirva de guía y magisterio en el cumplimiento de esta obliga­ción y afecto que en mi ánimo habéis puesto.
Fuente: Mística Ciudad de Dios


Oraciones a la Virgen Niña




La Fiesta de la Presentación de María en el templo se celebra el 21 de noviembre y es muy antigua ya que su celebración en la Iglesia oriental se remonta al siglo VI. En occidente no se adoptó hasta el siglo XIV.

De ese hecho surgen las devociones a la Virgen Niña, Divina Infantita o Maria Bambina.
Su carisma es el de revivir en la Iglesia el anonadamiento de Cristo a través de la imitación de María en el misterio de su infancia

ORACIÓN DE LA PRESENTACIÓN DE NUESTRA SEÑORA AL TEMPLO

Dios te salve, María suavísima, a quien tus santísimos padres trajeron al templo, y en tu tierna edad presentaron al Señor y ofrecieron a su servicio, para que en dejando los pechos de tu madre le hicieses sacrificio de ti misma, y como fruta temprana, fresca y cogida del árbol con su flor fueses mas gustosa y agradable a aquel Señor que es fruto de tu sagrado vientre.
En el templo material entraste, y le santificaste e ilustraste para que fuese más glorioso que el que edificó el Rey Salomón, porque tú eres el templo vivo de Dios, y como un Sancta Sanctorum adonde no es lícito entrar sino al sumo Sacerdote según la orden de Melquisedec, y como la verdadera arca del Testamento en que está la urna del maná con que sustenta el cielo y la tierra.
Aquí viviste y pasaste tu niñez, y fuiste modelo perfectísimo de santidad, y derramaste el olor suavísimo de todas las virtudes; y como alférez y Virgen de las vírgenes, te consagraste toda a Dios, y fuiste la primera que hizo voto de perpetua virginidad con alegre y determinada voluntad, abriendo camino con tu ejemplo a todas las vírgenes que después te han seguido y seguirán; y le guardaste tan perfectamente, que más parecías ángel sin cuerpo que doncella en carne mortal.
Y pues fuiste tan acabado dechado de pureza, que sola tu vista penetraba los corazones de los que te miraban con una lumbre celestial, y criaba en ellos amor de honestidad, mírame, Señora, con esos ojos amorosos y eficaces, para que de tal manera mi ánima y mi cuerpo florezcan con la castidad, que ninguna fealdad me ensucie, ningún vicio me posea, y a ningún deleite consienta.
¡Oh Reina mía, esperanza mía y alegría mía de mi corazón! que viviendo en el templo, con la soledad, silencio y quietud te disponías a la contemplación y unión con Dios, y eras tan regalada de él y tan visible de los ángeles, que más morabas en el cielo que en la tierra, y más vivía tu espíritu con el espíritu del Señor que tu cuerpo con tu espíritu; alcánzame por tus merecimientos amor del silencio y del reposo espiritual, para que estos sean mis deleites todo el tiempo que fuere detenido en la cárcel de este cuerpo, por Jesucristo tu benditísimo Hijo, que vive y reina en los siglos de los siglos. Amén.

ORACION I

La niña María
- ¡qué gracia en su vuelo!-
paloma del cielo,
al templo subía
y a Dios ofrecía
el más puro don:
sagrario y mansión
por él consagrada
y a él reservada
en su corazón.
¡Oh blanca azucena!,
la Sabiduría
su trono te hacía,
dorada patena,
de la gracia llena,
llena de hermosura.
Tu luz, Virgen pura,
niña inmaculada,
rasgue en alborada
nuestra noche oscura.
Tu presentación,
princesa María,
de paz y alegría
llena el corazón.
De Dios posesión
y casa habitada,
eres la morada
de la Trinidad.
A su Majestad
la gloria le sea dada. Amén.

ORACIÓN II



Dulcísima Niña María, radiante Aurora del Astro Rey, Jesús, escogida por Dios desde la eternidad para ser la Reina de los cielos, el consuelo de la tierra, la alegría de los ángeles, el templo y sagrario de la adorable Trinidad, la Madre de un Dios humanado; me tienes a tus plantas, oh infantil Princesa, contemplando los encantos de tu santa infancia. En tu rostro bellísimo se refleja la sonrisa de la Divina Bondad, tus dulces labios se entreabren para decirme: “Confianza, paz y amor…”
¿Cómo no amarte, María, luz y consuelo de mi alma…, ya que te complaces en verte obsequiada y honrada en tu preciosa imagen de Reina parvulita? Yo me consagro a tu servicio con todo mi corazón. Te entrego, amable Reina, mi persona, mis intereses temporales y eternos. Bendíceme Niña Inmaculada, bendice también y protege a todos los seres queridos de mi familia. Se tu, Infantil Soberana, la alegría, la dulce Reina de mi hogar, a fin de que por tu intercesión y tus encantos reine e impere en mi corazón y en todos los que amo, el dulcísimo Corazón de Jesús Sacramentado. Amén.

ORACIÓN III

Te entrego, Virgen Niña, mi corazón para que lo presentes a Jesús.
Por el amor y complacencia con que te aceptó, cuando a la temprana edad de tres años te consagraste a El, suplícale acepte el mío e imprima en él las virtudes que le faltan, para que, a imitación del tuyo, le sea agradable.
Enséñame o despreciar las honras vanas del mundo; haz que siempre sea mi único anhelo crecer en el amor de Dios, cumpliendo siempre su divina Voluntad.
Te presento también los corazones de los que no te conocen y no pueden amarte. Oh Virgen Niña, atráelos con tus inspiraciones para que, amándote todos como hijos, vayamos a cantar las glorias y magnificencias de tu hijo Jesús, nuestro Señor en el Cielo. Amén.

ORACIÓN IV

Niña celestial, que con tantos prodigios de gracias te dignaste mostrar tus deseos de ver honrada tu tierna infancia -aquel período de tu existencia que fue tan grande ante Dios, por el privilegio de tu inmaculada concepción y natividad dichosa.
Tú, la más privilegiada entre las hijas de Eva, vuelve hacia mí, desde esa preciosa Cuna, tus ojos llenos de dulzura y bondad, y continuando tu oficio de Mediadora y Abogada, haz que vea cumplida mi súplica.
No salga yo defraudada en mis esperanzas de tu venerada Cuna, sino que consiga las gracias y los consuelos que te pido.
A mí y a todos, ¡oh María!, alcánzanos el verdadero espíritu de la devoción a Ti, ¡Virgen Niña!, y el don inapreciable de la perseverancia final. Así sea.

ORACIÓN V

¡Oh! Santísima Virgen Niña, que viniendo al mundo consolaste la tierra que en Ti saludó la aurora de la Redención por los prodigios de gracia que derramaste entre nosotros, escucha piadosa mis súplicas.
En las penas que me afligen y especialmente en la necesidad que en este momento me oprime, toda mi esperanza está en Ti, ¡oh dulce Virgencita! Muéstrame pues que el tesoro de gracias que dispensas es inagotable, porque ilimitado es tu poder sobre el Corazón paternal de Dios.
Escucha ¡oh Virgen Niña! mi ardiente súplica y alabaré eternamente la bondad de tu Corazón.
Rezar tres Avemarías y una Salve.

ORACION VI

Santa Madre María, tú que desde temprana edad te consagraste al Altísimo,
aceptando desde una libertad poseída el servirle plenamente como templo inmaculado,
tú que confiando en tus santos padres, San Joaquín y Santa Anita, respondiste con una obediencia amorosa al llamado de Dios Padre, tú que ya desde ese momento en el que tus padres te presentaron en el Templo percibiste en tu interior el profundo designio de Dios Amor;
enséñanos Madre Buena a ser valientes seguidores de tu Hijo, anunciándolo en cada momento de nuestra vida desde una generosa y firme respuesta al Plan de Dios.
Amen.

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