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Sean bienvenidos

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Invitación y bienvenida

Hola amig@s, bienvenid@s a este lugar, "Seguir la Senda.Ventana abierta", un blog que da comienzo e inicia su andadura el 6 de Diciembre de 2010, y con el que sólo busco compartir con ustedes algo de mi inventiva, artículos que tengo recogidos desde hace años, y también todo aquello bonito e instructivo que encuentro en Google o que llega a mí desde la red, y sin ánimo de lucro.

Si alguno de ustedes comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia, o por el contrario quiere que sea retirado de inmediato, por favor, comuníquenmelo y lo haré en seguida y sin demora.

Doy las gracias a tod@s mis amig@s blogueros que me visitan desde todas partes del mundo y de los cuales siempre aprendo algo nuevo. ¡¡¡Gracias de todo corazón y Bienvenid@s !!!!

Si lo desean, bajo la cabecera de "Seguir la Senda", se encuentran unos títulos que pulsando o haciendo clic sobre cada uno de ellos pueden acceder directamente a la sección que les interese. De igual manera, haciendo lo mismo en cada una de las imágenes de la línea vertical al lado izquierdo del blog a partir de "Dios", pasando por todos, hasta "Galería de imágenes", les conduce también al objetivo escogido.

Espero que todos los artículos que publique en mi blog -y también el de ustedes si así lo desean- les sirva de ayuda, y si les apetece comenten qué les parece...

Mi ventana y mi puerta siempre estarán abiertas para tod@s aquell@s que quieran visitarme. Dios les bendiga continuamente y en gran manera.

Aquí les recibo a ustedes como se merecen, alrededor de la mesa y junto a esta agradable meriendita virtual.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.
No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad. Les saluda atentamente: Angelita Grueso.

lunes, 11 de abril de 2011



La Divina Providencia de Dios en nuestras vidas



La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último. CIC 321
La solemne declaración dogmática del Concilio Vaticano dice:
 “Todo lo que Dios creó, lo conserva y gobierna con su Providencia, alcanzando de un confín a otro poderosamente y disponiéndolo todo sabiamente (cf. Sb. 8, 1). Porque “todo está desnudo y patente ante sus ojos” (Hb. 4, 13), aún lo que ha de acontecer por libre acción de las criaturas” (Denz. 1784).
Cristo nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: “Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros” (I P 5, 7; cf Sal 55, 23). CIC 322

NUESTRAS NECESIDADES


 Dios, por supuesto, conoce todas nuestras necesidades mejor que nosotros mismos y se ocupará de ellas si se las dejamos a Él. Bien nos lo dice Jesucristo:
“No anden tan preocupados ni digan: ¿tendremos alimento? ¿qué beberemos?, o ¿tendremos ropas para vestirnos? Los que no conocen a Dios se afanan por eso, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso”. (Mt. 6, 31-32)
“Fíjense en las aves del cielo, que no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros. Sin embargo, el Padre del Cielo, el Padre de ustedes, las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que las aves? (Mt. 6, 26)
Tenemos la seguridad de que Dios conoce nuestras necesidades y que nos da cada cosa a su tiempo:
“Todas esas criaturas de Ti esperan que les des a su tiempo el alimento. Apenas se lo das, ellos lo toman, abres tu mano y se sacian de bienes” (Sal. 104, 27-28).
Esta atención amorosa de Dios y el gobierno y la dirección que Dios ejerce en el universo es lo que se denomina “Divina Providencia”. “Providencia” viene del verbo latino “providére” que significa “proveer”.

LA CREACIÓN DE DIOS


Dios creó el universo y todo lo que hay en él. Pero también lo preserva, lo mantiene y lo gobierna. El universo se volvería nada –volvería a su situación inicial de no existir- si no fuera porque Dios lo mantiene con su poder infinito.
“¿Cómo podría durar una cosa que Tú no quisieras? ¿Qué podría subsistir si Tú no lo hubieras llamado? (Sab. 11, 25).
“El, cuya palabra es poderosa, mantiene el universo” (Hb. 1, 3b).
Por el mismo poder de su Voluntad por el cual creó el universo, Dios hace también que continúe en la manera que El desea y hasta tanto él lo desea.
En su Sabiduría y Bondad Infinitas, Dios cuida de todas las cosas, las ordena y las dirige hacia el fin para el cual las creó.
La Divina Providencia se extiende aún a las cosas más pequeñas. “El hizo a los pequeños y a los grandes; El se preocupa por todos” (Sab. 6, 7b).
“¿Acaso un par de pajaritos no se venden por unos centavos? Pero ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre” (Mt. 10, 29).

EL SEÑOR NOS PIDE CONFIANZA


El Señor nos pide que confiemos en su Divina Providencia, pues El está pendiente de todo:
“Entonces no teman, pues hasta los cabellos de sus cabezas están contados. Con todo, ustedes valen más que los pajaritos” (Mt. 10, 30-31).
“No anden preocupados por su vida con problemas de alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa. ¿No es más importante la vida que el alimento y más valioso el cuerpo que la ropa?” (Mt. 6, 25)
“Miren cómo crecen las flores del campo, y no trabajan ni tejen. Pero Yo les digo que ni Salomón, con todo su lujo, pudo vestir como una de ellas. Y si Dios viste así el pasto del campo, que hoy brota y mañana se echa al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes? ¡Qué poca fe tienen!” (Mt. 6, 28)
Dios no quiere directamente ningún mal físico, entendido como privación de algún bien físico (por ejemplo, una enfermedad). Tampoco quiere directamente ninguna carencia, como una privación injusta de la libertad, una situación económica difícil, pero permite estos llamados “males” para obtener mayores bienes. Estos llamados “males” pueden resultar “bienes” cuando los aprovechamos como lo que son: gracias de privación, de sufrimiento, de dolor, para crecer en nuestra vida espiritual.
Así mismo con el pecado. Dios, por supuesto, no quiere el pecado. Pero también del pecado Dios puede sacar un bien: el arrepentimiento del pecador, para que se manifieste su infinita Misericordia; la humillación de la persona para que crezca en humildad y, por tanto, en santidad.
De allí que San Agustín enseñe: “El Dios Omnipotente no habría permitido que hubiese mal en sus obras si no fuese tan Omnipotente y Bueno que consiga sacar bien del propio mal”.

CREACIÓN, NATURALEZA Y HUMANIDAD


Como regla general, para preservar y gobernar el mundo, Dios utiliza las leyes de la naturaleza. Pero sabemos que El sigue siendo Dueño y Señor de la naturaleza. De allí que, cuando así lo decide con su Sabiduría Infinita, puede cambiar las leyes de la naturaleza: cambiar la naturaleza de las cosas creadas, aumentar o disminuir sus fuerzas, sustituir esas fuerzas por su poder divino, etc. Es decir, Dios puede realizar “milagros” cuando así lo decide.
La Providencia de Dios dirige el curso de la historia de la humanidad. Especialmente en la Biblia vemos cómo guió al pueblo de Israel, cómo preparó a la humanidad para la venida del Mesías, y –aunque no está escrito y tal vez no nos damos cuenta- sigue también guiando a la humanidad hacia el fin de este mundo terreno y el paso a la eternidad.
Los seres humanos participamos en la historia de la humanidad durante el tiempo que nos toca vivir en el mundo. Esta participación de las criaturas en el curso de la historia humana es lo que se llama en Teología “causas segundas”, siendo Dios siempre la “Causa Primera”, que dirige y ordena todo hacia el fin para el cual El ha creado el mundo.
Dios nos ha permitido a sus criaturas colaborar con Él en la historia de la salvación. Ahora bien, si cada uno de nosotros, viviéramos según el plan de Dios, si hubiéramos actuado o estuviéramos actuando según sus designios, podríamos decir que hemos sido o estamos siendo colaboradores adecuados en su plan de salvación de la humanidad.
Sin embargo, tristemente, sucede que en la mayoría de los casos, los seres humanos más bien hemos distorsionado o estamos distorsionando el plan divino con nuestros pecados y nuestros errores.
Pero Dios que, en su Omnipotencia y en su Sabiduría Infinita, saca bien del mal, reordena la historia humana para su mayor gloria y el mayor bien.
Sin contar los daños morales que cada uno de los seres humanos hemos podido causar y también los daños causados por grupos humanos y/o naciones, analicemos a título de ejemplo sólo una cosa en la que la mayoría de los que en este tiempo habitamos la tierra estamos de acuerdo: la destrucción del medio ambiente. Dios nos confió la naturaleza y ¿podemos decir que hemos sido competentes en mantener el equilibrio ambiental que Dios nos entregó? 

MODOS DEL GOBIERNO DIVINO PROVIDENTE


La providencia de Dios ordena inmediatamente todas y cada una de las criaturas a su fin. Las innumerables mediaciones de que Dios se vale -una persona, un libro, un encuentro, una persecución- no eliminan la inmediatez propia de la acción divina. Cuando Dios nos toca por sus criaturas, no nos llega de él solo la virtualidad de su acción, sino que inmediatamente Dios mismo nos toca, ya que él no se distingue de su acción.
Estos son los medios por los que Dios realiza su gobierno providencial:
1.-Por las leyes físicas, que él imprime y mantiene vigentes en las criaturas. El Señor hizo desde el principio sus obras, «las ordenó para siempre y les asignó su oficio, según su naturaleza…. y jamás desobedecerán sus mandatos» (Sir 16,27.29).
2.-Por las leyes morales, y también por las frecuentísimas iluminaciones y mociones particulares con las que dirige al hombre. El Señor no sólamente creó al hombre, y por las leyes morales «le llenó de ciencia e inteligencia, y le dio a conocer el bien y el mal» (Sir 17,6), sino que además obra una y otra vez sobre él; «es Dios quien obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). Un ejemplo: el anciano Simeón, «movido por el Espíritu Santo, vino al Templo» y encontró a Jesús (Lc 2,27). Aquí no hay casualidad, hay providencia. El hombre carnal atribuye todo lo que hace a sí mismo, a la casualidad o a las causas segundas. Pero dice verdad la Escritura inspirada cuando afirma que Simeón fue al Templo movido por un Intimo impulso de Dios providente. Toda nuestra vida está llena de iluminaciones y mociones de Dios.
3.-Por la oración de petición. El Señor quiere que pidamos; nos manda pedir. «Pedid y se os dará» (Lc 11,9). La oración de petición es eficaz, pero no lo es porque cambie o fuerce la voluntad de Dios providente, sino porque ayuda a que en el hombre se realice el plan de Dios.
Sin necesidad de grandes especulaciones filosóficas y teológicas, los creyentes siempre han sabido que sus peticiones a Dios eran escuchadas, eran eficaces. Así Judit, antes de obrar, ora: Señor, «tú ejecutas las hazañas, las antiguas, las siguientes, las de ahora, las que vendrán después; tú planeaste lo que estaba por venir, y sucedía como tú lo habías decretado, y se presentaba diciendo «Heme aquí», pues todos tus caminos están dispuestos, y previstos todos tus juicios». Sobre esa fe en la providencia se apoya la súplica: «Dame a mí, pobre viuda, fuerza para ejecutar lo que he premeditado» (Jdt 9,12-14; +Est 4,17s; 5,1s).
Santo Tomás concilia inmutabilidad de la providencia y eficacia de la oración de petición: «Excluir el efecto de la oración (alegando la inmutabilidad de la providencia de Dios) equivale a excluir el efecto de todas las otras causas. Así pues, si la inmutabilidad del orden divino no priva a las demás causas de sus efectos, tampoco resta eficacia a la oración. En consecuencia, las oraciones tienen valor no porque cambien el orden de lo eternamente dispuesto, sino porque están ya comprendidas en dicho orden» (S. Contra Gentiles III,96).
4.-Por intervenciones extraordinarias y milagrosas. La fe cristiana nos enseña que Dios puede hacer y a veces hace milagros. Los santos suelen hacer no pocos milagros. Y es tan «normal» que los hagan, que sin ellos la Iglesia no «reconoce» oficialmente la santidad. Pues bien, también por modos extraordinarios y milagrosos la providencia de Dios gobierna la vida de los hombres y de los pueblos. Y si los milagros no son más frecuentes, esto se debe ante todo -como dice Jesús- a nuestra poca fe (Mt 13,57-58; Mc 6,3-6).
Fuente:  www.buenanueva.net, www.gratisdate.org y otras




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