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Invitación y bienvenida

Hola amig@s, bienvenid@s a este lugar, "Seguir la Senda.Ventana abierta", un blog que da comienzo e inicia su andadura el 6 de Diciembre de 2010, y con el que sólo busco compartir con ustedes algo de mi inventiva, artículos que tengo recogidos desde hace años, y también todo aquello bonito e instructivo que encuentro en Google o que llega a mí desde la red, y sin ánimo de lucro.

Si alguno de ustedes comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia, o por el contrario quiere que sea retirado de inmediato, por favor, comuníquenmelo y lo haré en seguida y sin demora.

Doy las gracias a tod@s mis amig@s blogueros que me visitan desde todas partes del mundo y de los cuales siempre aprendo algo nuevo. ¡¡¡Gracias de todo corazón y Bienvenid@s !!!!

Si lo desean, bajo la cabecera de "Seguir la Senda", se encuentran unos títulos que pulsando o haciendo clic sobre cada uno de ellos pueden acceder directamente a la sección que les interese. De igual manera, haciendo lo mismo en cada una de las imágenes de la línea vertical al lado izquierdo del blog a partir de "Dios", pasando por todos, hasta "Galería de imágenes", les conduce también al objetivo escogido.

Espero que todos los artículos que publique en mi blog -y también el de ustedes si así lo desean- les sirva de ayuda, y si les apetece comenten qué les parece...

Mi ventana y mi puerta siempre estarán abiertas para tod@s aquell@s que quieran visitarme. Dios les bendiga continuamente y en gran manera.

Aquí les recibo a ustedes como se merecen, alrededor de la mesa y junto a esta agradable meriendita virtual.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.
No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad. Les saluda atentamente: Angelita.

sábado, 9 de abril de 2011

Informe Especial: La Sagrada Familia

"Ventana abierta" 

Informe Especial: la Sagrada Familia

Fiesta de la Sagrada Familia, Universal

( último domingo del año)


Esta es la fiesta que celebramos como último domingo del año: la de la Sagrada Familia.
En medio de una fuerte crisis en torno a la integridad de la familia, Dios Amor nos brinda nuevamente el modelo pleno de amor familiar al presentarnos a Jesús, María y José. 
La Sagrada Familia nos habla de todo aquello que cada familia anhela auténtica y profundamente, puesto que desde la intensa comunión hay una total entrega amorosa por parte de cada miembro de la familia santa elevando cada acto generoso hacia Dios, como el aroma del incienso, para darle gloria. Por ello, a la luz de la Sagrada Escritura, veamos algunos rasgos importantes de San José, Santa María y el Niño Jesús.
San José Es el jefe de la familia y actúa siempre como Dios le manda, muchas veces sin comprender el por qué de lo que Dios le pide, pero teniendo fe y confianza en Él.

"Al despertarse, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa".
(Mt 1, 24-25) 
Cuando se entera que María estaba embarazada piensa en abandonarla porque la quería mucho y no deseaba denunciarla públicamente (como era la costumbre de la época), pero el Ángel de Dios se le apareció en sueños y le dijo que lo que había sido engendrado en el vientre de María era obra del Espíritu Santo y que no temiera en recibirla.
 "Ella dió a luz un hijo,y él le puso el nombre de Jesús"
(Mt 1, 25) 
Cuando nace el niño, él le pone el nombre de Jesús, como el Ángel le había dicho.
Luego, cuando Herodes tenía intenciones de matar al Niño Jesús y ante otro aviso del Ángel del Señor, José toma a su familia y marcha hacia Egipto.
Por último, con la muerte de Herodes y ante un nuevo aviso del Ángel de Dios, lleva a su familia a instalarse en Nazaret.
San José, Casto Esposo de Santa María, acoge a Jesús en su corazón paternal, educándolo, cuidándolo, amándolo como si fuere hijo suyo.
El Niño Jesús aprende de su “santo padre adoptivo” muchas cosas, entre estas, el oficio de carpintero.
La Santísima Virgen María Desde el momento de la Anunciación, María es el modelo de entrega a Dios.

  "He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra"
(Lc 1, 38)
En la Anunciación, María responde con un Sí rotundo desde una libertad poseída, poniéndose en las manos de Dios.
En Santa María vemos una continua vivencia de la dinámica de la alegría-dolor: criando, educando, siguiendo de cerca a su Hijo Jesús mostrándole en todo momento un auténtico amor maternal.
"Su madre conservaba estas cosas en su corazón"
(Lc 2, 52) 
Ella fue vislumbrando lentamente el misterio trascendente de la vida de Jesús, manteniéndose fielmente unida a Él.
El niño Jesús desde chico, Jesús demuestra que es el Hijo de Dios y que cumple fielmente lo que su Padre le manda.
 
"Vivía sujeto a ellos"
(Lc 2, 51) 
Como niño, Él obedecía a su madre y a su padre adoptivo, y permanecía siempre junto a ellos.
María y José fueron sus primeros educadores.
"El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la Gracia de Dios estaba con Él"
 (Lc 2, 40)
 
Jesús aprende el oficio de carpintero de su padre adoptivo José.
 
"¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?"
(Lc 2, 49)
Cuando Jesús se queda en el Templo, a los doce años, se puede pensar que desobedece a sus padres y que eso está mal.
 No es así, Jesús demuestra en este hecho su plena independencia con respecto a todo vínculo humano cuando está de por medio el Plan de su Padre y la Misión que Él le ha encomendado.

Oración por la Familia Dios, de quien proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra:

Padre, que eres amor y vida, haz que cada familia humana que habita en nuestro suelo, sea, por medio de tu Hijo Jesucristo,”nacido de mujer” y mediante el Espíritu Santo, fuente de Caridad Divina, un verdadero santuario de vida y amor para las nuevas generaciones.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los cónyuges, para bien propio y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte sostén humano, para que crezcan en la verdad y el amor.
 Haz que el amor, reforzado por la gracia del Sacramento del Matrimonio, se manifieste más fuerte que cualquier debilidad o crisis que puedan padecer nuestras familias.
Te pedimos por intermedio de la Familia de Nazareth, que la Iglesia pueda cumplir una misión fecunda en nuestra familia, en medio de todas las naciones de la tierra.
Por Cristo, nuestro Señor, Camino, Verdad y Vida, por los siglos de los siglos.
Amén.
S.S. Juan Pablo II
La Sagrada familia, modelo de fe y de fidelidad. En este primer domingo después de la Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia.
Como en el belén, la mirada de fe nos permite abrazar al mismo tiempo al Niño divino y a las personas que están con él: su Madre santísima, y José, su padre putativo.
¡Qué luz irradia este icono de grupo de la santa Navidad!
 Luz de misericordia y salvación para el mundo entero, luz de verdad para todo hombre para la familia humana y para cada familia.
¡Cuán hermoso es para los esposos reflejarse en la Virgen María y en su esposo José!
 ¡Cómo consuela a los padres especialmente si tienen un hijo pequeño!
¡Cómo ilumina a los novios que piensan en sus proyectos de vida!
El hecho de reunirnos ante la cueva de Belén para contemplar en ella a la Sagrada Familia, nos permite gustar de modo especial el don de la intimidad familiar y nos impulsa a brindar calor humano y solidaridad concreta en las situaciones por desgracia numerosas en las que por varios motivos falta la paz, falta la armonía, en una palabra, falta la “familia”.
El mensaje que viene de la Sagrada Familia es ante todo un mensaje de fe: la casa de Nazaret es una casa en la que Dios ocupa verdaderamente un lugar central.
Para María y José esta opción de fe se concreta en el servicio al Hijo de Dios que se le confió, pero se expresa también en su amor recíproco, rico en ternura espiritual y fidelidad.
María y José enseñan con su vida que el matrimonio es una alianza entre el hombre y la mujer, alianza que los compromete a la fidelidad recíproca, y que se apoya en la confianza común en Dios. Se trata de una alianza tan noble, profunda y definitiva, que constituye para los creyentes el sacramento del amor de Cristo y de la Iglesia.
 La fidelidad de los cónyuges es, a su vez, como una roca sólida en la que se apoya la confianza de los hijos.
Cuando padres e hijos respiran juntos esa atmósfera de fe, tienen una energía que les permite afrontar incluso pruebas difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia.
http://www.aciprensa.com/

Cómo era Nazareth y como vivía la Sagrada Familia


La Sagrada Familia es el modelo de familia cristiana, cuyos valores se desprenden de las escrituras, y cuyo ejemplo práctico puede verse en la vida que llevó en el pequeño pueblo de Nazareth.
Demos un vistazo a lo que era Nazareth en aquella época y al estilo de vida que llevaron Jesús, María y José en aquel siglo I de nuestra era.

EL PUEBLECITO DE NAZARET

Nazaret es hoy en día la ciudad árabe más importante de Israel con sus 60.000 habitantes, de los cuales entre 30% y 35 % son cristianos. Gracias a los textos del Evangelio, donde se la menciona por primera vez a propósito de la Anunciación a María por el Ángel Gabriel, la pequeña ciudad pasó a la posteridad con un renombre universal.
Los testimonios arqueológicos indican que se trataba en ese entonces de una aldea agrícola de unos docientos habitantes solamente. Esto explica por qué no existen referencias anteriores y por qué Nazaret no aparece en la lista de las cuarenta y cinco ciudades de Galilea enumeradas por el historiador judío de la época, Flavio Josefo, como tampoco entre las sesenta y tres mencionadas por el Talmud.
Sin embargo no es por el tamaño insignificante de Nazaret que Natanael de Caná le dirige al apóstol Felipe la célebre frase: "Algo bueno puede salir de Nazaret…" (Juan 1, 46)
En efecto, por modesto que fuera el pueblecito, en él vivieron seguramente algunas grandes familias pues se notan dos particularidades:
• la presencia de la "Tumba del Justo" en el estilo de las tumbas de las familias nobles de la época : esto indica que la ciudad no estaba habitada únicamente por agricultores;
• la presencia de vestigios considerados como la "Casa de María": en efecto, la casa conservada en Loreto -que parece corresponder a la de Nazaret- es una casa de piedra de muy buena calidad que no podían poseer los habitantes más modestos.

¿A quién podrían pertenecer esa casa y esa tumba, si no era a gente de cierto linaje?

Hay que saber que en el idioma arameo “nazor” o “nazir”, significa "príncipe", "corona" o "tonsura" y que los nazarenos eran entonces gente de noble linaje o gente dedicada a Dios (tonsurados que sólo conservaban una corona de cabello). Ahora bien, en Nazaret vivían los descendientes de la rama del norte, de la ilustre familia del rey David, (entre ellos José y María). Se sabe también que esta rama, que había reinado en Israel en siglos pasados, había sido apartada del poder en la época de los Macabeos, pues se dejó de escoger a los dirigentes de la Nación Hebrea entre los miembros de esta Casa. El lugar al que se retiraron los miembros de esta familia de nobles sería Nazaret.
La frase de Natanael (Juan 1, 46) es ahora más clara: no aludía a la insignificancia del pueblo, sino a la caída de sus ilustres habitantes, salidos del linaje del Rey David, caído en el olvido y retirada de los corredores del poder : … entonces…, ¿qué bueno podía salir de Nazaret?

LA HISTORIA DEL PUEBLO DE ISRAEL

La historia del pueblo de Israel, es decir, la historia de los hebreos, es más conocida que el propio pueblo judío, pequeño en cantidad (aproximadamente unos diez millones por todo el mundo en este principio del tercer milenio), y sin embargo grande por su influencia constante en el curso de la historia universal.
Este pueblo procede de Abrahán, de Isaac y de Jacob (a quien Dios otorga el nombre de "Israel"), según narra la Biblia en los libros de la primera Alianza (llamados "Antiguo Testamento" por los cristianos).
En este pueblo es donde nace Jesús, el Cristo, descendiente del rey David, cuyo nacimiento virginal ha sido anunciado por el ángel Gabriel a María, joven hebrea de Nazaret, en Galilea.

En tiempos de Jesús, se distinguían los judíos, habitantes de la región de Jerusalén llamada Judea; y los hebreos, habitantes de otras regiones de Palestina, especialmente Galilea. La Virgen María, galilea, es por lo tanto, hebrea. No es hasta más tarde que el nombre de "judíos" ha sido aplicado a todos los hebreos de Palestina. Por esta razón cuando San Pablo escribe su carta a los cristianos de Palestina (y la diáspora), la titula "Carta a los hebreos".

La existencia histórica de Jesús es también mencionada por algunos historiadores del imperio romano de la época (el judío Flavio Josefo y el romano Suetonio entre otros), como también por los historiadores del imperio Persa.

SITUACIÓN DE NAZARET EN EL SIGLO PRIMERO

En el Antiguo Testamento no se habla de Nazaret. Sin embargo, fue en ese pequeño pueblo galileo de Palestina donde Jesús pasó su infancia junto a sus padres, María y José.

En aquel entonces Nazaret era una aldea sin fama y estaba, como el resto de Palestina, bajo el dominio romano que siguió a la dominación de los generales del famoso emperador griego, Alejandro Magno.
Los Romanos, entonces, estaban presentes en Galilea en la época de la Anunciación a María por el Arcángel Gabriel; y ahí permanecieron, como en el resto de Palestina, hasta la mitad del siglo tercero.
Los judíos de Palestina, también llamados los Hebreos, es el pueblo que la Biblia designa como Israel, el que las Escrituras llamarán, a partir del siglo sexto antes de Cristo, el "pueblo elegido".
En la época de Jesús, hay en Palestina, y particularmente en Nazaret, en esta Galilea llamada también “encrucijada de las naciones”, una sociedad mezclada, en la cual conviven ante todo Hebreos, Griegos, Romanos e incluso "galo-romanos" y otros ciudadanos de los pueblos sometidos a Roma. Estas culturas se yuxtaponen y se interrelacionan, sin mezclarse realmente.
La ciudad de Nazaret, también denominada el "jardín de Galilea", está asentada en las faldas de una colina, algo así como la "guardiana" ("Nasar", "En Nasirah" en árabe) de la región. Rodeada por otras colinas, se encuentra en medio de un país que reverdece. En su borde oeste, un arroyo hoy en día seco delimitaba el pequeño pueblo.
El nombre de Nazaret aparece por primera vez en una placa del siglo cuarto o tercero antes de Cristo, hallada entre fragmentos cerca de Cesárea (ciudad edificada en Palestina por el rey judío Herodes el magno).
La población de aquel entonces seguramente no sobrepasaba los 150 habitantes; entre ellos María, José, la parentela de Jesús.
 La gente vivía del cultivo (vid, olivos, cebada, trigo, legumbres) y de la artesanía.
Según los descubrimientos arqueológicos, parece que en la época de Jesús las habitaciones de las ciudades palestinas, y en particular en Nazaret, eran construidas como extensiones de grutas naturales.
La casa de la Anunciación a María fue, según los vestigios arqueológicos, una de esas grutas naturales acondicionadas.
En particular, el descubrimiento de silos domésticos donde las familias conservaban los productos alimenticios, el recubrimiento de los aljibes, las lámparas pequeñas utilizadas para iluminar el fondo de las casas, el recubrimiento de las cerámicas en el lugar correspondiente a la cocina, huellas de hogares encontradas al pie de las paredes, dieron algunas justificaciones para probar la autenticidad de la "Casa de María" (cf. el libro de Antonio Olivan, "En el país natal de la Santísima Virgen", ediciones Comisaría de Tierra Santa, Ottawa), en el cual el autor, muy documentado acerca de las excavaciones en Tierra Santa, también demuestra que la "casa de Loreto" podría realmente ser esta "Casa de María", abandonada después de la toma de Nazaret y la masacre que perpetuó allá el Emir Alah ed-Dine, en 1263, y "transportada" en aquel entonces de manera milagrosa a Loreto.

En todo caso, fue en Nazaret donde María escuchó la llamada de Dios.
Luego, después de su compromiso con José, siempre en Nazaret fue donde se instaló la Santa Familia y donde Jesús pasó su infancia, su adolescencia, su juventud y la mayor parte de su vida de adulto (alrededor del 90% de su vida terrestre).
El hecho de que María, comprometida, haya vivido la Anunciación en el mismo lugar donde vivía antes de vivir con José (cuando el ángel le dice a José "no tengas ningún reparo en recibir en tu casa a María, tu mujer", Mt 1, 20) no sólo es conforme con el relato evangélico sino también con los descubrimientos arqueológicos realizados hasta ahora en Nazaret.
Durante su vida pública, Jesús volverá a Nazaret e interviene en la sinagoga para anunciar la liberación de los oprimidos.
Una parte de la población quiere darle muerte.
Nadie es profeta en su tierra…

¿Por qué, entonces, Jesús vivió en Nazaret y no en las capitales, como Jerusalén y Roma?
• Por una parte, porque Nazaret es la ciudad donde vive, retirada, la descendencia principesca de una rama decadente del linaje real de David, descendencia de la cual Jesús procede por sus padres
• Por otra parte, porque Jesús, Cristo, Hijo de Dios y Dios mismo no recibe su trono y su renombre de otro, porque Él es El mismo: “El que es, el que era y el que viene”…

Desde el acontecimiento fundador de la Anunciación a María, el pequeño pueblo de Galilea, humilde y "retranqueada" en aquella época, volvió a ser un lugar de las altas esferas universalmente reconocido como el sitio histórico en donde brotó del corazón de María el «sí» a la voluntad divina que permitió, a través de la Encarnación del Verbo de Dios, la salvación del mundo entero…

LAS FUENTES PRINCIPALES DE NUESTROS CONOCIMIENTOS

Las fuentes principales de nuestros conocimientos sobre Nazaret, su historia y las páginas principales del Evangelio sobre la vida de Cristo que ahí tuvieron lugar, son en primer lugar los escritos mismos del Nuevo Testamento, después, los numerosos relatos de peregrinos a través de los siglos y las Tradiciones locales que los confirman o matizan con detalles; luego, las excavaciones arqueológicas, iniciadas desde el siglo XIX, sobre todo, y que no hacen sino confirmar los textos del Nuevo Testamento.
Hoy día, esas excavaciones se continúan. Equipos procedentes de diversos países se interesan en la historia sepultada en Tierra Santa, pero están lejos de agotar los sitios cargados de vestigios de dar todo a luz. De manera más amplia, nuestro conocimiento de la historia del pueblo hebreo, de su primera Alianza con Dios (Antiguo Testamento) y de su Nueva Alianza (Nuevo Testamento) sellada en la Persona del Mesías, Jesucristo, el hijo de María, verdadero Dios y verdadero hombre, nos llega, aunque indirectamente, a través de un pequeño grupo de historiadores antiguos no cristianos, (uno judío, Flavius Joseph y otros romanos: Plinio, Tácito, Suetonio).
En 1947: un descubrimiento fundamental en las orillas del Mar Muerto…
Se menciona también los hallazgos célebres de Qumran. Es ahí; en la ribera noroeste del Mar Muerto que se encontraron en 1947, en las ruinas de un monasterio esenio del siglo II, los manuscritos conocidos como "del Mar Muerto" que contenían parcelas de todos los libros de la Biblia (excepto el libro de Ester), y el libro íntegro de Isaías, profeta del Antiguo Testamento, quien vivió algunos siglos antes de Cristo…

Cuando se conoce el contenido de ese libro bíblico de Isaías, quien profetizara, diez siglos antes de la Encarnación, la maternidad de la Virgen (Is 7, 106-14), entonces, se mide el peso histórico de este descubrimiento arqueológico y su poder de confirmación de las Escrituras. Confirmación de la exactitud de los textos bíblicos, en particular de su traducción griega, ya que todos los elementos encontrados en Qumran, que datan del primer siglo antes de Cristo (ningún resto del periodo de Herodes) nos presentan, con pocas variantes, el mismo texto que encontramos en las librerías actualmente.

Algunos libros antiguos del judaísmo (especialmente el Talmud) hacen alusión a Cristo el nazareno y a sus discípulos los cristianos, así como también a la colección de tradiciones orientales contemporáneas al Talmud.

LA SAGRADA FAMILIA EN EGIPTO

Cuando los magos se habían ido, un ángel del Señor se apareció a José en sueños y le dijo: " Levántate toma al niño con su madre, huye a Egipto y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes buscará al niño para matarlo".
 (Mt 2,13-14).
El ángel dice a José que vaya a Egipto y no le revela el futuro. Lo deja indeterminado, "quédate hasta que yo te lo diga"
José obedece al ángel. Él se levantó, tomó al niño y a su madre por la noche y partió para Egipto.
( Mt 2,15).
José por la noche, como hace notar el evangelista Mateo, se dirige a Egipto, dejando su hogar, a los parientes y encaminándose hacia una tierra desconocida con el niño que tenía unos dos años, como se deduce de la conversación de Herodes con los Magos.
No sabemos exactamente dónde fue José con su familia. Algunos señalan Hermópolis, según una antigua tradición del siglo quinto, pero no parece verosímil, puesto que está a trescientos cuarenta kilómetros de Judea. Parece más verosímil Leontópolis, actualmente Tell Yehudiyeh, dónde había una colonia judía, algunos comerciantes y algunos judíos huidos de Herodes.

Parece que Jesús nació a finales del año 748 de la fundación de Roma, marchó a Egipto en la primavera del año 749 y volvió a la muerte de Herodes en abril de 750.

Después de morir Herodes, un ángel del Señor se apareció en sueños a José, allá en Egipto, y le dijo:" Toma al niño y a su madre y vuelve a tierra de Israel, que ya han muerto quienes lo buscaban para matarlo".
  (Mt 2,19-20).
Nazaret era un pueblo muy pequeño, unos ciento cincuenta habitantes, donde Jesús pasó su vida hasta los treinta años de edad, iba a la sinagoga, a la escuela y ayudaba a san José.

LA VIDA DE LA SAGRADA FAMILIA EN NAZARET

La realidad dominante de lo que fue la vida de Jesús, María y José, en la pequeña villa de Nazaret donde José ejercía el oficio de carpintero, fue la de la simplicidad.

Aunque de descendencia ilustre por sus antepasados – pues era descendiente del rey David – la Sagrada Familia llevaba, en medio de una parentela numerosa, la vida de un hogar modesto, ni pobre ni rica, se ganaba el pan de cada día con el sudor de la frente y respetaba las leyes administrativas y sociales de su pueblo.

Organizada en torno a la oración de la sinagoga, los ritos y las numerosas fiestas religiosas del judaísmo (entre ellas el rito de la circuncisión, la fiesta de las Tiendas, la peregrinación al templo de Jerusalén) la vida de oración de la Sagrada Familia era exteriormente la de todo buen israelita practicante de la época.
Sin embargo, detrás de la modestia de su comportamiento respetuoso de usos y costumbres de su cultura, la Sagrada Familia vivía una realidad grandiosa que sólo el silencio y la discreción podían asegurar al Hogar de Nazaret la serenidad necesaria al cumplimiento del plan de Dios: darle nacimiento al Mesías tan esperado desde hacía siglos por el pueblo hebreo, Jesucristo, el Salvador del mundo, y vigilar su infancia y adolescencia hasta que alcanzara la plena madurez del hombre y pudiera comenzar su vida pública y predicar el Evangelio.
En efecto, es en la humildad de Nazaret que comenzaron a desarrollarse entre los miembros de la Sagrada Familia las pimeras páginas del Nuevo Testamento que Dios en el Verbo hecho carne, vino a darle a los hombres por amor y por la salvación de todos.
El testimonio de Cristo y de sus padres muestra también la inmensa proyección que puede tener una vida familiar común, vivida en toda simplicidad con Dios y en el amor compartido.

EL MISTERIO DE LOS 30 AÑOS DE LA VIDA OCULTA DE CRISTO

Muy poco es lo que sabemos según los Evangelios sobre lo que suele llamarse la "vida oculta" de Jesús en Nazaret, es decir un periodo de treinta años sobre un total de treinta y tres que dura la vida terrestre del Salvador de la humanidad. El Evangelio de San Lucas nos ofrece la mayor información sobre esta parte de la vida de Cristo, especialmente en relación a su infancia: "Jesús crecía en sabiduría, en tamaño y en gracia bajo la mirada de Dios y de los hombres" (Lc 2, 52) Jesús entonces, vivió entre María y José, una niñez amorosa y sumisa frente a sus padres, marcada por la mansedumbre, la humildad y la obediencia.
Lo transcurrido entre la infancia y la "edad adulta" de Jesús (los treinta años) lo conocemos en parte gracias a lo que nos dejan ver indirectamente las Escrituras, pero sobre todo por el conjunto de los textos y testimonios de la Tradición de la Iglesia y por sus santos y sus Doctores. Lo que descubrimos es que antes de adentrarse por los caminos de Galilea para predicar de acuerdo con su misión divina, Jesús llevó primero en Nazaret de Galilea junto a los suyos, la vida de una familia judía piadosa y laboriosa. Hijo de carpintero, formado por su padre José, nuestro Salvador ejerce un oficio de artesano durante varios años; y sigue las costumbres y los preceptos de la religión de Israel, frecuentando la sinagoga como los fieles de su tiempo.

De esta forma, durante las nueve partes de las diez de su vida terrestre, Cristo, el Verbo de Dios, Dios El mismo, y Amo del Universo vivió sumergido, alejado de los ojos del mundo, una vida de santidad oculta en el corazón de la Sagrada Familia, una verdadera "escuela del Evangelio".
¿Esta vida de tanta sencillez de la Sagrada Familia en Nazaret no es, en efecto, para todo cristiano, una escuela de espiritualidad para la vida diaria?
¿La lección de una vida humilde y amorosa, cuyo Amo no es otro que Dios mismo hecho hombre?

MARÍA EN LA VIDA OCULTA DE JESÚS

Los evangelios ofrecen pocas y escuetas noticias sobre los años que la Sagrada Familia vivió en Nazaret. San Mateo refiere que san José, después del regreso de Egipto, tomó la decisión de establecer la morada de la Sagrada Familia en Nazaret (cf. Mt 2, 22-23), pero no da ninguna otra información, excepto que José era carpintero (cf. Mt 13, 55).
Por su parte, san Lucas habla dos veces de la vuelta de la Sagrada Familia a Nazaret (cf. Lc 2, 39 y 51) y da dos breves indicaciones sobre los años de la niñez de Jesús, antes y después del episodio de la peregrinación a Jerusalén: "El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él" (Lc 2, 40), y "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52).
Al hacer estas breves anotaciones sobre la vida de Jesús, san Lucas refiere probablemente los recuerdos de María acerca de ese periodo de profunda intimidad con su Hijo. La unión entre Jesús y la "llena de gracia" supera con mucho la que normalmente existe entre una madre y un hijo, porque está arraigada en una particular condición sobrenatural y está reforzada por la especial conformidad de ambos con la voluntad divina.

Así pues, podemos deducir que el clima de serenidad y paz que existía en la casa de Nazaret y la constante orientación hacia el cumplimiento del proyecto divino conferían a la unión entre la madre y el hijo una profundidad extraordinaria e irrepetible.
En María la conciencia de que cumplía una misión que Dios le había encomendado atribuía un significado más alto a su vida diaria. Los sencillos y humildes quehaceres de cada día asumían, a sus ojos, un valor singular, pues los vivía como servicio a la misión de Cristo.
Fuentes: Maria de Nazareth y otras

La Santa Familia en Nazareth:

 la vida de hogar



-SU VIDA EN EL HOGAR,
-TRABAJOS DE JESÚS EN EL OFICIO CON SU PADRE.
-ENFERMEDAD DE JOSÉ.

Imposible e inútil sería querer arrancar del misterio los años transcurridos para la Santa Familia desde el hecho del Templo hasta la predicación de Jesús: esos diez y ocho años pasan, como hemos dicho, en un misterio no fácil de desvanecer, y en el que fuera temerario escribir una historia que ignoramos. Un solo hecho llena verdaderamente este total espacio, y es el silencio. El Evangelio no debía hablarnos más de la Sagrada Familia, porque todo su objeto se encierra en la vida y en la misión de Jesucristo, y ya por esto no había tampoco de María, por más que fuese su verdadera Madre, después de mencionar las relaciones que era necesario consignar.
Mucho más fácil es imaginar que explicar, dicen los Santos Padres, las eminentes virtudes que la Santísima Virgen practicó en aquel período de los citados diez y ocho años, escondida con su Hijo y en la sosegada y laboriosa vida del artesano con la que tenían que vivir; pero esta pobreza y esta existencia ignota no envilecía, como no envilece nunca el trabajo sino que ennoblece, obscurecía en parte el lustre y esplendor de la Santa Familia.
La Virgen Santísima pasó este tiempo de que nos estamos ocupando en profunda y tranquila soledad, la cual se la hacía tan deliciosa con la presencia visible de Jesucristo, como es la que gozan los espíritus bienaventurados en el cielo. José con su trabajo procuraba proveer las necesidades de la familia, haciendo más dulce, como resulta siempre, el pan amasado con el trabajo, fuente de toda virtud, auxiliado de su Hijo Jesús, que con él compartía los trabajos del taller. Por otro lado María, modelo de la mujer hacendosa y cuidadosa de su casa, cuidaba de aquel pobre y feliz hogar y del modesto ajuar, y sin perder de vista a su querido Hijo, era la representación más perfecta de la familia cristiana, y jamás se vio familia más santa, dichosa ni más digna de los homenajes y admiración de los humanos, en medio de aquella hermosa obscuridad.
De la Santa Familia debemos aprender, y en este silencio de ella hemos de hallar, que la verdadera grandeza de nuestra vida consiste en creer virtuosamente en la presencia de Dios que debe ser el término de todas nuestras acciones, ya que aquí en la tierra todo es como sombra sin duración ni consistencia, y sólo en Dios y a Dios debemos la vida terrenal, cuyo complemento será el día en que ajusten nuestras acciones por la práctica de la virtud.
Por ello vemos que María fue la primera y única discípula de su Hijo amado, y escogida entre todas las criaturas para imagen y espejo en que se representasen y reflejasen la nueva ley del Evangelio y de su Autor, y sirviese como de luminoso faro en su Iglesia, a cuya imitación se formasen los Santos y debiéramos imitar en los efectos de la redención humana. Es muy cierto que la virtud y beatitud los Santos fue y es obra del amor de Cristo y de sus merecimientos y obra perfecta de sus manos, pero comparadas con la grandeza María Santísima, pequeñas parecen al parangonarlas, y pobres, pues todos los Santos tuvieron sus imperfecciones si se les compara con Ella. Solo María, imagen viva del Unigénito, no tuvo ninguna de aquéllas, pues fue creada perfecta. Y por el modo como el Padre formó a María en su excelsa santidad, se vio aunque lejanamente su sabiduría al formarla, pues que había de ser el fundamento de su Iglesia, llamar a los Apóstoles, predicar a su pueblo y establecer la ley del Evangelio, bastando para ello la predicación de tres años en que super abundantemente cumplió esta grandiosa obra que le encomendó su Eterno Padre, justificó y santificó con su amor todos los creyentes, para estampar en su beatísima Madre la imagen de toda su santidad echando en Ella incesantemente la fuerza de su amor.
Fijémonos en la vida de la Santa Familia como modelo provechoso de enseñanza de las familias cristianas en el modo y manera de emplear bien el tiempo; veremos el trascurso del día en el santo hogar de Nazareth, y al mismo tiempo que aprendemos, meditemos sobre vida tan retirada, laboriosa y ejemplar y ésta enseña a las familias cristianas cómo se consagra a Dios la mañana. Pasemos con la imaginación un día entero entre aquellos modelos de trabajo y de virtud, examinemos todos los instantes de las horas del día para deducir de ellas provechosa enseñanza para nuestra felicidad terrena, tomando el ejemplo de una morada en la que no había momento ocioso, de la ociosidad, nuestra enemiga del espíritu tan combatida por la Santa Familia.
De la misma suerte que al abrirse las puertas al día, a la luz se abren nuestros ojos, y libres de la pesadez del sueño que repone nuestras fuerzas físicas, se despierta también nuestro entendimiento, de la misma suerte debe abrirse nuestra inteligencia y nuestro corazón en acción de gracias a Dios nuestro Señor, y en verdad ¡cuán claros y luminosos deben ser nuestros pensamientos al elevarlos al cielo, a la Divinidad, en aquellos momentos en que la pura luz del alba parece también purificar nuestros labios! Elevaban su oración de la mañana, pronunciábase el obligado schema y sólo pensaban en el cotidiano trabajo, sustento que nos da el pan nuestro de cada día, y Jesús con José dirigíanse al taller para labrar la madera, la madera que había de ser el lecho de muerte de aquel hermoso joven, que con sus miradas intensas, profundas cual las aguas del mar, animaban con su luz a su venerable padre, haciéndole más llevadera la fatiga del trabajo, la santificación de la actividad humana. María en el telar, con el huso y las ocupaciones domésticas, no daba descanso a la mañana hasta que la llegada del inmediato taller reunía la Familia para la reposición de las fuerzas corporales.
La Sagrada Familia nos da ejemplo vivo y permanente de cómo se ha de consagrar a Dios: es la hora de suspender la fatiga del trabajo para reanimar los cansados miembros de la rudeza del violento ejercicio. Reunida la Familia, dan gracias a Dios por el beneficio de aquel alimento que van a tomar, consagrado y santificado por el cumplimiento de la ley del trabajo. Jesús ora y bendice la comida como bendijo todos los elementos en los días de la creación: con aquella bendición de Jesús, los alimentos ¡cuán gratos y sanos no han de ser para quien con fe y devoción los recibe para restaurar sus fuerzas!
Después de la comida, ¡qué dulces coloquios no pasarían entre la Santa Familia, cómo se comentarían los trabajos realizados y los que pendientes quedaban en el taller, como en toda familia cristiana ese coloquio de sobremesa representa el amor y el afecto reunido ante el modesto altar de la refacción, y con la consideración de los esfuerzos de la mañana el adelanto de los trabajos realizados y anima el espíritu, para los trabajos que esperan para la tarde!
Y ésta se comenzaba con la continuación de las obras emprendidas, y llenos de fe, como todo cristiano debe hacer, las continuaban hasta que la dulce luz de un día que se despide para hundirse en el insondable del pasado, en la eternidad, les hacía suspender los trabajos y cerrar el taller, aquel templo de la laboriosidad, que nosotros tomamos por martirizador calabozo en que consumimos las horas del día y consideramos, no como templo de nuestra purificación por el cumplimiento de la ley divina, sino presidio a que nos condena nuestra pobreza y al que deseamos olvidar, relegar y maldecir el día en que la suerte nos proporciona la dicha de la holganza, la esclavitud del pecado de la ociosidad, que es el ideal de los humanos, huir del trabajo, separarse de lo que se estima como una maldición, ¡tener que trabajar! humillación que consideramos como depresivo estado para la dignidad del orgullo humano. ¡Y nos llamamos católicos, hijos de la doctrina de Jesús, que ennobleció y santificó el trabajo, no sólo el intelectual, sino que ensalzó y honró al trabajo manual, al más mísero de los trabajos, sirviéndole y ocupando sus divinas manos en los más vulgares y sencillos artefactos de la carpintería! Y no obstante, ¡nos avergonzamos de ser trabajadores los que nos llamamos sus discípulos, los que en Él comulgamos, creemos y adoramos, con el humilde Hijo del carpintero y oficial laborioso de su padre!
Llegaba la noche, y… ¿por qué no decirlo así, cuando nada nos lo contraría ni con ello ofendemos a la Santa Familia? Entonces José y Jesús tornaban a su casa, y hallándola sola bajarían los dos hacia la fuente que hemos dicho se denomina de la Virgen, y única en el pueblo de Nazareth, a donde María había ido con el grato fresco la tarde a recoger el agua necesaria para la familia, y que allí, a esa poética fuente que es necesario contemplar animada con el grupo de nazarenas que a ella acuden al crepúsculo de la tarde, cuando la naturaleza parece adormecerse con el encanto de la dudosa luz y el perfume de las flores y de los campos con su penetrante aroma, allí reunidos los tres felices y dichosos seres, ayudarían a María a llenar el pesado cántaro, cuya forma aún hoy conservan las nazarenas, y juntos y en dulce coloquio subirían la cuesta del pueblo para regresar a su modesta y pobre casita.
Nuevamente se reunían en torno de la pobre mesa, preparada por María, y la noche, esa hora tan grata para las familias cristianas en que terminada la labor del día se reúnen, y la santa velada se consagra a los afectos de la familia, de la oración y de la comunicación de los afectos, cuán gratas, cuán dulces son esas horas para los corazones amantes de los placeres honestos en el santo hogar cristiano, alumbrado por esa lámpara, que no sólo da luz, sino calor a los corazones allí reunidos y consagrados por el afecto y el amor.
Allí, alumbrados por la clara luna de Palestina, contemplando aquella naturaleza tan poética como soñadora, obra de sus manos, vemos en nuestra imaginación a la Santa Familia sentada, bendiciendo a Dios nuestro Señor y disfrutando con las noches de primavera y de verano, del fresco y perfume de las inmediatas huertas y jardines, menos gratos y dulces que el aroma de beatitud y felicidad que se desprendía de aquella santa casa y bendita Familia.
La oración de la noche, el schema y la decoración de los Mandamientos como precepto que debían cumplir los israelitas, la consagración de los últimos pensamientos del día a Dios nuestro Señor, buscar el descanso del cuerpo para reponer las fatigas del día, esos serían los últimos momentos de la velada de aquella Familia, modelo y ejemplo de las cristianas. Todavía en el mundo existen familias semejantes en la imitación de aquel modelo, todavía entre nosotros se advierte en el interior de las casas y se ve resplandecer a través de los cristales de los balcones la luz de la lámpara santa del hogar que representa una familia congregada a su calor, ora en el trabajo, ora en la lectura, en tanto que la deslumbrante de los cafés y otros centros atraen como a la mariposa a quemarse en su espléndida brillantez. ¡Ah! ¡y cómo consuela durante las noches frías y lluviosas del invierno, cuando al hogar se retira el padre que en aquel momento termina sus ocupaciones del día, ver arder con modesto reflejo la lámpara que con su luz modesta irradia un bienestar y dicha que aquella habitación se respira, y cuán grato es su calor, cuando mojados y ateridos por el frío se penetra en aquellas modestas habitaciones en que al par de sanas lecturas, de labores y estudio, de conversación y del rosario familiar, dan un calor al corazón que no comunican ni las más encendidas chimeneas, ni alumbran el corazón espléndidos lucernarios, porque allí existe el calor de la familia, el calor del amor de padres e hijos, de ese calor que sólo comunica el santo temor de Dios!
Así suponemos, como hemos dicho, viviría la Santa Familia, modelo de las familias cristianas, modelo que hemos de tener presente para nuestra enseñanza y esperanza de felicidad, cumpliendo con los preceptos del Evangelio, única fuente de dicha que hemos de conseguir durante nuestra marcha en la existencia terrenal.
Pero aquella dicha, aquella tranquila felicidad que gozaba la Santa Familia después de su regreso de Egipto, felicidad y dicha que había de ser tanto mayor cuanto era el disfrute de la tierra, de la patria perdida durante siete años; y si no compárese lo que en nuestro pecho ocurre, cuando volvemos al hogar perdido, qué dulce tranquilidad, sosiego y bienestar al tornar a vivir entre los pasados que nos son familiares, dentro de aquellos muros en que se han desenvuelto días de dicha, de penas y de dolores, y en donde se conserva el santo recuerdo de los padres, de los que nos precedieron y dieron vida y educación cristiana.
Así transcurrieron felices los días para la Sagrada Familia, viendo crecer a Jesús, cada día más hermoso, y llegando a los límites de la juventud, ayudando y siendo el sostén de José, de su padre terrenal, quebrantado más que por los años por las fatigas de una vida accidentada de viajes y sobresaltos, penas y temores por la preciosa existencia de aquel tesoro confiado a su cuidado.

José se hallaba enfermizo, no por la edad, y cuando la Virgen había cumplido los treinta y tres años, las enfermedades y dolores le impedían en muchas ocasiones dedicarse a sus habituales trabajos, teniendo no sólo que interrumpirlos, sino en muchas ocasiones suspenderlos por algunos días.

Desde esta hora en adelante José tuvo que ceder a las instancias de María, que le rogaba dejase ya aquel trabajo con el que no podía por el estado de su salud, teniendo al fin que ceder a los ruegos de María, y convencido de su imposibilidad física, abandonó el trabajo del que Jesús no podía aún encargarse por sus pocos años y falta de experiencia para sustituirle en aquel oficio.
He aquí cómo expresa Casabó en su obra citada, el nuevo estado de la Sagrada Familia después que José tuvo que dejar el trabajo de la carpintería, con el cual cubría las escasas necesidades de aquélla:
«Desde esta hora en adelante, cediendo a las instancias de la Virgen, cesó en el trabajo corporal de sus manos, aunque ganaba la comida para todos tres, y dieron de limosna los instrumentos de su oficio de carpintero, para que nada estuviese ocioso y superfluo en aquella casa y familia.
 Desde entonces tomó María por su cuenta sustentar con su trabajo a su Hijo y a su Esposo, hilando y tejiendo hilo y lana, más de lo que hasta entonces había hecho.
 A pesar de su mucho trabajo, guardaba siempre la Virgen la soledad y retiro, y por esto la acudía aquella dichosísima mujer, su vecina, y llevaba las labores que hacía y le traía lo necesario.
 Ni la Virgen ni su Hijo comían carne; su sustento era sólo de pescados, frutas y yerbas y aún con admirable templanza y abstinencia.
 Para José aderezaba comida de carne, y aunque en todo resplandecía necesidad y pobreza, suplíalo todo el aliño y sazón que le daba María y agrado con que lo suministraba.
Dormía poco la diligente Virgen y gastaba algunas veces en el trabajo mucha parte de la noche. Sucedía a veces que no alcanzaba el trabajo y la labor para conmutarla en todo lo necesario, porque José necesitaba más regalo que en lo restante de su vida y vestido, entonces entraba el poder de Jesús, quien multiplicaba las cosas que tenían en casa…
»Puesta de rodillas servía la Virgen la comida a su Esposo, y cuando estaba más impedido y trabajado, le descalzaba en la misma postura, y en su flaqueza le ayudaba llevándole del brazo. En los últimos tres años de la vida de José, cuando se agravaron más sus enfermedades, asistíale la Virgen de día y de noche, y sólo faltaba en lo que se ocupaba sirviendo y administrando a su Hijo, aunque también el mismo Jesús la acompañaba y ayudaba a servir al Santo Esposo».
Fuente: Capítulo XX: Vida de la Virgen María de Joaquín Casañ


La Sagrada Familia de Gaudí en Barcelona, España ( 28 de diciembre)






El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia es el gran templo católico de Barcelona (España), diseñado por el arquitecto catalán Antoni Gaudí. Iniciado en 1882, todavía está en construcción. Es la obra maestra de Gaudí, y el máximo exponente de la arquitectura modernista catalana.
La obra ni fue iniciada por él, ni evidentemente pudo acabarla. A la edad de 31 años se hizo cargo de la dirección de las obras de este Templo, tras la dimisión del arquitecto inicial Francisco de Paula Villar, cuando ya se había construido una parte de la cripta subterránea.


Gaudí cambió radicalmente el primer proyecto sustituyéndolo por uno propio, mucho más ambicioso, original y atrevido que el inicial.
Actualmente transcurridos más de 100 años desde el inicio, los trabajos siguen un ritmo de construcción que se ha acelerado considerablemente, y se considera que llevará 30 años mas para su culminación.
La Sagrada Familia fue una de las propuestas para ser una de las 7 Nuevas maravillas del mundo. La obra que realizó Gaudí, es decir, la fachada del Nacimiento y la cripta, ha sido incluida por la Unesco en el año 2005 en el Sitio del Patrimonio mundial
 «Obras de Antoni Gaudí».

LOS ESPACIOS DEL TEMPLO

El templo se puede considerar dividido en los espacios siguientes:
Los espacios del templo: que incluye la Fachada de la Natividad, la Fachada de la Pasión, la Fachada de la Gloria con el Baptisterio y la Capilla del Sacramento, la Cripta, el Ábside, los Cimborios y los Obeliscos situados en las cuatro esquinas del templo, los Claustros, las Sacristías, la Capilla de la Asunción, el Crucero y el Transepto, las Naves y los Coros y el Presbiterio o Altar.
Los elementos constructivos del templo: con las estructuras de sustentación que incluyen las Columnas y las Bóvedas, otros elementos como los Ventanales, los Muros exteriores y las Cubiertas.
La Sagrada Familia es un templo del tipo basilical en forma de cruz latina en el que el eje central está ocupado por cuatro naves laterales de 7’5 metros de anchura cada una y una nave central de 15 metros de anchura, lo que hace un total de 45 metros. La longitud total del templo, incluyendo la nave y el ábside es de 95 metros. El crucero esta formado por tres naves con una anchura total de 30 metros y una longitud de 60.
El templo, cuando esté terminado, dispondrá de 18 torres: cuatro en cada una de las tres entradas-portales y, a modo de cúpulas, se dispondrá un sistema de seis torres, con la torre cimborio central, dedicada a Jesús, de 170 metros de altura, otras cuatro alrededor de ésta, dedicadas a los evangelistas, y un segundo cimborio dedicado a la Virgen. El interior estará formado por innovadoras columnas arborescentes inclinadas y bóvedas basadas en hiperboloides y paraboloides buscando la forma óptima de la catenaria.
En 1926 murió Gaudí; sólo se había construido una torre. Del proyecto del edificio sólo se conservaban planos y un modelo en yeso que resultó muy dañado durante la Guerra Civil española. Desde entonces han proseguido las obras: actualmente están terminados los portales del Nacimiento y de la Pasión, y se ha iniciado el de la Gloria, y están en ejecución las bóvedas interiores. 

LA CRIPTA



La cripta se compone de siete capillas dedicadas a la Sagrada Familia de Jesús: San José, el Sagrado Corazón, la Inmaculada Concepción, San Joaquín, Santa Ana, San Juan y la capilla de Santa Isabel y San Zacarías. Están dispuestas en forma de rotonda, frente a la cual se sitúan otras cinco capillas en línea recta: la central que alberga el altar, flanqueada por las capillas de Nuestra Señora del Carmen (donde está enterrado Gaudí), de Jesucristo, de Nuestra Señora de Montserrat y del Santo Cristo (donde tiene sepultura Josep Maria Bocabella).
El altar está presidido por un relieve de la Sagrada Familia, obra de Josep Llimona.. La cripta está circundada por un mosaico romano de “opus tesselatum” donde están representados la viña y el trigo, símbolos de la Eucaristía, obra del mosaicista italiano Mario Maragliano. Las pilas de agua bendita de la cripta están hechas con unas grandes conchas marinas (tridacna gigas) procedentes de Filipinas, que le proporcionaba a Gaudí el marqués de Comillas. Algunas de las lámparas de la cripta las hizo Gaudí con sus propias manos, ya que el médico le había recomendado trabajos manuales para combatir el reumatismo.

EL ÁBSIDE



El ábside ocupa la cabecera del templo, entre las fachadas del Nacimiento y la Pasión; en su centro se situará la capilla de la Asunción, y tendrá dos sacristías en los laterales, intercomunicadas por el claustro, que rodeará todo el recinto. Gaudí dedicó el conjunto del ábside a la Virgen María, de la que era gran devoto. El proyecto contiene siete capillas absidiales dedicadas a los siete dolores y gozos de San José, según deseos del fundador Bocabella. De inspiración gótica, al encontrarse sobre la cripta sigue su misma estructura. Su construcción se realizó de 1891 a 1893.
La Capilla de la Asunción tendrá forma de litera de piedra, evocando la litera con que se sacaba en procesión a la llamada Virgen de Agosto de la Catedral de Gerona. La capilla estará rematada por una linterna de 30 metros de altura, culminada con una corona flanqueada en sus cuatro lados por ángeles, y la inscripción Salve, Regina, Mater misericordiae. En el interior figurará la Santísima Trinidad en la cúpula coronando a María, rodeada de ángeles –como advocación de Nuestra Señora de los Ángeles–; en la galería habrá 12 ángeles –por las 12 estrellas de la corona de la Virgen– con los frutos del Espíritu Santo; bajo la galería estará la muerte de la Virgen, la de San José, la presentación de María en el templo por San Joaquín y Santa Ana y las bodas de Canaán. En los portales estarán los santos de advocaciones barcelonesas, San Roque y San José Oriol.
Las sacristías tendrán una altura de 35 metros, sobre una base de 18 x 18; constarán de doce caras con ventanas triangulares, cubiertas por una cúpula decorada con mosaico y rematada por la figura de un vendimiador y un cordero, símbolos de Jesucristo.

FACHADA DEL NACIMIENTO



Al estar dedicada al acontecimiento gozoso del nacimiento de Jesús, esta fachada presenta una decoración exultante donde todos los elementos son evocadores de la vida. Se centra en la faceta más humana y familiar de Jesús, con una amplia profusión de elementos populares, como herramientas y animales domésticos. Está dividida en tres pórticos, dedicados a las virtudes teologales: de la Esperanza a la izquierda, de la Fe a la derecha, y de la Caridad en el centro, con la Puerta de Jesús y rematada por el Árbol de la Vida. La fachada culmina con las torres-campanario dedicadas a San Matías, San Judas Tadeo, San Simón y San Bernabé. Fue construida entre 1894 y 1930. La escultura es de Carles Mani, Llorenç Matamala y Joan Matamala.
Los pórticos están separados por dos grandes columnas: la de José entre el pórtico de la Esperanza y el de la Caridad, y la de María, entre el pórtico de la Caridad y el de la Fe.
  

PÓRTICO DE LA CARIDAD


Es el mayor de los tres, y está dedicado a Jesús. Simulando ser el Portal de Belén, desarrolla una serie de escenas sobre el nacimiento de Jesús: la Anunciación, la Adoración de los Reyes, la Adoración de los pastores y la Coronación de María; las dos Adoraciones son obra de Joaquim Ros i Bofarull (1981-1982). También encontramos la estrella de Belén y los signos del Zodíaco, dispuestos como estaban la noche que nació Jesús, así como ángeles músicos (con instrumentos clásicos: arpa, fagot, violín; y populares: guitarra, pandereta y gaita), el cordero como símbolo de inocencia, el perro como símbolo de fidelidad y las 59 cuentas del rosario rodeando el ventanal.
En la Puerta de Jesús destaca el gran pilar con el árbol genealógico de Jesús; en su base está la serpiente mordiendo la manzana, símbolo del pecado original, y sobre el capitel se sitúa el grupo del Nacimiento.
El pórtico culmina en el Árbol de la Vida, que representa el triunfo de la vida y el legado de Jesús. Aquí encontramos el anagrama de Jesús con las letras JHS (de Jesuchristus), en una cruz, con las letras griegas alfa y omega, como símbolo del principio y el fin. Está rodeado de ángeles incensarios y ángeles portadores del pan y el vino, símbolo de la Eucaristía. Sobre el anagrama encontramos un pelícano, primitivo símbolo cristiano que representa igualmente la Eucaristía, con un huevo símbolo del origen y la plenitud de la Naturaleza. En sentido ascendente se hallan dos escaleras como ascensión a Dios, y un ciprés que simboliza la vida eterna, con un grupo de palomas que representan los fieles que acuden a Dios. Por último, encontramos una representación de la Santísima Trinidad, con la letra griega tau, inicial del nombre de Dios en griego, la cruz de Jesús y la paloma del Espíritu Santo.

PÓRTICO DE LA ESPERANZA

Dedicado a San José, encontramos las escenas de los Esponsales de la Virgen María y San José, la Familia de Jesús (con San Joaquín y Santa Ana), la Muerte de los Santos Inocentes, La huida a Egipto y La barca de San José, en que José es el timonel que conduce a la Iglesia Católica (la fisonomía de José corresponde a la del propio Gaudí, como homenaje de los trabajadores del templo tras su muerte). También podemos observar la colocación de animales domésticos como ocas, gansos o patos como alusión a la fauna del Nilo, así como flora de Egipto. El pórtico está rematado por un gran pináculo semejante a los peñascos de Montserrat, con la inscripción Sálvanos. 

PÓRTICO DE LA FE

Dedicado a la Virgen María, percibimos las escenas de la Inmaculada Concepción, la Visitación, Jesús en brazos de Simeón, Jesús trabajando de carpintero o El hallazgo de Jesús en el templo. También encontramos las figuras de San Juan Bautista y San Zacarías, el Corazón de Jesús, cubierto de espinas y de abejas místicas que liban su sangre, la Providencia, en forma de mano con el ojo que todo lo ve, uvas y espigas como símbolo de la Eucaristía y flora de Palestina.

FACHADA DE LA PASIÓN



La fachada de la Pasión se empezó a construir en 1954 según los dibujos y explicaciones que había dejado Gaudí; las torres se acabaron en 1976, y desde entonces se trabaja en la decoración escultórica. Gaudí proyectó esta fachada durante una convalecencia por unas fiebres de Malta en Puigcerdà, en 1911. Dedicada a la Pasión de Jesús pretende reflejar el sufrimiento de Cristo en su crucifixión, como redención de los pecados del hombre. Por ello concibió una fachada más austera y simplificada, sin ornamentación, donde destacase la desnudez de la piedra, semejando un esqueleto reducido a las líneas simples de sus huesos.
La fachada está sostenida por seis grandes columnas inclinadas, que semejan troncos de secuoya, sobre las que se emplaza un gran frontón de forma piramidal constituido por 18 columnas en forma de hueso, rematado por una gran cruz con una corona de espinas. Las torres están dedicadas a los apóstoles Santiago el Menor, Santo Tomás, San Felipe y San Bartolomé.
La fachada de la Pasión tiene tres pórticos igualmente dedicados a la Fe, Esperanza y Caridad: el pórtico central tiene dos puertas de bronce dedicadas al Evangelio, con los textos evangélicos dedicados a los últimos días de Jesús, separadas por un parteluz con las letras griegas alfa y omega, como símbolo del principio y el fin; las otras dos puertas son la de Getsemaní y de la Coronación de espinas, igualmente de bronce. Frente a las Puertas del Evangelio se sitúa la columna de La Flagelación, que sustituye la cruz inicialmente prevista por Gaudí; por ello, Subirachs dividió la columna en cuatro bloques, simbolizando las cuatro partes de la cruz. Tiene cinco metros de altura, y está realizada en mármol travertino. Otros detalles destacados de la columna son: el nudo, que simboliza las torturas sufridas por Jesús; el fósil, hallado en el bloque de mármol según Subirachs, y que tiene forma de palmera, símbolo del martirio; y la caña que los soldados dieron a Jesús en vez del cetro real, como símbolo del escarnio sufrido por el Redentor.
El ciclo escultórico de la Pasión está instalado en tres niveles, siguiendo un orden ascendente en forma de S, para reproducir el Calvario de Jesús:
• Nivel inferior: contiene las escenas de la última noche de Jesús antes de la crucifixión. La Última Cena presenta a Jesús con los doce apóstoles, en el momento en que Judas le traicionará; figura la inscripción “Lo que vas a hacer, hazlo deprisa” (Juan, 13, 27). Pedro y los soldados es el momento en que Pedro corta la oreja al criado del Gran Sacerdote. En El beso de Judas las figuras están toscamente talladas para sugerir una visión nocturna; detrás de Judas se sitúa la serpiente que simboliza el demonio. La negación de Pedro contiene tres figuras de mujer que representan las tres veces que Pedro negó a Jesús; el apóstol está envuelto en una sábana como símbolo de su cobardía. En Ecce Homo Jesús es presentado con la corona de espinas; junto a la escena hay una columna con el águila romana y la inscripción “Tiberio, emperador de Roma”. Por último figura El juicio de Jesús, en que Pilatos se lava las manos.
• Nivel medio: representa el Calvario de Jesús. Aparece en primer lugar El soldado Longino, que clavó su lanza a Jesús aunque luego se convirtió al cristianismo. La Verónica muestra el rostro de Jesús marcado en negativo en la tela de la mujer que le limpió el sudor; la figura de Verónica no tiene rostro para no interferir con la imagen de Jesús; aquí Subirachs hace un homenaje a Gaudí, dándole su fisonomía a la figura del evangelista situado a la izquierda, así como en la forma de los cascos de los soldados, que evocan las chimeneas de la Casa Milà. Cierra el ciclo Las Tres Marías y Simón de Cirene, en que éste ayuda con la cruz a Jesús, rodeado por la Virgen, María Magdalena y María de Cleofás.
• Nivel superior: figura la muerte y entierro de Jesús. Comienza el nivel con Soldados jugando a los dados las vestiduras de Jesús. La crucifixión es la escena principal del pórtico, con Jesús colgado en la cruz, que está hecha de hierro, con una I pintada en rojo en la viga central, símbolo del INRI; aparecen de nuevo las tres Marías y San Juan, y figuran también en la escena un cráneo, símbolo de la muerte, y una luna, que representa la noche. El velo rasgado es una estructura de bronce que representa el velo del Templo de Jerusalén, que se rasgó a la muerte de Jesús. Por último, en El entierro figuran José de Arimatea y Nicodemo depositando el cuerpo de Jesús en el sepulcro, junto a la Virgen María y un huevo símbolo de la resurrección.
En un nivel superior se situará la Resurrección de Jesús, con el ángel custodio, María Magdalena y María Salomé. Finalizan el ciclo de la Pasión: Cristo resucitado, en el ventanal del crucero; y la Ascensión de Jesús, en el puente que une las torres de San Bartolomé y Santo Tomás, a 60 metros de altura, obra de Subirachs realizada en bronce, instalada en 2005.

FACHADA DE LA GLORIA



La fachada de la Gloria será la más grande y monumental; es la fachada principal, la que da acceso a la nave central. Las obras comenzaron en 2002. Dedicada a la Gloria celestial de Jesús, representa el camino ascensional a Dios: la Muerte, el Juicio Final y la Gloria, así como el Infierno, para todo aquel que se aparta del dictado de Dios.
Para acceder al Pórtico de la Gloria habrá una gran escalinata con una terraza donde se situará el Monumento al Fuego y al Agua, con un gran tedero con fuego, en representación de la columna de fuego que guió al pueblo elegido, y un surtidor de agua, con un chorro de 20 metros de altura que se dividirá en cuatro cascadas, simbolizando los ríos del paraíso terrenal y las fuentes de agua viva del Apocalipsis.
La escalinata creará un paso subterráneo en la calle Mallorca, que representaría el Infierno, y estaría decorado con demonios, ídolos y falsos dioses, cismas, herejías, etc.
El pórtico tendrá siete grandes columnas dedicadas a los siete dones del Espíritu Santo; en sus bases aparecerán los siete pecados capitales, y en los capiteles las siete virtudes:
• Dones: Piedad, Fortaleza, Inteligencia, Sabiduría, Consejo, Ciencia, Temor de Dios.
• Pecados: Avaricia, Pereza, Ira, Envidia, Gula, Soberbia, Lujuria.
• Virtudes: Generosidad, Diligencia, Paciencia, Caridad, Templanza, Humildad, Castidad.
Asimismo, habrá siete puertas dedicadas a los sacramentos y a las peticiones del Padre Nuestro:
• Bautismo: Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea Tu Nombre.
• Extremaunción: Venga a nosotros tu Reino.
• Orden Sacerdotal: Hágase tu voluntad, así en la Tierra como en el Cielo.
• Eucaristía: Danos hoy el pan nuestro de cada día.
• Confirmación: Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden.
• Matrimonio: No nos dejes caer en la tentación.
• Penitencia: Y líbranos del mal.
Figurarán también las Bienaventuranzas y las Obras de Misericordia corporales y espirituales.
En la fachada estarán representados: Adán y Eva, como origen del ser humano; San José en su labor de carpintero; la Fe, la Esperanza y la Caridad representadas por el Arca de la Alianza, el Arca de Noé y la Casa de Nazaret; la Virgen María; las jerarquías angélicas; y Jesús en el Juicio Final, con el Espíritu Santo en forma de rosetón y Dios Padre, formando la Trinidad augusta.
La fachada se completará con unas grandes nubes iluminadas que contendrán en grandes letras el Credo (Credo in unum Deum Patrem Omnipotentem, creatorem coeli et terrae) y el Génesis, situadas sobre 16 grandes linternas dispuestas en orden ascendente. Las torres serán las más altas de las tres fachadas, y estarán dedicadas a San Pedro, San Pablo, San Andrés y Santiago el Mayor.

LAS TORRES


Gaudí proyectó un templo de gran verticalidad, para que fuese visible desde cualquier punto de Barcelona y destacase sobre el resto de edificios. Para ello dotó a la Sagrada Familia de 18 torres, 12 por los apóstoles, 4 de los evangelistas, y los cimborios de Jesús y la Virgen María. Tienen distinta altura, en sentido ascendente: las torres del Nacimiento, 98 metros las exteriores y 107 las centrales; las de la Pasión, 107 metros las exteriores y 112 las centrales; las de la Gloria, 118 metros; la de la Virgen, 120 metros; las de los evangelistas, 125 metros; y la de Jesús, 170 metros.

Las torres son de perfil parabólico, y tienen distintas soluciones según su tipología: las de los apóstoles están rematadas por pináculos de mosaico veneciano policromado con escudos con la cruz y unas esferas blancas, que simbolizan la mitra episcopal; también figuran el anillo y el báculo episcopales, así como las inscripciones Hosanna, Excelsis y Sanctus, Sanctus, Sanctus, repetido tres veces por la Santísima Trinidad (el del Padre en color amarillo, por la luz; el del Hijo de color rojo, símbolo de martirio; y el del Espíritu Santo de color naranja, síntesis de los otros dos). Asimismo, cada torre lleva inscrito el nombre en latín y la palabra Apostolus junto con una escultura del apóstol que representa. Estas torres actúan de campanario, y contendrán un total de 60 campanas, comunes y tubulares. Gaudí realizó complicados estudios de acústica para lograr una perfecta sonoridad.

Las torres de los evangelistas estarán rematadas por las figuras alegóricas que los representan en la iconografía cristiana: San Juan, el águila; San Marcos, el león; San Mateo, el ángel; y San Lucas, el buey. Tendrán dos focos cada una que de noche iluminarán la calle y la torre de Jesús. La torre de María se situará sobre el ábside, y estará rematada por una gran estrella de 12 puntas, que simbolizará la estrella de la mañana. Por último, la torre de Jesús estará rematada por una gran cruz de cuatro brazos, de 15 metros; en su parte central figurará un cordero, así como la inscripción Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, Tu solus Altissimus y las palabras Amén y Aleluya. Cada uno de los cuatro brazos de la cruz tendrá potentes haces de luz que serán visibles a grandes distancias.

EXTERIOR E INTERIOR

En las cuatro esquinas del templo figurarán tres obeliscos por cada una, representando los puntos cardinales, las cuatro estaciones, los ayunos cristianos (Témporas), relacionados a su vez con las órdenes sacerdotales, las virtudes cardinales representadas simbólicamente, así como símbolos de San José (lirio), la Virgen María (corona) y Jesús (variando en cada grupo). Por último, cada obelisco central llevará tres de las doce estrofas del himno de Daniel de los niños de Babilonia (Trium puerorum), uno de los laterales Sancte Joseph, Ora pro nobis, y el otro Sancta Dei Genitrix, Ora pro nobis.

En las intersecciones del claustro con las fachadas Gaudí proyectó unos portales dedicados a la Virgen: a ambos lados de la fachada del Nacimiento, la Virgen del Rosario y la de Montserrat; en la fachada de la Pasión, la Virgen de la Merced y la de los Dolores. Especialmente destacada es la del Rosario, que Gaudí eligió para hacer una demostración de cómo tenía que ser la decoración del resto del templo. El portal está presidido por la Virgen con el Niño, flanqueada por Santo Domingo y Santa Catalina. Otras escenas reproducen: la Muerte del Justo, con la Virgen mostrando a un moribundo al Niño Jesús, para proporcionarle alivio; la Tentación de la Mujer, representada por un monstruo en forma de pez que ofrece a una mujer una bolsa de dinero; y la Tentación del Hombre, simbolizada por un diablo que ofrece a un obrero una bomba Orsini, empleada por los anarquistas en aquella época. A cada lado de la puerta figuran los reyes David y Salomón y los profetas Isaac y Jacob. Asimismo, hay gran profusión de rosas que adornan todo el pórtico, y frases como las últimas palabras del Ave María: Et in hora mortis nostrae, Amen.

Al igual que el exterior, el interior tendrá un gran significado religioso: la cúpula del ábside estará cubierta con un mosaico representando las vestiduras de Dios cubriendo la bóveda celeste, y del triforio más alto del ábside colgará una lámpara de siete brazos que simbolizará el Espíritu Santo. El altar quedará enmarcado por un arco triunfal con el Calvario de Jesús, completando así la Santísima Trinidad. El arco triunfal llevará el canto de Gloria del Ordinario de la Misa, así como un baldaquino coronado por una cruz, de la que saldrá una parra que teje con sus pámpanos y racimos todo el baldaquino, y un lampadario de 50 candiles, como en San Juan de Letrán.

Las columnas del interior tienen variada simbología: las cuatro del crucero van dedicadas a los evangelistas, las doce que rodean el crucero a los apóstoles (San Pedro y San Pablo al lado del altar), y el resto a los obispados continuadores de la obra apostólica: los de Cataluña (Barcelona, Tarragona, Lérida, Gerona, Vic, Urgel, Solsona, Tortosa y Perpiñán) en el crucero, del resto de España (Mallorca, Valencia, Zaragoza, Granada, Burgos, Sevilla, Valladolid, Toledo y Santiago) en la nave central y en las laterales los cinco continentes; cada columna lleva los santos patronos de cada diócesis.

La Jerusalén Celestial estará representada con el Cordero, el árbol de la vida, los frutos del Espíritu Santo, ángeles, pájaros, ramas y hojas (palma como símbolo de martirio y laurel como símbolo de inteligencia). En los ventanales de las naves laterales estarán las parábolas de Jesús: Yo soy la luz, la verdad y la vida, Yo soy la Resurrección, Yo soy la fuente de agua viva, Yo soy la vid, Yo soy el buen sembrador, Yo soy el buen pastor. Por último, en el voladizo interior de los muros laterales del templo habrá peces en mosaico, unos nadando hacia el altar con la boca abierta y otros volviendo con la hostia en la boca, como fieles sedientos de Eucaristía.

Mensajes seleccionados de la Virgen María sobre su vida en Nazareth a Giuliana Buttini


Estos son algunos mensajes extractados del libro “Mi vida en Nazareth”, donde la vidente publica mensajes recibidos entre 1973 y 1984 sobre su vida con Jesús.
Su director espiritual, el Padre Antonio María de Arriaga dice que los mensajes están llenos de palabras de… la pequeña y sencilla María de Nazaret, … tienen un encanto particular… No son recuerdos nostálgicos de un pasado lejano. Son palabras de quien… hoy, revive todo el pasado de su propia vida y de la vida de Su Hijo. Es María… quien habla en estos mensajes, y de ahí su encanto maravilloso. Es María… que recuerda, que revive, que penetra profundamente todos los hechos del pasado y los revive con la naturalidad y la frescura de los recuerdos… vivos en la memoria.52. [1]- Todas las gentes Me llamarán bienaventurada. (Lc)
¿Quién puede deciros mejor que yo cómo era Jesús de niño y luego de joven?
Yo soy su Madre, he respirado con Él y he sufrido por Él y con Él. Cuando llegó al mundo fue como un encanto: lo encontré entre mis brazos, puesto por los Arcángeles, que me lo habían presentado. Gabriel, un arcángel, no una visión, realidad, no una luz: una figura con rostro de muchacho y el cuerpo como estatua, Miguel el que defiende y protege. ¡Los hombres no creen en los Ángeles! ¡Los hombres de vuestro tiempo verán lo que sucede cuando la fe está muerta en los corazones! La única salvación es este revelarse de Jesús, que habla a través de criaturas escondidas y elegidas; y el mundo aún no cree, aún no comprende.
Cuando Jesús crecía, era un niño como los demás, era verdadero hombre y al mismo tiempo Dios, clarividente y sabio, pero no se dio a conocer como un sabio sino a los doctores; y luego partió aquel amanecer dejándome el corazón desgarrado. Sabía que lo perdería. Yo, Myriam, era una madre, una criatura humana y el dolor es dolor. Aunque luego será felicidad y gloria, el dolor es un don, un regalo de Dios, que no se comprende en la Tierra, y también Yo lo conocí, como lo conoció Jesús, en el espíritu y en la carne. No fue fácil para Él hablar, predicar, andar; ¡fue sudor y fatigas, calor, frío, cansancio! Verdadero hombre: quiso conocer todos los matices del dolor humano. Sufría por los que no harían buen uso de su Palabra; sufría porque amaba, y el amor es entregarse, es sacrificio. Conociendo los verdaderos valores, Él no se preocupaba por las cosas materiales. Él amaba la belleza de la naturaleza, pensamiento de Dios, procedente de Dios, prueba de Dios. Él, verdadero Dios, sabía. Yo fui Madre y, a pesar de la grandeza de lo que me sucedió, me parecía casi normal, y a veces increíble. Todo lo grande que nos sucede por la voluntad de Dios, nos parece normal y a veces increíble. Por eso nos gusta estar escondidas, no queremos que nos distraigan las cosas vanas.
Cuando Jesús era pequeño, lo miraba con gozo, y con dolor; sabía, y la sombra de la Cruz oscurecía mi alegría de aquellos días de paz… No siempre sabía: era un instrumento de Dios y los instrumentos de Dios saben cuando Dios obra en ellos. Cuando Jesús fue al Templo, Yo no sabía dónde estaba y viví horas de angustia. Nuestra vida en esa casa que muchos de vosotros conocéis y que otros no creen que sea aquella casa, era simple, y era una vida grande y pequeña a la vez. Jesús me hablaba de vosotros los hombres, ¡mis hijos, sus hermanos! Immi , tú sabes que he venido a redimirlos y tú también conmigo, con tu dolor y tu amor. ¡La Redención!
El mundo siguió avanzando a través de los siglos, el Hijo del hombre volverá y separará el trigo de la cizaña… Nuestra vida, nuestra historia, a menudo se cuenta como si fuera una leyenda, y no hubo ninguna romántica imaginación, es una realidad. Yo, madre, mujer y no por ello débil; José, un padre terrenal sumamente amoroso y justo; Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios. Una familia normal a los ojos del mundo. Lo que es sagrado aparenta normal, lo sagrado está adentro, no se manifiesta con alharaca, se reconoce luego, por los hechos y por la sustancia. Lo que Jesús ¡ha dicho al mundo, está resumido en el Evangelio: pocas palabras que tienen un alcance enorme para todos los tiempos y son siempre nuevas. Él hizo muchos milagros, dijo muchas palabras, obró mucho, pero toda su obra, toda su Palabra, todos sus milagros provienen de una palabra sola: ¡Amor!
Vosotros os preguntáis muchas cosas, vosotros tenéis dudas, vosotros no entendéis el dolor; vosotros no podéis comprender, y es así porque si los hombres supieran todo, no habría verdadero mérito. El dolor se acepta, se soporta: ¡pero es dolor! Es mérito, don, puerta que cada criatura, en mayor o menor medida, debe traspasar. Y en la tierra existe también la serenidad: es la paz del espíritu en gracia. Existe la esperanza.
Íbamos hacia Nazaret, volvíamos del mercado, teníamos harina, miel, cebollas y sal…
“¡Yo llevaré la carga más pesada, Immi!”
En aquel momento mi corazón tembló. “¡La carga más pesada”. ¡El dolor del mundo!¡Los pecados del mundo! Había en Mí un constante alternar entre la alegría y el dolor ¡cuán intensa fue mi vida interior! José cuidaba de nosotros, humilde, fuerte y sabio. La fuerza de la humildad es maravillosa, ¡la fuerza de los santos!
“Immi, te ayudo a hacer el pan…”
Un trocito de pasta cruda, Jesús la amasaba y formaba pequeños panes… La Eucaristía, ¡el pan del alma! ¡Verdadero hombre, verdadero Dios! Materia y espíritu, y siempre amor. A veces le observaba, cuando Él absorto, parecía estar con el pensamiento en otra parte. ¿Era la nostalgia de aquel mundo maravilloso de donde Él provenía? Escucha la voz del Padre Celestial: estaba en oración y así a la escucha. Y Yo le miraba y no podía creer que fuera Su Madre, y al mismo tiempo, me parecía normal.
Sentimientos alternos de estupor, de alegría, de dolor. Mi vida terrenal fue muy intensa; ¡mi alma cantó, vibró, sufrió, sangró!
19 de Noviembre de 1981

53. [2]- … e hizo de Mí el primer cáliz.
Durante aquel viaje rumbo a Egipto tuvimos distintas peripecias: fue un viaje fatigoso y Jesús a menudo lloraba. ¡El llanto del mundo! Él, Aquel que vino para consolar a la humanidad, lloró desde niño como todos. Desde niño Jesús se preparaba para la predicación: silencioso y atento, escuchaba al Padre que lo había enviado. Y Él, que desde la eternidad existió en el Padre, vino e hizo de mí su primer cáliz. Era un niño dulce y también vivaracho, tenía mucha fantasía para jugar con los pocos juguetes hechos por Joseph: caballitos y carritos de madera, virutas con las que hacía cadenas y otras cosas de ese tipo. Jesús colocaba los caballitos en fila e imaginaba largos viajes. Cuando vinieron los Magos, fue Él el primero que los descubrió:
“Immi, Immi, ¡llegan hombres con caballos y camellos! ¡Vienen hacia nosotros, Immi!…”
Para entonces hablaba muy bien, aunque ya desde los primeros meses de su vida terrenal supo pronunciar algunas palabras. Teníamos un pequeño huerto que nos daba mucha verdura. Jesús ayudaba a José a sembrar. ¡El sembrador! Sus palabras: semillas de vida eterna. Vuelvo a ver a Jesús en la huerta, es muy pequeño, con sus piernecitas redondas, su cabecita ensortijada y de oro rojizo. ¡El hombre Dios! Y cuando los doctores del Templo le hicieron preguntas sobre la Escritura, Él respondió lleno de sabiduría y ellos quedaron estupefactos. Nos contó luego todos los detalles: “¿Cómo puede un niño saber tantas cosas que no sabemos nosotros?”
“¿Quién es este muchacho? Tiene un rostro con una mirada penetrante y sus ojos son luminosos…”
Jesús tenía una mirada que observaba hasta más allá de lo que veía. “Yo conozco todo de vosotros, incluso vuestros pensamientos futuros”. ¡Dios de Dios! Y me ayudaba en los quehaceres domésticos y lo hacía con alegría.
Cuando Él se hizo hombre, un día nos invitaron a Caná para un banquete de bodas: “Immi, me pondré la mejor túnica por respeto a los huéspedes”.
Cuando lo miré para pedirle aquel milagro, Él lo hizo por aquella mirada mía suplicante: “¡No tienen ya vino!”
“No tienen ya fe”. Todavía ahora en Su Reino, donde estamos juntos y felices, Yo lo miro suplicante y por vosotros le pido ayuda.
“¡No tienen ya fe, Hijo mío!”. “Immi, los seguiré ayudando, ya que tú lo deseas. ¡Me manifestaré al mundo, mandaré señales…! Como en Caná tenían sed de vino, así ahora el mundo tiene sed de fe”.
“Hijo, ayúdalos, ¡no tienen ya fe y no saben de qué tienen sed!”. “¡Immi, tienen sed, tienen hambre, tienen frío! ¡Los ayudaré!”
Y estas mis palabras son también ayuda, y lo son Sus palabras, y son Sus manifestaciones a los pequeños, y son mis apariciones en varios sitios: Fátima, Lourdes, Garabandal, Montichiari, Roma, y en estos días ¡aún en tierras más lejanas! Y nos mostramos también en lo íntimo, en lo más secreto de muchas almas.
Tejí para Jesús jovencito una túnica roja, me acuerdo de ella, su trama era gruesa y suave: “Immi, ¡con esta túnica me parece estar vestido como un Rey!” El Rey de reyes, el pobre de la tierra. ¡Aquel que posee dentro de sí todos los tesoros!
21 de Noviembre de 1981

54. [3]- Todos lo miraban, pero no sabían lo que luego habría de hacer.
Jesús tenía un pequeño banquito de madera clara, hecho por José. A veces, lo colocaba en un rincón de la habitación y se sentaba pensativo: a veces lo usaba para comer o para beber algo sentado. Vuelvo a verlo así, con una taza más bien grande, llena de leche, sostenida por sus tiernas manitas… ¡Esas manos que habrían de ser perforadas! Muchos dicen que hay criaturas que sufren meses o años de males físicos, ¡y que Jesús ha sufrido sólo tres días! Jesús sufrió intensamente durante esos tres días, y durante su tiempo sufrió dolores espirituales desgarradores: cada vez que perdía para siempre a un alma, cuando siendo Dios lo veía, y sufría como sufrís vosotros cuando un ser querido os deja, para venir a Nosotros, o para su purificación. Jesús sufría por la verdadera muerte de aquellos que no supieron amar, y por la de aquellos que aún están por venir y no sabrán amar. ¿Y sus sacrificios y sus, renuncias de cada día? ¿Quién los conoce?
“Immi, no como este panecillo, lo llevo a aquel niño que vive en el fondo de la calle…”
¡Generosidad de niño, amor de Dios!
“He aquí: ¡esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre!” Había tejido una cortina, con rayas rojas y blancas, el tramado suelto del tejido la hacía transparente:
“¡Qué hermosa cortina, Immi! ¡Mira cómo colorea los rayos del Sol!”
Jesús veía la belleza en todas las cosas, la descubría en un abejorro, una hoja, un rayo de luz. ¡Su corazón misericordioso! Él busca el bien escondido en las almas, para perdonar el mal evidente que está en estas almas, ¡para comprender a las criaturas!
“Immi, muchos hombres parecen malos porque nadie los ama…”
Y Él ama a todos: ¡y a pesar de todo muchos son malos! Dicen que Jesús no sabía escribir… nada dejó escrito: prefirió dejarlo escrito en el corazón de los justos y de los santos: “Amaos los unos a los otros”. Sabía escribir… Para, Dios nada es imposible, tampoco el usar una pluma… Y como hombre sabía escribir, le enseñé Yo, que había aprendido en el Templo, pero repito: a Él no le servía el escribir, a Él le importaba que estuviera escrito en los corazones humanos: “¡Amaos los unos a los otros!”
En su manera de hablar fue sencillo y muy profundo. ¡Habló para todos, para los sabios, para los ignorantes, para los grandes y para sus pequeños hijos bienamados de la Tierra! Mi Hijo: ¡el Hombre–Dios! Tenía veinte años y era un joven hermosísimo.
“Ese muchacho parece el hijo de un rey, no de un carpintero…”
Todos lo miraban, pero no sabían lo que luego llevaría a cabo, ni quién era en realidad. Yo sabía que un día me habría de dejar… Casi todos los hijos dejan su primer hogar. Los hijos son ante todo de Dios y luego de sus padres. Dios lleva a toda criatura más allá del tiempo, devuelve los hijos a quienes se los ha quitado, para un mayor bien. Mi Hijo, el Hijo unigénito de Dios vivo, que vino para cargar sobre sí los pecados del mundo. Para muchos le resulta di¬fícil creer en su divinidad, dicen que es un profeta… ¿Y los milagros? Para ellos o son leyenda o creen que un día po¬drán explicarlos con la ciencia… ¿Y el milagro de un hombre, que es Dios, acompañado de hombres ignorantes y comunes, que llevando la verdad al mundo la transmite en los siglos a través éstos?… ¿El milagro de la palabra no escrita por Jesús, pero transmitida por los evangelistas, llevada a través del tiempo, y de otras palabras de la Palabra, que Él ahora os envía, para la última salvación? ¿Y los milagros más importantes: esos invisibles del espíritu?
23 de Noviembre de 1981

55. [4] Immi, tú eres mi Reina
Bajo la Cruz, Jesús me confió a la humanidad, mirando el rostro y el alma de Johanan. Y a mí me encomendó a Johanan:
“¡He ahí a tu Madre! ¡He ahí a tu hijo!”
Y ahora soy Madre de todos vosotros, Johanan es para Mí como sois vosotros; pedidme a Mí, Yo pediré a Jesús. Jesús está en la Trinidad y quien lo ve a Él, ve al Padre, y el Espí¬ritu Consolador los une. Por este motivo fue hombre y Dios en la Tierra. Cuando muchacho se divertía trabajando con el hacha y sus brazos se hacían fuertes: “¡Immi, para Mí, este no es un trabajo, sino un juego!…” Un día hizo una silla toda labrada. “¡Immi, éste es tu trono, porque Tú eres mi Reina!”
De noche, cuando todo era silencio, Jesús se sentaba a la mesa después de nuestra cena y nos hablaba a Mí y a José de los grandes misterios:
“Dios no es Uno, y al mismo tiempo es Uno, pero en tres Personas; es como si de un corazón surgiera otro corazón y un rayo de luz los uniera. Yo siempre he estado en el Padre, y me he desprendido del Padre para hacerme hombre y Verbo, y Nuestro Espíritu ilumina y procede de Uno a Otro”.
Afuera se sentían voces de muchachos: Jesús interrumpía su explicación:
“Immi, ¿puedo ir a hacer una carrera con mis amigos?”
Verdadero hombre, verdadero Dios… Sé que para vosotros es difícil comprender cómo puede ser todo esto: es la belleza del misterio. De noche en el verano, o en las calurosas primaveras, cuando las voces juveniles interrumpían el silencio, Él me preguntaba:
“Immi, ¿puedo ir a hacer aunque sea una carrera con mis amigos?”
Trabajaba muy bien y aquellos que encargaban trabajos a José y a Jesús estaban muy contentos con su honestidad:
“Aquel otro carpintero pide mucho más y no trabaja tan bien…”
¡La honestidad! Ya no hay mucha honestidad desde que la humanidad ha conocido el dinero, ¡y no sabe cuánto mal hace al alma, el querer procurarlo a través del engaño y la deshonestidad! Dicen que el dinero es muy necesario y que importa mucho el tenerlo, pero para ellos no importa lo que es más precioso: el alma.
Cuando Jesús partió, para ir al mundo a predicar y hacer milagros, para redimir, fue esa una noche que jamás olvidé en el transcurso del tiempo (que ahora aquí es distinto: no hay tiempo, se puede entonces olvidar o recordar: la dimensión es otra).
Toda la noche estuvimos levantados conversando. Jesús me dijo: “Immi, mi humanidad me hace sentir muy triste, llora mi corazón por tener que dejarte, en cambio, mi divinidad me hace sentir feliz: llevaré almas al Reino de donde yo vengo: ¡un Reino de paz y de luz!”
Coloqué un pan en su alforja y no llevó nada más consigo.
“Solamente voy con el amor al mundo, e iré a llevarlo a los hombres.

 ¡Así caminaré más ligero!…”
Y Yo permanecí contemplando aquel sendero por donde había partido… ¡A la luz del amanecer se apagaba la última estrella! Nuestro pensamiento permaneció unido, el pensamiento proviene del alma y el alma de una ¬madre y de su hijo se hablan también a distancia; y también de un mundo a otro, si lo quiere el Padre Celestial. ¡Si el amor es grande, vence al tiempo, a la lejanía y a toda dimensión!
¡Es el amor verdadero y profundo! ¡Cuándo Jesús vuel¬va a la tierra, lo buscará en vuestros corazones!
25 de Noviembre de 1981

56. [5] Quiero contaros tantas cosas, así Lo amaréis más.
De noche, aquella noche en que Jesús dejó su pequeña casa, esperando el amanecer, ¡rezamos juntos al Padre Celestial! Y al alba Él se fue por los caminos del mundo… Rogamos al Padre como lo hacíamos siempre; pero en aquel momento fue más intensa aquella plegaria mía, por¬que también Yo, criatura humana, sentía a veces más fuerte la necesidad de oración, ¡y a veces de pedir! ¡Pedir para el espíritu después de haber glorificado a Dios!
Y volviendo con el pensamiento a la infancia y a la primera juventud de Jesús, quiero contaros tantas cosas, para que así lo améis aún más. Jamás se ama lo suficiente a mi Hijo, ¡y muchos no lo aman en absoluto! ¡La Cruz!
Un día Jesús estaba sentado sobre el murito del huerto, miraba la tierra recién trabajada por José, para luego ser sembrada:
“Immi, el amor es una semilla, que crece en las almas buenas, el amor da muchos frutos: invisibles, ¡Immi, el amor no se ve, pero se lo siente!”
¡Semillas de vida eran sus palabras! Entraban en mi alma. “¡Immi, te ayudo! Te preparo la verdura para que puedas cocinar pronto…”
Mí niño no era ciertamente goloso, gustaba de lo que Yo preparaba, comida pobre, comida sana. “¡Cuánto amo mi pan!”, me decía a menudo: ¡El pan de la vida!
“¡Immi hay tantos hombres que tienen hambre! Si yo no como este pan con miel mi Padre me hará una gracia: ¡hará que un niño más pobre que Yo, tenga su dulce pan!…” “Madre si Yo tomo sobre mí los pecados del mundo, mi Padre recibirá más almas en el Cielo”. ¡El cuerpo místico martirizado! He aquí entonces que el dolor tiene una explicación; ¡el dolor tiene una razón de ser!
Muchas veces, Jesús recogía pequeñas flores y me las ofrecía: “Ponlas sobre nuestra mesa y míralas”. Las flores que adornan los altares: son pensamientos que llegan a Nosotros.
¡No recojo tus rosas, Immi, deben crecer para ti y tú las puedas ver mejor en el verdor de sus hojas!
¡El rosario! ¡Esa oración que hace contemplar la vida de Jesús y Su pasión! ¡Y también sus momentos de serenidad! ¡Mis momentos de serenidad! Cuando lo veía crecer pensaba: “Vendrá el dolor, pero ahora lo puedo mirar…”
Y el dolor vino, pero luego, Jesús resucitado quedó radiante de luz y de gloria. ¡También vuestros dolores serán luego luz y gloria! ¡Dios os ama! Por esto las pruebas que Él, Uno y Trino, os manda, las transformará para vosotros en luz y gloria, en este Reino donde ahora Yo vivo, ¡y sé cuán maravilloso es!
Mucho trabajaba Jesús en aquel tiempo, antes de dejarme, debía pensar en Mí, como buen Hijo, aunque a Mí me bastaba con poco, un poco de comida y un poco de leña.
“¡No te descuides, Immi, cuando Yo me haya ido!, hazte el pan fresco…”
¡Humanidad divina, divinidad humana! El pan para vivir, ¡el Pan de Vida! “Immi, no cierres la ventana: ¡quiero sentir la música del viento!” Y alzaba su mirada azul hacia Mí, para suplicarme…, Yo ahora alzo mi mirada hacia Él, ¡para suplicarle!
“La humanidad tiene necesidad de Dios”.
“Madre, Dios sabe y conoce las penas y dolores del mundo, pero con tus súplicas tendrá mucha ayuda. ¡La humanidad: tus hijos, mis hermanos: criaturas que ahora están en la tierra, y aman, y pecan!…”
28 de Noviembre de 1981

57. [6]- Jesús fue dado a luz por Dios.
Cuando Jesús tenía seis años y Yo le enseñaba a escribir, aprendía con mucha facilidad, ya que como hombre era perfecto, tanto física como intelectualmente. Sin embargo ha elegido la pobreza, y humanamente jamás dio pruebas de su inteligencia. Jesús era verdaderamente humilde. Lo que Él hizo, lo hizo por la humanidad, y todo lo enseñó. Él nos enseñó el Amor, que todo lo abarca.
Tenía seis años, la cara redonda, los rizos de oro un poco largos caían sobre su tierno cuello, me escuchaba con atención:
“¡Immi, eres mi Immi y serás la Immi de todo el mundo!”
¡Amor de niño, visión de Dios! Cuando me decía grandes cosas lo escuchaba y lo adoraba. Tantas veces mi pensamiento me llevaba a aquel día en que se apareció el Ángel:
“¡Te saludo, Myriam! Te anuncio que serás Madre de Dios, en Ti actuará el Espíritu, harás así de Cáliz de Aquel que será sacrificado en el tiempo como Cordero de Dios para quitar los pecados del mundo. Pesará sobre tu alma el signo de una Cruz. Agradece al Padre de los Cielos que te ha elegido, ya que eres digna: ¡y acéptalo con alegría, asombro, reverencia!”
Así me dijo y Yo, Myriam, pronuncié mi “¡Fiat!” ¡Por eso Yo sabía! ¿Hubiera podido no saberlo, sino tan sólo intuir? No ciertamente, por que si no, la duda me hubiese abatido: no he conocido hombre y siempre he sido virgen, ya que Jesús no vino a la luz como los hombres: ¡vino a la luz como Dios! El Ángel me habló claramente, oí su voz con mis oídos, lo miré con mis ojos. Los Ángeles por voluntad de Dios pueden tomar un rostro y un cuerpo. Los Ángeles existen, como existen los hombres. Los Ángeles acompañarán al Hijo del Hombre, Mi Hijo, cuando vuelva a la tierra a buscar el amor en los corazones humanos.
Nuestras comidas eran simples, era la forma de comer en aquella tierra, en aquel tiempo: pescado cuando era posible, cordero para las fiestas, miel, cebollas que ponía en agua salada y luego comíamos con pan, verduras… Tesoros que vienen de la tierra: ¡verduras, aceitunas, frutas! A Jesús le gustaban esos pequeños panes amasados con miel, era feliz cuando los sacaba del horno, los esperaba frente al horno
“¿Están listos los panecillos?”
¡La humanidad debe estar siempre lista, para presentarse ante Él!
29 de Noviembre de 1981

58. [7]- He vivido aquellos meses de espera como en un sueño.
Cuando Jesús permanecía silencioso mirando al Cielo, en aquel huerto nuestro, en las noches tibias, Yo, Myriam, lo miraba, ¡y el corazón me latía con fuerza! Lo miraba deslumbrada, ¡en Él se traslucía la divinidad! ¿Qué es para vosotros la Divinidad? Vosotros mis queridos hijos, sabéis ¡que Dios es inmenso, que es infinito, que es inexplicable, que es misterioso y que es también evidente! Yo en mi Jesús veía y sentía todo esto, y por ese motivo lo adoraba: pero era un niño entonces, Y lo adoraba y lo educaba…
“Todos los niños buenos y educados saludan a quienes encuentran”.
“Immi, Yo, apenas me despierto, encuentro al Padre Celestial. Él está en toda la humanidad y cuando los hombres se despiertan tarde o al amanecer, ¡no deben olvidarse de Él, y deben saludarlo!”
Al despertar dirigid siempre con vuestra alma un pensamiento a Dios, a mi Hijo, Dios de Dios, aunque sea breve: Un saludo, pero con mucho sentimiento.
He vivido esos meses de espera corno en un sueño: ¡el Advenimiento! Lo que acaecía en mí era demasiado grandioso: ¡el Acontecimiento! ¡Dios que venía a la Tierra! Casi dos mil años… ¡Y muchos aún no lo han reconocido! ¡El Calvario! Qué tragedia ese remontar con aquel peso: los pecados del mundo, ¡qué fatiga! Cuán doloroso fue para nosotros el Calvario, aliviado solamente por el pensamiento en los Santos, en los buenos, los
puros, los que sufren; aquellos que Jesús llamaba “¡Bienaventurados!”.
Estaban allí, estabais todos vosotros en aquel momento. Cada vida es una prueba, cada vida tiene breves o largas horas de Calvario: ¡los dolores espirituales, los dolores de la carne, los pensamientos, la fatiga, los miedos!… Estabais todos allá para aliviar el dolor de Jesús, y también mi dolor. Estabais todos bajo la Cruz, pero no solamente vosotros los Santos, los buenos y los puros… ¡también vosotros que no reconocéis a mi Hijo, también vosotros que lo traicionáis! Soy Madre también de vosotros y suplico a Jesús por vosotros, y vosotros no lo sabéis:
“¡Hijo, ilumina con tu espíritu sus almas! Son los más míseros: ¡no tienen amor, no tienen fe!…”
Y mi Hijo, vuestro hermano, hará para vosotros milagros del Espíritu en vuestro espíritu. Él se preocupa de todos los hombres de todos los tiempos, de cualquier religión, de los sin religión. Él es Amor y procede del Amor; ¡Amor Infinito que viene del Dios Infinito!
A Jesús no le gustaba cantar, prefería pensar y en esta forma rezar en silencio, intensamente. Muchos decían que si era Dios, no tenía necesidad de oración. Él rezaba al Padre, del cual venía. Uno en el Padre, y al mismo tiempo ¡Persona distinta e igual! Misteriosa Trinidad: Un corazón dentro de otro corazón. ¡Luz, Vida, Amor!
Jesús rezaba, verdaderamente alababa al Padre Celestial y le hablaba en forma como todos lo deberían hacer: alabar a Dios y hablarle, y Dios, Uno y Trino, escucha. Es un corazón que se desprende del mismo corazón, un hilo luminoso los une el uno al otro, y el corazón está dividido y unido. ¡Bellísimo misterio! Dios se ha dado un rostro humano a Sí Mismo, y ese rostro es el rostro de mi Hijo.
“Te saludo Myriam…” ¡La Anunciación!
Nuestra casa, vosotros lo sabéis, era pequeña, pero para nosotros era muy bella. Amábamos esas pocas cosas, amábamos el perfume que venía de los rosales, amábamos nuestra pequeña huerta. Jesús amaba su rinconcito, donde ponía su banquito y sus juguetes cuando no podía jugar al aire libre. El banquito le servía para sentarse y también como una pequeña mesa: ¡Era su pequeño mundo aquel rincón, aquella casa, aquel jardín! Su presencia embellecía la casa. Jesús: ¡la luz del mundo! Para otros la nuestra era una casa pobre, ¡para aquellos que eran ciegos en el alma y no veían la luz de Dios! Aquellos que ven la luz de Dios, enriquecen cada cosa, y no dan importancia al valor banal de las cosas. ¡Aquellos que ven la luz de Dios, ven la verdad! ¡La verdad es luminosa!
El pequeño mundo de Jesús. De muchacho, trabajó mucho y escuchó y alabó mucho al Padre Celestial. Vivió escondido, pero hizo mucho por los hermanos. ¿Los hermanos? Son aquellos que se conocen, aquellos que se encuentran.
“Immi, mis amigos tienen casi todos hermanos y hermanas… Yo no necesito hermanos o hermanas, ya que tengo a mis amigos como hermanos; tengo a todos mis hermanos en el mundo y luego tú serás su Madre, la Madre de la humanidad: ¡mis hermanos!”.
1º de Diciembre de 1981

59. [8]- Debéis tener siempre esperanza, ¡confiad en Dios y seréis escuchados!
Cuando Jesús tenía nueve años, una familia vino a vivir en una pobre casa de Nazaret. En esa familia había un niño de seis años, de nombre Simón y estaba enfermo. Jesús iba a verlo. Lo veo otra vez, recuerdo su figura que comenzaba a ser esbelta… Bajaba por el sendero con un cesto, y en ese cesto ponía Yo siempre algo bueno para el pequeño Simón: panecillos, olivas, algunas frutas…
“Immi, ¡quisiera que el pequeño Simón pudiese correr!… ¡Pudiese caminar, saltar!… ¡Pido al Padre Celestial todo esto, y si el Padre quiere, Simón podrá correr, caminar, saltar!”
Los años, pasaron, Jesús continuó consolando al muchacho como sólo Él sabía hacerlo. Y llegó aquella mañana, dejó nuestra casa, anduvo por el mundo… Nunca olvidó aquel deseo de niño, siempre repitió al Padre su petición, y después de Caná, helo aquí: el primer milagro que el mundo no conoce: la curación de Simón, ¡después de años de expectación, pero de esperanza!
Y vosotros, queridos hijos míos, recordad que la esperanza debe estar siempre con vosotros, confiad en Dios y seréis escuchados, si vuestra fe es grande y vuestra petición justa. A veces es necesario tener paciencia, es necesario esperar, ¡es necesario aguardar siempre!
¡Cuántos milagros hizo Jesús que el mundo no conoce! Y cuántos todavía ocurren, que el mundo no reconoce: ¡males curados, espíritus sanados! El mundo de ahora tiene necesidad de milagros del espíritu, son los más importantes: Jesús vino a la tierra para curar los espíritus enfermos. Los pecadores tienen el espíritu enfermo y Jesús es también un gran médico: el Médico de las almas. Había llegado el tiempo en que Yo, Myriam, me volviera a manifestar por un designio divino, como toda cosa de naturaleza divina. Estos son los días de la espera, ¡el Acontecimiento!
¡Aquella espera! José me fue de gran ayuda. Yo pasaba del temor otra vez al estupor, de la incredulidad a la certeza y a la más grande felicidad, y luego nuevamente al temor… ¡Y en el corazón y en vuestra preocupación, siempre! Y en el corazón sentía tanto, tanto amor por mi niño: ¡a Dios que lo llevaba en Mí! Todos podéis y debéis llevar a Dios en vuestro corazón y en vuestro pensamiento, ¡siempre! Y recordando aquella vida de Jesús, su nacimiento, sus palabras, su sacrificio, podréis entonces sentirlo junto a vosotros como a un hermano; y os ruego: ¡amadlo como Dios y como hermano! Solamente así podréis hacer mucho: Él obrará en vosotros. Vuelvo a verlo mientras preparaba el cesto para Simón:
“Immi, está bien así: pongo los panes, las olivas, los higos y un pedazo de queso… ¡Para mi pequeño amigo abrir este canasto es siempre una sorpresa!” Para vosotros, abrir el libro del Evangelio, leer algunos renglones o algunas páginas, es siempre algo nuevo, es siempre vivir y revivir con Jesús!
2 de Diciembre de 1981

60. [9]- En la casa de Nazaret comenzó la historia del mundo.
Un día de sol, el jardín brillaba y las rosas tenían un delicioso perfume. Jesús jugaba con sus caballitos y yo recogía la verdura:
“Immi, ahora te hablo de mis hermanos de todos los tiempos: lo que les pediré a ellos será el amor a los demás, y esto será alegría para mí, sobre todo, cuando ellos sepan perdonar”. Jesús tenía muchos amigos, era el más veloz en las carreras, y a veces, buscaba no serlo para dejarse así superar por sus pequeños amigos.
“Immi, algunas veces mis amigos se pelean entre sí y también conmigo, si corro ligero…”
“Takiní, Tú lo sabes mejor que Yo y más que Yo… ¡perdónalos siempre!”
“Cierto, Immi, ayer un amigo mío no me saludó, porque gané la carrera. Entonces Yo, le saludé diciéndole: ¡te saludo, porque te quiero!”
Hijos queridos, sed siempre amables y amorosos con todos y hacedles comprender que los amáis. Con el amor venceréis todo obstáculo, con el amor crearéis otro amor.
Jesús crecía. Yo hubiera querido detener los días y el tiempo. Trabajaba, oraba, pensaba… Se preparaba así para la más grande misión. Mi hijo, ¡el primer misionero! Sed también vosotros misioneros. No tenéis necesidad de ir lejos: Él os enviará a aquellos que debéis ayudar: ¡vosotros abridles a ellos vuestra alma! Los usos de aquel tiempo eran usos que para vosotros son antiguos. Y lo mismo aquellas costumbres: ¡las tradiciones!
Hay tradiciones que deben continuar, como los ritos sagrados.
¡La verdad del Evangelio debe continuar siempre! Todos deberían conocer el Evangelio, pero muchos que son los más instruidos en otras ciencias, jamás lo han leído o escuchado. Bajo la Cruz he sufrido el dolor más profundo, pero en la Resurrección he gozado, y pasé los años de mi tiempo con la más viva esperanza, que me daba serenidad y paz
Íbamos rumbo a Egipto, en aquellos días difíciles para nosotros, estábamos cansados, José me decía:
“Myriam, tienes una gran misión, por lo tanto no temas: ahora estás cansada, pero deja que te consuele el pensamiento de saber que junto a mí custodias al Tesoro más grande…” Cuando regresamos a Nazaret estuvimos muy contentos, y así vivimos durante años en aquella casa donde comenzó la historia del mundo: de allí partió Jesús. ¡La historia del mundo empezó! Y comenzó cuando Jesús vino a la Tierra y aún antes, cuando el mundo fue creado: ¡un acto de amor! ¡Cuántos actos de amor hace Dios! Saber verlos, saber apreciarlos, ¡saber agradecerle a Dios amando y perdonando a vuestros hermanos!
4 de Diciembre de 1981, 1.30 horas

61. [10]- Después de la Resurrección vino la Luz, y también para vosotros será así, hijos míos.
“El hombre es imagen de Dios, ya que puede amar y aumentar el amor, ¡y en esta forma crear! Mi Hijo, Dios de Dios, ha creado mucho amor, y hay quien lo ha aceptado y aumentado, y quien lo ha rechazado: el amor es libre. Esta libertad la debe usar bien y esto es bueno para su alma…”
Esto me lo decía Jesús en aquel tiempo de su preparación a Mí, aún asombrada a veces de ser su Madre, y de cómo Dios hubiese podido venir a la Tierra a través mío, en aquel pobre país, en una pobre casa, hijo terrenal de un carpintero, e hijo mío…
José permanece un poco olvidado por la humanidad, y sin embargo, tiene gran poder de intercesión ante Jesús, y por eso ante el Padre. Y retornemos a aquel tiempo: ahora Jesús tiene diez años y un aire juicioso y tímido a la vez, su figura es delgada, pero fuerte, los cabellos rubios. Estos años de Jesús son para vosotros oscuros, no obstante ya en aquellos años Él era luz.
“Immi, voy a hablar con mis amigos y les enseñaré a ellos la oración…”
En medio de otros niños, bajo un olivo, también entonces, como después habría de hacer con los apóstoles, Jesús hablaba con sus compañeros, y ellos aun sin saber quién Él fuese, Le escuchaban:
“¡Orar no es pedir, sino adorar! Se puede rezar de muchas formas: con la oración, con la meditación, o simplemente con el pensamiento, con las buenas obras, con el ofrecimiento del propio dolor, pero, ¡siempre con amor!”
“Jesús es muy inteligente y nos habla muy bien, pero a veces no podemos comprender todo…”
¡Lo mismo también vosotros! Jesús ha hablado al mundo, ¡no todos habéis comprendido! La comprensión es de aquellos que tienen el alma simple y pura. Ellos, aún cuando no comprendan las palabras, sienten la Verdad dentro de sí mismos.
A los diez años Jesús era para mí una gran ayuda, me aliviaba en muchas pequeñas fatigas me daba consejos humildemente, ¡era para Mí, hijo, Dios y hermano! Y amaba a José, y José le protegía con mucho cuidado y le consideraba también como un muchacho como los demás, y le hacía trabajar; juntos trabajaban y eran felices en aquel tiempo.
Yo me sentía feliz y triste, según los momentos. En el paso terrenal a veces se es feliz, pero siempre se tiene el temor por el futuro: es el misterio, y siempre con la esperanza. Se alternan muchos sentimientos en nosotros, fuertes y frágiles criaturas humanas. También Yo, criatura humana, por eso he sufrido y he gozado. Yo, Myriam; un instrumento de Dios para ser Su cáliz. Lo he ofrecido así al mundo. Los hijos no son de los padres, los hijos son de Dios y nosotros los ofrecemos. ¡Nacen, crecen, se van! En el cielo Jesús es también mi Hijo y sin embargo siempre un misterio para, vosotros, ¡el encanto de esta vida celestial!
Hacía sol, era primavera, las dos cabritas ramoneaban la hierba del pequeño prado que formaba parte de nuestro jardín, el perfume de las rosas se unía al perfume del pan sacado del horno, y entonces la voz de Jesús, la voz de José: ¡la casa estaba viva!
“Immi, tengo ya diez años, ahora puedo trabajar mejor, he crecido y no me canso cuando trabajo en el banco de la carpintería; y papá José está feliz de que trabaje con él”.
Jesús llamaba así en nuestra intimidad a José, y José era feliz por esto.
“Papá José: ¿puedo hacer este trabajillo? ¿Puedo hacerme el bastón de peregrino con los sobrantes de madera?” Y un día se iría lejos de peregrino, sin bastón, por los caminos más difíciles: ¡solamente con el amor! Lo habrían de seguir los Apóstoles: el dulce Johanan, el rudo y generoso e impetuoso Cefas… y también el Iscariote. Amor, traición… todo lo debía probar Jesús, y entonces tenía diez años y se hacía un bastón de peregrino.
“Immi, ¡caminaré a través de las zarzas y por los senderos más escarpados!”
Y esa fue su vida en aquellos tres años. Fatiga, mucha fatiga: sin fatiga nada se obtiene. Él ha obtenido mucho, ha salvado a muchos, y muchos se han hecho santos en su nombre. Siendo Dios, todo lo habría podido hacer: transformar sus pobres juguetes en juguetes bellísimos, pero no lo quiso, Dios crea de lo increado, hacer, (como dice una dulce leyenda), pájaros de arcilla, y hacerlos luego vivir y volar. Jesús como verdadero hombre, vivía en la normalidad y solamente cuando, en el Padre, hacía milagros, demostraba su divinidad para que el mundo supiera de Él y de su Reino. Jesús conoció también el hambre, conoció la sed.
“Tienen hambre y sed de amor y de justicia”.
¡Sobre la Cruz fue grande aquella sed!… ¡Sitio!
Las dos cabritas nos proporcionaban leche y también un poco de queso. Jesús las amaba y te gustaba aquella leche.
“Immi, agradezcamos al Padre nuestro por todo lo que da al hombre, para vivir y para alimentarse”.
Era un continua alabar, un continuo agradecer… Mientras que en el mundo muchos no sólo no alaban y no agradecen, sino que jamás piensan en Dios. Dios es un ser que puede existir, ya que existe la tierra y existen los hombres, pero ¿tendrán los hombres otra vida? Bastaría profundizar la Palabra y todo estaría claro, aun con una parte de misterio.
“Ahora soy grande, Immi, puedo entonces dormir solo: pero si Tú me necesitas, ¡llámame!”
Estas palabras las decía a los cinco años… Ya no cabía en esa camita que tenía junto a la mía, José le hizo una cama más grande y la pusimos en el fondo de la habitación, separada por una cortina. ¡Una cama de madera! ¡El madero de la Cruz!
Este pensamiento lo llevaba siempre conmigo, a veces temblaba mi alma y otras veces tenía esperanza y me decía: ¡tal vez no será tan atroz!
¡Después de la Resurrección vino la luz!
También para vosotros será así, ¡hijos míos!
5 de Diciembre de 1981

62. [11]- Immi, esta casa volará.
Jesús en aquel tiempo tenía doce años (edad en la que habló a los doctores del templo) y un día me dijo: “Immi, esta casa volará…” No comprendí, ¡Él no me dijo hada más!
Muchos no creen que nuestra casa haya sido transportada tan milagrosamente y por un motivo: como una prueba, que los hombres verán en el tiempo. Nuestra casa tenía una terraza, tenía la habitación que voló y otra habitación más, que permaneció allá en Nazaret. El taller de José estaba en la huerta, un pequeño dado blanco. En esos tiempos se mezclaba cal, paja y ceniza para mantener unidos a los ladrillos. “¡Immi, esta casa volará!”
La habitación está dividida con cortinas, al fondo la cocina, de aquella puerta a la derecha, Jesús se me apareció un día, durante la predicación, como una aparición, pero era Él en verdad, y me dijo: “¡Immi, dispongo de algunas horas para estar contigo!” De aquella puerta partió de nuestra casa en aquel amanecer. ¡De aquella puerta! Era una puerta un poco angosta. ¡Es una puerta un poco angosta! Jesús, cuando tenía doce años, ya trabajaba bien, dedicaba sus horas al trabajo y al dialogo con el Padre Celestial. A veces, como verdadero hombre, como verdadero muchacho, hacía algunas carreras, y a veces aunque ya no jugaba más, miraba sus caballitos de madera. Los conservé por un tiempo, hasta que un día, los di a un niño que no tenía juguetes, Jesús entonces ya había partido, pero escuché en mí Su voz:
“Immi, nada debe ser conservado o escondido, si a otros puede ser útil…”
También un pobre juguete es útil a un niño que está solo. Y los caballitos de Jesús han hecho otros largos viajes.
“Madre, está bien dar y dar, las cosas no importan sino por lo que hacen pensar, y por lo que a veces sirven dándolas: ¡es amor que se prolonga a través del obsequio de una pequeña cosa, dada con el corazón!” Y muchos tienen hambre y otros esconden sus tesoros, y estos tesoros no sirven a nadie. “¡Immi, esta casa volará!”
La colina estaba desierta y la casa se apoyó en el suelo sin tener necesidad de un cimiento, porque los milagros no tienen necesidad de aquello que necesitan las cosas ordinarias. Muchos santos fueron atraídos por aquella casa, e hicieron viajes largos para su tiempo, para visitarla.
“Immi, ¡cuánto pan de vida será comido en esta casa!” Todavía no comprendía. Y miraba a Jesús; Mi Hijo y Mi Dios.
“Immi, tendrás vestidos adornados con piedras preciosas…” Tenía vestidos sencillos y ciertamente no eran muchos: uno para las fiestas y algunos para alternar durante los otros días, y si vi alguna piedra preciosa, la vi raramente y llevada por otros.
No me importaban los vestidos, me gustaba estar en orden y con cierta dignidad. Ahora tengo vestidos adornados con piedras preciosas: ¡es el amor de mis hijos! Y os pido otro amor: no regalos para mí sino amor entre vosotros, que son obsequios para Jesús, obsequios para Mí muy preciosos.
10 de Diciembre de 1981

63. [12]- El sufrimiento es comprendido tan solo por quien lo vive.
A mí no me interesaban las piedras preciosas y no comprendía cómo y cuándo habría podido tenerlas… Pensé que Jesús quisiese decir alguna otra cosa que para Mí fuera incomprensible. Y ahora mis vestidos, ricos en piedras y en oro, son para vosotros, no para Mí. A Mí me basta el amor: la cosa verdaderamente preciosa, que el hombre tiene en sí mismo ¡y que lo puede regalar!
Jesús era feliz, mientras decía: “¡Immi, esta casa volará!” ¡Y volverá a volar con el tiempo! Si Dios ha creado de la nada mundos, hombres, cosas, ¿cómo no podría hacer volar a una casa? ¡Su casa! Es porque parece una leyenda, que muchos tratan de humanizar a esta bellísima realidad.
Cuando José nos dejó, nosotros sufrimos mucho dolor. La fe se afirma con el dolor, pero el dolor permanece en nosotros, en vosotros, con la partida de las criaturas amadas que en la tierra ya no veremos más, aunque algunas veces las sentimos junto a nosotros; pero el dolor pesa y transforma a las criaturas. Jesús comprende a los que sufren y acepta también su rebelión, si ya es fe. El sufrimiento es comprendido solamente por quien lo vive, o quien lo ha vivido. ¡Quien no ha sufrido, que no juzgue!
José era para nosotros el amigo más querido, se ocupaba de nosotros, de las cosas materiales, trabajó mucho por nosotros ¡y era grande su comprensión hacia Jesús, como hombre y como Dios!
“Myriam, quisiera adorarlo y debo enseñarle mi trabajo…”
Jesús tenía quince años, era ya muy alto y fuerte, y de mirada transparente. Miraba más allá y penetraba las almas.
“Immi, no todos son malos, existen muchas almas puras, existen criaturas que necesitan amor y no lo reciben, existen criaturas que actúan mal porque no han tenido buenos ejemplos…”
Y ese bien silencioso que viene de las almas de los puros, es la fuerza que rige al mundo: muchos son los pecados, pero aún hay amor.
Jesús era entonces un hermoso muchacho y estaba en la edad en que muchos piensan en las jóvenes… Él: Dios de Dios no tenía ciertamente esos pensamientos. Él sabía para qué había venido, y sabía que como primer sacerdote debía hacer saber al mundo el valor de la castidad.
Mi hijo es Dios, y Dios está muy por encima de ciertos pensamientos y deseos. Y los años pasaban, ¡se acercaba la hora del dolor! Y yo vuelvo entonces a las horas de la infancia y de la primera juventud de Jesús, y vuelvo a ver el banquito de madera clara, sus caballitos, sus tazones. ¡Lo veo frente al horno, esperando sus panecillos con miel!
“Alimentar el cuerpo es necesario, alimentar el alma es indispensable…”
El pavimento de nuestra casa era de tierra batida y era difícil tenerlo bien en orden. Yo hacía lo posible. Las paredes de piedra… Para nosotros era muy hermosa la casa que voló.
Y mi efigie está allí, con el vestido adornado de piedras preciosas… yo tenía vestidos sencillos, pero aún ahora en el mundo en donde vivo, en este maravilloso mundo, no tengo piedras preciosas (que nada valen), tengo a Jesús junto mí: que es lo más precioso para Mí, y para vosotros.
11 de Diciembre de 1981

64. [13]- Haced entrar el Cielo en vosotros.
Como ya he dicho, nuestra vida era simple, la vida cotidiana… ¡los días de entonces! Todo esto era sólo en apariencia, ¡la vida de Jesús, el hombre Dios, fue extraordinaria! Podía, siendo Dios, venir y hacerse hombre y mártir, sin necesidad de Mí; pero ha querido daros una Madre, la misma para todos, ¡para enseñaros el amor y haceros sentir hermanos!
Cuando tenía veinte años, Jesús trabajaba para Mí, para procurarme las cosas que necesitaba, y hacía trabajos bellísimos, especialmente en madera tallada. José le había enseñado muy bien…
“Myriam, Él es Dios y yo le enseño… ¿cómo es posible?”. El hecho era demasiado grande para nosotros, seguíamos maravillándonos, sin embargo le enseñábamos a Jesús todas las cosas, como se hace con todos los niños. Cuando iba con Él, siendo pequeño, al mercado o al templo, lo miraban todos, su rostro atraía:
“Deja todo y sígueme…”
Bastó esa mirada sobre ellos, para transformar a los apóstoles. Y toda su vida puede parecer una fábula, pero es realidad y dolor.
“Immi, cuando tenga que dejarte, lo haré sólo con la parte material de mí mismo, mi espíritu estará contigo”.
Es así también para aquellos que os dejan, para vivir donde Nosotros vivimos. Su espíritu está también con vosotros, y vosotros no estáis solos: debéis tener la certeza de esto, y de este pensamiento sacaréis mucha fuerza. ¡Cuántos milagros para el espíritu suceden todavía en este tiempo! Jesús en medio de vosotros os escucha, os ayuda. Basta el deseo vivo de fe. Él acoge este deseo e infunde fe; pero vosotros debéis ser dignos y tener buena voluntad: el hombre actúa y Dios lo ayuda. ¡El hombre debe tener el alma abierta a Dios! y Dios entonces entra.
“Immi, en el tiempo vendrán criaturas que, como ventanas abiertas, harán entrar en sus almas Mi voz”.
A veces (Yo era una criatura) no comprendía bien aquellas palabras, pero sabía que eran palabras de esperanza. ¡Ventanas abiertas al cielo!
Haced entrar al Cielo en vosotros, le podréis dar así al mundo un poco de Cielo, y así tanta esperanza.
Era primavera y en el jardín habían florecido muchas rosas y la hierba estaba tierna, se sentía en el aire el perfume de la naturaleza en fiesta. Jesús recogía la ensalada para nuestra cena.
“Alimentar el cuerpo, ¡pero sobre todo alimentar el alma! El alma tiene hambre de Dios: Madre, Yo, Dios de Dios, les quitaré el hambre, ellos deberán alimentarse de Mí, en gracia…”
Había casi llegado el tiempo de su partida y los días pasaban velozmente. No comprendí tampoco aquellas palabras, pero luego las entendí… “¡Mi cuerpo, Mi sangre… Mi sacrificio!”.
En la infancia de Jesús hubo también horas dichosas: también un poco de felicidad; conoció las pequeñas cosas; los caballitos de madera con la cola de viruta, los pequeños panecillos con miel, la alegría de dar sus pequeñas cosas.
“Immi, ¿puedo llevarle a Simón un caballito?”
“Takiní
, sabes lo que puedes hacer, Tú sabes lo que está bien…”
El banquito de Jesús tenía un corazón tallado en medio:
“Padre José, ¿has puesto un corazón en mi banquito para, decirme, sin decirlo, que me quieres mucho?”
¡El corazón sangrante de Jesús: amor para todos! Estas palabras mías os podrán parecer demasiado simples, pero yo era como vosotros: una criatura.
Vosotros me veis en los altares vestida de seda, adornada con piedras preciosas, pero si me hubierais visto entonces, era como vosotros, y tal vez ni siquiera me hubierais mirado… ¡Dios ha hecho cosas grandes en Mí!
Dios hace cosas grandes en las criaturas elegidas, y las criaturas son tan sólo criaturas, ¡y deben inclinarse, agradecer y ser dignas!
15 de Diciembre de 1981, 11.30 horas

65. [14]- Partimos para Egipto con tres burritos.
Cuando partimos para Egipto el viaje fue fatigoso y Yo estaba muy triste: no sabía cuando habría de volver a ver mi casa, el huerto, el jardín y mi Nazaret, que amaba como todos aman su tierra, su pueblo. Partimos con tres burritos que José había comprado para el viaje, y nos quedamos con poquísimo dinero. Un burrito llevaba nuestras provisiones y durante el viaje todas fueron consumidas. Jesús fue alimentado con gran cantidad de agua endulzada: agua y miel y un poco de leche, que encontramos en el camino, en la que ponía el pan, que estaba seco. Le di también un poco de queso y dátiles. Y después encontramos una casa pequeña y pobrísima, que aún existe, aunque en ruinas; estaba en medio de la ciudad y la Divina Providencia nos proveyó la forma de vivir con dignidad, ya que José encontró enseguida mucho trabajo. Había traído consigo sus herramientas, se hizo un nuevo banco, porque el otro permaneció en Nazaret, donde a nuestro regreso lo encontramos.
El recuerdo de aquel viaje, por tantos años de mi vida terrena fue para Mí como una pesadilla, y a veces, soñaba aún después de años, que rehacía aquel viaje tan fatigoso.
Mi vida de aquel tiempo, aquellos años pasados lejos de Nazaret, permaneció para siempre en mis recuerdos. No es fácil vivir lejos de todos aquellos que nos quieren; pero tenía a Jesús para amar, y tenía la protección de José para consolarme.
“Immi, ¿por qué no hay huerto?”
Solamente había un pequeño borde de hierba alrededor de aquella casita, José trabajaba en la casa en un rincón de la única habitación.
Pensaba también en los mártires inocentes, y en sus madres. Los mártires inocentes con su sacrificio inconsciente han llevado almas al Cielo. Con sus plegarias inconscientes, arrancados de los brazos maternos, han sentido miedo y han llorado. Quien entra en nuestra casa, aquella que ha volado, siente que esa casa es la nuestra, y lo mismo le puede suceder a quien ama a Jesús, y me ama también a Mí, su Madre, estando frente a lo que ha quedado de nuestra casa de Egipto.
Hemos dejado las vibraciones de nuestro amor recíproco y del amor a todos vosotros allí donde hemos estado. Hemos dejado oraciones, sentimientos, pensamientos.
Nuestro regreso a Nazaret fue para los tres una gran alegría.
“Immi, tus rosas están todavía lindas, ¿lo ves? Las ha cuidado el sol, las ha acariciado el viento, las ha mojado el rocío…” José retomó su trabajo en el taller, que era más cómodo que aquel rincón de la habitación. Jesús corría por el huerto. “Debemos sembrar otras cosas”. La semilla de vida: ¡la palabra! Y la palabra continúa en este tiempo para vosotros, y también Yo, Myriam, hablo, porque deseo que conozcáis mejor, aún mejor, a Jesús, Dios de Dios. ¡Aquel que tomó sobre sí vuestros pecados! Aquel que os ha traído la Redención. Aquel que os ha dicho que os améis los unos a los otros.
Comenzamos entonces a retomar las costumbres del tiempo pasado, volvía a hacer el pan en mi horno, rejuvenecí la casa arreglándola con algunas flores y tejiendo una nueva cortina. “Immi, qué bella es la cortina nueva, ¡parece que a la habitación le sienta muy alegre!…”.
Cuán bellas son las nuevas palabras de Jesús, las que os envía a vosotros, las que escribe con tu mano, las que aún llevan esperanzas, ¡aquellas que son para salvar almas! Su Palabra, que es el signo de los tiempos, continuará hasta el último día del mundo: ¡Jesús no dejará jamás sola a la humanidad!
15 de Diciembre de 1981 después del medio día

66. [15]- Las flores sobre los altares son vuestros pensamientos perfumados y coloreados.
En Egipto vivimos nuestra vida de todos los días, como lo hacíamos en Nazaret. Jesús crecía, José trabajaba. Siempre hemos tenido lo preciso, y siempre lo hemos apreciado. La nuestra fue una pobreza digna y no deseábamos más, ni José ni Yo.
Es necesario no desear nunca demasiado, se pierden de vista los verdaderos valores, para seguir a los falsos y, sin embargo, la humanidad da mucha importancia a las cosas, y sobre todo al dinero. Jesús ha llamado “bienaventurados” a los pobres de espíritu.
Me faltaba el pequeño huerto cuando estaba en Egipto, por eso sembraba un poco alrededor de la casa, pero la tierra no era buena como la de Nazaret. Estas cosas pueden parecer poco importantes, pero no lo son, la vida diaria transcurre igualmente, con más o menos fatiga.
¡Tenía a Jesús y todo era entonces fácil para Mí, cuando no pensaba en el dolor! El dolor entonces era lejano, estaba en el tiempo de la juventud y Jesús era un niño. ¡Un niño y, al mismo tiempo, Dios! ¡Qué cosa grande hizo Dios en mí! En muchas criaturas Dios se manifiesta y seguirá manifestándose. En todo acto de caridad Dios se manifiesta, en cada acto de amor, y se manifiesta extraordinariamente en los milagros.
“Immi, ¡qué feliz estoy de volver a casa!…”
Así me dijo Jesús durante el viaje de regreso, que fue menos fatigoso que el otro, y cuanto más nos acercábamos a Nazaret, la alegría entraba más en nosotros.
La infancia de Jesús: un niño con pocos juguetes, comidas sencillas: un niño que amó la naturaleza: ¡Dios de Dios!
Cuando tuvo veinte años, trabajó para Mí, ayudaba a todos aquellos que necesitaban algo de Él.
“Immi, esta noche trabajaré hasta tarde, me han pedido una cuna, y no querré dinero porque son muy pobres; me han dicho que traerían queso, no lo aceptaremos, ya que es lo único que tienen…”
Cuántas veces Jesús trabajó hasta tarde en la noche… Cuántas veces en las noches de verano, yo me sentaba en el jardín, y Jesús tenía abierta la puerta de la carpintería, así podíamos hablar entre nosotros de cosas que a Mí me transportaban el espíritu a lo alto:
“El Reino de los Cielos puede entrar en el corazón de los hombres si están en gracia, si creen, si aman; ¡y ésta es la verdadera paz! El Reino de los Cielos es un Reino de Paz y Amor, de belleza, de armonía”.
Así me decía Jesús mientras cepillaba una tabla o tallaba el respaldo de una silla.
“La madera es más blanda que el hierro, Immi, a la madera la puedo trabajar…”
¡La Cruz!, ¡el madero!, el hierro: ¡aquellos clavos que le perforaron las manos y los pies! El dolor lacerante: ¡aquel martirio!
¡Los hijos no son nuestros! Nosotras, las madres, querríamos siempre defenderlos, ¡no quisiéramos nunca verlos sufrir! No son nuestros en la tierra, pero más allá de la tierra son nuestros: Jesús está conmigo, y tú tendrás a tu hijo a tu lado, ¡y te parecerá estar soñando! El dolor de una madre cuando pierde a un hijo es el dolor más grande, y será la felicidad más grande al reencontrarlo en Dios para siempre.
Los hijos en la tierra no son nuestros, ¡en el cielo son nuestros para siempre!
“Immi, este Reino, del cual te hablé mucho en la tierra, en nuestra casa, en aquellos días allá en Nazaret, es más bello de cuanto Tú entonces podías imaginar, nunca habrías podido pensar en ciertas maravillas…”
¡Maravilloso Reino donde todo es belleza y armonía! Para Mí, Myriam, la maravilla de maravillas es tener a mi lado a Jesús, y lo mismo será para vosotros: podréis contemplar su rostro radiante junto a vuestros seres queridos reencontrados.
“Immi las flores son obsequios de Nuestro Padre, gotas de belleza que descienden del Paraíso…” Y recogía flores del campo: margaritas, amapolas, violetas del bosque, hacía pequeños ramilletes y me decía:
“¡He aquí Immi, mis pensamientos para Ti! ¡Pensamientos coloreados y perfumados!
¡Immi, tendrás siempre tantas y tantas flores!”.
Y tengo aún tantas flores que adornan los altares: ¡son vuestros pensamientos coloreados y perfumados!
18 de Diciembre de 1981.

67. [16]- Y lo vuelvo a ver Niño. Lo tengo entre mis brazos, siento el perfume de sus cabellos: un perfume de nido.
Bajo la Cruz he sufrido lo insufrible, y bien se puede comprender: ¡cuántas madres sufren lo insufrible! Deben entonces esperar, deben tener la certeza: los hijos no son nuestros en la tierra: Dios en el Reino nos los entrega, y para siempre.
Estaba aniquilada por ese dolor y no podía derramar lágrimas. Como tú bien sabes, cuando el dolor deja un pequeño espacio para nuestro egoísmo, podemos entonces llorar; pero en el dolor por los otros, cuando sufrimos con ellos, cuando estamos destrozados por ellos, no se tiene siquiera el desahogo del llanto y pesa sobre el corazón como una piedra de granito.
“¡He aquí a tu Madre! ¡He aquí a tu hijo!”. Confiándome a Johanan, Jesús me encomendaba también a todos vosotros. Soy madre de los viejos, de los jóvenes, de los niños… Soy madre de los pecadores y de los santos… Johanan fue siempre dulcísimo, un verdadero hijo amoroso”.
“Nuestro Rabí, te llamaba con el dulce nombre de madre: Immi, nunca te llamaré así: solamente el Rabí pudo hacerlo, ¡pero Tú, Señora, eres también una Madre! Jesús te veneró y te amó, te llamaba: mi Reina, Señora, ¿puedo entonces llamarte: Reina?”
Era el dulce Johanan que posó su cabeza sobre el Sagrado Corazón de Jesús:
“¡Venid a Mí, vosotros los cansados, vosotros los desilusionados, vosotros los afligidos! ¡Apoyad vuestra cabeza sobre mi corazón y seréis consolados!”.
Jesús en el tiempo de la Pasión era ya un hombre fuerte, pero para Mí en el dolor, era como si aún hubiese sido todavía un niño. Y lo vuelvo a ver cuando niño: lo tengo entre los brazos, siento el perfume de sus cabellos: ¡un perfume de nido! Siento la tibieza de su cuerpo, Él ha posado su cabeza sobre mi corazón, y somos un solo corazón…
“Immi, estoy feliz de tener mis sandalias nuevas”.
Tenía sus piececitos en las nuevas sandalias: las primeras, eran sus primeros pasos, ya hablaba bien, ciertamente no pronunciaba las palabras con claridad, pero se hacía entender. Los piececitos en las nuevas sandalias: una suela un poco gruesa y una tira que cubría el pie y llegaba hasta el tobillo. ¡Sobre la Cruz aquellos pies fueron perforados! Y estaban sin sandalias: ¡muchos lo habían abandonado! Jesús hubiera podido hacer ostentación de Su inteligencia, si solamente hubiera sido hombre, mas también como hombre fue humildísimo, ¡justamente porque era Dios! Y Dios conoce el valor de la humildad. ¡Los valores humanos que importan son los del espíritu!
Fue una noche de verano: Jesús, José y Yo, estábamos sentados en el jardín, bajo la luna.
“¡Qué bella es esta luna!, despide una luz blanca que hace tu rostro de plata, Immi!”.
¡Y Él, Dios de Dios, me decía esas palabras con voz y rostro de niño! ¡Su amor por Mí!, una criatura, fue grandísimo, y así es también grandísimo el amor que siente por vosotros, sus criaturas. Dios se hace carne y Verbo, ama a su Madre, ama a sus, hermanos, de todos los tiempos, de toda las tierras. ¡Dios es amor!
En las noches de verano nos gustaba cenar en el jardín. Poníamos la mesa junto a las rosas y generalmente comíamos verduras, queso y para Jesús ponía en la mesa también un tazón de leche y un poco de miel.
“Immi, ¡me gusta comer en el jardín! ¿Está preparada la lámpara?, así la llevo Yo afuera…”
¡La lámpara de aceite! Tal vez muchos de vosotros no habréis nunca visto lámparas así, vosotros tenéis ahora muchos tipos de luces. Yo miraba a Jesús que llevaba esa lámpara con su rostro iluminado y radiante. ¡La luz del mundo! ¡La Verdad! Bajo la Cruz mi dolor fue inmenso, pero he tenido también horas serenas, tranquilas, de alegría, y pensaba: “Vendrá el dolor, pero ahora soy feliz, porque soy su Madre”. También vosotros que habéis llorado por nuestros hijos que Dios ha llamado a Su Reino, habéis tenido horas de alegría. Horas, que transformadas en Eternidad, se repetirán. ¡Para vosotros la eternidad no es comprensible, para vosotros no es comprensible la verdadera libertad, la Verdadera Vida! Yo, Myriam, os digo que es maravillosa: unidos a vuestros seres más queridos, unidos a todos los hermanos por el hilo del amor, que en el Reino jamás se rompe, gozaréis de Dios y de Su rostro: Jesús, y Yo, que soy criatura como vosotros, y que seré y soy Madre de todas las criaturas.
Una noche en el jardín, bajo la luz de la luna, habíamos apagado la lámpara para ahorrar un poco de aceite, Jesús pronunció por primera vez aquella oración: “¡Padre Nuestro!” Tenía veinte años, José se había ido ya allá donde esperaba, Jesús era bellísimo: tenía la túnica blanca, los brazos en alto, la mirada luminosa y aquella voz:
“¡Padre Nuestro que estás en los Cielos, sea alabado y santificado tu nombre, y tu Reino descienda a los corazones, así los hombres harán Tu voluntad, como ya sucede en el Cielo, también en la tierra sea así! ¡Danos el pan para alimentarnos y el pan para el espíritu. Perdona los pecados, y da la fuerza y el amor para perdonar y ayudar a la humanidad a fin de que no caiga en tentación, y líbrala del mal!”.
Y Jesús oraba y había venido para redimir a la humanidad, enviado por el Padre.
“¡Mi reino no es de este mundo!”
Si el amor que Jesús entregó a la humanidad fuese realmente vivido y sentido, su Reino podría ya estar en este mundo. ¡Jesús siempre ha pedido el amor y bien pocos saben amar de verdad y profundamente!
19 de Diciembre de 1981.

68. [17]- La verdadera religión es amar al prójimo, es creer, es aceptar los misterios, es perdonar, es amar a Dios.
¡Jesús tiene ahora veinticinco años, trabaja, obra y ora! Una criatura perfecta: sin pecado, un rostro y una figura que es de admirar, aunque Él lleva pobres vestidos y no se hace notar. La mirada de Jesús atrae. Y no lo digo Yo porque es Mi hijo y como toda madre lo veo mejor de cuanto Él pueda ser, no, ciertamente: es una realidad: ¡Jesús como hombre es perfecto, y como Dios es Dios!
Él crecía en sabiduría de las cosas que experimentaba, como Dios, tuvo siempre sabiduría y conocimiento. Y también Yo sabía que mi Hijo habría de morir por la humanidad. Como Dios ha hablado al mundo, y se comprende que sus palabras, justamente por ser divinas, no cambian en el tiempo, y son para todos y siempre nuevas.
Recuerdo aquellos tiempos y aquel día en que Jesús cumplió veinticinco años.
“¡Immi, el tiempo que nos queda para estar juntos no lo debemos desperdiciar, sino apreciarlo y aprovecharlo! Y también después cuando me vaya, Tú nunca estarás lejos de mi cuidado, sino que siempre estarás en mi pensamiento”.
Le regalé para esa fiesta entre nosotros un par de sandalias fuertes, para caminar, y también bastante lindas.
“¡El paso del hombre debe seguir Mi paso! ¡He dejado mis huellas que vosotros podáis pisar!” Jesús, justamente ese día me habló de la verdadera religión, no de esa de jactarse, de práctica estéril, de mostrarse buenos y fieles ante los otros.
“La verdadera religión, Immi, es vivir amando al prójimo, es creer y aceptar los misterios, es perdonar y amar a Dios; ¡pero no se ama a Dios si no se ama al prójimo, no se a
ma a Dios si no se perdona el mal recibido, si no se comprende a los hermanos, si se juzga!”
Y Yo digo esto a muchos de vosotros: ¡vosotros creéis amar a Dios porque le rezáis, porque os reunís a hablar de Él! ¡Vosotros creéis amar a Dios! Si no amáis al prójimo, ¿de qué vale rezar, estudiar, reunirse? ¡Puede ser tal vez agradable, pero es un sacrificio, amar a quien no os ama! Y vosotros entonces sacrificaos: ¡Estas son las plegarias que se os piden! Mi Hijo desea ser amado por vuestro yo íntimo, y no de vuestras palabras.
“Esta noche, Takiní, para cenar hay una hogaza …”
¡Nuestras palabras de cada día! Ciertamente Jesús pensaba también en su última cena: “¡Tomad y comed…” ¡Y estas palabras se repiten por los siglos!
¿Por qué Jesús, Dios de Dios, eligió aquella tierra, aquel trabajo, aquella vida humilde? ¡Precisamente porque era Dios! La tierra más árida, una casa pobre, una vida común… Podía haber sido un hombre de gran cultura y hablar a los más cultos, fue un hombre de gran sabiduría: ¡Dios de Dios y ha hablado para todos! Sus palabras pueden deslumbrar a los cultos y a los simples: Él habla a las almas.
“Takiní, para tu cena he preparado un trozo de cordero…”
“Madre, agradezcamos a la Providencia y pidamos al Padre que bendiga este alimento”.
Estaba trabajando la huerta aquella mañana, cuando entró un hombre para encargarle un trabajo:
“Hazme entonces tres sillas y un banco, que sean fuertes, pero no caras”.
“Haré como tú me pidas y estarás contento de mi trabajo”.
“Ayúdame, dame lo justo, no pido más, pero Señor mío, dame la paz”.
“¡Te daré siempre lo que es justo y te daré la paz del espíritu! ¡Estarás contento de mi trabajo”. Oyendo aquellas palabras, pensaba a cuántos Él había ayudado y consolado. Y aquella vida suya de hombre y al mismo tiempo de Dios, en el tiempo y más allá del tiempo, ¡es una maravillosa vida! Es la vida de Dios, que se ha encarnado, es un rostro humano, es un espíritu divino, ¡es la mirada de Dios, que penetra en nuestras almas, con aquellos ojos amorosos y profundos!
“Immi, al ir a encargar unas tablas de madera, pasé por el mercado: toma la harina y este pequeño regalo: ¡este jarrón que podrás llenar de flores!”
¡Los regalos de Jesús! “Madre: ¿ves a los hombres? Cuántas penas en el mundo, ¡cuántas aflicciones! Démosles la paz del espíritu ¡y sus horas amargas se transformarán en horas dulces!”
“¡Immi, acordémonos de nuestros panecillos a la miel!”
También aquel día en que Jesús cumplió veinticinco años, le preparé esos panecillos. La receta es sencilla: harina, agua, levadura, sal, pero solamente una pizquita, y miel, cuidando que la masa no se ponga demasiado dulce. ¡Y el horno debe estar caliente!
23 de Diciembre de 1981

69. [18]- Nuestra vida se ha novelado como si fuese una fábula, pero mi vida no fue una vida de fábula.
¡No he conocido el pecado, y por tanto no he conocido la muerte! Terminado mi tiempo, un día me adormecí y Johanan lloró y llamó a los Apóstoles, que estaban dispersos por el mundo. En el sueño me sentí atraída por una luz, que daba gran felicidad a mis sentidos; ¡me sentía envuelta por aquella luz, y sentía su calor, y subía cada vez más alto, pero tenía la sensación de subir en mi intimidad y la materia era cada vez más ligera! En mi alma sentí un encanto nunca probado y mi carne se transformaba en otra materia, Yo, Myriam, transformada y al mismo tiempo siempre igual, comprendía entonces que el sueño era realidad: ¡caminaba hacia el Reino, cuyo camino enseñó Jesús! Vinieron a mi encuentro Ángeles y más Ángeles, infinitas hileras de estos espíritus puros, con bellísimos rostros de luz y me acompañaron hasta Jesús:
“¡Immi, has llegado a casa, Immi, estarás para siempre Conmigo!”
Cuando Jesús crecía, como todos los niños, aprendía a hablar, a caminar, a distinguir las cosas, los colores… Como Dios sabía, Él en el Padre, Segunda Persona de la Trinidad, conocía todas las cosas. Esto para todos es incomprensible, ¿pero cómo podéis vosotros comprender a Dios siendo hombres? ¡Amadlo y sabed que Él, Uno y Trino, os comprende!
Tenía dos años, miraba su cabecita rizada y todavía me maravillaba de ser Su Madre. Ser madre sin haber conocido hombre, es ya un misterio increíble para el mundo, pero Dios quiso nacer de Mí: una mujer. Nuestra historia se ha novelado, se ha referido como si fuera una fábula: El buey, el burrito, la estrella… El cometa estaba en el Cielo y había un buey atado en la gruta, la gruta era un establo, y había un burrito, había muchos en mi tierra, pero mi vida no fue una vida de fábula.
La Iglesia de Jesús nacía cuando Jesús llamó a los primeros a seguirlo, no es una fábula: ¡la Iglesia de Jesús está viva, es santa a pesar de las traiciones y las luchas, hay todavía amor, fe, fuerza, hay todavía santos apóstoles y misioneros, hay todavía caridad y tantos años han pasado! ¡Y Yo, Myriam, estoy viva, no he conocido ni el pecado ni la muerte! Jesús vive en el Reino, vive en el mundo, vive entre las estrellas y en vuestros corazones. Jesús vino a traer la Vida, aquella noche. ¡La Redención es Vida! José lo amaba mucho, un padre perfecto, un hombre fuerte, no culto, pero sabio.
“¡Myriam, qué responsabilidad y qué gracia custodiar a este niño! ¡Qué estupor hay en mi! El niño más precioso, debe tener al menos una cuna un poco hermosa…” Y esculpió en la madera de la cuna unas flores, y Yo tejí para la cuna de Jesús un velo azul.
24 de Diciembre de 1981

70. [19]- Y los Ángeles estaban en la gruta cuando Jesús nació. Y los Ángeles están con vosotros.
La noche en que Jesús nació, fue una noche fría. Según mis cálculos, habría sido después del censo, cuando nosotros habíamos regresado a Nazaret. No habría cometido la imprudencia de darlo a luz lejos de casa, pero Jesús quiso nacer en aquella gruta. Los recuerdos vuelven a mi mente, alternándose y así veo a Jesús pequeño y Lo veo a los veinte años… Ahora, en este Reino lo veo luminoso.
Cuando regresamos a casa, José y Yo, Yo con el niño Dios, estuvimos felices, emocionados:
“Myriam este niño se te parece, tiene los ojos como los tuyos…”
Se parecía a Mí, Jesús no tenía ciertamente nada de los rasgos y la figura de José, porque no venía de él, venía de Mi y del Espíritu, ya que Jesús que es Dios, se hizo carne, desprendiéndose del Padre y unido por el Espíritu (el Espíritu procedente del uno y del otro). El Padre hizo de manera que a través de mí pasase el Hijo por medio del Espíritu. Yo no he conocido hombre, pero Dios puede hacerlo todo, Jesús no fue creado, sino engendrado. “Quiero tallar otra flor en esta cuna…”
Estaba contenta de aquella cuna y el velo azul y los ojos azules de Jesús hacían pensar en pedacitos de cielo límpido. Yo soy una criatura, me gusta describir las cosas que os pueden hacer comprender también mis sentimientos. Una mujer, que amó también las cosas de cada día, las cosas que hacen parte de la vida. ¡Aquella vida en Nazaret! El mercado, la huerta, el horno… mi telar, el trabajo de José… Y superando el tiempo, todo se puede volver a ver y revivir, pero aquí la dimensión es otra y vosotros no podéis (ni tampoco Yo lo podía en la tierra) entender esta vida; superado el tiempo, la viviréis: sabed que la muerte no existe, nosotros aquí la llamarnos principio de la vida o renacimiento. ¡Resurrección!
El Primer juguete de Jesús fue un muñequito con alas, un ángel, que atamos sobre la cuna, se balanceaba y parecía como si volase. Y los Ángeles estaban en la Gruta cuando Jesús nació y los Ángeles están con vosotros, custodios de vuestra alma todos los días. Los Ángeles, vinieron a mi encuentro, cuando vine al Reino. Los Ángeles existen. Un ángel de madera se balanceaba sobre la cuna de Jesús. Lo conservé y Jesús siendo más grande, me dijo un día:
“Immi, ese Ángel tiene la nariz demasiado grande…”
Y era verdad, José no había respetado las proporciones, ¡era un buen carpintero, no un escultor!
“Immi, dile tú a papá José que corte un pedacito de nariz a nuestro Ángel…”, José arregló aquella nariz y aquel Ángel siguió volando sobre la cuna de otros niños, ya que Jesús lo regaló a una familia numerosa y pobre, la familia de Simón.
A Jesús le gustaba regalar:
“No sirven las cosas si no pueden dar alegría a alguien, no es útil esconder o conservar, ¡es bello y es justo dar pequeñas gotas de felicidad a quien no puede tener más que esas gotas!”
“¡La caridad tiene tantas formas, tantos matices: gestos, sonrisas, palabras, regalos materiales, consejos para el espíritu! ¡La caridad es desear el bien de los hermanos y desear la salvación de su alma! ¡Immi, veo al mundo, veo a la humanidad, y no veo la caridad!”
Mi hijo murió en la Cruz, también y sobretodo por la falta de caridad que siempre ha existido en los corazones.
Jesús, un día, durante la predicación caminó sobre las olas del mar. No es leyenda, es verdad. Él dice que también vosotros podéis hacer cosas que parecen imposibles, tan sólo si la fe en vosotros es total.
Y podréis obtener cosas que parecen imposibles.
26 de Diciembre de 1981

71. [20]- Este pan será vuestra salvación.
En aquel tiempo Jesús tenía seis años y, una noche de verano, mientras se cenaba (pan negro, queso y hierbas perfumadas de nuestra huerta), Jesús dijo:
“¡Cada trozo de pan, cada fruta, cada verdura y también este queso, son dones de Nuestro Padre, papá José, Immi! ¡Es hermoso agradecer así al Padre Celestial! ¡Él ha hecho todas las cosas en armonía y belleza!”
Nosotros escuchábamos sus palabras, ¡y nos parecía respirar mejor! Y también es así para vosotros, ya que Su palabra es vida y así aliento para el alma.
“Agradezco a mi Padre por esta luz de luna… ¡Immi, el huerto parece de plata!”
El huerto parecía de plata y de la parte que yo llamaba la rosaleda venía un perfume: ¡mis rosas eran amarillas, blancas, rojas y rosadas! Del taller venía un perfume de madera fresca, un aroma que me era familiar.
“¡Debo entregar mucho trabajo, Myriam! Vosotros permaneced en el jardín, yo os puedo mirar mientras trabajo. Myriam, cuando miro a nuestro Jesús, ya jamás miraría otra cosa, ¡y cuando lo escucho me fascina!”
¡El amor que viene del amor y atrae, la luz del mundo que ilumina!
Y Jesús crecía, su cuerpo perfecto se hacía ágil y más esbelto, perdía las redondeces de la infancia y asumía la fuerza de la juventud. En aquel lienzo, donde ha quedado su impronta, la impronta del dolor, se puede ver que Jesús tiene un brazo y un hombro más fuerte (la parte derecha), ya que trabajó mucho y con esfuerzo y fatiga, en el taller; y si vosotros pensáis en Dios, mi Hijo que humildemente trabajaba y vivía una vida sencilla, ciertamente Le amaréis más. Él ha elegido la vida pobre, la vida de trabajo. Todo trabajo es un mérito, si no es hecho con fines de lucro sino para vivir honestamente. Tanto el trabajo en los campos como el de la mente. El trabajo del hombre hecho con fatiga y sudor y los dolores de la mujer, que salvo casos excepcionales sufre dando a luz a su criatura, son herencia del pecado. Pecado es actuar con malicia, con maldad, con odio, cosas ciertamente no buenas. ¡El egoísmo es pecado grave! Vosotros no seáis nunca egoístas: tenéis la mente para comprender a los hermanos y para ayudarlos después.
Jesús a la noche se acostaba temprano, así como se levantaba al alba. “¡El cielo está todo rosado y allá en el fondo del horizonte, es de oro!”
Nuestra casita estaba sobre una pequeña colina, allí se llegaba por un sendero un poco escarpado. También aquel día, al iniciarse el día, el cielo estaba rosado y tenía una franja de nubes doradas en el horizonte. Vi desaparecer a Jesús por aquel sendero, con su paso regio, su figura alta, sus hombros fuertes y sus cabellos movidos por una leve brisa. ¡Era aquel alba!
Jesús, desde jovencito, tuvo un caminar majestuoso: el Rey de Reyes, el pobre de la tierra. Aquel que no tenía una almohada para apoyar su cabeza…
“Immi, cuando esté cansado, pensaré en Ti, Immi, pensaré y apoyaré mi cabeza en tu corazón, y Tú lejos de Mí, sentirás entonces mi presencia espiritual y Yo sentiré Tu corazón, su palpitar, Immi, ¡y así sucederá también con el corazón de los buenos y de los puros!”
¡No existe lejanía sino para la materia, así como tampoco existe la muerte!
Y vuelvo al recuerdo de Jesús en el jardín, junto a la mesa iluminada por la lámpara de aceite. Parte un pedazo de pan y me lo da, y tiende otro pedazo a José.
“¡Qué bueno es este pan!”. “Comed conmigo: ¡este pan será vuestra salvación si lo comiereis en gracia!” ¡Mi niño Dios!
Después de siglos, aún hoy, en este Reino maravilloso, me sorprendo pensando: “¡Parece una cosa imposible ser la Madre de Dios!”. ¡Y sin embargo es la realidad, como es realidad este Reino, como es realidad la vida que aquí vivimos para siempre!
29 de Diciembre de 1981

La vida de Jesús en Nazareth:

visión de María Valtorta

PRIMERA LECCIÓN DE TRABAJO A JESÚS, QUE SE SUJETÓ A LA REGLA DE LA EDAD

21 de Marzo de 1944.

Veo aparecer, dulce como un rayo de sol en día lluvioso, a mi Jesús, pequeñuelo de unos cinco años aproximadamente, todo rubio y todo lindo con un sencillo vestidito azul celeste que le llega hasta la mitad de sus bien contorneados muslos.

Está jugando con la tierra en el pequeño huerto. Está haciendo montoncillos de tierra, y plantando encima ramitas, como si fueran bosques en miniatura; con piedrecitas marca los senderos. Luego intenta hacer un pequeño lago en la base de sus minúsculas colinas. Para ello coge un fondo de alguna pieza vieja de loza y lo entierra, hasta el borde; luego lo llena de agua con una botija que zambulle en un pilón usado como lavadero o para regar el huerto. Pero lo único que consigue es mojarse el vestido, sobre todo las mangas. El agua se sale del plato desportillado, y, tal vez, rajado, y… el lago se seca.
José ha salido a la puerta y, silencioso, se queda un tiempo mirando todo ese trabajo que está haciendo el Niño, y sonríe. En efecto, es un espectáculo que hace sonreír de alegría. Luego, para impedir que Jesús se moje más, le llama. Jesús se vuelve sonriendo, y, viendo a José, corre hacia él con sus bracitos tendidos hacia adelante. José, con el borde de su indumento corto de trabajo, le seca las manitas llenas de tierra y se las besa. Y comienza un dulce diálogo entre los dos.
Jesús explica su trabajo y su juego, así como las dificultades que había encontrado para llevarlo a cabo. Quería hacer un lago como el de Genesaret (por ello supongo que le habían hablado de él o que lo habían llevado a verlo). Quería hacerlo en pequeño, como entretenimiento. Aquí estaba Tiberíades, allí Magdala, allí Cafarnaúm. Esta era la vía que llevaba, pasando por Caná, a Nazaret. Quería botar al lago unas barquitas — estas hojas son barcas — e ir a la otra orilla. Pero, el agua se sale…
José observa y se interesa tomándolo todo con seriedad. Luego propone hacer él “mañana” un pequeño lago, no con el plato desportillado, sino con un pequeño recipiente de madera, bien estucado y empecinado, en el que Jesús podrá botar verdaderas barquitas de madera que José le va a enseñar a hacer. Precisamente en este momento le iba a traer unas pequeñas herramientas de trabajo, adecuadas para Él; para que pudiera aprender, sin mayor esfuerzo, a usarlas.
-¡Así te podré ayudar! -dice Jesús con una sonrisa.
-Así me podrás ayudar, y te harás un hábil carpintero. Ven a verlas.
Y entran en el taller. Y José le muestra un pequeño martillo, una sierra pequeña, unos minúsculos destornilladores, una garlopa como de juguete; todo ello puesto encima de un banco de carpintero recién hecho: un banco adecuado a la estatura del pequeño Jesús.
-¿Ves cómo se sierra? Se apoya este pedazo de madera así. Se coge la sierra así, y, con cuidado de no ir a los dedos, se sierra. Prueba tú…
Y empieza la lección. Y Jesús, rojo del esfuerzo y apretando los labios, sierra con cuidado, y luego alisa la tablita con la garlopa, y, a pesar de que esté no poco torcida, le parece bonita, y José le alaba y le enseña a trabajar, con paciencia y amor.
María regresa — estaba fuera de casa —, se asoma a la puerta y mira. Ninguno de los dos la ve porque están vueltos de espaldas. La Madre sonríe al ver el interés con que Jesús usa la garlopa, y el afecto con que José le enseña.
Pero Jesús debe sentir esa sonrisa. Se vuelve. Ve a su Mamá y corre hacia Ella con su tablita medio cepillada y se la enseña. María observa con admiración y se inclina hacia Jesús para darle un beso. Le pone en orden los ricitos despeinados, le seca el sudor de su cara acalorada, y, afectuosa, le escucha cuando Jesús le promete que le va a hacer una banquetita para que trabaje más cómoda.
José, erguido junto al minúsculo banco, apoyada su mano en uno de los lados, mira y sonríe.
He presenciado la primera lección de trabajo a mi Jesús. Y toda la paz de esta Familia santa está en mí.
Dice Jesús:
-Te he confortado, alma mía, con una visión de mi niñez, feliz dentro de su pobreza por haber estado rodeada del afecto de dos santos mayores cuales el mundo no tiene ninguno.
Se dice que José fue el padre nutricio mío. ¡Cierto es que, si bien no pudo, como hombre, darme la leche con que me nutrió María, sí se quebrantó a sí mismo trabajando para darme pan y confortación, y tuvo una dulzura de sentimientos de verdadera madre! De él aprendí — y jamás alumno alguno tuvo un maestro mejor — todo aquello que hace del niño un hombre; un hombre, además, que ha de ganarse el pan.
Si bien mi inteligencia de Hijo de Dios era perfecta, hay que reflexionar y creer que Yo no quise saltarme sin más la regla de la edad. Por eso, humillando mi perfección intelectiva de Dios hasta el nivel de una perfección intelectiva humana, me sujeté a tener como maestro a un hombre, a tener necesidad de un maestro. Y el hecho de haber aprendido con rapidez y buena voluntad no me quita el mérito de haberme sujetado a un hombre, como tampoco le quita a este hombre justo el de haber sido él quien nutrió mi pequeña mente con las nociones necesarias para la vida.
Esas gratas horas pasadas al lado de José (quien, como a través de un juego, me puso en condiciones de ser capaz de trabajar), esas horas, no las olvido ni siquiera ahora que estoy en el Cielo. Y cuando miro a mi padre putativo, veo nuevamente el huertecito y el humoso taller, y me parece ver a mi Madre asomándose con esa sonrisa suya que hacía de oro el lugar y dichosos a nosotros.
¡Cuánto deberían las familias aprender de estos esposos perfectos, que se amaron como ningunos otros lo hicieran!
José era la cabeza. Clara e indiscutible era su autoridad familiar; ante ella se plegaba reverente la de la Esposa y Madre de Dios; a ella se sujetaba el Hijo de Dios. Todo lo que José decidía, bien hecho estaba; sin discusiones, sin obstinaciones, sin resistencia alguna. Su palabra era nuestra pequeña ley. ¡Y, a pesar de ello, cuánta humildad tuvo! Jamás abusó de su poder, jamás dictaminó cosa alguna contra todo canon, simplemente por ser el jefe. La Esposa era su dulce consejera, y aunque Ella, en su profunda humildad, se considerase la sierva de su consorte, éste extraía, de su sabiduría de Llena de Gracia, la luz para conducirse en todo lo que acaecía.
Y Yo así fui creciendo, cual flor protegida por dos vigorosos árboles, entre estos dos amores que se entrelazaban por encima de mí para protegerme y amarme.
No. Mientras la edad me hizo ignorar el mundo, Yo no sentí nostalgia del Paraíso. Presentes estaban Dios Padre y el Divino Espíritu, pues María estaba llena de Ellos. Y los ángeles allí moraban, porque nada les hacía alejarse de esa casa. Y hasta podría decir que uno de ellos se había revestido de carne y era José, alma angélica liberada del peso de la carne, dedicada sólo a servir a Dios y a su causa y a amarlo como le aman los serafines. ¡Oh, la mirada de José!: pacífica y pura como la de una estrella ajena a toda concupiscencia terrena. Era nuestro descanso y nuestra fuerza.
Hay muchos que piensan que Yo no sufrí humanamente cuando la muerte apagó esa mirada de santo, esa mirada celadora presente en nuestra casa. Si bien, siendo Dios — y, como tal, conociendo la feliz ventura de José — no me apenó su partida (que tras breve estancia en el Limbo le había de abrir el Cielo), como Hombre sí lloré en esa casa privada de su amorosa presencia. Lloré por el amigo desaparecido. ¿Y es que, acaso, no debía haber llorado por este santo mío, en cuyo pecho, de pequeño, yo había dormido, y del cual había recibido amor durante tantos años?
Finalmente, pongo ante la consideración de los padres cómo sin contar con una erudición pedagógica José supo hacer de mí un hábil artesano. Apenas llegado Yo a la edad que me permitía manejar las herramientas, no dejándome saborear la ociosidad, me encaminó al trabajo, y se sirvió sobre todo de mi amor por María para estimularme a trabajar: hacer aquellos objetos que le fueran útiles a Mamá. Y así se inculcaba el debido respeto que todo hijo debería tener hacia su madre, y sobre este respetuoso y amoroso fulcro apoyaba la formación del futuro carpintero.
¿Dónde están ahora las familias en que a los pequeños se les haga amar el trabajo como medio para realizar algo grato a los padres? Los hijos, actualmente, son los déspotas de la casa. Se desarrollan indiferentes, duros, mezquinos para con sus padres, a quienes consideran a su servicio, como si fueran sus esclavos; no los aman, y de ellos reciben a su vez poco amor. En efecto, al mismo tiempo que hacéis de vuestros hijos unos déspotas caprichosos, os separáis de ellos desentendiéndoos vergonzosamente.
Padres del siglo veinte (ya veintiuno), vuestros hijos son de todos menos vuestros: son de la nodriza, de la institutriz, del colegio, si sois ricos; de los compañeros, de la calle, de las escuelas, si sois pobres. No son vuestros. Vosotras, madres, los generáis, nada más; vosotros, padres hacéis lo mismo. Y, sin embargo, un hijo no es sólo carne; es mente, es corazón, es espíritu. Creed, pues, que nadie tiene más deber y derecho que un padre y una madre de formar esta mente, este corazón, este espíritu.
La familia existe, debe existir. No hay teoría o progreso alguno que pueda válidamente demoler esta verdad sin provocar un desastre. Una institución familiar desmoronada sólo puede dar futuros hombres y mujeres cada vez más depravados, causa a su vez de calamidades crecientes. En verdad os digo que sería preferible que no os casarais más, que no engendrarais más sobre esta tierra, en lugar de tener estas familias menos unidas que un clan de monos, estas familias que no son escuela de virtud, de trabajo, de amor, de religión, sino un caos en que todos viven autónomamente, como engranajes desengranados que al final terminan por romperse.
Seguid, seguid destruyendo. Ya estáis viendo y sufriendo los frutos de vuestra acción quebrantadora de la forma más santa de la vida social. Seguid, seguid, si queréis. Pero luego no os quejéis de que este mundo sea cada vez más infernal, morada de monstruos devoradores de familias y naciones. ¿Así lo queréis? Pues sea así…”
Esto lo decía Jesús en 1944… ¿Qué diría ahora, en 2005, con tantísima corrupción, con tantísimos devaneos y divorcios en los matrimonios, que ya ni siquiera se casan sino que se juntan como los animales, y encima en uniones brutales de hombres con hombres y de mujeres con mujeres, queriendo incluso adoptar hijos, en estas uniones abominables (ante los ojos de Dios) para que éstos vivan la corrupción desde pequeños?… 

MARÍA, MAESTRA DE JESÚS, JUDAS Y SANTIAGO.

Veo la habitación (ya en Nazaret) que habitualmente usan como comedor, la misma en que María teje o cose. Es la habitación contigua al taller de José, cuyo diligente trabajar se siente; aquí hay, por el contrario, silencio. María está cosiendo unas piezas de lana alargadas, ciertamente tejidas por Ella, que tienen aproximadamente medio metro de anchas y un poco más del doble de largas; creo entender que están destinadas a ser un manto para José.
Por la puerta abierta de la parte del huerto-jardín se ve el seto formado por unas matas de enredado ramaje de esas margaritas pequeñas de color azul-violeta que comúnmente se llaman “Marías” o “Cielo estrellado”. Desconozco su exacto nombre botánico. Están florecidas. Por tanto, debe ser otoño. De todas formas, los árboles tienen todavía un follaje verde tupido y hermoso, y las abejas, desde dos colmenas adosadas a una pared soleada, vuelan zumbando, danzando y brillando al sol, de una higuera a la vid, de ésta a un granado lleno de redondos frutos, algunos de los cuales han estallado ya por exceso de vigor y muestran sus collares de jugosos rubíes, alineados en el interior de su verde-rojo cofre, de compartimentos amarillos.
Bajo los árboles. Jesús está jugando con otros dos niños de más o menos su misma edad. Son de pelo rizado, no rubios. Es más, uno de ellos es intensamente moreno: una cabecita de corderito negro que hace resaltar aún más la blancura de la piel de su carita redonda en que se abren dos ojazos de un azul tendente al violáceo; bellísimos. El otro es menos rizado y de un color castaño oscuro, tiene ojos castaños y coloración más morena, aunque con una tonalidad rosácea en los carrillos. Jesús, con su cabecita rubia, entre los otros dos, oscuros, parece ya aureolado de fulgor. Están jugando en concordia con unos pequeños carritos en los que hay… distintas mercancías:: piedrecitas, virutas, pedacitos de madera. Eran mercaderes, sin duda, y Jesús era el que compraba para su Mamá, a la que le lleva ora una cosa, ora otra; María, sonriendo, acepta los objetos comprados.
Pero después de un poco el juego cambia. Uno de los dos niños propone:
-¿Por qué no hacemos el Éxodo a través de Egipto? Jesús es Moisés; yo, Aarón; tú… María.
-¡Pero si yo soy chico!
-¡No importa! ¿Qué más da? Tú eres María y bailas ante el becerro de oro, que será aquella colmena.
-Yo no bailo. Soy un hombre y no quiero ser una mujer; soy un fiel, y no quiero bailar ante el ídolo.
Jesús interviene diciendo:
-Pues no hacemos este pasaje. Podemos hacer ese otro de cuando le eligen a Josué sucesor de Moisés. Así no está ese feo pecado de idolatría y Judas estará contento de ser hombre y sucesor mío. ¿Verdad que estás contento?
-Sí, Jesús. Pero entonces Tú tienes que morir, porque Moisés muere después. No quiero que Tú mueras; Tú, que siempre me quieres tanto».
-Todos morimos… Pero Yo antes de morir bendeciré a Israel, y, dado que aquí sólo estáis vosotros, en vosotros bendeciré a todo Israel.
Es aceptada la propuesta. Pero luego surge una cuestión: si el pueblo de Israel, después de tanto caminar; llevaba o no los carros que tenía al salir de Egipto. Hay disparidad de ideas.
Se recurre a María.
-Mamá, Yo digo que los israelitas tenían todavía los carros. Santiago dice que no. Judas no sabe a quién de los dos dar la razón. ¿Tú sabes si los tenían?
-Sí, Hijo. El pueblo nómada tenía todavía sus carros. En los descansos los reparaban. Montaban en ellos los más débiles. Se cargaba en ellos aquellos víveres o cosas que un pueblo tan numeroso necesitaba. Todas las demás cosas iban en los carros, menos el Arca, que la llevaban a mano.
La cuestión está resuelta.
Los niños van al final del huerto y, desde allí, entonando salmos, vienen hacia la casa. Jesús viene delante cantando salmos con su vocecita de plata. Detrás de Él vienen Judas y Santiago portando un pequeño carrito elevado al rango de Tabernáculo. Pero, dado que además de a Aarón y a Josué tienen que representar también al pueblo, se han quitado los cinturones y se han atado al pie los otros carros en miniatura, y así caminan, serios como si fueran verdaderos actores.
Hacen el recorrido de la pérgola, pasan por delante de la puerta de la habitación donde está María, y Jesús dice:
-Mamá, pasa el Arca, salúdala.
María se levanta sonriendo y se inclina ante su Hijo que, radiante, pasa, aureolado de sol.
Acto seguido Jesús trepa un poco por el lado del monte que limita la casa, o mejor, el huerto. Arriba de la gruta, erguido, dirige unas palabras a… Israel. Manifiesta los preceptos y las promesas de Dios, señala a Josué como caudillo, le llama a sí — Judas también sube arriba de la peña —, le anima y le bendice. Luego pide una… tabla (es la hoja ancha de una higuera) y escribe el cántico, y lo lee; no todo, pero sí una buena parte de él, y al hacerlo da la impresión de que realmente lo estuviera leyendo en la hoja. A continuación se despide de Josué, el cual le abraza llorando, y sube más arriba, justo hasta el borde de la peña. Allí bendice a todo Israel, es decir, a los dos niños que están prosternados en tierra, y luego se acuesta sobre la corta hierbecilla, cierra los ojos y… muere.
María se había quedado, sonriente, a la puerta, y, cuando lo ve echado en el suelo, rígido, grita:
-¡Jesús! ¡Jesús! ¡Levántate! ¡No estés así! ¡Mamá no quiere verte muerto!.
Jesús se levanta del suelo, sonríe, y va hacia Ella corriendo, y la besa. Se acercan lo mismo Santiago y Judas, y María los acaricia también.
-¿Cómo puede acordarse Jesús de ese cántico tan largo y difícil y de todas esas bendiciones? – pregunta Santiago.
María sonríe y responde sencillamente:
-Tiene una memoria muy buena y está muy atento cuando yo leo.
-Yo, en la escuela, estoy atento, pero con tanta lamentación me viene el sueño… Entonces, ¿no voy a aprender nunca?.
-Aprenderás. Tranquilo.
Llaman a la puerta. José atraviesa con paso rápido huerto y habitación, y abre.
-¡La paz sea con vosotros, Alfeo y María!
-Y con vosotros. Paz y bendición.
Es el hermano de José con su mujer. Un rústico carro tirado por un robusto burro está parado en la calle.
-¿Habéis tenido buen viaje?
-Sí, bueno. ¿Y los niños?
-Están en el huerto con María.
Ya los niños venían corriendo a saludar a su mamá. También María está viniendo, trayendo a Jesús de la mano. Las dos cuñadas se besan.
-¿Se han portado bien?
-Sí, muy bien, y han sido muy cariñosos. ¿La familia está toda bien?
-Todos están bien. Nos han dado recuerdos para vosotros. De Caná os mandan muchos regalos: uvas, manzanas, queso, huevos, miel. Y… José, he encontrado exactamente lo que tú querías para Jesús. Está en el carro, en aquella cesta redonda.
La mujer de Alfeo, sonriendo, se curva hacia Jesús, que la está mirando con unos ojos maravillados, abiertísimos; y le besa en esos dos pedacitos de azul y dice:
-¿Sabes lo que he traído para ti? Adivina.
Jesús piensa, pero no adivina. Probablemente lo hace a propósito, para que José tenga la alegría de dar una sorpresa. En efecto, José entra trayendo consigo una cesta redonda. La deposita en el suelo a los pies de Jesús, desata la cuerda que está sujetando la tapadera, la levanta… y una ovejita toda blanca, un verdadero copo de espuma, aparece, dormida sobre un heno muy limpio.
-¡Oh! -exclama Jesús con estupor y beatitud, mientras hace ademán de echarse hacia el animalito, pero… no, se vuelve y corre a donde José, que aún está agachado, y lo abraza y lo besa dándole las gracias.
Los primitos miran con admiración al animalito, que ahora está despierto y alza su rosado morrito y bala buscando a su mamá. Sacan de la cesta a la ovejita y le ofrecen un manojo de tréboles. Ella come, mirando a su alrededor con sus mansos ojos.
Jesús repite una y otra vez: -¡Para mí! ¡Para mí! ¡Padre, gracias!.
-¿Te gusta mucho?
-¡Oh, mucho! Blanca, limpia… una cordera… ¡oh! -y le echa sus bracitos al cuello a la ovejita, pone su cabeza rubia sobre la cabecita, y se queda así, satisfecho.
-También os he traído a vosotros otras dos -dice Alfeo a sus hijos -Pero son de color oscuro. Vosotros no sois ordenados como lo es Jesús y, si hubieran sido blancas, las tendríais mal. Serán vuestro rebaño, las tendréis juntas, y así vosotros dos, golfos, no estaréis ya más por ahí por las calles tirando piedras.
Los dos niños van corriendo al carro para ver a estas otras dos ovejas, más negras que blancas.
Jesús por su parte se ha quedado con la suya. La lleva al huerto, le da de beber, y el animalito le sigue como si lo conociera desde siempre. Jesús la llama. Le pone por nombre «Nieve». Ella responde balando jubilosa.
Los llegados ya están sentados a la mesa. María les sirve pan, aceitunas y queso. Trae también un ánfora de sidra o de agua de manzanas, no lo sé; veo que es de un color dorado muy claro.
Los niños juegan con los tres animales y ellos se ponen a conversar. Jesús quiere que estén las tres ovejas, para darles a las otras también agua y un nombre:
-La tuya, Judas, se llamará “Estrella”, por el signo ese que tiene en la frente; y la tuya “Llama”, porque tiene un color como el de ciertas llamas de brezo lánguido.
-De acuerdo.
-Espero haber resuelto así la historia de las peleas entre muchachos – dice Alfeo -Tu idea, José, ha sido la que me ha iluminado. Dije: “Mi hermano quiere una cordera para Jesús, para que juegue un poco. Yo me llevo dos para esos golfos, para que estén un poco tranquilos y no tener siempre problemas con otros padres por cabezas o rodillas rotas. Un poco la escuela y un poco las ovejas, lograré tenerlos quietos. Por cierto, este año tendrás que mandar tú también a Jesús a la escuela. Ya es tiempo.
-Yo no voy a mandarlo jamás a Jesús a la escuela -dice María con tono resoluto. Resulta insólito oírla hablar así, y además antes que José (!).
-¿Por qué? El Niño tiene que aprender, para que a su debido tiempo sea capaz de afrontar el examen de la mayoría de edad…».
-El Niño sabrá; pero no irá a la escuela. Está decidido.
-Pues serías la única que actuara así en Israel.
-Pues seré la única, pero actuaré así. ¿No es verdad, José?
-Así es; Jesús no tiene necesidad de ir a la escuela. María se ha formado en el Templo y es una verdadera doctora en el conocimiento de la Ley. Será su Maestra. Es también mi deseo.
-Le estáis mimando demasiado al muchacho.
-Eso no puedes decirlo. Es el mejor de Nazaret. ¿Lo has visto alguna vez llorar o cogerse alguna pataleta o negarse a obedecer o faltar al respeto?
-No. Pero un día será así si lo seguís mimando.
-Tener al lado a los hijos no es mimarlos; es quererlos, con mente cabal y buen corazón. Nosotros amamos así a nuestro Jesús, y, dado que María es una mujer más instruida que el maestro, será Ella la Maestra de Jesús.
-Y cuando sea hombre, tu Jesús será una mujercita temerosa hasta de las moscas.
-No lo será. María es una mujer fuerte y sabe educarle virilmente; y yo no soy ningún mezquino, y sé dar ejemplos viriles. Jesús es un niño sin defectos físicos ni morales. Por tanto se desarrollará recto y fuerte en el cuerpo y en el espíritu. Estate seguro de esto, Alfeo. No dejará mal a la familia. Y, además, ya lo he decidido y es suficiente.
-Lo habrá decidido María. Tú sólo….
-¿Y si así fuera? ¿No es acaso bonito que dos personas que se aman estén en la disposición de tener el mismo pensamiento y la misma voluntad, porque mutuamente abrazan el deseo del otro y lo hacen propio? Si María desease estupideces, yo le diría que no, pero lo que pide son cosas llenas de sabiduría, y yo las apruebo y hago mías. Nosotros nos amamos como el primer día… y lo seguiremos haciendo mientras vivamos, ¿verdad, María?
-Sí, José. Y aún en el caso — y ojalá no suceda jamás — de que uno de los dos muriese y el otro no, nos seguiríamos amando.
José le acaricia a María la cabeza, como si fuera una hija pequeña, y Ella a su vez lo mira con ojos serenos y amorosos.
La cuñada interviene diciendo:
-Tenéis realmente razón. ¡Si yo fuera capaz de enseñar!… En la escuela nuestros hijos aprenden el bien y el mal; en casa, sólo el bien. Pero yo no sé hacerlo… Si María…
-¿Qué quieres, cuñada? Habla libremente. Tú sabes que te quiero y que me siento contenta cada vez que puedo satisfacerte en algo.
-No, yo lo que pensaba… era… Santiago y Judas son sólo un poco mayores que Jesús. Ya van a la escuela… ¡pero, para lo que saben!… Por el contrario, Jesús ya sabe muy bien la Ley… Yo quisiera… bueno, ¿si te pidiera que los tuvieras también a ellos cuando enseñas a Jesús? Creo que ganarían en bondad y en conocimientos. Al fin y al cabo son primos y sería justo que se quisieran como hermanos.., ¡Qué feliz me sentiría!.
-Si José y tu marido quieren, yo por mí estoy dispuesta. Hablar para uno o para tres es igual. Repasar la Escritura es motivo de gozo. Que vengan.
Los tres niños, que habían entrado despacito, han oído estas palabras y están a la espera del veredicto.
-Te harán desesperar, María -dice Alfeo.
-¡No! Conmigo siempre se portan bien. ¿Verdad que os vais a portar bien si yo os enseño?
Los dos niños acuden a su lado corriendo, uno a la derecha, el otro a la izquierda. Le ponen los brazos en torno a los hombros apoyando en ellos sus cabecitas, y hacen promesas de todo el bien posible.
-Déjalos que prueben, Alfeo, y déjame probar también a mí. Yo creo que no quedarás descontento de la prueba. Que vengan todos los días desde la hora sexta hasta la tarde. Será suficiente, créelo. Conozco el arte de enseñar sin cansar. A los niños hay que tenerlos cautivados y distraídos al mismo tiempo. Hay que comprenderlos, amarlos y ser amados para conseguir de ellos. Y vosotros me queréis, ¿no?
La respuesta es dos fuertes besos.
-¿Lo ves?
-Ya lo veo. Sólo me queda decirte: “Gracias”. Y Jesús ¿qué va a decir cuando vea a su mamá entretenida en otros? ¿Tú qué dices, Jesús?
-Yo digo: “Bienaventurados los que le prestan atención y levantan su morada junto a la de Ella”. Como con la Sabiduría, dichoso aquel que es amigo de mi Madre. Me gozo viendo que aquéllos a quienes amo son sus amigos.
-¿Quién pone tales palabras en labios de este Niño? – pregunta Alfeo asombrado.
-Nadie, hermano, nadie de este mundo.
La visión cesa en este momento.
Dice Jesús:
-Y María fue Maestra mía, de Santiago y de Judas. Y éste es el motivo por el cual hubo entre nosotros amor fraternal, además de por el parentesco; por la ciencia y por haber crecido juntos, como tres sarmientos con un único palo como soporte: la Madre mía. Que en verdad mi dulce Madre era doctora como nadie en Israel. Sede de la Sabiduría, de la verdadera Sabiduría, Ella nos instruyó para el mundo y para el Cielo. Digo que “nos instruyó”, porque yo fui alumno suyo no en modo distinto de mis primos. Y el “sello” colocado sobre el misterio de Dios fue mantenido contra las pesquisas de Satanás, mantenido bajo la apariencia de una vida común.

PREPARATIVOS PARA LA MAYORÍA DE EDAD DE JESÚS Y SALIDA DE NAZARET

Veo a María encorvada hacia una batea, o, mejor, un barreño de barro, mezclando algo que despide vapor en el aire frío y sereno que llena el huerto de Nazaret.
Debe ser pleno invierno. Lo deduzco del hecho de que, menos olivos, todos los árboles están deshojados y exhaustos. Arriba, un cielo tersísimo y un sol que aun siendo radiante no logra templar la tramontana que hay, que sopla y hace chocar unas con otras las desnudas ramas u ondular las ramitas entre grises y verdes de los olivos.
La Virgen María lleva un vestido tupido de color marrón casi negro, que la cubre enteramente. Se ha colocado delante una tela basta, a manera de mandil, para protegerlo. Saca de la tina el palo conque estaba removiendo el contenido. Veo que del palo caen gotas de un bonito color bermejo. María observa, se moja un dedo con las gotas que caen, y prueba el color en el mandil. Parece satisfecha.
Entra en la casa y vuelve a salir con muchas madejas de blanquísima lana, y las echa, una a una, en la tina, con paciencia y cautela.
Mientras está haciendo esto, entra su cuñada — que viene del taller de José — María de Alfeo. Se saludan. Se hablan.
-¿Queda bien? -pregunta María de Alfeo.
-Espero que sí.
-Me aseguró esa gentil que se trata de la misma tinta y del mismo sistema de teñir que utilizan en Roma. Si me lo dio es porque se trataba de ti y por haber hecho aquellas labores. Ella dice que no hay quien borde como tú, ni siquiera en Roma. Debes haber perdido la vista haciéndolas…
María sonríe y hace un movimiento de cabeza como diciendo:
-¡Son cosas sin importancia!.
La cuñada mira las últimas madejas de lana antes de pasárselas a María, y exclama:
-¡Qué bien las has hilado! Son hilos tan finos y uniformes que parecen cabellos. Tú todo lo haces bien… y ¡qué rápida! ¿Estas últimas serán más claras?.
-Sí, para la túnica; el manto es más oscuro.
Las dos mujeres se ponen a trabajar juntas: primero, en la tina; luego sacan las madejas, ya de un lindo color purpúreo, y corren veloces a sumergirlas en el agua helada que llena el pilón, colocado bajo la fina vena que mana y cae produciendo notas de risitas apenas perceptibles. Aclaran una y otra vez y luego extienden las madejas sobre unas cañas aseguradas a los árboles de unas ramas a otras.
-Con este viento se secarán bien y rápido -dice la cuñada.
-Vamos donde José. Hay lumbre. Debes estar helada -dice María Stma. -Has sido buena conmigo ayudándome. He acabado pronto y con menos esfuerzo. Gracias.
-¡Oh! ¡María! ¿Qué no haría yo por ti! Estar a tu lado es motivo siempre de gozo. Además… todo este trabajo es por Jesús. Y, ¡es tan encantador tu Hijo!… Ayudándote a ti para la celebración de su mayoría de edad, me parecerá sentirme yo también madre suya.
Y las dos mujeres entran en el taller, lleno de ese olor a madera cepillada que es típico de los talleres de carpintero.
Y la visión sufre una interrupción… para continuar después, en el momento de la partida de Jesús para Jerusalén a los doce años.
Su figura es bellísima. Está tan desarrollado, que parece un hermano menor de su joven Madre (ya le llega a María a los hombros); su cabeza, rubia y ensortijada, de melena hasta más abajo de las orejas — ya no tiene el pelo corto, como en los primeros años de su vida — parece un casco de oro repleto de relucientes bucles laborados.
Va vestido de rojo, un bonito rojo de rubí claro: una túnica que le llega hasta los tobillos dejando ver sólo los pies, calzados con sandalias; es una túnica suelta, de mangas largas y amplias. En el cuello, en los bordes de las mangas y en la base, grecas tejidas con colores sobrepuestos, muy bonitas…
Veo el momento en que Jesús entra, acompañado de su Madre, en el — digámoslo así — comedor de la casa de Nazaret.
Jesús tiene doce años. Es un muchacho alto, bien formado, fuerte, aunque no gordo; parece, por su complexión, más adulto de lo que realmente es; le llega ya a su Madre a la altura de los hombros. Su rostro es todavía redondeado y rosado, es todavía el rostro de Jesús niño, rostro que, con el paso del tiempo, con la edad juvenil y viril, se habrá de alargar, y tomará un cromatismo indefinido, una tonalidad como la de ciertos alabastros delicados que tienden apenas al amarillo-rosa.
Sus ojos — también sus ojos — son todavía ojos de niño. Son grandes y miran bien abiertos, con una chispa de alegría perdida en la seriedad de la mirada. Pasado el tiempo, ya no estarán tan abiertos… Los párpados descenderán hasta medio cerrar los ojos, para velarle al Puro y Santo el exceso de mal que hay en el mundo. Solamente en los momentos de los milagros, o cuando ponga en fuga a los demonios o a la muerte, o para curar las enfermedades y los pecados; solamente entonces los abrirá, y centellearán, aún más que ahora. Pero, ni siquiera entonces tendrán esta chispa de alegría mezclada con la seriedad… La muerte y el pecado estarán cada vez más cerca y más presentes, y, con ambos, el conocimiento — con su faceta humana — de la inutilidad del sacrificio a causa de la voluntad contraria del hombre. Sólo en rarísimos momentos de alegría, por estar con los redimidos, y especialmente con los puros — generalmente niños — brillarán de júbilo estos ojos santos y buenos.
Ahora, estando con su Madre, en su casa, y con San José frente a Él, sonriéndole con amor, y con esos primitos suyos que le admiran, y con su tía, María de Alfeo, que le está acariciando, se siente feliz. Mi Jesús tiene necesidad de amor para sentirse feliz, y en este momento lo tiene.
Está vestido con una túnica suelta, de lana, de color rojo rubí claro, suave, perfectamente tejida, fina y compacta al mismo tiempo. En el cuello, por la parte de delante, en la base de las mangas largas y amplias, y en la base de la túnica, que llega hasta abajo dejando apenas ver los pies calzados con sandalias nuevas y bien hechas — no las usuales suelas sujetas al pie con unas correas —, tiene una greca, no bordada, sino tejida en un color más oscuro sobre el color rubí de la túnica. Deduzco que debe ser obra de su Madre, porque la cuñada la admira y alaba.
Su bonito pelo rubio tiene ya una tonalidad más cargada que cuando era un niño pequeño, con reflejos cobrizos en los aros de los bucles que terminan bajo las orejas; ya no son esos ricitos cortos y vaporosos de la infancia, pero tampoco es la melena de la edad adulta, ondulada, que termina a la altura de los hombros en delicada forma tubular; de todas maneras ya tiende a ésta, en color y forma.
-He aquí a nuestro Hijo -dice María levantando con su mano derecha la izquierda de Jesús. Parece como si se lo quisiera presentar a todos y confirmar la paternidad del Justo, que sonríe. Y añade: -Bendícelo, José, antes de partir para Jerusalén. No fue necesaria la bendición para su inicio en la escuela, primer paso en la vida; hazlo ahora que Él va al Templo para ser declarado mayor de edad. Y bendíceme también a mí. Tu bendición… (María contiene el llanto) lo fortalecerá a Él y me dará fuerza a mí para separarme de Él un poco más…
-María, Jesús será siempre tuyo. La fórmula no lesionará nuestras mutuas relaciones. Yo no te voy a disputar a este Hijo, amado nuestro. Ninguno merece como tú el guiarlo en la vida, ¡oh Santa mía!
María se inclina, toma la mano de José y la besa: es la esposa, y ¡qué respetuosa y amante de su consorte!
José acoge este signo de respeto y de amor con dignidad, mas luego alza esa misma mano y la deposita sobre la cabeza de su Esposa diciéndole:
-Sí. Te bendigo, Bendita, y a Jesús contigo. Venid, mis únicos tesoros, honor y finalidad míos -José se muestra solemne: con los brazos extendidos y las palmas vueltas hacia abajo sobre las dos cabezas inclinadas, igualmente rubias y santas, pronuncia la bendición: «El Señor os guarde y os bendiga, tenga misericordia de vosotros y os dé paz. El Señor os dé su bendición». Y luego dice: -En marcha. La hora es propicia para el viaje.
María coge un manto, amplio, de color granate oscuro, y en elegantes pliegues lo dispone sobre el cuerpo de su Hijo. ¡Y cómo lo acaricia al hacerlo!
Salen. Cierran. Se ponen en marcha. Otros peregrinos van en la misma dirección. Fuera del pueblo, las mujeres se separan de los hombres. Los niños van con quien quieren. Jesús se queda con su Madre.
Los peregrinos caminan — la mayoría entonando salmos — por las campiñas llenas de hermosura en el más jubiloso tiempo de primavera. Frescos prados, tiernos cereales, frescos follajes en los árboles poco ha florecidos; hombres cantando por los campos y por los caminos, cantos de pájaros en celo entre las frondas; límpidos arroyos, espejo de las flores de las orillas; corderitos saltarines al lado de sus madres… Paz y alegría bajo el más hermoso cielo de abril.
La visión cesa así.

JESÚS EXAMINADO EN SU MAYORÍA DE EDAD EN EL TEMPLO

El Templo en días de fiesta. Muchedumbre de gente entrando o saliendo por las puertas de la muralla, o cruzando los patios o los pórticos; gente que entra en esta o en aquella construcción sita en uno u otro de los distintos niveles en que está distribuido el conjunto del Templo.
Y también entra, cantando quedo salmos, la comitiva de la familia de Jesús; todos los hombres primero, luego las mujeres. Se han unido a ellos otras personas, quizás de Nazaret, quizás amigos de Jerusalén, no lo sé.
José, después de haber adorado con todos al Altísimo desde el punto en que se ve que los hombres podían hacerlo — las mujeres se han quedado en un piso inferior —, se separa, y, con su Hijo, cruza de nuevo, en sentido inverso, unos patios; luego tuerce hacia una parte y entra en una vasta habitación que tiene el aspecto de una sinagoga (!) — ¿Es que había sinagogas en el Templo? —; habla con un levita, y éste desaparece tras una cortina de rayas para volver después con algunos sacerdotes ancianos. Creo que son sacerdotes; son, eso sí, no cabe duda, maestros en cuanto al conocimiento de la Ley y tienen por eso como misión examinar a los fieles.
José presenta a Jesús. Antes ambos se habían inclinado con gran reverencia ante los diez doctores, los cuales se habían sentado con majestuosidad en unas banquetas bajas de madera. José dice:
-Éste es mi hijo. Desde hace tres lunas y doce días ha entrado en el tiempo que la Ley destina para la mayoría de edad. Mas yo quiero que sea mayor de edad según los preceptos de Israel. Os ruego que observéis que por su complexión muestra que ha dejado la infancia y la edad menor; os ruego que lo examinéis con benignidad y justicia para juzgar que cuanto aquí yo, su padre, afirmo, es verdad. Yo lo he preparado para este momento y para que tenga esta dignidad de hijo de la Ley. Él sabe los preceptos, las tradiciones, las decisiones, conoce las costumbres de las fimbrias y de las filacterias, sabe recitar las oraciones y las bendiciones cotidianas. Puede, por tanto, conociendo la Ley en sí y en sus tres ramas, Halasia, Midrás y Haggadá, guiarse como hombre. Por ello, deseo ser liberado de la responsabilidad de sus acciones y de sus pecados. Que de ahora en adelante quede sujeto a los preceptos y pague en sí las penas por las faltas respecto a ellos. Examinadlo.
-Lo haremos. Acércate, niño. ¿Tu nombre?
-Jesús de José, de Nazaret.
-Nazareno… Entonces, ¿sabes leer?
-Sí, rabí. Sé leer las palabras escritas y las que están encerradas en las palabras mismas.
-¿Qué quieres decir con ello?
-Quiero decir que comprendo el significado de la alegoría o del símbolo celado bajo la apariencia; de la misma forma que no se ve la perla pero está dentro de la concha fea y cerrada.
-Respuesta no común, y muy sabia. Raramente se oye esto en boca de adultos, ¡así que fíjate tú, oírselo a un niño, y además, por si fuera poco, nazareno!….
Se ha despertado la atención de los doctores y sus ojos no pierden de vista un instante al hermoso Niño rubio que los está mirando seguro; sin petulancia, sí, pero también sin miedo.
-Eres honra de tu maestro, el cual, ciertamente, era muy docto.
-La Sabiduría de Dios estaba recogida en su corazón justo.
-¿Estáis oyendo? ¡Dichoso tú, padre de un hijo así!.
José, que está en el fondo de la sala, sonríe y hace una reverencia.
Le dan a Jesús tres rollos distintos y le dicen:
-Lee el que está cerrado con una cinta de oro.
Jesús lo desenrolla y lee. Es el Decálogo. Pero, leídas las primeras palabras, un juez le quita el rollo y dice:
-Sigue de memoria.
Jesús sigue, tan seguro que parece como si estuviera leyendo. Y cada vez que nombra al Señor hace una profunda reverencia.
-¿Quién te ha enseñado a hacer eso? ¿Por qué lo haces?
-Porque es un Nombre santo y hay que pronunciarlo con signo interno y externo de respeto. Ante el rey, que lo es por breve tiempo, se inclinan los súbditos, y es sólo polvo, ¿ante el Rey de los reyes, ante el altísimo Señor de Israel, presente, aunque sólo visible al espíritu, no habrá de inclinarse toda criatura, que de Él depende con sujeción eterna?
-¡Muy bien! Hombre, nuestro consejo es que pongas a tu Hijo bajo la guía de Hil.lel o de Gamaliel. Es nazareno… pero
sus respuestas permiten esperar de Él un nuevo gran doctor.
-Mi hijo es mayor de edad. Hará lo que Él quiera. Yo, si su voluntad es honesta, no me opondré.
-Niño, escucha. Has dicho: “Acuérdate de santificar las fiestas, teniendo en cuenta que el precepto de no trabajar en día de sábado fue dicho no sólo para ti, sino también para tu hijo y tu hija, para tu siervo y tu sierva, e incluso para el jumento”. Entonces, dime: si una gallina pone un huevo en día de sábado, o si una oveja pare, ¿será lícito hacer uso de ese fruto de su vientre, o habrá que considerarlo como cosa oprobiosa?
-Sé que muchos rabíes — el último de los cuales, en vida aún, es Siammai — dicen que el huevo puesto en día de sábado va contra el precepto. Pero Yo pienso que hay que distinguir entre el hombre y el animal, o quien cumple un acto animal como dar a luz. Si le obligo al jumento a trabajar, yo, al imponerme con el azote a que trabaje, cumplo también su pecado. Pero, si una gallina pone un huevo que ha ido madurando en su ovario, o si una oveja pare en día de sábado — porque ya está en condiciones de nacer su cría —, entonces no. Tal obra, en efecto, no es pecado, como tampoco lo son, a los ojos de Dios, ni el huevo puesto ni el cordero parido en sábado.
-¿Y cómo puede ser eso, si todo trabajo, cualquiera que fuere, en día de sábado, es pecado?
-Porque el concebir y generar corresponde a la voluntad del Creador y están regulados por leyes dadas por Él a todas las criaturas. Pues bien, la gallina no hace sino obedecer a esa ley que dice que después de tantas horas de formación el huevo está completo y ha de ponerse; y la oveja lo mismo, no hace sino que obedecer a esas leyes puestas por Aquel que todo hizo, el cual estableció que dos veces al año, cuando ríe la primavera por los campos floridos y cuando el bosque se despoja de su follaje y el frío intenso oprime el pecho del hombre, las ovejas se emparejasen para dar luego leche, carne y sustanciosos quesos en las estaciones opuestas, en los meses de más arduo trabajo por las mieses, o de más dolorosa escasez a causa de los hielos. Pues entonces, si una oveja, llegado su tiempo, da a luz a su criatura, ¡oh, ésta bien puede ser sagrada incluso para el altar, porque es fruto de obediencia al Creador!.
-Yo no seguiría examinándole. Su sabiduría es asombrosa y supera a la de los adultos.
-No. Se ha declarado capaz de comprender incluso los símbolos. Oigámoslo.
-Que antes diga un salmo, las bendiciones y las oraciones.
-También los preceptos.
-Sí. Di los midrasiots.
Jesús dice sin vacilar una letanía de «no hagas esto… no hagas aquello… ». Si nosotros debiéramos tener todavía todas estas limitaciones, siendo rebeldes como somos, le aseguro que no se salvaría ninguno…
-Vale. Abre el rollo de la cinta verde.
Jesús abre y hace ademán de leer.
-Más adelante, más.
Jesús obedece.
-Basta. Lee y explica, si es que te parece que haya algún símbolo.
-En la Palabra santa raramente faltan. Somos nosotros quienes no sabemos ver ni aplicar. Leo: cuarto libro de los Reyes, capítulo veintidós, versículo diez: “Safan, escriba, siguiendo informando al rey, dijo: ‘El Sumo Sacerdote Jilquías me ha dado un libro’. Habiéndolo leído Safan en presencia del rey, éste, oídas las palabras de la Ley del Señor, se rasgó las vestiduras y dio…”.
-Sigue hasta después de los nombres.
-”…esta orden: ‘Id a consultarle al Señor por mí, por el pueblo, por todo Judá, respecto a las palabras de este libro que ha sido encontrado; pues la gran ira de Dios se ha encendido contra nosotros porque nuestros padres no escucharon, siguiendo sus prescripciones, las palabras de este libro’…”.
-Basta. Este hecho sucedió hace muchos siglos. ¿Qué símbolo encuentras en un hecho de crónica antigua?
-Lo que encuentro es que no hay tiempo para lo eterno. Y Dios es eterno, y nuestra alma, como eternas son también las relaciones entre Dios y el alma. Por tanto, lo que había provocado entonces el castigo es lo mismo que provoca los castigos ahora, e iguales son los efectos de la culpa.
-¿Cuáles?
-Israel ya no conoce la Sabiduría, que viene de Dios; y es a Él, y no a los pobres seres humanos, a quien hay que pedirle luz; pero la luz no se recibe sin justicia y fidelidad a Dios. Por eso se peca, y Dios, en su ira, castiga.
-¿Nosotros ya no sabemos? ¿Qué dices, niño? ¿Y los seiscientos trece preceptos?
-Los preceptos existen, pero son palabras. Los sabemos, pero no los ponemos en práctica. Por tanto, no sabemos. El símbolo es éste: todo hombre, en todo tiempo, tiene necesidad de consultar al Señor para conocer su voluntad, y debe atenerse a ella para no atraer su ira.
-El niño es perfecto. Ni siquiera la celada de la pregunta insidiosa ha confundido su respuesta. Que sea conducido a la verdadera sinagoga.
Pasan a una habitación de mayores dimensiones y más pomposa. Aquí lo primero que hacen es rebajarle el pelo. José recoge los rizos. Luego le aprietan la túnica roja con un largo cinturón dando varias vueltas en torno a la cintura; le ciñen la frente y un brazo con unas cintas, y le fijan con una especie de bullones unas cintas al manto. Luego cantan salmos, y José alaba al Señor con una larga oración, e invoca toda suerte de bienes para su Hijo.
Termina la ceremonia. Jesús sale acompañado de José. Vuelven al lugar de donde habían venido, se unen de nuevo con los varones de la familia, compran y ofrecen un cordero, y luego, con la víctima degollada, van a donde las mujeres.
María besa a su Jesús. Es como si hiciera años que no lo viera. Lo mira — ahora tiene indumento y pelo más de hombre
— lo acaricia… Salen y todo termina.

La Sagrada Familia en Egipto:

por Frank Duff y la Iglesia Copta



Uno de los hechos más misteriosos y no dilucidados es la huida de la Sagrada Familia a Egipto. Por un lado no hay plena seguridad de que se trate de un hecho histórico lo que San Mateo narra, pero por otro lado, no hay acuerdo entre los eruditos sobre su itinerario de viaje, cuanto tiempo estuvieron y donde vivieron.

Presentamos dos posiciones, la de Frank Duff (fundador de la Legión de María) y la de la Iglesia Copta.

LA HUIDA A EGIPTO SEGÚN EL SIERVO DE DIOS FRANK DUFF

El episodio de la huida de la Sagrada Familia a Egipto se halla narrado en el Evangelio de San Mateo. Los Magos habían venido a Belén a adorar al Rey Niño y a ofrendarle sus dones llenos de profundo significado. Advertidos de lo alto no cumplieron su promesa de regresar a Herodes, sino que se volvieron derecho a su país.
Ellos habían venido providencialmente a representar a los gentiles y nuestro Señor les pagó la visita, en esta forma: “Un Ángel del Señor se aparece en sueños a José, diciéndole: Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para acabar con El. José, levantándose, tomó consigo al niño y a su madre, de noche, y se refugió en Egipto” (Mt 2,13-14).
Las palabras son tan sencillas, pero el acontecimiento es extraordinario. ¿Por qué a Egipto? En primer lugar, había razones de carácter geográfico. Escapar al Norte era imposible. Hacia el Este significaba entrar en un interminable desierto que estaba por encima de sus fuerzas. El solo refugio de la jurisdicción de Herodes era Egipto. “Vengan de Egipto los magnates, Etiopía extienda sus manos a Dios”. (Salmo 67). Por eso aún sin mandato del ángel, ellos habrían escogido ese destino. La providencia de Dios utilizó las consideraciones humanas. Pero había razones más profundas para refugiarse en Egipto y habitar allí. Trataré de exponerlas.
En cuanto a la ruta precisa que siguieron, he consultado muchos libros y me parece que la mejor descripción de su itinerario es la que trae el Padre Eugene Hoade, franciscano, conocedor insigne de la Tierra Santa donde ha pasado la mayor parte de su vida.
Los santos refugiados comenzaron a moverse por el sur a través de las montañas de Hebrón, por senderos empinados y seguidos de precipicios, peligrosos hasta de día, sin rastro alguno en la oscuridad, no se diga en las circunstancias aquellas. Al amanecer miraron desde lo alto la llanura de los filisteos. Luego al occidente hacia Gaza, que está en el Mediterráneo. María de Agreda, una de las grandes visionarias, dice que permanecieron allí dos días para recuperarse de su tremendo cansancio. No es seguro pero es bastante probable que se juntaron a una caravana de Egipto.
En Bersabée comienza la tierra desolada que a poco se convierte en puro desierto, en un verdadero mar de arena. Solos o en caravana debieron, a partir de este momento observar una dirección precisa para poder descansar por la noche en ciertos lugares, que no podían ser otros que los indicados por la presencia de agua, o sea oasis.
La leyenda se ha ocupado de este viaje más que de otras situaciones de la vida de la Sagrada Familia. Nos cuenta una serie de milagros que vienen en socorro de estos perseguidos. Pero esto es alejarse completamente de la realidad. Ellos no operaron milagros por poderosos que eran para realizarlos. Más abajo esclarezco esta distinción. Ese viaje no fue una excursión pintoresca. Ellos soportaron todas las penalidades del camino como cualquier viajero, diferenciándose sólo en su equipaje más pobre.
De día el calor era intenso, produciendo torturas de sed y espejismos. De noche el frío era severo y dormían sobre una estera sin el conveniente abrigo. A lo largo de toda la ruta que se seguía a Egipto se encontraban huesos de animales muertos en el viaje. El más grande sufrimiento, se ha dicho, sentido por María y José fue el del temor, de un terrible temor. La sensibilidad de María lo convertía en pura agonía. Pero una emoción todavía más intolerable fue el percatarse de que su Hijo era ya objeto de odio y de persecución para muerte.
El divino Infante era defendido con gran solicitud de estos sufrimientos. Los cariñosos brazos matemos le acurrucaban protegiéndole del calor del día y del frío de la noche, y estaba bien alimentado por los pechos de su Madre.
No todo era desagradable. Se movían por un territorio que hablaba de recuerdos para una mente judía. Mil años antes, de acuerdo a la gran Alianza, Abrahán había tomado posesión simbólica de esa tierra para el Pueblo elegido. Había sido atravesado por todos los antepasados de su raza. José, el predecesor de San José, había sido llevado por esos lugares como prisionero, vendido por sus hermanos por plata. Había estado destinado para llegar a ser poderoso en Egipto; y por él su padre Jacob y sus hermanos fueron a establecerse en Egipto. Y luego una multitud de inmigrantes les siguieron. José y Jacob murieron allí y luego de embalsamarlos los enterraron. Cientos de años más tarde Moisés y Aarón se levantarían y conducirían a su pueblo fuera de Egipto.
Ahora la Sagrada Familia estaba pasando por una región toda llena de asociaciones históricas. Aquella humilde jovencita con su Niño era el punto culminante de toda aquella historia. La mente de María estaría llena de ella, y ella y su esposo se habrían puesto a discutir sobre los diferentes papeles que cada lugar había desempeñado en el pasado. Más tarde este territorio iba a convertirse en la habitación de multitud de anacoretas, los Padres del Desierto.
Si tomamos un mapa para seguirles, aparecería su itinerario a lo largo del Mediterráneo desde Gaza al El Arich que antes se llamaba Rinocolura, que etimológicamente quiere decir “los sin narices”, que alude al castigo que sufrió aquella gente cuando les cortaron las narices. Marcaba la frontera entre el reino de Herodes y el Egipto romano. Por fin aquí estuvieron ya en seguro, pues se hallaban fuera de la jurisdicción de Herodes.
Luego avanzaron a Pelusio, cuyas ruinas están a 90 millas al oriente del actual Canal de Suez, y luego al sudoeste para entrar en el verde valle del Nilo; luego a través de Goshen donde vivieron en otro tiempo sus antepasados, y hacia Heliópolis.
Ciertas señales regionales grandemente deseadas se presentaron a la vista, y pronto estuvieron bajo la inspección legal. Dominando el panorama cerca de Gise, asomaron las Pirámides y la gran Esfinge. Esta, que tiene 189 pies de largo, y es el corte de una colina, ha sido el enigma de las edades, y se ha convertido en el signo mismo del misterio no revelado.
Su secreto no deja de tener cierta relación con el Todopoderoso a quien el plan divino le ha colocado ante ella en cumplimiento de la profecía: “He aquí que el Señor viene de Egipto. Y estremécense los ídolos egipcios ante El, y el corazón de Egipto se derrite en su interior” (Isaías 19, 1).
Da curiosidad pensar que de todas las estructuras hechas por el hombre que fueron el objeto de la admiración de la Sagrada Familia durante su estadía en la tierra, hayan quedado ahora sólo estas.
La mayor parte de los escritores antiguos han recalcado la caída al suelo de todos los ídolos de un templo vecino al paso de la Sagrada Familia por los arcos macizos de piedra de Heliópolis. Había una tradición entre los letrados de Egipto que databa desde la permanencia del profeta Jeremías en esa región, y que decía que vendría un Rey de los judíos y que entonces los ídolos serían destruidos.
En la época actual la opinión católica no apoya los numerosos milagros que escritores de otros tiempos atribuían a nuestro Señor durante su infancia. Por otra parte, el Evangelio describe Caná como el comienzo de sus milagros. Sin embargo creo que este episodio de los ídolos podría admitirse, porque no fue obrado directamente por la Sagrada Familia ni con el propósito de conveniencia propia.
Pasaron por Heliópolis a un lugar llamado Matarié que está a seis millas al norte del Cairo.
Fue allí donde María y José hicieron una habitación humilde. Muchos son de la opinión de que pronto se trasladaron al Cairo. Había una gran colonia judía en Leontópolis, a unas doce millas de Heliópolis, y no hay duda que debió haber ayudado a la Sagrada Familia, pues los judíos exilados se tenían un admirable sentido de compañerismo.
Matarié era una hermosa aldea con sombra de sicómoros. Aún ahora el vestigio de un gran sicómoro es señalado como el árbol de María por los guías musulmanes, pues afirman que María frecuentemente se protegía bajo el árbol en los días de abundante follaje. En Matarié está la única fuente de agua dulce que tiene Egipto, llamada hasta ahora la fuente de María, por haber bañado en ella María a su Niño y lavado su ropa.
La distancia desde la casa hasta este destino fue de trescientas millas, como he podido medirla en un mapa a escala. Diferentes autores dicen que emplearon en cubrirla quince días, pero esto parece representar una caminata demasiado rápida para aquellas circunstancias. No podían haber hecho sino entre veinte y treinta millas por día. Lo más exacto es que hicieron veinte días de viaje.
¿Cómo se mantuvieron en Egipto? San José ejercía naturalmente su oficio y sería la colonia judía la que le proporcionaba obras; María se habrá ganado la vida tejiendo a mano, ya que en ello era muy experta. Pero no falta quien afirma que pasaron un tiempo de hambruna y que María solía ir a respigar en los campos. En este caso nadie duda que su pobreza habría sido grande.
Se dice que fue durante esta permanencia en Egipto cuando María tejió la túnica inconsútil para su Hijo, la que iba creciendo con El.
La residencia en Egipto fue para ellos un cambio de medio que debió haber sido una cosa lo más drástica. Fuera del calor de todo el ceremonial judío, estimulado por la espera inmediata del Mesías, se vieron duramente transportados a la fría atmósfera del paganismo y de la idolatría. Muchos de los ídolos se hallaban habitados de espíritus malignos que daban tremendas demostraciones de su poder. Sin embargo la presencia de la colonia judía les debió haber ayudado a conservar su manera nacional de vida con sus ritos religiosos, incluso la celebración anual de la Pascua en la tierra misma donde se originó.
Pero aquí se dividen un tanto las opiniones de los historiadores. Orsini dice que en Heliópolis había un templo a Yahvé construido según las líneas del gran Templo del Monte Sión en Jerusalén. Esto no parece probable. Una mera colonia no está en capacidades para una construcción semejante ni para sostener a los sacerdotes ni el costoso ceremonial. Por otra parte el Padre Faber que era un investigador muy inteligente declara que no había ningún templo y probablemente ninguna sinagoga. Nos encontramos, pues, entre dos opiniones opuestas. ¿Por qué no una sinagoga? Pequeñas comunidades judías de cualquier parte tienen sus sinagogas. Es fácil ver la gran diferencia entre un templo y una sinagoga. El templo tiene su sacrificio; en cambio la sinagoga no es otra cosa que un simple lugar de reunión para el sábado y no precisa sino un local y un rabino, el cual no es sacerdote sino un expositor de la ley, y por lo mismo cualquier civil puede desempeñar este oficio de rabino. Esto nos hace asegurar que sinagoga sí había en el vecindario de la Sagrada Familia y que ésta solía acudir allí.
Pero esta familia no estaba en las mismas condiciones que cualquier otra exilada y privada de las gloriosas celebraciones del templo de Jerusalén. Esta pareja tenía una extraordinaria compensación en su exilio. Tenían a Jesús, y no les hacía falta ningún rito por significativo y bien elaborado que fuese. Frente a Jesús todo ello era sombra y figura. Todo el rico ceremonial de la Ley Antigua era solamente una indicación del Redentor, una anticipación de su venida y de su sacrificio salvador, y toda su eficacia provenía de esta venida. Por lo mismo se entiende que María y José lo tenían todo en el Divino Niño y que no les hacía falta ningún rito, como no hace falta ninguna señal al que conoce el camino.
Es cierto que la mente de María se pasaría pensando más asiduamente en las Escrituras, las que se hallaban ya visiblemente en proceso de cumplimiento. La inteligencia brillante de la Inmaculada Concepción sacaría vida de cada palabra de aquel texto Santo. Ella vería cosas que para otros estaban escondidas. Frases de las que otros ojos ni caerían en la cuenta serían para ella proféticas o simbólicas de aquel Niño encantador que ella besaba con ardiente amor o lo estrechaba contra su seno con temor, según los particulares aspectos de su contemplación. No dejaba de admirarse cada vez más hondamente de aquella espada de dolor predicha por el Santo Simeón en el sentido de que atravesaría su corazón. Su agonía le vendría a causa de Jesús, y así no ignoraba que les sobrevendrían terribles cosas a Jesús y a ella.
La genealogía de la raza humana que comenzó con Adán es precisamente su árbol de familia. Todos los fundadores de su pueblo son eslabones de la larga cadena que acababan en el último eslabón que ella estaba teniendo en sus brazos, aquella Prole que es el Nuevo Adán. Con reverencia considera la verdad de que ella es la Mujer profetizada en la Caída, como un destello de esperanza en medio de las tinieblas.
Por todas partes veía ella a los esclavos trabajando allí donde sus antepasados habían trabajado en la misma clase de tareas, mezclando la arcilla, haciendo ladrillos, edificando, cavando. Su amor se le iba tras ellos. En ellos veía a su propio pueblo. Y la Madre de todos los hombres los recibía en su maternal corazón.
¿Qué inconcebibles bendiciones debieron haber descendido en aquella tierra de refugio y hospitalidad durante la permanencia allí de la Sagrada Familia? María de Agreda dice que las personas que tomaban contacto con ellos se hacían Santos y Grandes.
¿Cuál sería el designio providencial de su visita a Egipto? Además de salvar la vida del Niño, debió haber habido un propósito dentro del plan de la salvación. Lo que se ve claro es la necesidad que tenía Jesús de ir al escenario de los orígenes del Pueblo de Dios para asimilárselos. El tenía que juntarse al Cuerpo místico de los comienzos. La sustancia tenía que añadirse a lo que fue sombra. Por así decirlo, tenía que tomar posesión del curso de todos sus antepasados o figuras, desde Abrahán en adelante, que habían sufrido ominosos períodos en Egipto.
En Egipto los Israelitas se hicieron realmente nación, fuera de los miles de pobres colonos que siguieron al patriarca José. En Egipto se soldaron en verdadero pueblo a fuerza de ser perseguidos.
La permanencia de Jesús allí debe haber tenido un sinnúmero de significados y de símbolos, que convergían en aquella profecía expresada siglos antes de que aquel Hijo viniera al mundo: “De Egipto llamé a mi Hijo” (Mateo 2,15).
¿Cuánto tiempo estuvo la Sagrada Familia en Egipto? El Padre Faber que coleccionó todas las opiniones dice que el tiempo de siete años era la creencia general. Nos coge de nuevo el que la erudición moderna rebaje este tiempo. El Padre Hoade opta por pocos meses. Roschini dice lo mismo, pero una reciente autoridad concede cuatro años.
A mi no me parece la opinión de los pocos meses. Toda la tradición y la idea cristiana general piensan en términos de un período mucho más largo, con el que están de acuerdo muchísimos escritos. Lo más aceptable es el tiempo de los cuatro años.
Llegó el fin de la estada. San Mateo nos informa: “En habiendo muerto Herodes, he aquí que un ángel del Señor se aparece en sueños a José en Egipto, y le dice: Levántate, y toma al niño y a la madre, y marcha a tierra de Israel, porque han muerto ya los que atentaban a la vida del niño” (Cap. 2, 19-21). Entonces con la misma prontitud con que hicieron la huida, se volvieron a su casa, dejando para siempre las Pirámides.
Se cree que el regreso fue por mar, por ser la forma más fácil y natural y porque ya no tenían por qué esconderse. Se habrían embarcado en Menfis y en dos días estarían en Alejandría. En otra embarcación habrían partido de Alejandría a Yamnia en cuatro días. Y finalmente se habrían encaminado por el pie del Monte Carmelo hasta Nazaret.
Su propósito fue ir a vivir en Belén, pero sabiendo que Arquelao, el hijo vicioso del cruel Herodes, estaba reinando en Judea, se dirigieron más bien a Galilea, donde reinaba Antipas, el otro hijo, y así se establecieron en Nazaret. Nuevamente esta elección entre Arquelao y Antipas era el instrumento de la Providencia. Porque la profecía decía:
“El será llamado Nazareno” (San Mateo 2, 23).

LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA COPTA

Después de la cita de Mateo, la estancia de Jesús en Egipto aparece más desarrollada en los apócrifos de la infancia. Todos ellos son muy posteriores a los canónicos. Son el Evangelio de Taciano, el Evangelio Árabe de la Infancia, la Historia de José el Carpintero, la Historia árabe de José el carpintero, el evangelio del Pseudo Mateo, el Evangelio armenio de la Infancia y el Evangelio del Pseudo Tomás.
Estas narraciones de Jesús en Egipto han sido especialmente importantes para la Iglesia Copta. La tradición copta que avala el recorrido de la sagrada familia en Egipto parte de una revelación que tuvo el Papa Theophilus (384-412 d.C.) de la propia virgen María, quien le relató los pormenores del viaje y los lugares que visitaron. El recorrido fue el siguiente: Salieron a través de las montañas de Hebrón para después dirigirse a Gaza.
De Gaza se desplazaron hasta El-Zanariq cerca de El-Arish. De allí fueron al norte de la península del Sinaí, deteniéndose en Pelusium. En el delta del Nilo llegaron a Tel Basta, se dirigieron al sur hasta llegar a Al-Mahamma, después subieron al noroeste pasando por Phillippos y llegando a Meniet Genah, cruzaron el río Nilo y llegaron a Jemnoty. Más al noroeste llegaron a la ciudad de Saka o Lysous. La travesía continuó hacía el sur llegando a Heliópolis.
Numerosas Iglesias coptas claman ser un lugar donde la sagrada familia estuvo. La más importante es la de San Sergio que sostiene ser el lugar donde estaba la cueva que habitaron.
Miles de egipcios de todo el país se acercan dos veces al año a la aldea de Deir Abu Hennas, 300 kilómetros al sur de El Cairo: primero en enero, para festejar la llegada de Jesús, María y José a Egipto y el momento en el que desembarcó en esa aldea, y otra el uno de junio, para honrar a la Virgen María.
A pesar de que no existe ninguna referencia bíblica ni histórica sobre las etapas del viaje a Egipto, la tradición copta asegura que la Sagrada Familia permaneció alrededor de cuatro años en tierra de faraones, en los que recorrió el país de norte a sur, desde la localidad de Farama, en la costa norte, hasta Asiut, casi 385 kilómetros al sur de El Cairo.
Deir Abu Hennes es uno de esos lugares por donde –cuentan los egipcios coptos– pasó en su peregrinar la Sagrada Familia.
Jesús, María y José acompañados por Salomé, la matrona que al ser testigo del “milagroso nacimiento de Jesús” prometió no abandonar nunca a María, cruzaron hace más de dos mil años desde la orilla oriental del Nilo, por la aldea de Abu Malek, hasta la pequeña población de Abu Hennas.
En una pequeña colina de Abu Hennas, bautizada Kom Mariam, descansaron antes de seguir camino al sur hacia Tell Amarna, donde en el siglo XIV a.C. había establecido su capital el “faraón hereje” Ajenatón, marido de Nefertiti y primer monarca conocido que impuso sobre sus dominios el monoteísmo.
Todos los 28 de enero, los coptos egipcios de la comarca de Al Malawi, donde está ubicada Abu Hennas, conmemoran la llegada de la Sagrada Familia al país y representan el momento en el que cruzaron el río sobre una faluca de pescadores.
Uno de los altos en el camino se encuentra en el llamado Gabal al Teir (Monte del Pájaro), ubicado sobre una montaña desde la que se contempla el fértil valle del Nilo y que debe su nombre a la gran cantidad de aves que en ciertas épocas del año inundan su geografía.
En este monte, situado en las cercanías de la localidad de Samalot, en la provincia de al Minia, se levanta la iglesia de La Señora de la Palma, entre cuyos muros se esconde una pequeña cueva que durante tres días sirvió de refugio a la familia de Nazaret.
Los peregrinos rezan dentro del templo, al que entran después de descalzarse, y muchos de ellos escriben peticiones en pedazos de papel o los nombres de las personas queridas. Después los colocan en la cueva que acogió a la Sagrada Familia, donde encienden una vela o los ponen debajo o junto a algún icono de la pequeña iglesia, cuyo origen se remonta al siglo IV después de Cristo.
En Gebel al Teir, donde cuando la Sagrada Familia cruzaba el río en compañía de un gran número de personas una roca se desprendió de la montaña y hubiera caído sobre la barca si no la hubiese detenido el niño Jesús con su mano, cuenta un párroco a sus fieles dentro de la iglesia de esta población.
En otros lugares de Egipto, Jesús hizo que brotara agua, sanó a algún enfermo o descansó bajo la sombra de un árbol al que ahora acuden los peregrinos.
Aunque también aseguran que la Sagrada Familia dejó alguna maldición, como en el barrio Al Matariya, en El Cairo, donde incluso hoy en día dicen que el pan no fermenta porque los vecinos se negaron a darle pan a la Virgen María cuando pasó por lo que entonces era una aldea.
La Iglesia Copta fue fundada en Egipto en el siglo I. Su nombre deriva de la palabra griega aigyptios (egipcio), trasformado en gipt y después en qibt, de donde derivó la correspondiente voz árabe. Así pues, la palabra copto significa “egipcio”.
Según la tradición, la Iglesia Copta tiene su origen en las prédicas de San Marcos, autor del Segundo Evangelio en el siglo I, que llevó el cristianismo a Egipto en la época del emperador Nerón. Forma parte de las antiguas iglesias orientales, que se separaron del resto en el Concilio de Calcedonia, en el año 451 y han evolucionado independientemente. Según su tradición, la Iglesia Copta ha preservado minuciosamente la creencia y doctrina cristiana en su forma más antigua y pura, entregándola de generación en generación, sin cambios, conforme a la doctrina y los ritos apostolicios.

LA SAGRADA FAMILIA PASÓ POR EL CAIRO

Uno de los lugares principales de culto es la “cueva del niño Jesús”, gruta situada en el barrio viejo del Cairo, y en la cual, según la tradición, vivió la Sagrada Familia durante su exilio en Egipto.
La Sagrada Familia vivió durante un mes en el antiguo El Cairo. En este lugar se encuentra la cripta donde, según la tradición, se refugiaron la Virgen María, San José y el Niño Jesús, huyendo de la persecución. Ahora, en este mismo sitio se puede ver lo que se considera el espacio cristiano más antiguo de Egipto: La Basílica de San Sergio o de la Sagrada Familia, que fue construida precisamente sobre la cripta donde pernoctaron Jesús, María y José, al huir de la matanza de Herodes en Israel. Data de hace aproximadamente 1500 años. Provista de dos columnatas, y dividida en dos partes, subterránea y primer piso, esta basílica pertenece al rito copto ortodoxo (copto, significa «tierra negra», y así se les conoce a los cristianos que viven en Egipto). El cristianismo se asentó en este país en el siglo primero de nuestra era, cuando San Marcos llegó a Alejandría, cristianizándola y extendiendo su mensaje por todo Egipto.
En pleno corazón de El Cairo, en su parte más antigua, se encuentra este barrio cristiano, a un costado de donde se halla la parte musulmana. Como ocurre en Jerusalén, aquí se da un encuentro de religiones, ya que en este lugar se asentaron los primeros musulmanes, los primeros cristianos y también los judíos de una sinagoga, que fue la primera en este país africano. Los barrios están contiguos, uno al lado de otro.
La cripta de La Sagrada Familia es pues, un lugar santo. Hay mucha devoción a la Virgen María en El Cairo, y no muchas diferencias entre los ritos católicos y los coptos. La Misa se celebra de la misma forma: Ellos creen en el Salvador y en los santos. La Basílica de San Sergio se asemeja al Arca de Noé. Cuenta con iconos realizados a través de la misma técnica de los papiros; persisten dibujos en las paredes en forma de panales de abejas, «porque la Palabra de Dios es más dulce que la miel».
Son notables los vestigios de las primeras piedras que conformaron la basílica, los iconos de los padres de la Iglesia: Una cruz copta con doce puntos que representan a los Doce Apóstoles. Ésta se encuentra justo en el piso que está bajo la Basílica, y es el lugar donde se cree que la Sagrada Familia permaneció oculta durante más de quince días. Se trata de un espacio que ahora ha sido rehabilitado, ya que la cripta sufrió inundaciones, por su cercanía con el Río Nilo.El lugar es una muestra del arte cristiano, copto antiguo, donde lucen trozos de madera incrustadas con marfil, en formas arabescas, de una sola pieza.

Estancia de la Sagrada Familia en Egipto y regreso a Judea

ESTANCIA EN EGIPTO DE LA SAGRADA FAMILIA

-POBLACIÓN EN QUE RESIDIERON.
-TRADICIONES Y RELACIONES POPULARES Y DERIVADAS DE LOS EVANGELIOS APÓCRIFOS.
-OPINIONES DE ORSINI, SOR MARÍA DE ÁGREDA Y CASABÓ.


Llegaron nuestros viajeros al Egipto, a la tierra misteriosa de una civilización grandiosa, cuyos restos en sus obras admiramos, en su magnificencia el poder de los Faraones, restos que aún hoy, en medio de ruinas y desolación, víctimas de la barbarie de las razas que por el fértil valle del Nilo, del gran río, de misterioso e ignorado origen hasta nuestros días, fue una de las más hermosas regiones del mundo antiguo, con sus libros sagrados y su culto, con sus momias y sus pirámides, con sus jeroglíficos y comercio, son objeto hoy de detenido estudio que cada día da nuevos y fructíferos trabajos acerca de un país tan digno de llamar la atención de los historiadores y artistas.
Allí, en aquella estrecha faja de ricas tierras, lecho temporal del poderoso Nilo, que periódicamente las fecunda y abona, siendo sus campos modelo de rica producción, encerrando a este vasto granero en que el trigo y el arroz se dan en fabulosas cantidades, y en cuyas riberas crece el Papirus, el árbol que es el padre de la escritura, puesto que sus tallos suministraron la primera materia escriptórica, suave, dúctil y manejable, en que el hombre consignó sus pensamientos para hacerlos atravesar los siglos, conservarse y perpetuarse a través de las generaciones. Allí, allí tuvo su refugio y seguro puerto durante algunos años la perseguida Familia, el inocente Jesús, que comenzó por gozar seguridad en medio de sus enemigos, para venir a sufrir el martirio y la muerte por parte de sus hermanos de nacionalidad, de los mismos judíos, del pueblo escogido por Dios para el nacimiento de su Hijo, redentor de la pecadora humanidad.
A Heliópolis dicen los historiadores que encaminaron sus pasos los desterrados Jesús, María y José; otros opinan que fue Lentópolis, y véase el misterio y relación que guardan entre sí los hechos, y cuando la mano de Dios dispone con su suprema sabiduría, los ordena y manda.
Tierra extranjera para la Santa Familia era la tierra de Egipto, pero no obstante José no ignoraba, y aun también María, las benévolas relaciones que de en tiempo de los Patriarcas tuvieron egipcios con los judíos, y si luego en tiempos de Moisés vinieron los odios, cuando este gran legislador sacó por mandato de Dios a su pueblo, habían renacido otra vez aquellas pacíficas relaciones que existieron entre dos naciones que se estimaban, especialmente desde después del cautiverio de Babilonia, de suerte que en Lentópolis puede decirse que se había reunido una colonia de judíos, cuyo estado próspero le permitió levantar un templo a Jehová y su Biblia, el templo de Lentópolis y la Biblia de los setenta.
Esto, como se comprende, debió ser un gran consuelo para los pobres María y José, pues que en cierta manera les sería un gran consuelo encontrar allí recuerdos de la patria, templo y libro, su Dios, su ley y costumbres, todo en tierra extranjera. ¡Qué consuelo no sería para los desterrados el encontrar todo esto tan solo al entrar en la extraña tierra a los que venían a buscar hospitalidad!
¡Consuelo grande, alivio inmenso para la pena y zozobra que producen extranjeras tierras cuando a ellas se llega fugitivo y perseguido! He aquí, como hemos dicho, lo providencial del hecho, el llegar los desterrados a una ciudad en la que bien podían decirse que no eran extranjeros, y templar sus impresiones con la hospitalidad que tan grata les había de ser después de tan penosa y cruel marcha. En esta ciudad aposentaron por algún tiempo, y de allí partieron a la que se señala como la en que residieron durante su destierro María y José.
De la soberbia ciudad de Lentópolis, como de otras muchas famosas, no queda sino su recuerdo; desapareció, hundióse su templo, desaparecieron sus palacios y monumentos, todo pasó. Sólo como solitario mojón, piedra miliar que señala un término, un lugar, queda un antiquísimo obelisco levantado más de tres mil años antes de la venida de Jesús al mundo, y en torno de él restos de algunas esfinges. ¡De la ciudad, de sus templos, palacios y jardines, sólo el recuerdo que perpetúa y conserva aquel dedo de granito rojo que se levanta solitario en medio del campo, como diciendo: ¿buscáis a Lentópolis? No existe, fue barrida por el huracán de los siglos; sólo resto yo, solitario monolito, como para dar testimonio de lo que fue, de que en su recinto se albergó María y el Verbo humanado, y con mi dureza perpetúo la grandiosidad de un hecho que antes me doblegaré sobre mi base y hundiré mi cabeza en la arena, que el dulce nombre de María y de Jesús bendito desaparecerán del corazón de los buenos. Él es inmutable, perpetuo; yo soy polvo, que algún día arrastrarán los abrasados alientos del Simoun, que tal vez lleven mis átomos en suspensión a las heladas regiones del Norte, después de haberme abrasado por miles de años la deslumbrante y caliginosa luz del sol de los desiertos!
Cuál fue la causa de su marcha de Lentópolis al pueblo de Matarea, hoy Matarick, lo ignoramos, tanto más, cuanto como hemos dicho, nada indican ni señalan los Evangelios, y sólo en la tradición y en los conocidos como apócrifos, hallamos datos, indicaciones y tradiciones de la estancia de la Santa Familia en su destierro en Egipto.
Este pueblecillo de Matarea, hállase citado en los controvertidos libros, como tranquila y sosegada villa, en que su existencia estaría más en relación con la sosegada y pacífica de Nazareth a que la Sagrada Familia estaba más habituada, y más escondida y retirada por temor a un espionaje que aun allí pudiera el sanguinario Herodes ejercer, llevado en su afán y temor de ser destronado por Aquel que fueron a adorar los Magos.
Los ya citados libros y la tradición nos lo señalan como el lugar de su residencia, y allí, entre aquella fecunda vegetación, entre los hermosos rosales casi arbustos, entre bosques de jazmines, por entre tan hermosos y perfumados bosquecillos, nos lleva nuestra imaginación y nuestro amor a contemplar en los hermosos días de la niñez a Jesús discurriendo y correteando entre tan perfumadoras y hermosas plantas que habían de ofrecer doblemente sus perfumes a su Dios, al Hijo encarnado de su Creador, que las hermoseaba con su mirada y perfumaba más y más con sus manos.
Alejada unas siete leguas de la antigua Hermópolis, hoy la animada y comercial ciudad del Cairo, encuéntrase la antigua Matarea, hoy Matarick: allí nuevamente la tradición nos señala los recuerdos de la estancia de María y de Jesús. Pietro Della Valle, sentido literato italiano, nos recuerda y relata, nos pinta y describe la inmanencia de la tradición en estos lugares, y el nombre dulce y sentido de María en todos los detalles y recuerdos de aquellos desterrados. Caminando por un lado del lago de pequeñas dimensiones, filtraciones del sagrado río, y por el otro limitado el camino por una acequia o canal de riego, se llega a una aldea sombreada por copudos árboles, hermosos sicomoros y trepadores rosales, se descubre la pobre villa, oculto lugar de la vida infantil de Jesús y de su familia.
Como hemos dicho, no se camina por esta pobre aldea sin que el recuerdo de los ilustres y santos desterrados no se os presente de continuo. Vése el corpulento sicomoro y que el pueblo de Matarick conserva con religioso respeto por haber hallado grato descanso a su sombra la Sagrada Familia a su llegada a Egipto. Abbas-Pachá, musulmán, respetando la tradición y deseoso de conservar aquel tradicional recuerdo de la tan hermosa y poética para el Egipto y en especial para la pobre aldea, mandó construir en derredor del mismo un jardín, con grandes macizos de rosales y jazmines que embalsaman con su penetrante y embriagador perfume la atmósfera, que llenan de consuelo el alma con sus efluvios, no tan gratos en sus aromas como la belleza de la tradición.
Otro ilustre viajero, que a principios del siglo XVI visitó estos lugares, nos dice: «Al llegar al Cairo, pedí a la escolta del Sultán, y que para mí guarda me diera, que me acompañaran al sitio donde se ocultó Jesús cuando Herodes lo buscaba en Jerusalem para hacerlo matar, tanto para reverenciar aquel lugar santo, como porque había oído que en el mismo sitio habían crecido los arbustos del bálsamo, y deseaba mucho ver en qué consistían… Aquel sitio tiene hoy el nombre de Matarea. Aquellos arbustos estaban dentro de un jardín de unos doscientos pasos de largo. Mientras yo iba en busca esto, debajo de una choza vecina, donde la Virgen María, escondida, daba de mamar a su hijo Jesús, se arregló un altar para celebrar en él la misa, que dijo el guardián del convento de San Francisco del Monte Sión…
»En esta choza hay abierta en la pared una especie de ventanilla o pequeño armario, donde la Santísima Virgen acostumbraba a poner muy curiosamente a su Hijo cuando le convenía salir fuera para procurarse alimentos, y allí tienen los moros una lámpara continuamente encendida. Otra lámpara tienen igualmente pendiente del árbol que la tradición dice se abrió y encerró en su seno a Jesús cuando por allí pasó. Los moros le tienen en gran reverencia, y éste es una higuera a la que ellos llaman árbol de Faraón, y nosotros denominamos sicomoro, y muy peculiar en el país».
Los moros, los islamitas, respetan mucho estos lugares por el recuerdo del profeta Jesús, y allí en la pobre aldea encontraréis a cada paso recuerdos de la estancia de los santos desterrados, del nombre santo de María, de Jesús y de José, con la tradición de la vieja Hermópolis de sus arboledas que se inclinaron ante la presencia del Salvador, doblegando sus fuertes ramas hasta besar con sus puntas la tierra bendecida por las pisadas de Jesús y su Santa Madre.
Llena de recuerdos está la misteriosa comarca; la fuente en la que la Virgen recogía el agua, donde lavaba las ropas del Niño Jesús, el árbol a cuya sombra corretearía el Niño y cobijaba a la Madre en sus labores domésticas del cuidado de la Familia. Aquellas tradiciones cuales hemos narrado, aquella alegría del espíritu que debía comunicar la vista del hermoso Niño en los albores de una niñez, de una infancia perseguida en su inocencia, aquel renuevo de hermoso rostro, puro y perfumado como los rosales que le cobijaban con su sombra en medio de aquella vetusta civilización, arrugada y decrépita por los siglos, aquellos monumentos sólidos, pesados, representación de lo inmutable y perenne en la esfera de la materia, aquellos altares de Menfis, con sus templos de pesadas columnatas rematadas con la simbólica flor del loto, húmeda, de hojas carnosas y pálidos colores como representación de una naturaleza y de unas ideas, de una religión y de un culto inmoble, sin avances ni retrocesos, con un patrón hierático desde la columna al templo, desde la estatua al escrito sagrado, con sus momias y sus artes, con su lujo oriental y sus tradiciones, sus pirámides y subterráneos, todo, todo había de conmoverse y derrocarse ante la palabra poderosa, ante la idea omnipotente, regeneradora y salvadora de aquel Niño obscuro, ignorado, ante la sabiduría de sus sacerdotes que había de cambiar la faz del mundo derrocando ante Dios los prestigios y diferencias, las castas y privilegios ante la santa libertad de las creencias de su fraternal doctrina. Ha sonado la hora de la renovación, resuena la hora nueva del espíritu, y aparece en las alturas del cielo como un nuevo sol encendido para esclarecer la obscuridad del mundo, una revelación divina guardadora de un Dios creador y su incomunicable Verbo. En esta transformación hay algo del poema en su fuente de bella inspiración, y ante la grandeza de las civilizaciones, ante el palacio, el templo, ante la estatua de Isis envuelta en su ceñida y blanca túnica, reflejo de pálidos rayos de la incomparable luna de las noches egipcias, con sus misteriosas procesiones, sus cánticos y perfumes, sus colores y refulgencia de metales y pedrerías, de sus flores y gasas, de sus músicas y bailes, todo cede, cae y se derrumba ante la pobre majestad, ante el humilde cántico de pastores, ante la luz irradiada por la cueva de Bethlén, la mirada dulce de una mujer, ante la modestia de un pobre artesano la sonrisa de un recién nacido, que con sus dulces ojos y llanto derroca civilizaciones, conmueve a la misma naturaleza y derriba con su debilidad de niño la obra potente de los siglos bajo el dominio error, del privilegio y de la esclavitud.
Ante la sencillez pastoril, ante la poesía de los campos, vienen a tierra orgullo, ciencia y preocupaciones, de asirios y persas, de griegos y egipcios, y hundiráse en el polvo la acumulación de estas civilizaciones concentradas en manos de los romanos, señores materiales del mundo conocido, ante la voz de un nazareno que predica la igualdad ante Dios y la fraternidad entre los humanos, y que sella con su sangre haciendo igual al gentil, al idólatra y al fetichista.
Por eso decimos que la parte hermosa de la sublime poesía que encierra la redención del género humano, tiene en sí el carácter que le presta la poesía, el sentimiento y la belleza, el de la más grande de las obras, como hija de Dios, comparada con el más inmenso de lo poemas que atesora la humanidad en el génesis de la belleza y sublimidad en el arte.
Ha sonado la hora en el reloj de los tiempos, y cae y desaparece el dios naturaleza, el dios casta, el dios fatalidad, el dios esclavitud, el dios faraónico de cruel tiranía, el dios de la política que encadena los pueblos; ha sonado la hora, y destronados caen ante el Dios verdadero, ante el Dios hombre, el Verbo encarnado, revelador y libertador del hombre, para quien ha de conquistar su libertad y respeto con la sangre comunicada a sus venas de la purísima y santa Virgen María, su Madre, corredentora del mundo, al que ha de librar con sus dolores, sus penas, sus lágrimas y pesares.
¡Dichosa, dichosa tierra de Egipto, que por siete años tuviste la felicidad de aposentar a la Santa Familia que consagró tu antigua tierra, y te hizo más notable que por tu civilización, por tu hospitalaria caridad y amparo a los perseguidos por el sanguinario Herodes!
Y para terminar este capítulo, en el que sólo la tradición y los apócrifos Evangelios nos dan noticias de la estancia de María y su Familia en la tierra de Egipto, copiaremos lo que acerca de ello nos dice, relata y cuenta la venerable escritora Sor María de Ágreda:
«Pero no es necesario hacer ahora mención de ellas (de las tradiciones), porque su principal asistencia, mientras estuvieron en Egipto, fue la ciudad de Heliópolis, que no sin misterio se llama ciudad del Sol, y ahora la dicen el gran Cairo.
«Llegaron a Heliópolis, y allí tomaron su asiento; porque los santos ángeles que los guiaban, dijeron a la Divina Reina y a San José, que en aquella ciudad habían de parar.
»Con este aviso tomaron allí posada común, y luego salió San José a buscarla, ofreciendo el pago que fuera justo; y el Señor dispuso que hallase una casa humilde y pobre, pero capaz para su habitación, y retirada un poco de la ciudad.
»Los tres días primeros que llegaron a Heliópolis (como tampoco en otros lugares de Egipto), no tuvo la Reina del cielo para sí y su Unigénito más alimentos de los que pidió de limosna su padre putativo José, hasta que con su trabajo comenzó a ganar algún socorro. Y con él hizo una tarima desnuda en que se reclinaba la Madre, y una cuna para el Hijo, porque el santo esposo no tenía otra cama más que la tierra pura, y la casa sin alhajas, hasta que con su propio sudor pudo adquirir algunas de las inexcusables para vivir todos tres».

Dejemos ahora en Egipto al Infante Jesús con su Madre Santísima y San José santificando aquel reino con su presencia y beneficios que mereció Judea…
Y con esto podemos dar por terminado este capítulo, copiando las palabras de Orsini que nos relata algunos otros detalles de la vida de los desterrados, con su lenguaje más poético que el que emplea Ágreda en su ascética relación:
«María, en Nazareth, había llevado una vida humilde y laboriosa; pero no había padecido ni vigilias, ni el temor horrible, ni las duras y terribles privaciones que arrastra consigo la indigencia: en Heliópolis pasó por el crisol de la pobreza (Orsini, como Ágreda, Heliópolis por la estancia constante de la desterrada Familia) y experimentó la miseria bajo todos sus aspectos. El oro de los persas estaba agotado; fue preciso crearse recursos, cosa difícil lejos de su patria y en un pueblo dividido en corporaciones nacionales y hereditarias (castas quiere decir), que miraba con desprecio a los extranjeros. (En esto exagera o desconocía Orsini el carácter de los egipcios y sus relaciones con los judíos.) El hijo de David y de Zorobabel se hizo simple jornalero, y la hija de los reyes trabajaba una parte de las noches para suplir al corto jornal de su esposo. Como eran pobres, observa San Basilio, es evidente que debieron entregarse a penosos trabajos para procurarse lo necesario… ¿Pero este necesario lo tenían siempre? Con frecuencia dice Landolfo de Sajonia: el Niño Jesús, acosado por el hambre, pidió pan a su Madre, que podía darle otra cosa que sus lágrimas».
Triste situación la de los pobres desterrados, inescrutables juicios de Dios que sujetaba a su Hijo, al Verbo encarnado, a los sufrimientos, necesidades y miseria de los humanos, que tanto templa el corazón, que tanto eleva el espíritu al reconocimiento de las bondades divinas y a la dicha de la gloria por el sufrimiento en esta vida que libra nuestra alma de la esclavitud del demonio.
Hermoso cuadro de humildad y de pobreza, que si nuestro ánimo estudia y comprende en su grandeza y sabiduría, ha de servirnos de espejo clarísimo en que refleje nuestra alma para templarla en la enseñanza de humildad y de pobreza que nos da Dios en la existencia terrenal de su Hijo; ¡de su Hijo que sufrió hambre, sed, y padeció y murió por nosotros!
Y concluimos con las palabras de Casabó en su Vida de la Virgen, comprobando lo mismo que hemos dicho:
«La permanencia de la Sagrada Familia en Egipto, es modelo de virtudes a las familias cristianas, y enseña a cada una de éstas que lo sea para las demás. Muy dura es la vida de un pobre desterrado en país extranjero. Pasa desconocido entre gentes desconocidas; no oye ya el idioma nativo que endulzaba los afanes del alma. Montes, valles, ríos y pueblos, todo es nuevo para él; ¡pobre desterrado! Y si a esto se añade las costumbres también diversas, y a más una religión falsa o idólatra, ¿quién podrá explicar la amargura de su vida? No poder gozar de las fiestas religiosas, cuyo único lenguaje es el que se hace oír en el destierro. He aquí la triste condición de fa Sagrada Familia en Egipto. Es la única que entre los egipcios conoce, posee y adora al verdadero Dios. Y sin embargo, todos pasan y nadie les hace caso. Si la tratan por breves instantes, admiran su bondad, santidad y dulzura, pero luego vuelven a las falsas adoraciones de los ídolos. José y María viven, sí, aislados, pero contentos; porque de su casa hacen un templo, de sus rodillas una cátedra al divino maestro Jesús, dándoles motivo de la ciega idolatría de los egipcios de venerar con más afecto vivo al Dios verdadero que habita en medio de ellos».
Sucede quizás que una familia cristiana se encuentre en países lejanos y viva desconocida entre extraños. ¿De dónde tomará aliento en la desolación que la rodea? Si como la Sagrada Familia, lleva consigo el santo temor de Dios, de la celestial Jerusalem, de nuestra verdadera patria, el cielo bastará para dulcificar sus amarguras del destierro sobre la tierra. Aun cuando una familia cristiana no salga jamás de su país natal, puede muy bien asemejarse a la Familia Nazarena. Si rara y única era la Familia de José en Egipto, muy raras son también en el Cristianismo ahora las familias verdaderamente buenas y cristianas. Todo el mundo es un Egipto, una nueva idolatría reina en él. El temor santo de Dios es desconocido en casi todas las casas; mucho conviene que haya familias modeladas en la Sagrada Familia, que saquen al mundo de la idolatría a que se ha entregado. Padres e hijos cristianos, volved vuestras miradas a Jesús, María y José, y a imitación suya santificad el Egipto, evangelizad al mundo y libertadlo de su ruina.
En medio de nuestras desventuras, ¡cuánto consuelo deben llevar a nuestras almas estas palabras tan llenas de esperanza!

REGRESO DE LA SAGRADA FAMILIA A JUDEA

-SU RESIDENCIA EN NAZARETH, SU ANTIGUA CASA.
-VIDA DE MARÍA Y EDUCACIÓN DE SU HIJO JESÚS.
-LA EDUCACIÓN POR LOS OFICIOS ENTRE LOS JUDÍOS.
-SU OFICIO FUE EL DE CARPINTERO, COMO JOSÉ, SU PADRE.

Nada tampoco nos dice el Evangelio del tiempo de la estancia en Egipto de la Santa Familia; pero hay una opinión, que es la más comúnmente recibida, y que no encierra en sí ninguna contradicción que pueda hacer dudosa o controvertible aquélla. Lafuente la admite como la más general y comúnmente recibida, siete años, es el tiempo que éste marca, señala o determina. También Orsini y la Venerable Ágreda la admiten, y así nosotros no hemos de oponer reparo ni tenemos datos algunos que pudieran hacer controvertible cronológicamente este punto.
Como hemos indicado y repetimos, el Evangelio sólo se expresa en estos términos:
«Y muerto Herodes, he aquí que el Ángel del Señor se apareció en sueños a Josef en el Egipto diciendo: -«Levántate y toma el Niño y su Madre y vuelve a tierra de Israel, pues que ya han muerto los que buscaban al Niño para quitarle la vida». Levantóse Josef, y tomando al Niño y a su Madre, regresó a su país de Israel. Mas oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allí mismo, y avisado en sueños, se retiró a tierra de Galilea, y desde que llegó allí habitó en la ciudad que se llama Nazareth, para que se cumpliera lo que dijeron los Profetas: -Que sería llamado Nazareno».
La narración del regreso a la patria es tan sencilla como el relato conciso de la ida, sigue en sencillez y laconismo el mismo orden. Adviértase aquí lo que ya hemos hecho notar anteriormente: no es María la que recibe órdenes del cielo por medio de un Ángel, no, es su esposo, su marido, quien por derecho divino es el jefe y superior de la familia, y el cielo mismo le reconoce ese derecho y obra conforme a él. Si el Ángel se aparece una vez a María en forma visible, es que por entonces el asunto de la Encarnación parece ser peculiar de María, y Dios dispone que por algún tiempo esté oculto a los ojos de José.
En cuanto a lo demás, los asuntos de la Santa Familia están referidos en el Evangelio con tal sobriedad, como hemos dicho, con tan encantadora sencillez, que no encontramos detalle que huelgue ni falte en su laconismo y poético lenguaje. Vese, por ello, que la Providencia es quien lo dispone y arregla con una majestuosa sencillez, con una dulzura encantadora y humanamente suave, conmovedora y sencilla. Obra fuerte y enérgicamente hacia el fin señalado en su omnipotente sabiduría, pero la disposición y marcha es suave, sin peligros ni contingencias, cual supera la sabiduría a la previsión.
Cuatro veces avisa el Ángel a José en lo concerniente a asuntos de su Familia, pero siempre en sueños, nunca en forma visible. «Por esta causa, dice D. Vicente Lafuente, todas esas leyendas de los Ángeles, apareciéndose a cada paso a la Virgen para traerle golosinas al Colegio, para venir a saludarla formados en escuadrones, como tropa que pasa revista, y para darle guardia de honor a preservarla de cualquier peligro, me parecen fantasías de imaginaciones demasiado vivas, que siendo ellas humildes, humildísimas (líbreme Dios de rebajarlas en un ápice), no han llegado a comprender la grandeza de la pequeñez, pues el amor de Dios que abrasaba sus almas (y esto les honra), les hacía sublevarse contra todo lo que les pareciese rebajar a la divinidad de Jesucristo aun en lo humano. No rebajemos, no, a esas almas puras y santas, porque su amor puro y acendrado, les haya hecho casi sublevarse, por decirlo así, contra las humillaciones voluntarias y espontáneas de Jesús, como se quejan a veces a Él con doloridas frases de los ultrajes que contra su divinidad consiente pudiendo evitarlos. ¡Ay! esa exaltación santa, ¿no es preferible mil veces a los ojos de Dios a este frío glacial de la critica con que nosotros discurrimos? No debe ser nuestro ánimo rebajar esas narraciones de almas puras, que suponen a la Santa Familia en contacto continuo con Ángeles en forma visible, pues si no las aceptamos tampoco las debemos negar, ni mucho menos condenar al desprecio, puesto que otros mucho más santos y más sabios las han aceptado».
Obedece José la voz del Ángel bien conocida para él, y no vacila un momento en disponer la partida, de la misma suerte que no vaciló para tomar el camino huyendo de los sicarios de Herodes. Por de pronto debemos decir, que las penalidades del regreso debieron ser las mismas, pues el mismo camino era y las mismas contrariedades debían sufrirse en ambos viajes.
Y aquí entra de nuevo la tradición que es la que de nuevo narra, cuenta y relaciona este nuevo sufrimiento de la Familia Sagrada al retornar a tierras de Israel y nuevamente refugiarse en Nazareth, de donde salieron para cumplir las órdenes del César y a donde vuelven de orden de Dios comunicada por el Ángel. En nuestra patria la tradición lo ha conservado, no sólo por el hecho sino también por la poesía popular, que en sus sencillos y rudos romances ha trasmitido los hechos de la Santa Familia, de la misma suerte que el romancero ha conservado los hechos legendarios de nuestra historia y ha sido el elemento filosófico de nuestro génesis histórico en los tiempos de la reconquista, en la lucha de nuestros antepasados contra los enemigos de la fe, en la fe de sus luchas, empresas y gestas tan hermosas como sencillas y popularmente contadas por esos Homeros desconocidos que en rudos y sencillos versos comunicaron y cantaron sus impresiones en las grandiosas luchas de nuestra historia. Copiaremos alguno de ellos, uno de esos que todavía se cantan y con los que las madres de los pueblos y las niñeras arrullan y duermen acompañando el sueño de los niños mecidos en sus regazos al compás de sencilla música de lánguida melopea:

Caminitos, caminitos,
Los que van a Nazaret,
Como el calor era mucho,
El Niño tenía sed.
-No pidas agua, mi Niño,
No pidas agua, mi bien,
Que los ríos bajan turbios
Y no hay agua que beber.
Allá abajo, no muy lejos,
Hay un verde naranjel,
Naranjel que guarda un ciego
Que es el dueño del vergel.
-Ciego, dame una naranja,
Que mi Niño tiene sed;
Coja, coja la Señora
Cuantas tenga a bien coger.
Ella coge de una en una,
Y ellas brotan tres a tres:
Cuantas más naranjas coge,
Aun más lleva el naranjel.
Ya se marchan con su Niño,
Y el ciego comienza a ver:
-¿Quién es aquella Señora
Que me ha hecho tanto bien?
Una joven con un Niño
Que vuelve hacia Nazaret:
-¡La Virgen María ha sido,
Con Jesús y San José!

Y si fuéramos a citar todos cuantos romances la musa popular ha inventado, creado y se cantan por las diversas comarcas de España, pudiendo formarse un riquísimo y abundante caudal, un copioso Folklore de la vida, hechos y milagrosas obras de la Santa Familia, cantados y relatados en las diferentes regiones de nuestra patria, tarea pesada fuera y que ocuparía algunos volúmenes.
Volvamos a nuestra narración y dejaremos para el fin de esta obra la inserción de aquellos romances populares que con relación a María hallamos como más sentidos y hermosos en su inspiración popular. Tomemos, después de siete años de destierro en egipciaca tierra, el camino del regreso a las tierras nativas, a la patria, a la tierra madre en que se abrieron los ojos a la luz del día y a la luz sobrenatural de nuestra religión, a esa tierra amada y bien querida que llamamos patria, en que duermen el sueño de la muerte nuestros padres, y en la que transcurrieron los primeros años de la niñez, esos años en que las impresiones son tan fuertemente grabadas en nuestra inteligencia, que nunca se olvidan y sólo desaparecen con la muerte.
Despidióse el Santo Matrimonio de sus vecinos y de los conocidos que con ellos se relacionarían durante aquellos siete años: tomarían nueva cabalgadura para emprender el viaje de retorno; emprendieron el camino, y por los mismos pasos regresaron a Israel y a tierra de Judea, a Nazareth, entrando en la casa que durante siete años había estado cerrada, sirviendo de comentario y de hablilla a los vecinos que los vieron marchar a Bethlén y nada habían sabido ya de ellos, tal vez presumirían muerta a María a consecuencia de su estado en las penalidades del viaje o en su alumbramiento, y a José emigrado a otra población, a Jerusalem quizá, donde le sería más productivo su oficio de carpintero.
Casabó relata e historia el hecho de la siguiente manera: «Porque el Niño debía llamarse Nazareno, pasaron a Nazareth, su patria, donde hallaron su antigua y pobre casa en poder de aquella mujer santa y parienta de José en tercer grado, que había acudido a servir cuando la Virgen estuvo ausente en casa de su prima Isabel.
»Todo lo hallaron bien guardado, y a su parienta que los recibió con gran consuelo por el gran amor que tenía a la Virgen, aunque entonces no sabía su dignidad».
En cambio, Orsini, siguiendo en este punto los vuelos de su fantasía, y exagerando en muchos puntos, no según nuestra opinión, sino según el parecer de escritores respetables, nos pinta un cuadro de desolación y de lástima, de abandono, que contrasta con la que hace Casabó. Véase cómo se expresa el citado Orsini:
«Después de una ausencia tan larga, la Santa Familia volvió a entrar en su humilde hogar en medio de las felicitaciones, del pasmo de las preguntas atropelladas de sus parientes, que todos a competencia la obsequiaron. Pero la desolación y los amargos recuerdos se hicieron bien pronto lugar a través de toda esa alegría. La casa abandonada de la pobre Familia, era apenas habitable; el techo medio arruinado y roto en algunos puntos, se había cubierto a trechos de altas yerbas y había dejado penetrar libremente en el interior el viento de invierno, y las lluvias deshechas de los equinoccios: el aposento bajo era frío, húmedo y verdecido; unas palomas silvestres hacían sus nidos en la celdita misteriosa y santificada en que el Verbo se hizo carne; las zarzas extendían por el pequeño patio sus guirnaldas morenas y espinosas; todo, finalmente, en esta antigua casa, envejecida ya por los años, había tomado aquel aspecto ruinoso que se advierte en los edificios abandonados como el sello de la ausencia de su dueño. Fue preciso ocuparse de esas urgentes reparaciones; fue preciso reemplazar los enseres y muebles inservibles o desaparecidos, fue preciso desempeñar tal vez un empréstito contraído en Egipto para la vuelta. Sin duda, entonces se vendieron hasta el jubileo, los campos que formaban la herencia paterna. De todo lo que poseían José y María antes de su largo viaje, no les quedó otra cosa que la arruinada casa de Nazareth, el taller de José y sus brazos».
La relación de Orsini, como se ve, no puede ser más fantástica e hija de una fogosa imaginación, pero cuyos detalles difieren bastante de la realidad, y si no, véase cómo concluye este ilustre escritor este punto:
«Pero Jesús estaba allí, joven aún (de siete años), Jesús tomó el hacha y siguió a su anciano padre (¿dónde y de dónde le constaba a Orsini la ancianidad de José en aquel entonces?) por los pueblos en que se les ofrecía ocupación; el trabajo proporcionado a su edad y fuerzas nunca faltó a su Madre. El bienestar había desaparecido por largo tiempo; pero a fuerza de privaciones, de vigilias y esfuerzos, se proveyó a las urgencias de primera necesidad. Jesús, María y José se entregaron a duros trabajos, y estos nobles corazones, que podían mandar a legiones de Ángeles, nunca pidieron a Dios otra cosa que el pan cotidiano».Como se ve, la descripción no puede ser más poética y llena de sentida impresión, pero la fantasía ha desvirtuado en mucho la realidad de las cosas y de los hechos. Orsini, llevado del calor, luz y hermosura de la tierra en que escribía su Vida de la Virgen, le llevó a fantasear de una manera tan sentida, como hemos visto, pero esta mismas galas le apartaron de la realidad de los hechos, como hemos dicho, y tanto más cuando esta descripción de Orsini no concuerda con las condiciones de la casa de Loreto que vemos y conocemos. Mal pudieran haberse criado zarzas en el patio de la casa, cuando ésta no lo tenía ni vestigios se conservan de que lo hubiera tenido. Respecto de los muebles, harto sabemos que éstos eran muy escasos aun entre los que hoy llamaríamos clase media, artesanos acomodados, y su deterioro no podía ser grande en muebles, sobrado pobres, sencillos, fuertes y nada lujosos, y no tardaría José con su robusto brazo en reponerlos, hallándose, como se encontraba, en la plenitud de sus fuerzas, en plena varonil edad.
Respecto de su estancia, tan pobre como la quiere pintar Orsini, siempre sería mejor que en Egipto; aquí tenían casa de su propiedad y la hacienda de sus padres, pues aun cuando la empeñasen, volvía a sus dueños en el tiempo del jubileo, y el trabajo manual de José y el de María con sus bordados y costuras, produciría para el sustento de la Familia, dada la sobriedad de las razas orientales.
¿Queréis ver un cuadro de realista hermosura representando a la Santa Familia en su tranquila, sosegada y pobre feliz vida después de la vuelta de Egipto cuando el Niño Jesús con sus gracias infantiles había de ser la alegría de aquella bendita casa? Tended la vista sobre ese cuadro; apoteosis de la vida de familia, de nuestro incomparable Murillo; contemplad aquella plácida y santa alegría que representan aquellos benditos seres, trinidad humana, representación en la tierra de la Santísima Trinidad. Contemplad, recread vuestra vista y vuestro espíritu en ese hermoso lienzo que debiera cobijarse en el sagrado del hogar de toda familia cristiana. Ved a San José, de semblante varonil, no anciano, ni decrépito como otros le pintan, sino vigoroso, fuerte, enérgico en su edad de cuarenta años, descansa un momento de su rudo trabajo, teniendo en un lado el mazo y los útiles de carpintería que deja descansar un momento mientras contempla sentado en un cabezo de madera y teniéndole entre sus rodillas a Jesús, de unos ocho años de edad, con su rizada y rubia cabellera, vestido con alba túnica que contempla entre sus manecitas un jilguero. A sus pies en actitud de saltar para coger el pajarillo, un perrillo faldero de blancas lanas espera el momento de coger la presa que el Niño Dios sostiene con la mano levantada para que no corra peligro la inocente avecilla.
La mirada tierna, cariñosa y penetrante de Jesús, demuestra la alegría que encierra su actitud, pues en Jesús, hasta los juegos nos sirven de enseñanza. «Esta avecilla que tengo sujeta en mi mano, si ahora está cautiva por algunos momentos, recobrará luego su libertad, que Yo el autor de la Naturaleza di la libertad, no sólo al hombre sino a los seres irracionales, que de ella se aprovechan para vivir, y no es justo se les prive de tal don mientras no abusan, o las necesidades lo exigen o imponen». María, en tanto, con semblante risueño contemplando el grupo de José y el Niño, sonriente y tranquila, devana una madeja de hilo gozándose y trabajando con pura y santa alegría, la tranquilidad del cumplimiento del deber consagrado por aquella divisa que debe ser la de todo cristiano: ORA ET LABORA.
Ruega y trabaja: lo contrario de lo que generalmente se desea, es decir, el no trabajar, bello ideal al que encaminan sus propósitos los que se creen católicos, no considerando al trabajo como un ennoblecimiento del hombre sino como una degradación o envilecimiento de los que se estiman en su nobleza o posición. Este cuadro, es un poema que habla al alma sin ruidos ni palabras huecas de sentido, enseñando y convenciendo con el ejemplo de tan virtuosa Familia, pero como hemos dicho, ¡son pocos los que saben leerlo en su pensamiento y enseñanza! Este idilio sagrado representa, con toda su dulce poesía, la vida tranquila y escondida de Jesús en Nazareth durante los años de su niñez en la compañía de sus padres, sin que el doloroso episodio de su pérdida en Jerusalem cuando las fiestas, a que acudió con sus padres: episodio doloroso y que por cuarenta horas turbó el tranquilo y sosegado transcurso de la retirada vida de la Santa Familia.
A pocos días de su vuelta a Nazareth, puede decirse que entró en el orden habitual de su vida María y la Santa Familia, y determinó el Señor ejercitar a la Madre del Verbo al modo como lo hizo en la niñez de Aquélla. Como verdadero maestro del espíritu, quiso formar una discípula tan sabia y excelente, que después fuese maestra y ejemplar vivo de la doctrina del Maestro. No la abandonó el Señor, pero estando con Ella y en Ella por inefable gracia y modo, se le ocultó su vista y suspendió los efectos dulcísimos que con Ella tenía, ignorando la Virgen el modo y la causa, porque nada le manifestó el Señor. Además, el Niño-Dios, sin darle a entender otra cosa, se le mostró más severo que solía, y estaba menos con Ella corporalmente, porque se retiraba muchas veces y la hablaba pocas palabras, y aquéllas con grande entereza y majestad.
«Esta conducta del Hijo sirvió de crisol en que se renovó y subió de quilates el oro purísimo del amor de María, que hacía heroicos actos de todas las virtudes; humillábase más que el polvo, reverenciaba a su Hijo santísimo con profunda adoración; bendecía al Padre y le daba gracias por sus admirables obras y beneficios, conformándose con su divina disposición y beneplácito; buscaba la voluntad santa y perfecta para cumplirlo en todo; encendíase en amor, en fe y en esperanza, y en todas las obras y sucesos aquel nardo de fragancia, despedía olor de suavidad para el Rey de los Reyes que descansaba en el corazón de la Virgen como en su lecho y tálamo florido y oloroso. Perseveraba en continuas peticiones con lágrimas, con gemidos y con repetidos suspiros de lo íntimo del corazón; derramaba su oración en la presencia del Señor y pronunciaba su tribulación ante el divino acatamiento».
De esta suerte señala Casabó el estado de María en su nuevo y tranquilo retiro de su vuelta a Nazareth. En cuanto a su vida y la de Jesús, veamos como también la relata el mencionado escritor:
«Tenía la Virgen prevenida por manos de José una tarima, y sobre ella una sola manta para que en ella descansara y durmiera el Niño Jesús, porque desde que salió de la cuna, ni más abrigo ni más cama quiso admitir para su descanso.
»Como Jesús deseaba restituirla a sus delicias, respondió a sus peticiones con sumo agrado estas palabras: «Madre mía, levantaos». Como esta palabra era pronunciada del mismo modo que esa palabra de Dios, del Eterno Padre, tuvo tanta eficacia, que con ella, instantáneamente quedó la divina Madre toda trasformada y elevada en altísimo éxtasis en que vio a la Divinidad abstractivamente. En esta visión la recibió el Señor con dulcísimos abrazos, con que pasó de las lágrimas en júbilo, de pena en gozo y de amargura en suavísima dulzura. A este misterio corresponde todo lo que la divina Virgen dijo de sí misma y leemos en el capítulo XXIV del Eclesiástico. No por esto faltaba María jamás a las obras que le tocaban en su servicio corporal y cuidado de su vida y la de su Esposo; porque a todo acudía sin mengua ni defecto, dándoles la comida y sirviéndoles, y a su Hijo siempre hincadas las rodillas con incomparable reverencia. Cuidaba también de que el Niño Jesús asistiese al consuelo de su Padre putativo como si fuera natural, y el Niño obedecía a su Madre en todo esto y asistía muchos ratos con José en su trabajo corporal, en que era continuo éste para sustentar con el sudor de su cara al Hijo de Dios y a su Madre. Cuando el Niño Jesús fue creciendo, ayudaba algunas veces a José en lo que parecía posible a la edad…»
Así transcurrieron los primeros años que sucedieron al retorno a Nazareth: años que si durante ellos la vida de María no nos presenta ningún hecho ni acontecimiento de esos que llaman poderosamente la atención, no por eso, esa que algunos llaman obscuridad, no fue sino preparación para los grandes hechos de su Hijo, y en los que María una parte tan importante había de representar en el grandioso poema de la redención del hombre.
Durante esta época en que si no hallamos estos grandes hechos, en cambio la vida transcurre pacífica y sosegada, como la marcha de un caudaloso río que sin los ruidos ni espumas de una corriente estrepitosa, labra la dicha y la riqueza de sus riberas con sus fecundas aguas. De esta manera pasan los años de la niñez de Jesús, de su educación en la que parte tan importante tomó la Virgen María, como la tiene toda madre amante de sus hijos, y que ella es la que pone las primeras piedras del edificio de la educación de aquellos en quienes siembra esos primeros gérmenes que después han de ser la base de la dicha, felicidad y alegría de los hijos, o de desventura y de infelicidad, si aquella primera y materna educación, si aquellas primeras oraciones que la madre enseña a sus hijos, no han sido acertadas e inspiradas en el verdadero sentimiento maternal, que es el que encamina o tuerce con una equivocada inteligencia estos primeros pasos de la vida de los hijos.
María, durante estos años, consagraríase a la educación de su Hijo, comunicándole cuanto Ella podía comunicar a un niño, lo que en su educación en el Templo había aprendido, y de esta suerte arrojó en aquel hermoso corazón y clara inteligencia los primeros gérmenes de una enseñanza que como humano necesitaba desenvolver como niño, hasta que se manifieste su ciencia en el momento oportuno en que ha de dar principio a su misión de Salvador, de Maestro, de Redentor y Salvador de los humanos con su palabra, su doctrina, y sellar la obra con su sangre y su martirio.
«Jesús, que era el Señor y la fuente de todas las ciencias, dice Orsini, no tenía la menor necesidad de la enseñanza humana; pero como le placía ocultar sus resplandecientes luces bajo su corteza terrestre, y mostrarse en todo semejante a los demás hombres, no desdeñó en su primera infancia las lecciones de su piadosa Madre. Créese, en efecto, generalmente, que la primera educación de Jesucristo fue obra de María, y algunos teólogos pretenden que Él no recibió jamás otra. Los judíos que no siguen esta opinión, sostienen, por el contrario, que un rabino célebre que enseñaba entonces en Nazareth, continuó lo que la Santa Virgen había empezado. Pero la educación de Jesús, a pesar de lo que afirman los judíos, no fue la obra de los rabinos; sábese que no era celador ni tradicionario y que desaprobaba altamente las miras estrechas del egoísmo y de las argucias que formaban el espíritu degenerado de la Sinagoga. San Juan, por otra parte, resuelve la cuestión diciendo en su Evangelio, que los judíos miraban a Jesús como a un joven sin estudios».
Las investigaciones, crítica y estudio de las instituciones sabias como prudentes del pueblo judío, nos dan elementos para comprender el estado de la enseñanza, derivados del estudio del Talmud. No se ve allí nada que relacione con la instrucción de Grecia y Roma con la religiosa Palestina. Según la historia, Gamala, hijo del Sumo Pontífice, fue quien dictó disposiciones relativas a la enseñanza, en las que se determinan las reglas de instrucción pública, y en las que constan el organismo de la que debe darse en las escuelas y el número de las que deben existir en cada población, obligada a tener una en cada Sinagoga. Para todo cuanto se refiere a la materia de la enseñanza, hay que atenerse, como hemos dicho, al sabio código del Talmud, pues en él se compilan los usos, leyes, costumbres, tradiciones, ceremonias litúrgicas y organización de Israel. La escuela judía proviene de la Sinagoga, como la escuela moderna, aun cuando pese a los enemigos, proviene de la Iglesia, del Convento.
De las muchas investigaciones hechas por los historiadores cristianos en averiguación de los medios de instrucción que pudiera ofrecer Nazareth a Jesús durante su edad infantil, veremos que Sabatier en su Enciclopedia de Ciencias religiosas, y lo mismo Stapfer en su libro sobre Palestina, dan noticias emanadas todas de un cálculo de probabilidades, pero no de un conocimiento cierto en la materia. Por los monumentos históricos que poseemos, sólo probabilidades podemos presentar para la solución del problema. Sólo podemos si acaso presentar la probabilidad de que Jesús asistiría, acomodándose sus Padres a un uso y costumbre extendida, en la fiesta del Sábado, a lo que entonces se denominaba la catequización, institución muy parecida a nuestras escuelas dominicales católicas.
En muchas páginas del Talmud se encuentran descripciones de maestros. a quienes se llama Azanes, los cuales dependían de la Sinagoga, y están encargados de la enseñanza, cumpliendo de esta suerte la misión encomendada a nuestros sacerdotes en la de la doctrina cristiana.
Por otro lado ya lo hemos dicho: María, hubiera escuelas o no en Palestina, debió como hermosa y Madre ejemplar, ser la encargada de la enseñanza de su Hijo, como lo hacía toda madre israelita, como lo hace toda madre amante de sus hijos, pues a ella le está encomendada la enseñanza del regazo cuando el niño apenas puede balbucear las primeras oraciones, y ellas, ellas son las primeras que nos enseñan a pronunciar los dulces y consoladores nombres de Jesús y María, de nuestro Dios y su santa Madre, nombres que pronuncia el niño envuelto todavía sus labios con la leche del pecho de su madre, y cuyos dulces nombres y su consuelo son los últimos que pronuncia el hombre al dejar el mundo y terminar su existencia terrenal.
Y cual aprenden las avecillas en el nido escuchando el cántico de aquellos alados seres a quienes había infundido vida, con el espectáculo majestuoso de la naturaleza, y los gorjeos de una música que no era sino un cántico a Dios creador, Jesús aprendería entre aquel concierto y las enseñanzas de María a conocer la bondad y sabiduría del Padre que había distinguido siempre a aquel pueblo de Israel, con su próvido auxilio en las penas del mismo.
María debió tener, como era vieja y tradicional costumbre, conservados los rollos del Thorá, como llamaban a sus leyes, y en ellos Jesús, por ley natural sujeto en cuanto a hombre a las instituciones y leyes de su pueblo, aprendería los principios de la teología de su pueblo y los cánones de su religión. Y cumplidor de las leyes debió conocer muy pronto el schema, o sea la fórmula de la oración diaria citándola en voz alta y guardándola en su memoria como todos niños de su edad. El schema se componía de alabanzas a Jehová, de bendiciones a su nombre y aspiraciones al cumplimiento de los Mandamientos, recitarlos al dormirse y al despertar, cuyos preceptos llevaban hasta bordados en las franjas de sus vestiduras como recuerdo de su observancia. Y como de paso recordaremos y como un recuerdo a nuestra madre, veremos en nuestra mente a María enseñando y haciendo repetir el schema a Jesús, como aquella santa mujer nos enseñaba y hacía rezar el rosario, la santa oración cotidiana de la familia, ora en las serenas y hermosas veladas de las poéticas noches del verano, o en las lluviosas del invierno cuando la lluvia azotaba los cristales de nuestros balcones, y el viento helado gemía entre las rendijas de las puertas, haciéndonos pensar en los pobres sin albergue, en los caminantes y marinos que sufrían a aquellas horas las inclemencias de las frías noches invernales.
No puede prescindirse del tiempo que Jesús estuvo bajo el amparo de María y José, del tiempo que media entre la vuelta de Egipto y la hora en que, educado e instruido en la ley de amor por su santa Madre y José, inicia su predicación: los Evangelistas, como hemos dicho, hablan de todo esto con extrema sobriedad, a lo más encontramos en San Lucas, en el capítulo segundo, versículos 40, 41 y 42: «Y el Niño crecía y fortalecíase y llenaba de ciencia, y la gracia de Dios era con Él, e iba con sus padres todos los años por pascuas a Jerusalem».
La instrucción, pues, de Jesús, según dice Lafuente, se había completado con la dada por su Madre María Santísima: «Jesús había llegado a la edad de doce años; sus fuerzas no eran todavía suficientes para emprender rudas fatigas, a fin de ganar el necesario sustento en unión de su padre putativo, cuyo humilde oficio aprendía. Pero estaba en la época en que las buenas madres cuidan de la educación de sus hijos, cuando acabada la niñez y al iniciarse la adolescencia, comienza el período de la instrucción. La educación, pues, de Jesús, corría a cargo de su Virgen Madre, y ¿qué maestro mejor en lo humano? Jesús se desenvuelve en ese concepto. Es la omnipotencia y se muestra débil; es la omnisciencia, la Sabiduría eterna, y aparece necesitado de aprender, así como siendo Hijo del Eterno Padre, le tienen los de Nazareth por hijo del carpintero.
Además, como demostración de lo perfecto de la educación judía, en la que viene a completarse en la educación moderna, como el sumo de la perfección educativa actual de unir lo intelectual con lo físico, diremos que en aquel tiempo y entre aquellos hombres difícilmente solían exentarse las más altas personas de un oficio manual. Aun los entregados al cultivo de las ideas y al empleo de las altísimas facultades intelectuales, tenían algo de menestral; nosotros apenas podemos comprender que fueran los duchos en saberes y ciencias diestros artesanos. En nuestra educación y dado, en nuestra patria especialmente, el desequilibrio que guardamos entre la educación física e intelectual, los modernos no hemos aún apreciado lo justo y racional de esta mutua educación que nivela lo intelectual con lo físico, o conocimiento de algunas labores mecánicas.
»Su Madre le enseña el alef-beth, el abecedario hebreo; con Ella deletrea el Bresith y demás libros de Moisés; aprende a escribir, y más adelante decora la historia de su patria y del pueblo Israelita en esos mismos libros de Moisés y de Josué, los Jueces y los Reyes. Aprende también el derecho político, religioso y social en el Levítico, y en esos mismos libros en que se consigna el desarrollo social y político, interno y externo de su pueblo, bajo la forma teocrática y democrática a la vez, y su transición de éstas a la monarquía. Su Madre Santísima, que conocía la Sagrada Escritura, mejor y más a fondo que todos los doctores antiguos y modernos, y que los doctores mismos de la Iglesia, enseña a su Hijo, de talento precoz y privilegiado, eso mismo que tan perfectamente sabe y lo confía al entendimiento humano de su Hijo, pues si como Dios no tiene memoria, como hombre, la tiene».
Véase, si no, lo que ocurre en el extranjero y entre algunos eminentes hombres de ciencia o de Estado, que han sido y son hábiles artesanos o mecánicos: el emperador de Austria, es hábil carpintero; Gladstone, era un poderoso leñador, y entreteníase en sus descansos parlamentarios en derribar árboles; el gran presidente de los Estados Unidos, Lincoln, fue también cortador de maderas, y muchos entre muchos podrían citarse; pero esta costumbre, esta educación todavía no ha entrado en nuestro país, infatuado con recuerdos de pasada grandeza, de dorada miseria, de aquellos hidalgos de correcto traje que se alimentaban con duelos y quebrantos, esperando un corregimiento que los llevara a Ultramar a satisfacer hambre atrasada y sembrar las tristes cosechas que hemos recolectado en aquellas perdidas regiones por nuestra incuria, desmoralización y errado camino de desarrollos de riqueza, que hubieran podido engrandecernos en vez de ser nuestra ruina, y lo que es más triste, nuestro desprestigio ante las naciones que, titulándose civilizadas, han entronizado el imperio de la fuerza pisoteando el derecho y la razón, que en su día dará los frutos necesarios como consecuencia de tales principios y componendas.
Entre los judíos sucedía en aquellos tiempos lo contrario que todavía acontece en nuestros días, ya fuera para ejercitar las fuerzas físicas, ya también para adquirir el pan cotidiano con la honra del trabajo, todos a una, con raras excepciones, industriábanse con los oficios desde la infancia en las artes útiles y mecánicas.
Así es que Jesús, por indicación de María y José, tuvo el mismo oficio que su padre putativo; fue carpintero, y así le llama San Mateo en el cap. XIII, versículo LV, y nada más nos indica; pero los ya citados Evangelios apócrifos nos dan más detalles y nos dicen, y a fuer de ilustración los citamos, que Jesús construyó carretas, yugos, cribas, arcas, mesas, puertas y hasta un trono. El proto-evangelio de Santiago le supone maestro de obras, pero no cabe dudar de que el oficio ejercido por Jesús fue el de carpintero: recuérdese lo que decían los Evangelistas cuando las gentes de Nazareth se alarmaban oyendo hablar a Jesús, y se preguntaban cómo podía hablar y decir tales cosas el hijo del carpintero José.
Ejerció pues el divino Jesús el oficio de su padre, enseñándonos de esta suerte a ganar el sustento con nuestra labor, y de aquí que entre los judíos en la antigüedad y entre las naciones de raza anglosajona hoy, sea costumbre general el conocimiento de un oficio mecánico a más de los intelectuales de la profesión habitual de aquéllos por sus carreras científicas. Rabí Judá, dice, Stapfer dijo: «Quien a su hijo no enseña un oficio, lo hace bandido». Las clases acomodadas huían de dos oficios que no entraban en sus costumbres apegadas al terruño y como labriegos poco aficionados al movimiento y cambio activo de vida, así es que el de arriero o viajante y el de marino, no les parecían dignos y huían de ellos, pero en cambio los demás les eran bien aceptos, y así vemos que Hiel, era aserrador, Juanán, zapatero, Nanacha, herrero, San Pedro pescador y tejedor San Pablo.
Y con estas aclaraciones, terminaremos este capítulo de la educación e instrucción de Jesús por su Madre María Santísima, y veremos la condición humilde en que durante su segunda residencia en Nazareth, en que viviría la Sagrada Familia, desenvolviendo en el retiro, la tranquilidad y el trabajo la humana personalidad de Jesús, del Hijo de Dios como obra de la purísima María Santísima, auxiliada de la virtud y laboriosidad de José, modelo de esposos y de padres cuidadosos de la honrada y santa educación de los hijos, santificada por la laboriosidad de que eran ejemplo constante el santo y ejemplar matrimonio, envidia de humilde felicidad de los habitantes todos de Nazareth.
Fuente: Vida de la Virgen María por Joaquin Casañ

Huida y permanencia de la Sagrada Familia en Egipto: visión de María Valtorta

Huida a Egipto. Enseñanzas sobre la última visión relacionada con la llegada de Jesús.

9 de Junio de 1944.
Mi espíritu ve la siguiente escena.
Es de noche. José está durmiendo en su modesto lecho, en su diminuta habitación. Su sueño es pacífico, como el de quien está descansando del mucho trabajo cumplido con honradez y diligencia.

Lo veo en la oscuridad de la estancia, oscuridad apenas interrumpida por un hilo de luz lunar que penetra por una rendija de la hoja de la ventana, que está sólo entornada, no cerrada del todo, como si José tuviera calor en esta pequeña habitación, o como si quisiera tener ese hilo de luz para saberse medir al amanecer y levantarse diligentemente. Está girado sobre uno de los lados, y sonríe mientras duerme, quién sabe ante qué visión que está soñando.
Pero su sonrisa se transforma en congoja. Emite el típico suspiro, profundo de quien está teniendo una pesadilla, y se despierta sobresaltado. Se sienta en la cama, se restriega los ojos, mira a su alrededor, y mira hacia la ventanita de la que proviene ese hilo de luz. Es plena noche; no obstante, coge la prenda de vestir que está extendida a los pies de la cama y, todavía sentado en el lecho, se la pone encima de la túnica blanca de manga corta que tenía sobre la piel.
Levanta las mantas, pone los pies en el suelo y busca las sandalias. Se las pone y se las ata. Se pone en pie y se dirige hacia la puerta que está frente a su cama; no hacia la que está lateral a la misma y que conduce al salón en que fueron recibidos los Magos.
Llama suavemente con la punta de los dedos: un casi insensible tic-tic. Debe haber oído que se le invita a entrar, pues abre con cuidado la puerta y la vuelve a entornar sin hacer ruido. Antes de ir a la puerta había encendido una lamparita de aceite, de una sola llama; por tanto, se ilumina con ella. Entra… En una habitacioncita sólo un poco más grande que la suya, con una cama pequeña y baja al lado de una cuna, ya ardía una lamparita: la llamita oscilante, en un rincón, parece una estrellita de luz tenue y dorada que permite ver sin molestar a quien esté dormido.
Pero María no está dormida, está arrodillada junto a la cuna. Tiene un vestido claro y está orando, y velando a Jesús, que duerme tranquilo. Jesús tiene la edad de la visión de los Magos. Es un niño de un año aproximadamente, un niño guapo, rosado y rubio, y está durmiendo, con su cabecita ensortijada hundida en la almohada y una manita bien cerrada junto a la garganta.
-¿No duermes? -pregunta José en voz baja denotando asombro -¿Por qué? ¿Jesús no está bien?.
-¡Oh, no! Él está bien. Yo estoy rezando. Luego me echaré a dormir. ¿Por qué has venido, José? Mientras habla, María sigue arrodillada donde estaba antes.
José, en voz bajísima para no despertar al Niño, pero en tono apremiante, dice:
-Tenemos que irnos de aquí enseguida, enseguida. Prepara el baulillo y un fardo con todo lo que puedas meter en ellos. Yo me encargo de preparar lo demás, llevaré lo más que pueda… Cuando empiece a clarear huimos. Lo haría incluso antes, pero tengo que hablar con la dueña de la casa….
-¿Y por qué esta huida?
-Después te lo explico mejor. Es por Jesús. Un ángel me ha dicho: “Toma al Niño y a la Madre y huye a Egipto”. No pierdas tiempo. Yo ya empiezo a preparar todo lo que pueda.
No era necesario decirle a María que no perdiese tiempo. Apenas ha oído hablar de ángel, de Jesús y de huida, ha comprendido que un peligro se cierne sobre su Criatura, y de un salto se ha puesto en pie; su cara más blanca que un cirio, una mano contra el pecho, angustiada. Enseguida se ha puesto en movimiento, ágil, ligera, y ha empezado a colocar la ropa de vestir en el baulillo y en un fardo grande que ha extendido primero sobre su cama aún intacta. Sin duda está angustiada, pero no pierde las riendas; hace las cosas con rapidez pero no sin orden. De vez en cuando, pasando junto a la cuna, mira al Niño, que duerme ajeno a lo que está sucediendo.
-¿Necesitas ayuda? -pregunta cada cierto tiempo José, asomando la cabeza por la puerta entreabierta.
-No, gracias -responde siempre María.
Hasta que el fardo — que debe pesar bastante — no está lleno, no llama a José para que la ayude a cerrarlo y a quitarlo de encima de la cama. No obstante, José quiere hacerlo solo; coge el largo fardo y se lo lleva a su cuarto.
-¿Cojo también las mantas de lana? -pregunta María.
-Coge todo lo más que puedas; todo el resto lo perderemos. Toma todo lo que puedas. Nos servirá porque… ¡porque tendremos que estar fuera mucho tiempo, María!… -José está muy apenado al decir esto, y María… se puede uno hacer idea de cómo está; suspirando, dobla las colchas suyas y las de José, y éste las ata con una cuerda.
-Dejamos los bordados y las esterillas» dice mientras está atando las colchas -A pesar de que voy a tomar tres burros, no puedo cargarlos demasiado, pues el camino será largo e incómodo, parte entre montañas y parte por el desierto. Tapa bien a Jesús. Las noches serán frías, tanto en las montañas como en el desierto. He cogido los regalos de los Magos, porque en aquella tierra nos vendrán bien. Todo lo que tengo lo gasto para comprar los dos burros. Debo comprarlos, porque no podemos devolverlos. Voy ahora, antes de que amanezca. Sé dónde buscarlos. Tú termina de prepararlo todo – Y se marcha.
María recoge todavía algunos objetos. Observa a Jesús y sale, para volver con unos vestiditos que parecen todavía húmedos — quizás se lavaron el día antes —; los dobla y los envuelve en un pedazo de tela y los coloca junto con las otras cosas. Ya no queda nada más.
Se vuelve mirando a su alrededor y ve, en un rincón, un juguete de Jesús: una ovejita tallada en madera. La toma en sus manos… un sollozo entrecortado… un beso: la madera conserva las huellas de los dientecitos de Jesús, y las orejas de la ovejita están del todo llenas de mordisquitos. María acaricia ese objeto sin valor en sí, de una pobre madera clara, pero de mucho valor para Ella, ya que le habla del afecto de José por Jesús, y de su Niño. Lo pone también con las otras cosas encima del baulillo cerrado,.
Ahora ya sí que no queda nada. Sólo Jesús, que está en su cunita. María piensa que sería conveniente también preparar al Niño. Va donde la cuna y la mueve un poco para despertar al Pequeñuelo. Mas Él solamente refunfuña un poco; se da la vuelta y sigue durmiendo. María le acaricia delicadamente los ricitos. Jesús, bostezando, abre la boquita. María se inclina hacia Él y leo besa en la mejilla. Jesús termina de despertarse. Abre los ojos. Ve a su Mamá y sonríe, y tiende las manitas hacia su pecho.
-Sí, amor de tu Mamá. Sí, la leche. Antes que de costumbre… ¡De todas formas, Tú siempre estás preparado para mamar, corderito mío santo!
Jesús ríe y juguetea, agitando los piececitos por fuera de las mantas, y los brazos, con una de esas manifestaciones de alegría de los niños pequeños que tan bonitas son de ver. Hinca los piececitos contra el estómago de su Mamá, se curva en forma de arco y apoya su cabecita rubia en el pecho de Ella, y luego se echa bruscamente para atrás y se ríe agarrando con sus manitas las cintas que ciñen al cuello el vestido de María tratando de abrirlo. Con su camisita de lino, se le ve a Jesús guapísimo, regordete, rosado como una flor.
María se inclina. Así, inclinada, sobre la cuna como protección, llora y sonríe al mismo tiempo, mientras el Niño balbucea esas palabras, que no son palabras, de todos los niños pequeños, entre las cuales se oye nítida y repetidamente la palabra “mamá”. La mira, asombrado de verla llorar. Alarga una manita hacia los brillantes hilos de llanto, que se la mojan al hacer la caricia. Primorosamente, vuelve a apoyarse en el pecho materno y en él se recoge enteramente, acariciándoselo con su manita.
María lo besa por entre el pelo y lo toma en brazos, se sienta y se pone a vestirlo: ya tiene el vestidito de lana, ya las diminutas sandalitas. Le da la leche. Jesús mama con avidez la leche buena de su Mamá, y, cuando ya le parece que por la parte derecha viene menos, va a buscar a la izquierda, y ríe al hacerlo, mirando a su Mamá de abajo arriba, para luego dormirse de nuevo — apoyado aún el carrillo rosado y redondo en el seno blanco y redondo — sobre el pecho de Ella.
María se levanta muy despacito y lo coloca sobre la manta acolchada de su cama. Lo tapa con su manto. Vuelve a la cuna y dobla las mantitas. Piensa en si conviene o no coger también el colchoncito. ¡Tan pequeño como es… se puede llevar! Lo pone, junto con la almohada, con las cosas que ya estaban encima del baulito. Y llora ante la cuna vacía. ¡Pobre Madre, perseguida en su Criatura!
José regresa.
-¿Estás preparada? ¿Está preparado Jesús? ¿Has cogido sus mantas y su camita? No podemos llevarnos la cuna, pero por lo menos que tenga su colchoncito. ¡Oh, pobre Pequeñuelo, perseguido a muerte!.
-¡José! -grita María agarrándose al brazo de José.
-Sí, María, a muerte. Herodes lo quiere muerto… porque tiene miedo de Él…
Esa fiera inmunda tiene miedo de este Inocente, por su reino humano. No sé lo que hará cuando comprenda que ha huido; pero para entonces nosotros ya estaremos lejos. No creo que se vengue buscándolo incluso en Galilea. Ya sería difícil para él descubrir que somos galileos; más difícil aún, saber que somos de Nazaret y quiénes somos exactamente. A no ser que Satanás le eche una mano en agradecimiento de sus fieles servicios. Mas… si eso sucede… Dios nos ayudará igualmente. No llores, María, que el verte llorar es para mí un dolor mucho mayor que el de tener que marchar al exilio.
-¡Perdóname, José! No lloro por mí, ni por los pocos bienes que pierdo. Lloro por ti… ¡Ya mucho te has tenido que sacrificar! Ahora, otra vez, te quedas sin clientes, sin casa… ¡Cuánto te cuesto, José!
-¿Cuánto? No, María. No me cuestas nada. Me consuelas. Siempre me consuelas. No pienses en el mañana. Tenemos el caudal que nos han dado los Magos. Nos servirán de ayuda al principio. Luego me buscaré un trabajo. Un obrero honrado y competente se abre camino enseguida. Ya lo has visto aquí. No me da abasto el tiempo para el cúmulo de trabajo.
-Sí, lo sé. Pero, ¿quién te va a aliviar tu nostalgia?
-¿Y a ti? ¿Quién te va a aliviar la nostalgia de esa casa que tanto amas?
-Jesús. Teniéndolo a Él, tengo todo lo que allí tenía.
-Y yo también teniendo a Jesús tengo ya esa patria que he esperado hasta hace pocos meses, y… tengo a mi Dios. Ya ves que no pierdo nada de lo que más amo. Basta con salvar a Jesús; si es así, todo nos queda. Aunque no volviéramos a ver este cielo, estos campos, o los aún más amados campos de Galilea, siempre tendremos todo porque lo tendremos a Él. Ven, María, que empieza a clarear. Llega el momento de saludar a la huésped y de cargar nuestras cosas. Todo irá bien. ‘
María se pone en pie, obediente. Se arropa en su manto; mientras tanto, José prepara un último bulto, se lo carga y sale.
María levanta delicadamente al Niño, lo arropa en un mantón y lo aprieta contra su pecho. Mira las paredes que durante meses la han hospedado y, rozándolas apenas, las toca con una mano. ¡Bendita esa casa, que ha merecido ser amada y bendecida por María!
Sale. Cruza la habitacioncita que era de José, entra en la estancia grande. La dueña de la casa, en lágrimas, la besa y se despide de Ella, y, levantando un borde del mantón, besa al Niño en la frente. Él duerme tranquilo. Bajan por la escalerita exterior.
Hay un primer claror de alborada que apenas permite ver. En la escasa luz se ven tres burros. El más fuerte lleva los enseres. Los otros van sólo con la albarda. José está manos a la obra para asegurar bien el baulillo y los paquetes en la albarda del primero. Veo, atados en un haz, y colocados encima del fardo, sus utensilios de carpintero.
Nuevos saludos y nuevas lágrimas. María se monta en su burrillo, mientras la patrona tiene a Jesús en brazos y lo besa una vez más; luego se lo devuelve a María. Monta también José, el cual ha atado su asno al que lleva los equipajes, para estar libre y poder así controlar el de María.
La huida comienza mientras Belén, que sueña todavía la fantasmagórica escena de los Magos, duerme tranquila, sin saber lo que le espera.
Y la visión cesa así.
Dice Jesús:
-Y también esta serie de visiones terminan así. Hemos ido mostrándote las escenas que precedieron, acompañaron y siguieron a mi Llegada; no por ellas mismas, que son muy conocidas, sino para aplicación, en ti y en los demás, del sentido sobrenatural que de ellas deriva, y dároslo como norma de vida.
Estas escenas son muy conocidas, aunque haya que decir que han sido alteradas por elementos que han ido superponiéndose con los siglos, debido siempre a ese modo de ver, humano, que, pretendiendo dar mayor gloria a Dios — y por ello queda perdonado —transforma en irreal lo que sería tan bonito dejar real. Porque ello no disminuye mi Humanidad ni la de María, de la misma manera que este ver las cosas en su realidad no ofende ni a mi Divinidad ni a la Majestad del Padre ni al Amor de la Trinidad santísima; antes bien, con ello resplandecen los méritos de mi Madre y mi perfecta humildad, y refulge la bondad omnipotente del eterno Señor.
El Decálogo es la Ley; mi Evangelio, la doctrina que os la hace más clara y más atractiva de seguirse. Serían suficientes esta Ley y esta Doctrina para obtener, de los hombres, santos.
Pero vuestra humanidad os pone tantas dificultades — humanidad que, verdaderamente, en vosotros sobrepuja demasiado al espíritu — que no podéis seguir estos caminos, y caéis, u os detenéis descorazonados. Os decís a vosotros mismos, y a quienes quisieran haceros caminar citándoos los ejemplos del Evangelio: “Pero Jesús, María, José… (y así todos los santos) no eran como nosotros. Eran fuertes; han sufrido, pero han sido inmediatamente consolados; fueron aliviados incluso de ese poco dolor que sufrieron; no sentían las pasiones… Eran seres que ya estaban fuera de la tierra”.
¡Ese poco dolor!… ¡No sentían las pasiones!…
El dolor fue amigo fiel nuestro, con los más variados aspectos y nombres.
Las pasiones… No uséis mal la palabra, llamando “pasiones” a los vicios que os sacan del camino recto. Llamadlos sinceramente “vicios”, y, además, capitales. No es que nosotros ignorásemos los vicios. Teníamos ojos y oídos, y Satanás hacía danzar ante nosotros y a nuestro alrededor estos vicios, mostrándonoslos en los viciosos con toda su carga de suciedad, o tentándonos con insinuaciones. Mas estas porquerías y estas insinuaciones, tendida como estaba la voluntad a querer agradar a Dios, en vez de producir lo que se había propuesto Satanás, producían lo contrario. Y cuanto más insistía él, más nos refugiábamos nosotros en la luz de Dios, por asco hacia las tinieblas fangosas que nos ponía ante los ojos del cuerpo y del espíritu.
Pero no hemos ignorado las pasiones en sentido filosófico entre nosotros.
Amamos la patria, y con ella a nuestra pequeña Nazaret, más que a cualquier otra ciudad de Palestina. Tuvimos afectos hacia nuestra casa, hacia los parientes y los amigos. ¿Por qué no íbamos a haberlos tenido? Pero no nos hicimos esclavos de los afectos, porque nada sino Dios debe ser señor; antes bien hicimos de ellos buenos compañeros nuestros.
Mi Madre gritó de alegría cuando, pasados aproximadamente cuatro años, volvió a Nazaret y puso pie en su casa, y besó esas paredes entre las cuales su “Sí” abrió su seno para recibir la Semilla de Dios. José saludó con alegría a los parientes, a los sobrinitos, crecidos en número y en edad. Gozó al verse recordado por sus conciudadanos y al ver que por sus dotes en el oficio lo buscaron enseguida. Yo fui sensible a la amistad. Sufrí por la traición de Judas como por una crucifixión moral. ¿Y qué?: ni mi Madre ni José antepusieron su amor a la casa, o a los familiares, a la voluntad de Dios.
Y Yo no escatimé palabras — si había que decirlas — que me habrían de acarrear el rencor de los hebreos o la animadversión de Judas. Yo sabía — y podría haberlo hecho — que bastaba el dinero para sujetarlo a mí; pero hubiera sido no a mí como Redentor sino a mí como rico. Yo, que multipliqué los panes, si hubiera querido, habría podido multiplicar el dinero; pero no había venido para proporcionar satisfacciones humanas. A nadie. Mucho menos a los que había llamado. Yo había predicado sacrificio, desapego, vida casta, puestos humildes. ¿Qué Maestro habría sido Yo, qué Justo, si hubiese dado dinero a uno para su sensualismo mental y físico, sólo porque ése hubiera sido el modo de sujetarlo a mí?
Para ser grandes en mi Reino hay que hacerse “pequeños”. Quien quiera ser "grande" a los ojos del mundo no es apto para reinar en mi Reino; paja es para el lecho de los demonios. Porque la grandeza del mundo está en antítesis con la Ley de Dios.
El mundo llama "grandes" a quienes — con medios casi siempre ilícitos — saben conseguir los mejores puestos y, para hacerlo, hacen del prójimo escabel, y ponen su pie encima y lo aplastan; llama "grandes" a los que saben matar para reinar — matar moral o materialmente — y arrebatan puestos o se enseñorean de las naciones y se enriquecen desangrando a los demás, arrebatándoles la riqueza individual o colectiva. El mundo llama frecuentemente "grandes" a los delincuentes. No. La "grandeza" no está en la delincuencia, está en la bondad, la honradez, el amor, la justicia. ¡Observad qué venenosos frutos — recogidos en su malvado, demoníaco jardín interior — vuestros "grandes" os ofrecen!
Deseo hablar de la última visión, dejando de lado otras cosas, total, sería inútil, porque el mundo no quiere oír la verdad que le concierne. Esta visión da luz acerca de un detalle citado dos veces en el Evangelio de Mateo, una frase repetida dos veces: "¡Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto!"; "¡Levántate, toma al Niño y a su Madre y vuelve a la tierra de Israel!". Y has podido ver cómo en la habitación estaba María sola con el Niño.
La virginidad de María después del parto y la castidad de José sufren muchas agresiones por parte de quienes, siendo sólo lodo putrefacto, no admiten que uno pueda ser ala y luz. Desdichados, cuyo fauno está tan corrompido y cuya mente está tan prostituida a la carne, que son incapaces de pensar que uno como ellos pueda respetar a una mujer, viendo en ella el alma y no la carne; incapaces de elevarse a sí mismos viviendo en una atmósfera sobrenatural, tendiendo no a las cosas carnales, sino a las divinas.
Pues bien, a estos que combaten contra la suprema belleza, a estos gusanos incapaces de transformarse en mariposa, a estos reptiles cubiertos por la baba de su lujuria, incapaces de comprender la belleza de una azucena, Yo les digo que María fue virgen y siguió siéndolo, y que solo su alma se desposó con José, como también su espíritu únicamente se unió al Espíritu de Dios, y por obra de Éste concibió al Único que llevó en su seno: a mí, a Jesucristo, Unigénito de Dios y de María.
No se trata de una tradición que haya florecido después, por un amoroso respeto hacia mi Bienaventurada Madre; se trata de una verdad conocida ya desde los primeros tiempos.
Mateo no nació siglos más tarde; era contemporáneo de María. Mateo no era un pobre ignorante que hubiera vivido en los bosques y que fuera propenso a creerse cualquier patraña. Era un funcionario de hacienda, como diríais ahora vosotros (nosotros entonces decíamos recaudador). Sabía ver, oír, entender, escoger entre la verdad y la falsedad. Mateo no oyó las cosas por referencias de terceros, sino que las recogió de labios de María, preguntándole a Ella, llevado de su amor hacia el Maestro y hacia la verdad.
Y no quiero pensar que estos que niegan la inviolabilidad de María piensen que Ella quizás pudo mentir. Mis propios parientes, si hubiera habido otros hijos, hubieran podido desmentir su testimonio: Santiago, Judas, Simón y José eran condiscípulos de Mateo. Por tanto éste hubiera podido fácilmente confrontar las versiones, si hubiese habido otras versiones. Y sin embargo Mateo nunca dice: "¡Levántate y toma contigo a tu mujer!". Dice: "¡Toma contigo a la Madre de Él!". Y antes dice: "Virgen desposada con José"; ‘José, su esposo".
Y que éstos no objeten que se trataba de un modo de hablar de los hebreos, como si decir "la mujer de" fuera una infamia. No, negadores de la Pureza. Ya desde las primeras palabras del Libro se lee: "… y se unirá a su mujer". Se la llama “compañera" hasta el momento de la consumación física del vínculo matrimonial, y luego se la llama "la mujer de" en distintos momentos y en distintos capítulos. Así se les llama a las esposas de los hijos de Adán; y a Sara, llamada "mujer de" Abraham: "Sara, tu mujer". Y también: "Toma contigo a tu mujer y a tus dos hijas", a Lot. Y en el libro de Rut está escrito: "La Moabita, mujer de Majlón". Y en el primer libro de los Reyes se dice: "Elcana tuvo dos mujeres"; y luego: "Elcana después conoció a su mujer Ana"; y también: "Elí bendijo a Elcana y a la mujer de éste". Y también en el libro de los Reyes está escrito: "Betsabé, mujer de Urías Eteo, vino a ser mujer de David y le dio a luz un hijo". Y ¿qué se lee en el libro azul de Tobías, lo que la Iglesia os canta en vuestras bodas, para aconsejaros que seáis santos en el matrimonio? Se lee: "Llegado Tobit con su mujer y con su hijo…"; y también: "Tobit logró huir con su hijo y con su mujer".
Y en los Evangelios, o sea, en tiempos contemporáneos a Cristo, en que, por tanto, se escribía con lenguaje moderno respecto a aquellos tiempos — por lo que no pueden sospecharse errores de trascripción — se dice, y precisamente lo dice Mateo en el capítulo 22: "…y el primero, habiendo tomado mujer, murió y dejó su mujer a su hermano". Y Marcos en el capítulo 10: "Quien repudia a su mujer…". Y Lucas llama a Isabel mujer de Zacarías, cuatro veces seguidas; y en el capítulo 8 dice: "Juana, mujer de Cusa".
Como podéis ver, este nombre no era un vocablo proscrito por quien estaba en las vías del Señor, un vocablo inmundo, no digno de ser proferido, y mucho menos escrito, donde se tratara de Dios y de sus obras admirables. Y el ángel, diciendo: "el Niño y su Madre", os demuestra que María fue verdadera Madre suya, pero no fue la mujer de José; siempre fue: la Virgen desposada con José.
Y ésta es la última enseñanza de estas visiones. Y es una aureola que resplandece sobre las cabezas de María y de José. La Virgen inviolada. El hombre justo y casto. Las dos azucenas entre las que crecí oyendo sólo fragancias de pureza.
A ti, pequeño Juan, te podría hablar sobre el dolor de María por su doble, brusca separación de la casa y de la patria. Pero no hay necesidad de palabras. Tú lo comprendes y ello te hace morir. Dame tu dolor. Sólo quiero esto. Es más que cualquier otra cosa que puedas darme. Es viernes, María. Piensa en mi dolor y en el de María en el Gólgota para poder soportar tu cruz.
Nuestra paz y nuestro amor quedan contigo.

LA SAGRADA FAMILIA EN EGIPTO. UNA LECCIÓN PARA LAS FAMILIAS.

25 de Enero de 1944 (12 de la noche).
La suave visión de la Sagrada Familia. El lugar está en Egipto. No tengo dudas de ello porque veo el desierto y una pirámide.
Veo una casucha de un solo piso, el bajo, toda blanca. Una pobre casa de una muy pobre gente. Las paredes están apenas revocadas y cubiertas de una mano de cal. La casita tiene dos puertas, una junto a la otra, que introducen en sus dos únicas habitaciones, en las que, por ahora, no entro. La casita está en medio de un pedazo de tierra arenosa rodeada por una protección de cañas hincadas en el suelo: una protección muy débil contra los ladrones; puede servir sólo como defensa contra algún perro o gato vagabundo. Claro, ¿a quién le van a venir ganas de robar donde se ve que no hay ni sombra de riqueza?
Esta poca tierra que el seto de cañas limita ha sido cultivada pacientemente como una pequeña huerta, a pesar de ser árida y poco fértil. Para hacer más tupido y menos escuálido el seto, han traído unas plantas trepadoras, que me parecen modestos convólvulos. Sólo en uno de los lados, hay un arbusto de jazmines en flor y una mata de rosas de las más comunes. En la huertecilla, en los pocos cuadros del centro, noto que hay unas modestísimas verduras, bajo un árbol dejado crecer libremente, que no sé qué clase de árbol es, y que da un poco de sombra al terreno soleado y a la casita. A este árbol está atada una cabrita blanca y negra, que está comiendo y rumiando las hojas de algunas ramas dejadas caer al suelo.
Allí cerca, sobre una estera extendida en el suelo, está el Niño Jesús. Me da la impresión de que tiene unos dos años, o dos años y medio como mucho. Está jugando con unos pedacitos de madera tallados, que parecen ovejitas o caballitos, y con unas virutas de madera de color claro, menos rizadas que sus bucles de oro. Con sus manitas regordetas está tratando de poner estos collares de madera en el cuello de sus animalitos.
Está tranquilo y sonriente. Muy guapo. Una cabecita toda de bucles de oro muy tupidos; piel clara y delicadamente rosácea; ojitos vivos, brillantes, de color azul intenso. La expresión, naturalmente, es distinta, pero reconozco el color de los ojos de mi Jesús (dos zafiros oscuros y bellísimos).
Viste una especie de larga camisita blanca, que será, sin duda, su túnica; con las mangas hasta el codo. Los pies, en este momento, al desnudo. Las diminutas sandalias están sobre la estera y juega también con ellas el Niño: mete en la suela sus animalitos, y tira de la correa de la sandalia, como si fuera un carrito. Son unas sandalias muy sencillas: una suela y dos correas, que salen: una, de la puntera; otra, del talón; la de la puntera tiene un punto en que se bifurca y una parte pasa por el ojo de la correa del talón para anudarse luego con la otra parte, formando un anillo en la garganta del pie.
Un poco separada — también a la sombra del árbol — está la Virgen. Está tejiendo en un tosco telar; mientras, vigila al Niño. Veo que las finas y blancas manos van y vienen entramando, y el pie, calzado con sandalia, mueve el pedal. La viste una túnica de color flor de malva, un violeta rosáceo, como el de ciertas amatistas. Tiene la cabeza descubierta, con lo cual puedo ver cómo sus cabellos rubios están separados en dos en la cabeza y peinados sencillamente con dos trenzas que a la altura de la nuca le forman un bonito moño. Las mangas de la túnica son largas y más bien estrechas. No lleva ningún adorno, aparte de su belleza y de su expresión dulcísima. El color del rostro, del pelo y de los ojos, la forma de la cara, son como siempre que la veo. Aquí parece jovencísima. Aparenta apenas veinte años.
En un momento dado se levanta; se inclina hacia el Niño y, cuidadosamente, le pone otra vez las sandalias y se las ata; lo acaricia y lo besa en la cabecita y en los ojitos. El Niño farfulla unas palabras y Ella responde, pero no entiendo las palabras. Luego vuelve a su telar, extiende sobre la tela y sobre la trama un paño, coge la banqueta en que estaba sentada y se la lleva a la casa. El Niño la sigue con la mirada, sin importunarla cuando Ella lo deja solo.
Se ve que el trabajo ha terminado y que empieza a caer la tarde. En efecto, el Sol baja hacia las arenas desnudas y un verdadero fuego invade el cielo detrás de la pirámide lejana.
María vuelve. Coge de la mano a Jesús para que se levante de la esterilla. El Niño obedece sin resistencia. Mientras su Mamá está re-cogiendo los juguetes y la estera y llevando esas cosas a casa, Él corre hacia la cabrita con un trotecillo de sus bien torneadas piernecitas, y le echa los bracitos al cuello. La cabrita bala y frota su morrito en los hombros de Jesús.
María vuelve. Tiene ahora un largo velo sobre la cabeza y una ánfora en la mano. Coge a Jesús de la manita y se encaminan los dos, rodeando la casa, hacia la otra fachada.
Yo los sigo, admirando la gracia de la escena: la Virgen conformando su paso al del Niño, y el Niño a su lado dando saltitos o pasitos rápidos. Veo cómo se alzan y se posan los rosados talones, con la gracia propia de los pasos de los niños, sobre la arena del senderillo. Me doy cuenta de que su túnica no le llega a los pies, sino sólo hasta la mitad del muslo. Es primorosa, sencillísima, y está sujeta a la cintura por un cordoncito también blanco.
Veo que en la parte delantera de la casa el seto está interrumpido por una tosca cancilla; María la abre para salir al camino (un mísero camino al extremo de una ciudad — o pueblo —, donde el centro habitado termina en el campo abierto, que aquí está constituido de arena y alguna que otra casita, pobre como ésta, con alguna que otra mísera huerta).
No veo a nadie. María mira hacia el centro, no hacia el campo, como si esperara a alguien, luego se dirige a un pilón
o pozo — que está a unos cuantos metros más arriba, sombreado en círculo por palmeras. Y veo que el terreno en ese lugar tiene hierba verde.
Veo que se acerca por el camino un hombre; no demasiado alto, pero robusto. Reconozco en él a José. Viene sonriente. Es más joven que cuando lo vi en la visión del Paraíso. Aparenta como mucho cuarenta años. Su pelo y barba son tupidos y negros; la piel, más bien tostada; los ojos, oscuros. Un rostro honesto y agradable, un rostro que inspira confianza.
Al ver a Jesús y a María acelera el paso. Trae sobre el hombro izquierdo una especie de sierra y una especie de cepillo de carpintero, y en la mano otras herramientas del oficio, no iguales que las de ahora, pero sí muy parecidas. Parece como si estuviera regresando de haber hecho algún trabajo en casa de alguno. Su vestido es de un color entre avellana y marrón; no muy largo — le llega sólo hasta un buen trozo por encima del tobillo —, con las mangas cortas, hasta el codo. Lleva a la cintura una correa de cuero — me parece —. Se trata de un vestido típicamente de trabajo. Calzan sus pies unas sandalias cruzadas a la altura del tobillo.
María sonríe y el Niño emite unos grititos de alegría mientras tiende hacia adelante su bracito libre. Cuando se encuentran los tres, José se inclina para ofrecerle al Niño un fruto — por el color y la forma, creo que es una manzana —. Luego le tiende los brazos y el Niño deja a su Mamá y se acurruca entre los brazos de José, e inclina su cabecita para apoyarla en la cavidad que forma el cuello de él. José besa a Jesús y Jesús besa a José. Una acción llena de afectuosa gracia.
Me he olvidado de decir que María, diligentemente, había cogido las herramientas de trabajo de José para que pudiera abrazar al Niño sin ningún estorbo.
Luego José, que se había acuclillado para ponerse a la altura de Jesús, se alza de nuevo. Coge sus herramientas con la mano izquierda y mantiene al pequeño Jesús estrechado contra su robusto pecho con la derecha; así, se encamina hacia la casa mientras María va a  la fuente a llenar su ánfora.
Entrado en el recinto de la casa, José baja al suelo al Niño, coge el telar de María y lo lleva a casa; luego ordeña a la cabrita. Jesús observa atentamente estas operaciones, como también la de encerrar a la cabrita en un cuartito hecho en uno de los lados de la casa.
Se pone la tarde. Veo el rojo del ocaso hacerse violáceo sobre la arena que parece temblar por el calor; y la pirámide parece más oscura.
José entra en la casa, en una habitación que debe ser taller, cocina y comedor al mismo tiempo. Se ve que el otro cuarto es el destinado al descanso; pero en él yo no entro. Hay una tenue lumbre encendida. Hay un banco de carpintero, una pequeña mesa, unas banquetas, unas repisas donde están los pocos platos y vasos que tienen y también dos lámparas de aceite. En uno de los rincones, el telar de María. Y… mucho, mucho orden y limpieza; es una morada pobrísima, pero está limpísima.
Quisiera hacer esta observación: en todas las visiones que tienen por objeto la vida humana de Jesús, he notado que, tanto El, como María, como José, como Juan, tienen siempre en orden y limpios el vestido y la cabeza; vestidos modestos, peinados sencillos pero de una limpieza que les hace aparecer señoriales.
María vuelve con el ánfora. Ha llegado rápido el crepúsculo. Cierran la puerta. Una lamparita, que José ha encendido y colocado sobre su banco, da claridad a la habitación; encorvado hacia éste, él sigue trabajando, en unas pequeñas tablas. Mientras tanto María prepara la cena. También la lumbre da claridad a la habitación. Jesús, con sus manitas apoyadas en el  banco y con la cabecita mirando hacia arriba, observa lo que hace José.
Luego se sientan a la mesa después de haber rezado. No se hacen — es natural — el signo de la cruz, pero rezan; José dirige la oración, María responde. No entiendo las palabras. Debe ser un salmo. Lo dicen en una lengua que me es totalmente desconocida.
Se sientan a cenar. Ahora la lamparita está encima de la mesa. María tiene a Jesús en su regazo y le da a beber la leche de la cabrita y moja en la leche unas rebanadas de un pan pequeño y de forma redondeada, de corteza y miga duras. Parece un pan hecho con centeno y cebada. Tiene mucho salvado, claro, porque es pan moreno. Entre tanto, José come pan y queso: una raja delgada de queso y mucho pan. Luego María sienta a Jesús en una banquetita que está a su lado y trae a la mesa unas verduras cocidas — creo que están hervidas y condimentadas en la forma en que normalmente hacemos nosotros — y, después de servirse José, también las come Ella.
Jesús mordisquea tranquilo su manzana, y descubre sonriendo sus dientecitos blancos. La cena termina con unas aceitunas o dátiles. No sé bien, porque, para ser aceitunas, son demasiado claras, pero, para ser dátiles, son demasiado duros. Vino, nada. Es una cena de gente pobre.
Pero tanta es la paz que se respira en esta habitación, que no podría dármela igual la visión de ningún pomposo palacio. ¡Y cuánta armonía!
Dice Jesús:  
-La lección, para ti y para los demás, está en las cosas que has visto. Es una lección de humildad, de resignación y de armonía. Sirva de ejemplo a todas las familias cristianas, y, de forma particular, a las que viven en este peculiar y doloroso momento.
Has visto una casa pobre; una casa pobre — y esto es lo doloroso — en un país extranjero.
Muchos, sólo por el hecho de ser unos fieles “pasables”, que rezan y me reciben a mí bajo las especies eucarísticas, que rezan y comulgan por “sus” necesidades, no por las necesidades de las almas y para la gloria de Dios — porque es muy raro el que al orar no sea egoísta —, muchos, sólo por este hecho, esperan poder disfrutar de una vida material fácil al amparo del más mínimo dolor, de una vida próspera y feliz.
José y María me tenían a mí, Dios verdadero, como Hijo suyo, y, no obstante, no tuvieron ni siquiera ese mínimo bien de ser pobres en su patria, en el país donde se los conocía; donde, por lo menos, tenían una casita “suya” y al menos la preocupación del alojamiento no añadía angustia a las muchas otras, en el país en que, por ser conocidos, habría sido más fácil encontrar trabajo y proveer a las necesidades de la vida. Son dos expatriados precisamente por tenerme a mí. Un clima distinto, un país distinto — ¡y tan triste respecto a los dulces campos de Galilea! —, lengua distinta, costumbres distintas, allí, entre una gente que no los conocía y que, como es normal entre los pueblos, desconfiaban de expatriados y desconocidos.
Les faltaban los queridos y cómodos muebles de “su” casita, y esas otras muchas cosas, humildes pero necesarias, que allí había y que entonces no parecían tan necesarias, mientras que aquí, rodeados de esta nada, habrían parecido incluso bonitas (como lo superfluo que hace deliciosas las casas de los ricos). Sentían la nostalgia de la tierra y de la casa, y la preocupación de esas pobres cosas dejadas allí, de la huertecita que quizás ninguno cuidaría, de la vid y de la higuera y de las otras plantas útiles. Les apremiaba la necesidad de conseguir el alimento cotidiano, el vestido, el fuego todos los días; y la necesidad de atenderme a mí, un Niño, al cual no se le podía dar la comida que a sí mismo uno puede darse. Y tenían el corazón lleno de pesares: por las nostalgias, la incógnita del mañana, la desconfianza de la gente, reacia como es, especialmente en los primeros momentos, a acoger ofertas de trabajo de dos desconocidos.
Y a pesar de todo, ya has visto cómo en esta morada se respira serenidad, sonrisa, concordia; y cómo, de común acuerdo, se trata de embellecerla — incluso la mísera huertecita — para que se asemeje más a la que han dejado y para hacerla más confortable. Y cómo en ellos hay un solo pensamiento: hacerme esa tierra menos hostil, a mí, Santo; hacerme esa tierra menos mísera, a mí, que vengo de Dios. Es un amor de creyentes y de padres, que se manifiesta en mil cuidados, que van desde la cabrita — comprada con muchas horas extra de trabajo — hasta los juguetitos tallados en la madera que sobraba, o hasta esa fruta cogida sólo para mí, negándose a sí mismos un bocado.
¡Oh, amado padre mío de la Tierra, cuánto te ha querido Dios, Dios Padre en las Alturas; Dios Hijo, que se ha hecho Salvador, en la Tierra!
En esta casa no hay nerviosismos, caras largas o sombrías, como no hay tampoco el echarse en cara recíprocamente nada, y mucho menos a Dios, que no los ha colmado de bienestar material. José no acusa a María de ser causa de su incomodidad, como tampoco María acusa a José de no saberle dar un mayor bienestar. Se aman santamente, eso es todo, y, por tanto, su preocupación no es el propio bienestar, sino el del cónyuge. El verdadero amor no conoce egoísmo. El verdadero amor es siempre casto, aunque no sea perfecto en la castidad como el de los dos esposos vírgenes. La castidad unida a la caridad conlleva todo un bagaje de otras virtudes y, por tanto, hace, de dos que se aman castamente, dos cónyuges perfectos.
El amor de mi Madre y de José era perfecto. Por tanto era impulso de todas las virtudes, especialmente de la caridad para con Dios, que en todo momento era bendecido, a pesar de que su santa voluntad resultase penosa para la carne y para el corazón; era bendecido porque por encima de la carne y del corazón, en estos dos santos, vivía y dominaba más intensamente el espíritu, el cual magnificaba agradecido al Señor por haberlos elegido para ser los custodios de su eterno Hijo.
En aquella casa se hacía oración. Demasiado poco se reza en las casas ahora. Se levanta el día y desciende la noche, empezáis a trabajar y os sentáis a la mesa… sin un pensamiento para el Señor, que os ha permitido ver un nuevo día, que os ha permitido llegar a una nueva noche, que ha bendecido vuestros esfuerzos y ha concedido que éstos os fueran medio para obtener ese alimento, ese fuego, esos vestidos, ese techo que, sí, también le son necesarios a vuestra condición humana.
Siempre es “bueno” lo que viene de Dios, que es bueno. Aunque ello sea pobre y escaso, el amor le da sabor y sustancia; ese amor que os hace ver en el eterno Creador al Padre que os ama.
En aquella casa había frugalidad. La habría habido aunque el dinero no hubiera faltado. Se comía para vivir, no para gozo de la gula con la insaciabilidad de los comilones y los caprichos de los glotones, que se llenan hasta rebosar o desperdician dinero en alimentos caros sin pensar siquiera en quien escasea de comida o no la tiene, sin reflexionar en que si fueran moderados ellos muchos podrían ser aliviados de las dentelladas del hambre.
En aquella casa había amor por el trabajo. Este amor hubiera existido aunque el dinero hubiera abundado; porque, trabajando, el hombre obedece al mandato de Dios y se libera del vicio que, cual tenaz hiedra, aprieta y ahoga a los ociosos, que son como bloques de piedra inmóviles. Bueno es el alimento, sereno es el descanso, contento se siente el corazón, cuando uno ha trabajado bien y disfruta de su tiempo de reposo entre un trabajo y otro. El vicio, con sus múltiples facetas, no arraiga ni en la casa ni en la mente de quien ama el trabajo; al no arraigar el vicio, prospera el afecto, la estima, el respeto mutuo, y crecen los tiernos vástagos en un ambiente puro, viniendo a ser así a su vez origen de futuras familias santas.
En aquella casa reinaba la humildad. ¡Cuán vasta lección de humildad para vosotros, soberbios! María habría tenido, humanamente, miles de motivos para ensoberbecerse y para obtener que el cónyuge la adorase. Muchas mujeres lo hacen, y sólo por ser un poco más cultas, o de ascendencia más noble, o más acaudaladas que el marido. María es Esposa y Madre de Dios, y, sin embargo, sirve — no se hace servir — al cónyuge, y es toda amor para con él. José es la cabeza en esa casa; ha sido juzgado por Dios digno de ser cabeza de familia, de recibir de Dios al Verbo encarnado y a la Esposa del Espíritu Santo para custodiarlos. Y, con todo, se muestra solícito en aligerar a María de esfuerzos y labores, y se ocupa de los más humildes quehaceres que puede haber en una casa, para que María no se fatigue; y no sólo esto, sino que, como puede, en la medida de sus posibilidades, la alivia y se las ingenia para hacerle cómoda la casa y alegre de flores la pequeña huerta.
En aquella casa se respetaba el orden: sobrenatural, moral y material. Dios, como Señor supremo que es, recibe culto y amor: éste es el orden sobrenatural. José es el cabeza de familia, y recibe afecto, respeto y obediencia: orden moral. La casa es un don de Dios, como también el vestido y los enseres; en todas las cosas se manifiesta la Providencia de Dios, de ese Dios que proporciona la lana a las ovejas, plumas a los pájaros, hierba a los prados, heno a los animales, semillas y ramas a las aves; de ese Dios que teje el vestido del lirio de los valles. Casa, vestido, enseres: estas cosas hay que recibirlas con gratitud, bendiciendo la mano divina que las otorga, tratándolas con respeto, como don del  Señor; no mirándolas, porque sean pobres, con enfado; y sin maltratarlas abusando de la Providencia: éste es el orden material.
No has comprendido la conversación en dialecto nazareno, ni tampoco las palabras de la oración, pero las cosas que has visto han servido de gran lección. ¡Meditadla, vosotros, los que tanto sufrís ahora por haber faltado en tantas cosas a Dios, incluso en aquellas en que jamás faltaron los santos Esposos que me fueron Madre y padre!
Y tú regocíjate con el recuerdo del pequeño Jesús; sonríe pensando en sus pasitos infantiles. Dentro de poco le verás caminar bajo una cruz; entonces será una visión de llanto.


NOVENA Y ORACIONES

Consagración de los Hogares a la Sagrada Familia de Nazareth



Sin darse cuenta los hogares copian modelos familiares inspirados en la televisión, en el cine, en las novelas, en los ejemplos que han conocido entre sus familiares, amigos y conocidos. Estos modelos, con muchísima frecuencia, son dañinos, porque conducen a la desorganización de la vida familiar, a grandes frustraciones, a rupturas de la convivencia. No valdrá la pena copiar conscientemente el modelo de la familia de Nazareth? Este fue el hogar que Dios Padre preparó para su propio Hijo…Imitar las virtudes del hogar de Nazareth en el contexto de hoy no significa recrear las condiciones de vida de los tiempos de Jesús. Significa vivir hoy esos valores de relación que nunca se vuelven anticuados porque no envejecen. Son valores que son tan necesarios hoy como en todos los tiempos.
Consagrar el hogar a Jesús, José y María, significa una decisión seria y consciente de una familia, por la cual acogen a la Sagrada Familia de Nazareth, como ejemplo para ir moldeando la vida diaria de acuerdo con las virtudes que son necesarias para ser una familia verdaderamente cristiana. Es no sólo invocar su presencia en la vida del hogar sino también hacer que esta presencia sea posible por el estilo de vida que se empeñan en promover sus miembros.
Hay ciertas fechas que son muy propicias para esta consagración, v.g. la fiesta de la Sagrada Familia y la Novena de Navidad. Pero también hay otras , v. gr. el aniversario del matrimonio de los padres. Mas no se trata de restringirse a estas fechas. Puede ser que el día más propicio sea aquél en el cual la familia está especialmente motivada.
Se recomienda que la familia que quiere hacer su consagración se prepare espiritualmente mediante los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía y busquen un día adecuado para que puedan destinar un tiempo de paz y recogimiento a la consagración.
Ayuda mucho crear un ambiente físico propicio: en una mesa preparar un pequeño altar adornado con la imagen de la Sagrada Familia, uno o dos cirios encendidos, unas flores.

I. PRIMERA LECTURA: COL. 3, 12-17 – LECTURA DE LA CARTA A LOS COLOSENSES

Dios los ama a Uds. y los ha escogido para que pertenezcan a su pueblo. Vivan pues revestidos de verdadera compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia. Tengan paciencia unos con otros, y perdónense si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también Uds. Sobre todo revístanse de amor, que es el perfecto lazo de unión. Y que la paz de Cristo dirija sus corazones, porque con este propósito los llamó Dios a formar un solo cuerpo. Y sean agradecidos.
Que el mensaje de Cristo esté siempre en sus corazones. Instrúyanse y anímense unos a otros con toda sabiduría. Y todo lo que hagan o digan, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre, por medio de El.
Palabra de Dios.
Todos: Te alabamos, Señor.

II. SEGUNDA LECTURA – LECTURA DEL SANTO EVANGELIO DE SAN LUCAS (2, 15-19)

El día del nacimiento de Jesús, los pastores que habían escuchado el mensaje del ángel comenzaron decirse unos a otros: – Vamos, pues, a Belén a ver esto que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado.
Fueron de prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el establo.
Cuando lo vieron se pusieron a contar lo que el ángel les había dicho acerca del niño, y todos los que lo oyeron se admiraban de lo que decían los pastores.
María guardaba todo esto en su corazón, y lo tenía muy presente.
Palabra de Dios.
Todos: Te alabamos, Señor.
Pueden dedicar unos momentos a reflexionar sobre el mensaje de la Palabra de Dios que nos llega en ambos textos.

III. PLEGARIA DE CONSAGRACIÓN

Padre Celestial, que has preparado el hogar de José y María para la llegada de tu Hijo, Jesucristo, nosotros (decir los nombres de todos los miembros de la familia) N…, N….., N…. queremos consagrar nuestra familia a la Sagrada Familia de Nazareth.
Queremos que en nuestro hogar nos empeñemos en realizar el plan que has trazado para nuestras vidas.
Danos la gracia de esforzarnos en practicar en nuestra vida diaria los valores y las virtudes que son necesarios para hacer que:
- el amor venza nuestra tendencia al egoísmo;
- la cooperación y la solidaridad venzan nuestra tendencia a competir entre nosotros.
Concédenos que nos esforcemos en ser responsables en el trabajo, en el estudio, en el cumplimiento de nuestros deberes como personas y como familia.
Queremos que, según el ejemplo de Jesús, de María y de José, tengamos en cuenta lo que Tú quieres de nosotros, al tomar nuestras decisiones.
Te rogamos que tengamos siempre la lucidez del espíritu y la generosidad del corazón para emplear nuestras capacidades y nuestros bienes materiales de acuerdo con tu santa Voluntad.
Inspíranos para aprender a establecer las justas prioridades en el manejo de ese precioso don tuyo que es el tiempo. Y ante todo, que seamos más sensibles a las necesidades y a los sentimientos de las personas que queremos.
Padre Celestial, haz que nosotros vivamos siempre esta consagración esmerándonos en cultivar la paz, la confianza, la alegría y la comprensión entre nosotros los miembros de esta familia y con las demás personas, comenzando por las más cercanas.
Te rogamos que nos protejas y protejas también a las personas que amamos, de todos los males que puedan provenir de nosotros mismos, del mundo materialista que nos rodea y del espíritu maligno.
Haz que seamos más receptivos a la acción del Espíritu Santo y a la inspiración de la Santa Familia de Nazareth. Amén.
Fuente: MSCPerú

Letanías a la Sagrada Familia

-Jesús, Salvador del mundo, Ten piedad de nosotros.
-Jesús, Hijo de María y hermano nuestro,
-Jesús, tesoro y delicia de la Sagrada Familia,

-Santa María, Reina de los cielos, Ruega por nosotros.
-Santa María, Madre de Jesús y nuestra dulce Madre,
-Santa María, ornamento y gozo de la Sagrada Familia,

-San José, Padre legal de Jesús,
 -San José, Casto esposo de María,
-San José, guía y amparo le la Sagrada Familia,

-Sagrada Familia, bajo cuya protección nos hemos consagrado a Dios, Está siempre con nosotros.
-Sagrada Familia, que hemos tomado por modelo,
-Sagrada Familia, predilecta del Padre celestial,
-Sagrada Familia, conducida por el Espíritu Santo,
-Sagrada Familia, santificada por la presencia del Hijo de Dios,
-Sagrada Familia, terror del infierno,
-Sagrada Familia, asilo de todas las virtudes,
-Sagrada Familia, Santuario de la Divina Trinidad,
-Sagrada Familia, precioso Tabernáculo de Dios vivo,
-Sagrada Familia, oscura e ignorada sobre la tierra,
-Sagrada Familia, pobre y laboriosa,
-Sagrada Familia, modelo de paciencia y resignación,
-Sagrada Familia, gozosa en las tribulaciones,
-Sagrada Familia, venerada de los pastores,
-Sagrada Familia, honrada por los Magos,
-Sagrada Familia, por Herodes perseguida,
-Sagrada Familia, de los judíos despreciada,
-Sagrada Familia, deseada de los Patriarcas,
-Sagrada Familia, de los Angeles respetada,
-Sagrada Familia, modelo de todos los Santos,
-Sagrada Familia, ornamento de la celestial Jerusalén,
-Senos propicia, Te lo rogamos, óyenos
-Socórrenos en todos los peligros de alma y cuerpo,
-Se nuestro refugio contra los males que nos aquejan,
-Se nuestra fuerza en los combates y pruebas,
-Se fuerte muro contra los ataques del enemigo de nuestra salud,
-Se nuestra esperanza en esta vida y nuestro consuelo en la hora de la muerte,
-Se eficaz protectora de aquellos que os invocan con verdadera confianza,
-Se medianera de los que mueren en el Señor y Abogada de los pecadores cerca del Soberano Jesús,
-Sed liberadora de las almas detenidas en el purgatorio y salud de los que esperan en Vos,
-Se siempre sostén de los débiles y ayuda de los imperfectos,
-Se siempre protectora de nuestra familia y de toda la sociedad,
-Se siempre espejo de los cristianos, imán de los justos,
-Se siempre consoladora de los afligidos y refugio de vuestros devotos,
-Se siempre apoyo y defensa de los que se han consagrado a vuestro servicio,
V. Sagrada Familia, se glorificada en todos los siglos.
R. Reina para siempre en todos los corazones.

Oración

Divino Salvador, bendice todas nuestras obras, recompensa de una manera digna de Vos a todos los que trabajan por tu gloria, concede la paz y la vida eterna a nuestros hermanos muertos. Concede también a tus operarios evangélicos las gracias que le son necesarias para la conversión de los pecadores, santificación de los justos y aumento de su cristiana familia, a fin de que seas conocido y glorificado de todas las criaturas con María y José, y reines en todos los corazones ahora y siempre, ¡oh Tu!, que vives y reinas con Dios Padre, en unidad del Espíritu Santo, por todos los siglos. Amén.

Oraciones a la Sagrada Familia

ORACIÓN I

Sagrada Familia de Nazaret;
enséñanos el recogimiento,
la interioridad;
danos la disposición de
escuchar las buenas inspiraciones y las palabras
de los verdaderos maestros.

Enséñanos la necesidad
del trabajo de reparación,
del estudio,
de la vida interior personal,
de la oración,
que sólo Dios ve en los secreto;
enséñanos lo que es la familia,
su comunión de amor,
su belleza simple y austera,
su carácter sagrado e inviolable. Amén

ORACIÓN II

Jesús, José y María, os doy mi corazón
y el alma mía.
Jesús, José y María, asistidme en mi
última agonía.
Jesús, José y María, en ustedes descanse
en paz el alma mía.

ORACIÓN III

Abre el corazón de nuestros hogares a la oración, a la acogida de la Palabra de Dios y al testimonio cristiano; que cada una de nuestras familias sea una auténtica Iglesia doméstica en la que se viva y se anuncie el Evangelio de Jesucristo.
Amén
Sagrada Familia de Nazaret, comunión de amor de Jesús, María y José, modelo e ideal de toda familia cristiana, a ti confiamos nuestras familias.
Haz de cada familia un santuario en el que se acoja y se respete la vida: una comunidad de amor abierta a la fe y a la esperanza, un hogar en el que reinen la comprensión, la solidaridad; y en el que se viva la alegría de la reconciliación y de la paz.
Concédenos que todas nuestras familias tengan una vivienda digna en la que nunca falten el pan suficiente y lo necesario para una vida verdaderamente humana.

ORACIÓN IV

Era pobre y silenciosa,
Pero con rayos de luz;
Olor a jazmín y a rosa
Y el niño que la alboroza:
Es la casa de Jesús.
Un taller de carpintero
Y un gran misterio de fe;
Manos callosas de obrero,
Justas manos de hombre entero:
Es la casa de José.
Había júbilo y canto;
Ella lavaba y barría,
Y el arcángel saludando
Repetía noche y día:
“Es la casa de María”.
Familia pobre y divina,
Pobre mesa, pobre casa,
Mucha unión, ninguna espina
Y el ejemplo que culmina:
En un amor que no pasa.
Concédenos, Padre,
Una mesa y un hogar,
Amor para trabajar,
Padres a quien querer
Y una sonrisa que dar.
Amén

VIDA Y COSTUMBRES DOMÉSTICAS DE LA VIRGEN

Vistió la humilde Virgen lino y lana,
Honró en su estado al grande y al pequeño,
Ira, cólera o risa, ni por sueño
Mostró tener, ni turbación humana.,
De estatura de cuerpo fue mediana,
Rubio el cabello, el color trigueño,
Afilada nariz, rostro aguileño,
Cifrando en él un alma humilde y llana.
Los ojos verdes de color de oliva,
La ceja negra, arqueada, hermosa,
La vista santa, penetrante y viva.
Labios y boca de purpúrea rosa,
Con gracia en las palabras excesiva,
Representando a Dios en cualquier cosa.
Andrés Rey de Artieda.

LA SACRA FAMILIA

Zagal, ¿dónde está mi bien?
-En María, Jesús y José.
-¿A dónde está mi alegría?
-En Jesús, José y María.
-¿A dónde toda la luz?
-En María, José y Jesús.
-¿Qué nuevo prodigio es?
-Igual no se ha visto alguno:
Tres soles parecen uno,
Un sol, y parece tres.
Es tan grande el resplandor
De Jesús, José y María,
Que no vio más claro día
En sus finezas amor.
Este soberano ardor
Abrasa todo desdén.
Zagal, ¿dónde está mi bien? etc.
Crece tanto la intención
Cuando el amor la acrisola,
Que de tres una luz sola
Parece por reflexión.
No hay helado corazón
De los que sus rayos ven.
Zagal, ¿dónde está mi bien?
-En María, Jesús y José.
-¿A dónde está mi alegría?
-En Jesús, José y María.
-¿A dónde toda la luz?
-En María, José y Jesús.
-¿Qué nuevo prodigio es?
-Igual no se ha visto alguno:
Tres soles parecen uno,
Un sol, y parece tres.
G. Tejada.

HUIDA A EGIPTO

 l
¿Dónde vais, Zagala,
Sola en el monte?
Mas quien lleva el Sol
No teme a noche.
¿Dónde vais, María,
Divina esposa,
Madre gloriosa
De quién os cría?
¿Qué haréis si el día
Se va al ocaso,
Y en el monte acaso
La noche os coge?
Mas quien lleva el Sol
No teme la noche.
El ver las estrellas
Me causa enojos,
Pero vuestros ojos
Más lucen que ellas;
Ya sale con ellas
La noche escura,
A vuestra hermosura
La luz se esconde;
Mas quien lleva el Sol
No teme la noche.
L. De Vega.

CAMINAD A EGIPTO

Caminad a Egipto
Con el Niño, Madre,
Que ha mandado Herodes
Buscarle y matarle;
Pero, ya que es hombre,
Dad lugar que pase,
Para nuestra vida
De su muerte el cáliz,
Pues que ya nos deja
Su cuerpo y su sangre
En el pan y en vino
Que a todos reparte;
Ya en la cruz le enclavan,
Y a su eterno Padre
Su espíritu envía,
Y el cielo nos abre.
Que de noche le mataron
Al caballero,
A la gala de María,
La flor del cielo.
Como el sol que arde
Tanto se cubría,
Noche parecía,
Aunque era la tarde.
La muerte cobarde
Mató, aunque muerto,
Al caballero,
A la gala de María,
La flor del cielo.
L. De Vega.

Rosario de la Sagrada Familia de Nazareth



La vida oculta de Nazareth permite a todo hombre y mujer estar en comunión con Jesús en las cosas más ordinarias de la vida cotidiana. Nazareth es la escuela donde se empieza a comprender la vida de Jesús, es decir, es la escuela del Evangelio.

En primer lugar nos enseña el silencio, atmósfera admirable e indispensable para el espíritu. En ella aprendemos también una lección de trabajo. ¡Oh, morada de Nazareth, casa del “hijo del carpintero”!…

"SALVE, OH SAGRADA FAMILIA DE NAZARETH"

Salve, Oh Sagrada Familia de Nazareth,
Jesús, María y José
bendita eres
y bendito es el Hijo de Dios
que en ti ha nacido, Jesús.
Sagrada Familia de Nazareth,
a ti nos consagramos:
guía, sostén
y protege en el amor
a nuestras familias. Amén.

I. MISTERIO

La Sagrada Familia, Obra de Dios
“Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su propio Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo el dominio de la ley, para liberarnos del dominio de la ley y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios” (Gal 4,4-5).
He aquí que en el principio del nuevo testamento, como ya al inicio del antiguo testamento, está una pareja. Pero mientras que en aquella de Adán y Eva estaba la fuente del mal que ha dominado al mundo, en la de José y María encontramos el el vértice desde el cual se expande la santidad sobre toda la tierra. El salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la cual se manifiesta su voluntad omnipotente de purificar y santificar a la familia, santuario del amor y la cuna de la vida.
Oremos para que el Espíritu Santo renueve a las familias, según el modelo de la Sagrada Familia de Nazareth.
Padre Nuestro.
10 Salve, Oh Sagrada Familia de Nazareth
Gloria al Padre.

Jesús, María y José
Ilumínennos, socórrannos y sálvennos. Amén.

II. MISTERIO

La Sagrada Familia en Belén
"El ángel les dijo: « No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para ustedes y para todo el pueblo: Les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre »… Fueron de prisa y encontraron a María, a José y niño acostado en el pesebre". (Lc. 2, 10-12.16).
El nacimiento de Jesús en Belén ha dado inicio a esta Familia, única y excepcional en la historia de la humanidad; en esta Familia ha venido al mundo, ah crecido y ha sido educado el hijo de Dios, concebido y nacido de la Madre Virgen.
Oremos: María y José: mediante su intercesión obtengamos la gracia de amar y adorar a Jesús sobre todas las cosas.
Padre Nuestro.
10 Salve, Oh Sagrada Familia de Nazareth
Gloria al Padre.

Jesús, María y José
Ilumínennos, socórrannos y sálvennos. Amén.

III. MISTERIO

ra el pueblo de Israel”.Oremos, confiando a la Sagrada Familia, a la Iglesia y a todas las familias humanas.
Padre Nuestro.
10 Salve, Oh Sagrada Familia de Nazareth
Gloria al Padre.

Jesús, María y José
Ilumínennos, socórrannos, y sálvennos. Amé
La Sagrada Familia en el Templo
“Su padre y su madre estaban admirados de las cosas que se decían de él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: « Mira, este niño debe ser causa tanto de caída como de resurrección para la gente de Israel. Será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. »” (Lc. 2,33-35).
El rescate del primogénito es deber del padre, que es cumplido por José. El evangelista revela que “el padre y la madre de Jesús se admiraron de las cosas que se decían de él” y, en particular, de lo que dice Simeón señalando a Jesús, en su cántico a Dios, como la “salvación preparada por Dios ante todos los pueblos” y “luz para alumbrar a las naciones y gloria pan

IV. MISTERIO

La Sagrada Familia huye y regresa de Egipto
“El ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: « Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te avise; porque Herodes va a buscar al niño para matarlo ». José se levantó de noche, tomó al niño y a su madre, y partió hacia Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes… Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: « Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque ya han muerto los que querían matar al niño »”. (Mt. 2, 13-14. 19-21)
Así como Israel había emprendido el camino del éxodo “de la condición de esclavitud” para iniciar la antigua Alianza, así José, depositario y cooperador del misterio providencial de Dios custodia también en el exilio a aquel que habría de realizar la nueva alianza.
Oremos para que nuestra adhesión al evangelio sea total y fielmente activa.
Padre Nuestro.
10 Salve, Oh Sagrada Familia de Nazareth.
Gloria al Padre.

Jesús, María y José
Ilumínennos, socórrannos y sálvennos. Amén.

V. MISTERIO

La Sagrada Familia en la casa de Nazareth
“Volvió con ellos a Nazareth, donde vivió obedeciéndoles. Su madre guardaba fielmente en su corazón todos estos recuerdos. Mientras tanto, Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 51-52).
Jesús fue desde el inicio el centro de su gran amor, lleno de solicitud y afecto; fue su gran vocación; fue su inspiración; fue el gran misterio de su vida. En la casa de Nazareth él fue obediente y sumiso, así como debe serlo un hijo hacia sus propios padres. Esta obediencia de Jesús a María y José llena casi todos los años de su vida sobre la tierra y constituye por tanto el símbolo de aquella total e ininterrumpida obediencia que tributa al Padre Celeste. A la Sagrada familia pertenece así una parte relevante de aquel divino misterio, cuyo fruto es la redención del mundo.
Oremos y pidamos la luz y la ayuda de Dios para crear en familia el mismo clima espiritual de la casa de Nazareth.
Padre Nuestro.
10 Salve, Oh Sagrada Familia de Nazareth.
Gloria al Padre.

Jesús, María y José
Ilumínennos, socórrannos, sálvennos. Amén.

LETANIAS DE LA SAGRADA FAMILIA

Señor, ten piedad de nosotros Señor, ten piedad de nosotros
Cristo, ten piedad de nosotros Cristo,ten piedad de nosotros
Señor, ten piedad de nosotros Señor, ten piedad de nosotros
Cristo, escúchanos Cristo, escúchanos
Cristo, socórrenos Cristo, socórrenos
Padre celestial, que eres Dios, ten piedad de nosotros
Hijo, Redentor del mundo, que eres Dios, ten piedad de nosotros
Espíritu Santo, que eres Dios, ten piedad de nosotros
Santísima Trinidad, que eres un solo Dios, ten piedad
de nosotros
Jesús, hijo del Dios vivo, que hecho hombre por amor a nosotros
has ennoblecido y santificado los vínculo de la familia
Ten piedad de nosotros
Jesús, María y José, a quienes honramos con el nombre de Sagrada Familia. Ayúdanos
Sagrada Familia, imagen de la Santísima Trinidad sobre la tierra. Ayúdanos
Sagrada Familia, modelo de perfecto de todas las virtudes. Ayúdanos
Sagrada Familia, no acogida en Belén pero glorificada por el canto de los ángeles. Ayúdanos
Sagrada Familia, que recibiste los regalos de los pastores y de los magos. Ayúdanos
Sagrada Familia; exaltada por el santo anciano Simeón. Ayúdanos
Sagrada Familia, perseguida y obligada a refugiarse en tierra extraña. Ayúdanos
Sagrada Familia, que viviste rechazada y oculta. Ayúdanos
Sagrada Familia, fidelísima a la ley del Señor. Ayúdanos
Sagrada Familia, modelo de las familias
regeneradas en el espíritu cristiano. Ayúdanos
Sagrada Familia, cuya cabeza es
modelo de amor paterno. Ayúdanos
Sagrada Familia cuya madre es modelo
de amor materno. Ayúdanos
Sagrada Familia, cuyo hijo es modelo
de obediencia y de amor filial. Ayúdanos
Sagrada Familia, modelo y protectora
de todas las familias cristianas. Ayúdanos
Sagrada Familia, refugio nuestro en la vida
y esperanza a la hora de la muerte. Ayúdanos
De todo aquello que nos quita la paz y la unión de los corazones, Oh Sagrada Familia Libéranos
De la desesperación del corazón, Oh Sagrada Familia Libéranos
De los apegos a los bienes terrenos, Oh Sagrada Familia Libéranos
Del deseo de la vanagloria, Oh Sagrada Familia Libéranos
De la mala muerte, Oh Sagrada Familia Libéranos
Por la perfecta unión de los corazones. Escúchanos
Por tu pobreza y tu humildad, Oh Sagrada Familia Escúchanos
Por tu perfecta obediencia, Oh Sagrada Familia Escúchanos
Por tus aflicciones y dolorosos padecimientos, Oh Sagrada Familia Escúchanos
Por tus trabajos y tus dificultades, Oh Sagrada Familia Escúchanos
Por tus oraciones y tu silencio, Oh Sagrada Familia Escúchanos
Por la perfección de tus acciones, Oh Sagrada Familia Escúchanos
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Perdónanos Señor
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Óyenos Señor
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Ten piedad y misericordia de nosotros.
Oh Sagrada Familia nos refugiamos en ti con amor y esperanza. Haznos sentir los efectos de tu saludable protección. Amén.
Fuente: Arquidiócesis de San Luis Potosi. México


Novena en Honor a la Sagrada Familia





Se celebra la fiesta de la sagrada familia el domingo que cae dentro de la octava de navidad; nueve días antes comienza su novena.
Es una fiesta de devoción, introducida por primera vez como celebración opcional en 1893. El culto de la sagrada familia se hizo muy popular en el siglo pasado, sobre todo en Canadá. El papa León XIII lo promovió muchísimo.

PRIMER DÍA:
LA SAGRADA FAMILIA

Intención: Por todas las familias del mundo (Añade tu propia petición en silencio o en voz alta.)
Muy a menudo nosotros pensamos en la Sagrada Familia como una familia sin problemas. Dios por supuesto era el centro de su fuerza, pero él llamó a Jesús, María y José a una entrega total de sí mismos en el amor.
José tomó para sí a una joven doncella con un niño que no era suyo, y creía que en la fidelidad a Dios. María vio crecer a su Hijo hasta que se convirtió en hombre solo para ser asesinado. Jesús encarno el amor sufriente de su Padre por el despecho ocasio-nado por aquellos que él amaba.

Oración

Oh Dios, concédenos la gracia de la fidelidad, el coraje y el amor de Jesús, María y José. Sea para nosotros un signo de silencio y un lugar de reposo en esta vida para que veamos todas las cosas con ojos de fe, y de esta manera poder cumplir con nuestro llamado.
Como Jesús, María y José, nosotros abrazamos este caminar por la tierra, a pesar de los momentos de duda y temor, porque hoy y siempre Tú, Dios Padre, eres nuestra seguridad y nuestra fuerza. Te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, Maria y José modelo de todas las familias cristianas. Amén.

SEGUNDO DÍA: LAS NUEVAS PAREJAS

Intención: Por todos los que se han comprometido en matrimonio y las parejas jóvenes (Añade tus peticiones personales)
Muchas parejas en estos momentos, están contemplando su matrimonio por diferentes razones. Ellos necesitan profundizar en el compromiso, un compromiso que les invita a entregar su amor de una manera grandiosa – la entrega total de sí mismos hacia los otros y la aceptación y elapoyo total hacia el otro. Ellos son las semillas de la nueva familia.

Oración

Oh Dios, Tú que siempre mantienes tus promesas, ayuda a las parejas nuevas a amarse a sí mismas por completo; te pedimos por cada uno de ellos y por aquellos cuyas vidas serán tocadas por ellos.
Abre sus corazones para que incluyan en sus vidas el fruto de su amor, si este es tu voluntad. María y José al igual que ellos hicieron posible que Jesús creciera en Nazaret en sabiduría, edad y gracia, concede a estas parejas la grandeza de corazón para que amen a sus hijos. Te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, Maria y José, modelo de todas las familias cristianas. Amén.

TERCER DÍA:
 FAMILIAS CON PROBLEMAS

Intención: Por las personas que sufren a causa de problemas familiares (Añade tus intenciones personales)
Hay mucho sufrimiento y dolor en el mundo de hoy, particularmente cuando no hay amor en la familia. Nos hacen falta la sanación y el perdón: bendiciones recibidas cuando regresemos a Dios.

Oración

Oh Jesús, Tú que tienes la capacidad de curar nuestro cuerpo y nuestra alma, te pedimos que te hagas presente en los miembros de las familias que están pasando por situaciones de dolor. Dales la fuerza para cambiar sus corazones, enfrentar sus problemas y encontrar pronta soluciones. Aquellos son víctimas, necesitarán tu apoyo y el de los demás, para poder perdonar y volver a amar con la misma capacidad que antes.
Señor, además hay otras familias donde lazos de unión se han roto. Llega a los miembros de esas familias para que ellos puedan tener la valentía de “juntar los pedazos” y continuar su vida. Permíteles que puedan sobreponerse al dolor y encuentren en Ti y en aquellos que los aman el apoyo, la afirmación y la perseverancia para continuar. Te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, Maria y Josémodelo de todas las familias cristianas. Amén.

CUARTO DÍA:
LAS PERSONAS QUE NO TIENEN FAMILIA

Intención: Por aquellos que han sido rechazados por sus familias (Añade tus intenciones personales)
Muchas personas son víctimas de familias que no perseveraron de vivir su compromiso de amarse mutuamente. Algunos vienen de uniones que no fueron bendecidas con amor; otros son hijos de aquellas víctimas del desamor en sus hogares. No habiendo conocido el amor de sus padres, o el de otros miembros de su familia, se sienten rechazados.

Oración

Oh Dios compasivo, te pedimos la gracia del amor para las víctimas del desamor. Concede a aquellos que se sienten rechazados, la gracia y el don de ver amor en el corazón de otros. Abre sus corazones a aceptar ese amor y de esta manera puedan romper el ciclo del desamor. Te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, Maria y José, modelo de todas las familias cristianas. Amén.

QUINTO DÍA:
FAMILIAS QUE ESTÁN COMENZANDO DE NUEVO

Intención: Por familias que han adoptado hijos o parejas en segundo matrimonio (Añade tus intenciones personales)
Hay muchas parejas entre nosotros que están abriendo las puertas de sus hogares a hijos adoptados o están comenzando de nuevo a edificar y fortalecer los lazos de amor que los mantendrán juntos toda la vida. Ellas necesitan la Fortaleza y el apoyo de la Iglesia.

Oración

Dios misericordioso, estas familias necesitan todo el apoyo y la afirmación que pueden recibir, no solo de sí mismos, sino también de las personas que los aman. Concede a los miembros de las familias, amor suficiente para abrirse a los otros, aceptando los nuevos modos de vida, laspersonalidades y dones que ellos pueden encontrar, edificando y fortale-ciendo esta nueva construcción, para que por el creciente amor pueda ser una edificación firme y duradera. Te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, Maria y José, modelo de todas las familias cristianas. Amén.

SEXTO DÍA: MI FAMILIA

Intención: Por todos los miembros de mi familia (Añade tus intenciones personales)
Hay una familia muy Especial que necesitamos mantener en nuestras oraciones-nuestra propia familia en la cual nosotros nacimos. No haypalabras que definan lo que ella significa, puesto que para cada uno de nosotros, nuestra familia es única. Con esto en mente, recordemos a cada uno de los miembros de nuestras familias. (En silencio nómbralos a cada uno)

Oración

Te doy gracias, Oh Dios de mi vida, por todas las alegrías y bendiciones de mi familia. También te ofrezco los momentos de dolor y desengaño. Te entrego ambas realidades a Ti. Ayúdame a perdonar a aquellos miembros de mi familia, incluyéndome a mí mismo, que han causado dolor; y ayúdame a agradecer a aquellos que me dan alegría.
Dame la fuerza para ser luz en mi familia y testigo de tu amor a los demás.
Te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, Marta y José, modelo de todas las familias cristianas. Amén.

SÉPTIMO DÍA:
LAS FAMILIAS QUE ESTÁN CELEBRANDO ALGO

Intención: Por aquellas familias que están cele-brando eventos especiales en este año (Añade tus intenciones personales)
“Regocijate con aquellos que se regocijan.” Hay muchas cosas para celebrar en familia -nacimientos y cumpleaños; bodas y aniversarios; los primeros pasos en la escuela y las graduaciones; y todas las alegrías de la vida de cada día que vienen por medio del amor y del compartir.

Oración

Nos regocijamos y te damos gracias, Oh Dios bondadoso, por el regalo de la familia.
Te agradecemos de una manera especial por aquellas parejas que están celebrando sus bodas de plata o de oro. Ellos son testigo para sus hijos y para el mundo – un reflejo de tu compromiso fiel con tu Pueblo. Concédeles la paz y la alegría que vienen de saber que han sabido vivir a plenitud. Te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, Maria y José, modelo de todas las familias cristianas. Amén.

OCTAVO DÍA:
FAMILIAS QUE PRESTAN SERVICIOS

Intención: Por aquellas familias que dan su tiempo para ayudar a otros (Añade tus intenciones personales)
Por nuestro amor, ellos sabrán que somos cristianos.” Y el amor que es compartido de una manera íntima entre los miembros de una familia, no puede guardarse, sino que se desborda sobre muchos otros. El verdadero amor que ellos comparten es un testimonio que nuestro mundo reclama.

Oración

Oh Jesús, da a aquellas familias que desean compartir su amor más profúndamente, la fuerza para alcanzar la meta de ir más allá de sí mismos. Ayúdales siempre a mantenerte como el centro de sus vidas, como lo hicieron María y José.
También te pedimos, por aquellos hombres y mujeres que han sido líderes en movimientos cristianos dando su tiempo, talento y Tesoro a las familias. Dales a ellos la fuerza para continuar mostrando a los demás, el gran amor que Tú le tienes al mundo. Te lo pedimos por intercesión dela Sagrada familia de Nazaret, Jesús, Maria y José, modelo de todas las familias cristianas. Amén.

NOVENO DÍA:
LA FAMILIA UNIVERSAL

Intención: Por nuestros hermanos y hermanas en todo el mundo (Añada su intenciones personales)
Hay un círculo más grande de miembros de familia, con los cuales nosotros tenemos relación – la gran familia Universal. Jesús se hace para nosotros CAMINO, VERDAD y VIDA para que siguiendo este modelo podamos estrechar los lazos que nos unen.

Oración
Oh Dios, Creador de la tierra y de todos los que la habitan, concédenos que nunca seamos tan egoístas como para no querer ver la gran familia de la cual nosotros hacemos parte. Ayúdanos a estar conscientes de que, como miembros de una sola familia, todos somos iguales en los ojos de Dios.
Todos tenemos talentos para compartir, como cada miembro de la Sagrada Familia lo hizo—haz que nosotros seamos generosos y creativos en el compartir de estos dones espirituales o materiales. Juntos, entonces, todos podemos edificar un mundo mejor. Te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, Maria y José, modelo de todas las familias cristianas. Amén.

Oración Final

Señor Dios, de ti procede cada familia en el cielo y en la tierra. Padre, Tú eres Amor y Vida. Por medio de tu Hijo Jesucristo, que nació; de mujer, y por medio del Espíritu Santo, fuente de caridad divina, haz que cada familia en la tierra se convierta para las próximas generaciones en un verdadero santuario de vida y amor.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos de los esposos y las esposas para el bien de sus familias y el de todas las familias del mundo. Haz que los jóvenes puedan encontrar en sus familias el apoyo sólido para alcanzar su dignidad humana, y para crecer en la verdad y el amor. Haz que el amor, fortalecido por la gracia del sacramento del matrimonio, sobrepase todas las debilidades y pruebas por las cuales, algunas veces pasan nues-tras familias.
Por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, haz que la Iglesia pueda cumplir fruc-tuosamente con su misión universal en la familia y porla familia.
Te lo pedimos a Ti, que eres la Vida, la Ver-dad y el Amor, junto con tu Hijo y el Espíritu Santo, AMEN.
Fuente Juan Pablo II, Sister Catherine Fedewa,CSFN

 

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