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Doy las gracias a tod@s mis amig@s blogueros que me visitan desde todas partes del mundo y de los cuales siempre aprendo algo nuevo. ¡¡¡Gracias de todo corazón y Bienvenid@s !!!!

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Mi ventana y mi puerta siempre estarán abiertas para tod@s aquell@s que quieran visitarme. Dios les bendiga continuamente y en gran manera.

Aquí les recibo a ustedes como se merecen, alrededor de la mesa y junto a esta agradable meriendita virtual.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.

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No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad. Les saluda atentamente: Angelita Grueso.

sábado, 9 de abril de 2011

Informe Especial:

Desposorios de María y José



Desposorio de la Virgen María con San José, Fiesta Universal

( 23 de enero y 26 de noviembre)



Los evangelios hacen aparecer a María cuando narran la concepción de Jesús. Según lo que narran se puede ver que María en ese momento era prometida de José de Nazaret, quien era carpintero.
Los relatos evangélicos se inician después de los desposorios de María con San José. El evangelio según san Lucas dedica dos capítulos a la concepción e infancia de Jesús. Es en Lucas también donde es llamada “muy favorecida”, “bendita entre todas las mujeres”, “madre del Señor”…

La sentencia comúnmente aceptada por los teólogos es que María contrajo verdadero matrimonio con San José.
Para algunos es incluso verdad de fe (como Seldmayr), para otros próxima a la fe (Lepicier). Según el Papa Benedicto XIV la sentencia contraria (es decir, que no hubo matrimonio verdadero) es ‘temeraria’.
Los textos bíblicos siempre hablan de ‘desposorio’, ‘matrimonio’:
-Lc 1,26-38: ‘una virgen desposada con un varón de nombre José’;
-Lc 2,5: José fue a Belén, ‘con María su esposa’;
-Mt 1,18-25: ‘Estando desposada María… con José…’; ‘…José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa…’; ‘recibiendo en su casa a su esposa’…
Estos textos indican claramente que en el momento de la Anunciación, María estaba ciertamente desposada con José.
Era virgen (lo dice expresamente San Lucas).
Tenía intención de permanecer virgen, aún estando, como ya estaba, desposada: lo expresa claramente su pregunta al ángel:
 “¿cómo podrá suceder esto, si no yo conozco varón?”; esta pregunta carece de todo sentido y es ininteligible en una mujer que está a punto de convivir con un hombre, pues en tal caso debería haber supuesto que concebiría del modo más natural del mundo, una vez que empezase a convivir con José. Distinto es el caso en que Ella tuviese intención, compartida con su esposo, de permanecer virgen; en este caso: o el ángel está hablando de un cambio de planes por parte de Dios…. o de un milagro inaudito.
La encarnación tuvo lugar antes de que María fuese llevada a casa de José.
Revelado a José el misterio de la concepción virginal, José llevó a María a su casa, celebrándose las nupcias (Mt 2,24).
El matrimonio se realizó según el ceremonial hebreo que incluía: primero los esponsales o promesa de unión (en este estado de vida estaba María en la Anunciación) y luego las nupcias o solemne introducción de la esposa en casa del marido.

Según la tradición judía de aquel momento, los jóvenes varones se desposaban entre los dieciocho y veinticuatro años, mientras que las jóvenes mujeres a partir de los doce años eran consideradas doncellas (na’arah) a partir de esa edad podían desposarse.

El matrimonio judío tenía dos momentos, desposorio y matrimonio propiamente dicho: el primero era celebrado en la casa de la novia y traía consigo acuerdos y obligaciones, aunque la vida en común era preciso.
Si la novia no había estado casada antes se esperaba un año después del desposorio para llegar a la segunda parte, el matrimonio propiamente dicho, donde el novio llevaba solemnemente a la novia desde la casa de sus padres a la de él.
Los desposorios entre los judíos equivalían a nuestra boda, aunque no eran nupcias definitivas.
Si después de los desposorios ella era infiel a su marido se la consideraba adúltera, y si éste moría, a ella se la consideraba viuda.

Los desposorios judíos suponían un compromiso tan real que al prometido se llamaba “marido”.
Aunque María no vivía todavía con San José, ya era su legítima esposa.
Por eso el ángel llama a María esposa:
«José, no temas aceptar a María, tu esposa»(273).
En cuanto a la naturaleza del matrimonio hay que decir que San José y la Virgen María contrajeron verdadero matrimonio en cuanto a su esencia (o como se dice en teología: en cuanto a su primera y esencial perfección) porque lo formal del matrimonio (lo que constituye propiamente a un hombre y una mujer en esposos) es el consentimiento para la unión conyugal, es decir en la unión indivisible de los ánimos.
En cuanto a la segunda perfección (que es el uso del matrimonio o unión carnal de los esposos) José y María renunciaron voluntariamente antes ya de que María fuese introducida en casa de José.
¿Esto implica imperfección del matrimonio?.
Hay que distinguir que en cuanto a la unión carnal, no fue matrimonio perfecto, pero sí fue perfecto en cuanto a la educación de la prole: el niño Jesús.

¿Cuáles fueron los motivos de conveniencia para que María se desposase con San José si no iban a tener vida matrimonial (en cuanto a la unión carnal)?.

Los motivos más importantes que señalan los santos Padres son:
Para que Jesús no fuera tenido por hijo ilegítimo por los impíos.
Para escribir su genealogía dentro del uso corriente, por medio del varón.
Para ocultar al diablo el parto de la Virgen.
Para que José tuviera el oficio de alimentarlo.
Para librar a la Virgen de toda infamia (calumnia).
Para que no fuera apedreada como adúltera por quienes no aceptasen el milagro de la Encarnación virginal.
Para que tuviese el auxilio de José a lo largo de su vida.
Para simbolizar a la Iglesia desposada con Jesucristo.
Para honrar a la virginidad y al matrimonio, y presentar tanto a las vírgenes como a las esposas un ejemplo vivo.

EL ANILLO NUPCIAL DE MARÍA Y JOSÉ

Desde la Edad Media los anillos de la boda de José y María ejercieron cierta fascinación en la religiosidad popular.
La influencia de las narraciones apócrifas que se deleitaban en el milagro de la elección de José para esposo por una parte, la iconografía de los desposorios por otra, contribuyeron a que la ceremonia de la boda, con anacronismos encantadores, divulgara la imagen de la imposición o entrega del anillo por san José a la esposa María virgen. Todo ello explica el hecho de que se conservaran y veneraran en lugares distintos cinco anillos nupciales al menos.
La primacía numérica la detentó u ostentó Francia, con cuatro de las cinco joyas devocionales.
Dos monasterios benedictinos poseían sendas alianzas: el borgoñón de Semur-en-Auxois que, según la tradición, fue donado por el que fuera patrono o encomendero del monasterio, el conde Gérard del Rosellón, a mediados del siglo VIII. El otro, más tardío, pertenecía a la abadía de Anchin, y se contaba que había sido transportado por los cruzados y donado por benefactores civiles y eclesiásticos en el siglo XIII.
Ya en el siglo XIV y comienzos del XV se veneraba en Notre Dame de Paris el par de anillos que se creía haber intercambiado los santos esposos en su boda.
La fuente principal y señera que lo transmite es, nada menos, Jean Gerson, que esgrime en prosa y verso esta prenda para afianzar su constante petición de una fiesta con misa y oficio de los desposorios de José y María. Lo suplicaba al poderoso e influyente duque de Berry en 1413 poniéndole de relieve el gran servicio religioso que prestaría estableciendo y apoyando la fiesta (que habría que colocar en tiempo litúrgico de Navidad) del “virginal matrimonio de San José y Nuestra Señora y el rezo del oficio” que él mismo había compuesto, y, además, todo ello en la iglesia de Notre Dame de Paris, “donde e
stán los anillos del desposorio de la Virgen”.

EL ANILLO DE PERUGIA

Ni todos en conjunto, ni ninguno de los anillos franceses en particular, pudieron competir con el realmente afortunado, el que se conserva aún y se venera en la capilla propia de la catedral de San Lorenzo de Perugia.
Puede decirse, incluso, que es la reliquia josefina por excelencia, la más enriquecida de gracias espirituales, con indulgencias; la más rica también en leyendas y en bibliografía de todos los talantes, desde la más crédula a la más crítica y rigurosa; la vigente aún y animadora de acontecimientos culturales y festivos con motivo de la exposición pública y ritual del anillo nupcial.
Sus orígenes son oscuros a más no poder, algo frecuente e incluso incitante en devociones populares.
Para ser más exactos, habría que decir que no se conocen los orígenes del santo anillo, lo que sitúa a la reliquia en el ámbito de la fantasía, de la imaginación, y del juego lejano de claros intereses político y religiosos.
La leyenda, posterior, explica la llegada del santo anillo a Chiusi, su primera localización, en el siglo III gracias a la mártir santa Mustiola, patrona de Chiusi y que había recibido el santo obsequio de su marido, también mártir.
La otra versión, no más verosímil ni probable que la anterior, habla de la presencia de la reliquia nupcial en Chiusi ya a principios del siglo XI. Un joyero local, Rainerio o Ainero, la había recibido en Roma de un judío, con el ruego de que la venerase como merecía, condición que no cumplió Rainerio con aquella joya, que dejó semiolvidada en la iglesia de Santa Mustiola.
Hasta que a eso de los diez años, el hijo (además único) de Rainerio murió y fue conducido a la iglesia de Santa Mustiola. Allí, estando en el túmulo, resucitó para reprochar públicamente al padre su pecado de descuido, y, tras haber recibido la seguridad de reparación de la culpa, murió otra vez plácidamente.
 Y comenzaron los milagros, ya en aquella misma ocasión con un repique de campanas sin que nadie las tañera. Siguieron con castigos a alguien que no respetó al santo anillo y, según narran los cronistas de Chiusi conducidos por la fantasía, se multiplicaron sin cesar en lo sucesivo.
La fama de los milagros despertó las rivalidades. Y a mediados del siglo XIV, con la excusa de que la iglesia de Santa Mustiola, extramuros y regida por canónigos regulares, resultaba insegura para tal tesoro, la reliquia se depositó en la catedral. Fue una decisión de la autoridad civil, y los pleitos que se siguieron entre los canónigos de ambas iglesias condujeron a que la autoridad eclesiástica, el obispo de Chiusi, decidiera que el santo anillo fuera depositado en una iglesia neutral: la urbana de los pobres franciscanos conventuales.
Allí estaba, cuando se hizo presente otro de los elementos habituales en la historia y en el tráfico de las reliquias: el hurto sacro, revestido casi siempre con ropajes de intervenciones sobrenaturales para justificar la nueva propiedad. En el caso del santo anillo es posible que actuaran también rivalidades entre los poderes civiles y los eclesiásticos.
 Lo cierto fue que uno de los frailes del convento de San Francisco, se dijo que llamado fray Winter, de Maguncia, sustrajo la reliquia. Lo que ya no es tan seguro es discernir si, tal y como confesaría el fraile, la robó con el objetivo de llevarla a su tierra alemana o, comprado por las autoridades perusinas que se lo pagaron con generosidad, llana y sencillamente para entregar el tesoro tan rentable a la ciudad de Perugia.
La justificación se fabricaría por parte de la ciudad con la tradición de que cuando el fraile ladrón se encaminaba hacia Alemania, justo allí, junto a Perugia, le sorprendió una niebla tan densa y tan duradera, que le impidió progresar, y por ello, y por inspiración divina, se vio obligado a entregar la preciosa prenda al gobierno urbano de la ciudad. Por supuesto, el común de Perugia lo acogió gozosamente y lo encerró en un arca fortísimo y con muchas llaves. Y se depositó en la catedral de San Lorenzo.
Como era de esperar, las dos ciudades se enzarzaron en una guerra que no se limitaba a la confrontación legal sino que llegaba también a expresiones más violentas.
Sixto IV, a quien recurrieron desde Chiusi y desde su defensora Siena, decidió contra Perugia; pero el sucesor, Inocencio VIII, que necesitaba ganarse el favor de la ciudad, dirimió el conflicto a favor de Perugia.
Para celebrarlo, en 1487 predicó un encendido apóstol de san José, el franciscano fray Bernardino de Feltre.
Fueron tan arrebatadas y fundadas sus palabras, que animó a las autoridades a honrar la milagrosa reliquia con la edificación de una capilla dedicada al santo anillo prónubo, como en realidad se hizo, y a fundar lo que sería el alma alentadora del culto y de la veneración: la Cofradía del Santo Anillo. Capilla propia en la catedral, cofradía responsable, interés del municipio, todo ello ha influido de manera decisiva en la devoción a una reliquia simpática, no cabe duda.
No obstante, a pesar de estos factores, a los que hay que añadir el del atractivo turístico de las fiestas en la actualidad, en tiempos anteriores a los contemporáneos se necesitaba también, y sobre todo, para la popularidad la oferta de ganancias espirituales y los milagros. En cuanto a las indulgencias, de las que disfrutaban los cofrades, para ganarlas estaban los tres días de exposición, cuando se sacaba el santo anillo de su arca fuerte y se mostraba al público.
Y por lo que se refiere a los milagros, las crónicas y los escritos apologéticos dan buena cuenta tanto de los prodigios atribuidos a la mediación de la reliquia como a su fama de proteger a las esposas embarazadas, a las familias en cualquier necesidad. Favores que podrían obtener no sólo a los peregrinos a su capilla sino también quienes disfrutasen de alguna copia (que solía ser también de piedra) del santo anillo de Perugia.
La veracidad de la reliquia sería cuestionada, naturalmente, además de por las exigencias religiosas de elite, por los críticos, desde que en el siglo XVII la historiografía se hiciera más rigurosa y aventurase los criterios de autenticidad característicos de los ilustrados del siglo XVIII. La verdad es que los Bolandistas, tan rigurosos con las leyendas carmelitanas y las historias proféticas, se muestran mucho más suaves con el santo anillo.
Andreas Rivet, en su interesante “Apología mariana” (1639) expone con tanta dureza, que hasta el comprensivo Benedicto XIV se vería obligado a matizar sus clamores. Con este motivo, el cardenal Lambertini esgrime un principio muy válido de hermenéutica historiográfica: “en estas cosas no hay que reclamar más que la probabilidad ni de este anillo hay que aseverar nada de manera firmísima sino, y solamente, creer piadosamente lo que es tradición”.
La crítica sensata llegaría precisamente de este papa ilustrado. Al tratar de las fiestas marianas, concretamente y en primer lugar de la de los Desposorios de la Virgen con san José (23 de enero), termina hablando de la reliquia del santo anillo. Alude a los que la atacan y también a los excesivamente crédulos, como acabamos de ver, y manifiesta su punto de vista: “Pero nosotros, con la debida veneración hacia esta reliquia, advertimos con la mejor voluntad a quienes lean esas cosas que no se crean que por las actas de Sixto IV y de Inocencio VIII la Sede Apostólica ha juzgado como genuino este anillo santo. Porque ambos pontífices trataban solamente de si el anillo sagrado debía adjudicarse al pueblo de Chiusi o al de Perugia; y a pesar de que en aquel juicio se presumía la verdad del anillo, ¿quién hay que ignore que una cosa es presumir y otra el definir y declarar?”.
La devoción y la leyenda, la capacidad de penetración de los sermones antaño, de artes como el teatro, o del turismo, han popularizado esta reliquia, mimada por la ciudad que la posee. Por si fuera poco, la iconografía, concretamente la pintura, y la pintura de maestros de primer orden, ha sido otro factor de propaganda del santo anillo. Nos referimos al cuadro de los Desposorios, la tabla encargada por los magistrados y oligarquías urbanas de Perugia nada más recibir el refrendo pontificio de la reliquia en su posesión (1486). Después de avatares diversos, fue el maestro Perugino quien lo pintó, y en la capilla del santo anillo permanecería desde 1504 hasta que los franceses en 1797 lo expoliaran y lo llevaran a Francia (hoy se encuentra el cuadro en Caen). Tanto los Desposorios de Perugino como los coetáneos de su discípulo Rafael de Urbino, sitúan en el centro de la escena nupcial la entrega del anillo de José a María.



El matrimonio de José y María



El de José y maría fue un verdadero matrimonio aunque no existió entre ellos relación carnal. José fue un verdadero esposo para María y cumplió todas las obligaciones de un esposo, por lo cual la Sagrada Familia es un ejemplo de Familia.  

VIRGINIDAD DE SAN JOSÉ

Según algunos escritos apócrifos de los primeros siglos, como el libro Historia de José el carpintero, el Protoevangelio de Santiago o el Evangelio de Tomás, que son del siglo II o más tarde, san José habría estado casado antes de conocer a María y habría tenido, al menos, seis hijos, que serían, según algunos, los llamados hermanos de Jesús. Al quedar viudo, ya anciano con 89 años, se habría casado con María, que tenía unos catorce o quince años. Según estos libros apócrifos, José habría vivido hasta los 111 años, pasando unos veinte años con Jesús. Estos libros influyeron en la opinión de que san José era un anciano, que más que esposo era un padre para María, y que se habría casado con ella para salvar las apariencias ante la sociedad.
Nada más fuera de la realidad.
San José tuvo que hacer frente a todas las responsabilidades de una familia, lo que hubiera sido imposible si hubiera sido un anciano, que necesitaba cuidado y atención. ¿Cómo hubiera podido guiar a la Sagrada Familia por el desierto con todos los peligros y con todo el esfuerzo que supone caminar veinte días hasta llegar a Egipto? Dios puso al lado de María un compañero y un esposo fuerte y vigoroso para defenderla de todos los peligros y para ayudarla en todas sus necesidades. Un esposo, que debió trabajar mucho para poder sustentar una familia pobre, especialmente durante su estancia en Egipto, donde no tenían familiares. Hablar de José como de un anciano enfermo es algo que sólo libros apócrifos y fantasiosos pudieron inventar.

El padre Tomás Morales, fundador de los Cruzados de Santa María, afirma:
 Aquí está san José: anchas espaldas para el trabajo, no pierde ni un segundo, está siempre adorando, está siempre trabajando, está siempre solícito, cuidando de la Virgen y, sobre todo, del Jesús niño. No tiene un instante libre, no piensa más que en amar, adorar y en trabajar para ellos. Aquí está san José. Es el ministro de relaciones exteriores de la sagrada familia. Él es el que se tiene que preocupar de todo en Nazaret, en los cuatro o cinco días de camino hacia Belén, en la gruta de Belén, en Egipto después, en Nazaret y siempre relacionándose con todos.

Por eso, desde los primeros siglos, varios santos Padres tuvieron que hablar de un san José joven, y no anciano y viudo.

San Jerónimo defiende su virginidad en su escrito contra Helvidio:
Tú dices que María no fue virgen; yo reivindico para mí aún más, a saber, que también el mismo José fue virgen por María, para que del consorcio virginal naciese el Hijo virgen. En el santo varón no hubo fornicación y no se ha escrito que haya tenido otra mujer. De María fue más bien custodio que marido; de donde se sigue haber permanecido virgen con María, quien mereció ser llamado padre del Señor.

San Pedro Damián (1007-1072) escribió:
No parece que fuese suficiente que sólo la Madre fuese virgen; es de fe de la Iglesia que también aquel que hizo las veces de padre ha sido virgen. Nuestro Redentor ama tanto la integridad del pudor florido, que no sólo nació de seno virginal, sino también quiso ser tocado por un padre virgen.

Santo Tomás de Aquino dice:
Se debe creer que José permaneció virgen, porque no está escrito que haya tenido otra mujer y la infidelidad no la podemos atribuir a tan santo personaje.

Dice san Francisco de Sales (1567-1622):
María y José habían hecho voto de virginidad para todo el tiempo de su vida y he aquí que Dios quiso que se uniesen por el vínculo del santo matrimonio, no para que se desdijeran y se arrepintieran de su voto, sino para que se confirmasen más y más y se animasen mutuamente juntos durante toda su vida.

Muchos santos de peso creen que José había hecho voto de virginidad antes de casarse con María, pero lo que sí es cierto es que, a partir de su matrimonio con María, lo hizo para aceptar así la voluntad de Dios.

MATRIMONIO DE JOSÉ Y DE MARÍA

Lo primero que debemos tener en cuenta es que fue un verdadero matrimonio, a pesar de que nunca hubo entre ellos relación carnal.
El Espíritu Santo reconoce en el Evangelio:
José, esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo (Mt 1, 16).
José era verdadero esposo de María y entre ellos había un verdadero matrimonio.

Analizando la naturaleza del matrimonio, tanto san Agustín como santo Tomás de Aquino, la ponen siempre en la indivisible unión espiritual, en la unión de los corazones, en el consentimiento, elementos que en aquel matrimonio se han manifestado de modo ejemplar.
En el momento culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena libertad el don esponsal de sí, al acoger y expresar tal amor.

Dice san Agustín:
María pertenece a José y José a María, de modo que su matrimonio fue verdadero matrimonio, porque se han entregado el uno al otro.
Pero ¿en qué sentido se han entregado?
Ellos se han entregado mutuamente su virginidad y el derecho de conservársela el uno al otro. María tenía el derecho de conservar la virginidad de José y José tenía el derecho de custodiar la virginidad de María.
Ninguno de los dos puede disponer y toda la fidelidad de este matrimonio consiste en conservar la virginidad.
San Agustín, considerando que san Mateo escribe la genealogía de los antepasados de Jesús a partir de José, descendiente de David, dice que Dios reconoce que fue un verdadero matrimonio; pues, de otra manera, nunca hubiera sido posible llamar a Jesús, hijo de José.
Y dice:
Jesús fue considerado en la genealogía de José para que los fieles no considerasen tan importante en el matrimonio la unión de los cuerpos, como para no creerse esposos sin esa unión corporal… Con este ejemplo, viene magníficamente enseñado a los fieles esposos que también, practicando la continencia de común acuerdo, el matrimonio puede permanecer como tal si se conserva el afecto, aunque no haya unión sexual.

El Papa León XIII dijo en la encíclica Quamquam pluries de agosto de 1889:
El matrimonio es la máxima sociedad y amistad, a la que por su naturaleza va unida la comunidad de bienes.
Dios le ha dado José a María, no sólo como compañero de vida sino también como testigo de su virginidad.

Y como decía Juan Pablo II:
Precisamente, del matrimonio con María es de donde derivan para José su singular dignidad y sus derechos sobre Jesús.
 Es cierto que la dignidad de la Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; pero, porque entre la beatísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad… se sigue que Dios ha dado a José como esposo a la Virgen no sólo como compañero de vida, testigo de su virginidad, sino también para que participase por medio del pacto conyugal en la excelsa grandeza de ella.
José y María unieron sus corazones como dos estrellas que no se enlazan nunca, mientras que sus rayos luminosos se entrecruzan en el espacio.
Fue un matrimonio parecido a lo que sucede en la primavera entre las flores, que juntan sus perfumes, o a dos instrumentos musicales que juntan sus melodías al unísono, formando una sola…
Su matrimonio era necesario para preservar a la Virgen de cualquier sospecha, mientras le llegase el momento de revelar el misterio del nacimiento de Jesús… A mi parecer, san José debió ser, al casarse con la Virgen, un hombre joven, fuerte, viril, atlético, bien parecido y casto; un prototipo del hombre, que puede verse hoy en una pradera apacentando un rebaño o piloteando un avión o en el taller de un carpintero. Y no un impotente anciano, sino un hombre rebosante de vigor juvenil; no un fruto seco, sino una flor lozana y llena de promesas; no en el ocaso de la vida, sino en el amanecer, derrochando energía, fuerza y amor.
¡Cómo se agigantan las figuras de la Virgen y de san José, cuando deteniéndonos en el examen de su vida, descubrimos en ella el primer poema de amor!
El corazón humano no se conmueve ante el amor de un viejo por una joven; pero ¿cómo no admirarse profundamente del amor de dos jóvenes unidos por un vínculo divino? María y José llevaron a su boda no sólo su voto de virginidad, sino también dos corazones llenos de un gran amor, más grande que cualquier otro amor que corazón humano haya podido nunca contener. Ninguna pareja de casados se ha querido nunca tanto…

Como dijo el Papa León XIII:
Su matrimonio fue consumado con Jesús. María y José se unieron con Jesús; María y José no pensaron más que en Jesús.
Amor más profundo ni lo ha habido ni lo habrá ya nunca en esta tierra.
San José renunció a la paternidad de la sangre, pero la encontró en el espíritu, porque fue padre adoptivo de Jesús.
 La Virgen renunció a la maternidad y la encontró en su propia virginidad.

Fuente: Extraído de San José el mas Santo de los Santos, por el Padre Angel Peña OAR



La Bienaventuranza de María en su Matrimonio con San José



«Bienaventurado el que encuentra un amigo bueno, y quien habla a oídos que le escuchan»
(Eclo. 25,12).
«Bienaventurado el que no tiene que condenarse a sí mismo en las resoluciones que toma»
 (Rom 14,22).
«Bienaventurado el varón que habita con una mujer sensata»
 (Eclo 25,11).
«Bienaventurado el marido de una mujer buena; el número de sus días será doblado»
 (Eclo. 26,1).

De estas cuatro bienaventuranzas transcritas, las dos últimas se refieren directamente en el texto sagrado al varón que ha sido afortunado en la elección de su mujer.
Ahora bien, siendo el matrimonio una «comunidad de vida y de amor» como ha dicho el concilio Vaticano II, es claro que la felicidad en el matrimonio es algo de que necesariamente participan por igual los dos esposos.
Por esta razón, esas bienaventuranzas bíblicas, dichas propiamente de los varones casados que acertaron en la elección de su consorte, son susceptibles de ser aplicadas a las mujeres que han contraído matrimonio, si las condiciones aquí indicadas se cumplen en sus maridos.
Por ello, todas son aplicables a la Virgen Santísima.

La castísima doncella nazarena, a pesar de tener el propósito firmísimo de “no conocer varón” (Lc 1,34) por tener consagrada a Dios su virginidad, contrajo primero desposorio y luego verdadero matrimonio con San José. Lo afirma el santo Evangelio.

Los jóvenes judíos se desposaban generalmente entre los dieciocho y los veinticuatro años; las doncellas, en cambio, solían hacerlo mucho antes, hacia los doce años y medio, si bien no pocas de ellas se prometían más tarde, «aunque nunca esperando a cumplir los veinte años, ya que esto era considerado como una deshonra».

El desposorio se hacía normalmente entregando el esposo un objeto pequeño de valor mínimo a la esposa, en la casa de ésta y ante dos testigos, mientras le decía :
«Por este signo quedas desposada conmigo».
 No era costumbre en Galilea que los desposados hicieran vida común, aunque en Judea era considerado lícito; en cambio sí era frecuente esperar un año para realizar el matrimonio propiamente dicho, lo cual se hacía conduciendo solemnemente el esposo a la desposada en el día convenido de la casa de sus padres a la suya propia, y celebrando luego la fiesta durante una semana entera.

Dentro de este marco de costumbres tradicionales hay que colocar el matrimonio de María con el carpintero de Nazaret.
No deja de sorprender el hecho de que nuestra Señora, pese a estar resuelta a conservar su virginidad incluso después de su desposorio (Lc 1,38), consintiera en él.

 ¿Obedeció sencillamente a las indicaciones de sus padres o tutores, dejando confiadamente en las manos del Todopoderoso el cumplimiento de su compromiso sagrado?

¿Descubrió previamente su consagración al casto artesano, persuadiéndole para vivir virginalmente en el matrimonio?

¿Halló ya en él, sin ninguna insinuación propia, este mismo ideal?

No mereciendo confianza cuantos datos nos dan los evangelios apócrifos sobre el particular, todas las cosas que se digan para contestar a estas repuestas no pasarán de ser razonables conjeturas. Lo cierto es que María, aunque tuvo el irrevocable propósito de conservar su virginidad y aunque, unida a José, vivió con él virginalmente, contrajo con él verdadero matrimonio, como siempre ha enseñado la Iglesia.
Por eso se le pueden aplicar a María estas cuatro bienaventuranzas bíblicas que se refieren a los esposos y se han citado aquí.
¡Qué hermosamente le cuadra la primera, si realmente descubrió su propósito a José antes del desposorio y le indujo a un matrimonio virginal! «Bienaventurada la que encuentra un amigo bueno y quien habla a oídos que la escuchan».

María fue bienaventurada porque encontró en el humilde artesano un amigo bueno, de alma grande y sencilla, que la amaba con auténtico amor de amistad, y no de concupiscencia, y porque al descubrirle el velo de su designio de virginidad nupcial «habló a oídos que le escucharon» y aceptaron con alegría aquel blanco y no imaginado sendero de vida impoluta en el matrimonio.

No se le aplica con menos perfección la segunda bienaventuranza, la formulada por San Pablo, bien que con otro propósito. Hablando de que no es lícito obrar cuando la propia conciencia tiene duda sobre la licitud o ilicitud de un acto, y de que, para poderlo hacer sin pecado, hay que llegar a la certeza de que es bueno el acto que se intenta realizar, propone esa bienaventuranza: 
«Bienaventurado el que no tiene que condenarse a sí mismo en las resoluciones que toma», esto es, bienaventurado el que acierta al tomar una decisión prudente en materia dudosa, y no tiene que arrepentirse de haberla tomado.

Así lo hizo María. Se encontraba en una gran perplejidad.
 ¿Cómo compaginar la virginidad perpetua que había consagrado a Yahvé con el matrimonio que sus tutores o la costumbre, o ambos a la vez, le imponían?
 El conflicto de conciencia era evidente y grave. Ella lo resolvió… ¡confiando!
 ¡Confiando en Dios y en San José!
Y ¡ninguno de los dos le falló! Dios iluminó a San José, y éste, lejos de ser un peligro para la integridad de la Virgen, se convirtió para ella en el ángel de carne humana, tutelar de su pureza ante los hombres y sombra protectora de su fama ante el pueblo de Israel !Bienaventurada María, que, al aceptar a José como esposo guardián de su virginidad, no tuvo que arrepentirse ni condenarse a sí misma por la resolución que había tomado!.
Igualmente se realiza en María la bienaventuranza siguiente :
«Bienaventurada la mujer que habita con un varón sensato».

San José no era uno de los sabios de Israel, ni tenía fama de hombre ilustrado. Cuando los habitantes de Nazaret oyeron en la sinagoga la sabiduría de Cristo, comprendieron que no se la había podido comunicar su padre putativo
«¿De dónde le viene a éste tal sabiduría…?
¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mt 13,55).
Pero si el artesano nazareno no era un sabio, era sí un israelita de corazón limpio que, iluminado por su conciencia recta y por la ley de Dios, había adquirido en la escuela de la vida humana esa humilde pero segura filosofía que se llama sensatez. Buena prueba de ello dio cuando advirtió en su esposa las señales de una maternidad que para él era un misterio. No dudaba él de la inocencia de María, pero no acababa de descifrar el enigma de su preñez.
¿Qué hacer en tan difícil coyuntura?
Otro con menor juicio la hubiese acusado públicamente de adulterio o hubiera dejado corroer secretamente su propia existencia por los celos. El sensato artesano no hizo ni lo uno ni lo otro la base de sus deliberaciones fue no comprometer el honor de su esposa. En consecuencia «resolvió repudiarla secretamente» (Mt 1,19), desentendiéndose de un asunto que no comprendía y dejándolo todo en las mejores manos: las de la Divina Providencia.
Dios premió tanto seso y virtud, enviándole pronto en sueños un ángel que le descubrió el velo del misterio :
«José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu mujer, pues lo que se engendró en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a todo el pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21).
Así era la sensatez de José. María fue bienaventurada ya en vida por tener la dicha de compartir la existencia con un varón de tan eximia prudencia.
«Bienaventurada la mujer de un marido bueno; el número de sus días será doblado».
También este venturoso augurio se cumplió en María. Tuvo la dicha de tener un esposo «bueno».

La bondad, la virtud, en el lenguaje bíblico se llama «justicia», palabra que equivale a santidad’. Y al carpintero de Nazaret ése es justamente el nombre que le da el Evangelio, precisamente al narrarnos sus dudas y congojas ante la divina maternidad de María: «José, su esposo, siendo justo…» (Mt 1,19).

Este calificativo lo da la Escritura sólo a muy excelsos varones.
Al anciano Simeón (Lc 2,25) éste es el mayor elogio que le tributa.
 Según San Pablo, «el que vive de la fe» (Rom 1,17), cumpliendo cuanto la fe nos dice, no merece mayor alabanza que ésta: ser justo. 
El mismo centurión romano que asistió a la crucifixión de Cristo, al ver los prodigios que se realizaron en su muerte y reconocer por ellos su santidad, no tributa mayor alabanza al Señor:
«Verdaderamente este hombre era justo» (Lc 23,47). 
Y el apóstol San Pedro, que había conocido por especial revelación del Padre que Jesús era «el Mesías, Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16), aplica este adjetivo a Cristo, diciendo :
«Cristo murió una vez por nuestros pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pe 3,18).

Así, pues, porque José fue justo, fue un esposo bueno, un esposo santo. En los difíciles momentos de Belén, de la huida a Egipto, del regreso a Nazaret, José se convirtió en el instrumento de la Providencia para procurar a María el sustento para el cuerpo, la paz para el espíritu, el consuelo para el corazón.

Como los querubines que extendían sus alas sobre el propiciatorio del arca y la cubrían sin tocarse, José y María, unidos por el más casto amor, proyectaban su existencia y sus desvelos sobre el Hijo del Altísimo (Lc 1,32).
Siempre el uno al lado del otro, pero siempre sin tocarse, convirtiendo su mutuo y casto amor en un estímulo constante para la santidad.
Por eso, el número de los años de María fue «doble», colmada de méritos, hasta el momento en que, llegada su hora, fue fruta sazonada para la eternidad.

Extractado del libro “Las Bienaventuranzas de María” de Laureano Catán Lacoma, editado por la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1985.



Los Desposorios de la Santisima Virgen con San Jose: visiones de Ana Catalina Emmerich



La Santa Virgen vivía en el colegio con otras muchas vírgenes bajo la vigilancia de piadosas matronas. Esas vírgenes se ocupaban de bordados y obras de esa clase para las colgaduras del templo y paramentos sacerdotales; también cuidaban del aseo de los vestidos y de otros objetos pertenecientes al culto divino.
Tenían celditas con vista al interior del santuario, en las cuales oraban y meditaban. Cuando llegaban a la edad nubil, se procuraba casarlas. Sus padres las habían consagrado enteramente a Dios al conducirlas al templo y entre los más piadosos israelitas, había el presentimiento de que uno de estos matrimonios, produciría a su tiempo la venida del Mesías.
Habiendo pues cumplidos catorce años la Sma. Virgen y debiendo se salir del lugar santo pronto con otras siete niñas para casarse, ví que Santa Ana la vino a visitar. Ya no vivía Joaquín. La Santa Virgen tenía una cabellera abundante, de un rubio dorado, cejas negras y arqueadas, ojos grandes, habitualmente bajos, con largas pestañas negras, nariz de bella forma y un poco larga, boca noble y graciosa y barba afilada; su talla era mediana y marchaba con gracia, decencia y gravedad.
Cuando se anuncio a María que debía dejar el colegio y casarse, la ví profundamente conmovida y declaró al sacerdote que ella no deseaba dejar el templo, que se había consagrado solo a Dios y que no le agradaba el matrimonio, pero se le respondió que debía de casarse.
Enseguida la vi en el oratorio rogar a Dios con fervor; me acuerdo también que, teniendo mucha sed, bajó con su cantarito para llenarlo de agua en un estanque o depósito y de allí oyó una voz sin aparición visible, que le consoló y la fortificó haciéndole conocer que debía consentir en casarse.
Después, se enviaron mensajeros a todas partes del país convocando al templo a todos los hombres solteros del linaje de David. Reunidos y que fueron muchos de ellos al santuario en traje de fiesta, los presentaron a la santa Virgen; y ví entre ellos a un joven muy piadoso de la comarca de Belén. Este joven había pedido a Dios con gran fervor el cumplimiento de la promesa y descubrí en su corazón un gran deseo de ser esposo de María.
Cuando María volvió a su celda, derramó santas lágrimas porque no podía ni siquiera imaginarse que tuviese que dejar de ser virgen.
Entonces vi que el gran sacerdote obedeciendo a un impulso interior que había recibido, presentó una vara a cada uno de los asistentes y les encargó que escribiesen su nombre en la respectiva vara y que cada uno la tuviera en la mano durante la oración y el sacrificio. Cuando hubieron practicado todo lo que se les dijo, se recogieron las varas, se colocaron sobre el altar ante el SANTO DE LOS SANTOS y se les anunció que aquel cuya vara floreciera, sería el designado por Dios para ser el esposo de María de Nazaret.
En virtud de la orden del gran sacerdote, José vino también a Jerusalén y se presentó al templo. También se le hizo tener en la mano una vara durante la oración y el sacrificio. Cuando se disponía ponerla sobre el altar ante el SANTO DE LOS SANTOS, brotó de la vara una flor blanca semejante a una azucena y vi bajar sobre él cierta aparición luminosa; era como si hubiese recibido el Espíritu Santo.
Se conoció pues que, José era el hombre designado por Dios para esposo de la santa Virgen; los sacerdotes lo presentaron a la santa Virgen María en presencia de su madre. María resignada con la voluntad de Dios, lo aceptó humildemente como su esposo, porque sabía que todo es posible para Dios, que había recibido su voto de pertenecer a EL únicamente.
José, hijo de Jacob, era el tercero de seis hermanos. Sus padres moraban enfrente de Belén, en una gran casa que en otro tiempo fue de Isaí o Jessé, padre de David. En la época de José solo existían los gruesos muros de la antigua construcción.
José, que en esta visión tendría ocho años, era de un carácter muy diverso del de sus hermanos. Al mismo tiempo que poseía una gran aventajada inteligencia y muy feliz memoria, era también sencillo, pacífico, piadoso y sin ambición. Sus hermanos le hacían sufrir de varios modos y a veces lo maltrataban.
En una época en que él tendría doce años cumplidos. Ví que para liberarse de las ofensas de sus hermanos, iba con frecuencia al otro lado de Belén, no lejos de lo que fue después la gruta del Pesebre, a pasar algún tiempo entre piadosas personas que pertenecían a una reducida comunidad de esenios.
La persecución de sus hermanos le hizo por fin imposible la permanencia en casa de sus padres. Vi que un amigo de Belén, cuya casa estaba separada de la de José por un arroyuelo, le proporcionó vestidos con qué disfrazarse y con ese medio dejó la casa paterna; y se fue a otra parte a ganar la vida con su oficio de carpintero. Tendría entonces de 18 a 20 años.
José era piadoso, bueno y sincero; y todos lo querían. Más tarde lo vi en Tiberíades trabajando para un patrón. José vivía solo en una casa a la orilla del agua, tendría entonces 33 años de edad. Mucho tiempo hacía que sus padres habían muerto en Belén; dos de sus hermanos habitaban allí y los otros se hallaban dispersos.
José era justo y pedía vehementemente la venida del Mesías. Se ocupaba en arreglar junto a su casa un oratorio donde poder orar con más fervor, cuando un ángel le dijo que no continuase el trabajo, porque así como en otro tiempo Dios había confiado al patriarca José la administración del trigo de Egipto, así ahora, iba a confiar a su cuidado el granero que encerraba la mies de la Salvación.
José en su humildad no comprendió estas palabras y siguió orando con empeño hasta que lo citaron a que fuese al templo de Jerusalén para aspirar, en virtud de una prescripción de lo alto; es decir, a ser esposo de la Santísima Virgen.
Las bodas de María y de José que duraron de siete a ocho días, fueron celebradas en Jerusalén en una casa vecina a la montaña de Sión, que se alquilaba casi siempre para fiestas de éste género. Además de las maestras y de las condiscípulas de María en el colegio del templo, había muchos parientes de Ana y Joaquín. Las bodas fueron solemnes y suntuosas y se inmolaron muchos corderos en sacrificio.
Vi muy bien a María en su traje de desposada. Vestía una saya muy ancha con mangas y abierta por delante; sobre la saya lucía una capa o manto azul celeste que le caía sobre las espaldas, se plegaba por los dos lados y terminaba en cola. En la mano izquierda llevaba una pequeña corona de rosas de seda encarnada y blanca, y en la derecha un hermoso candelero dorado en que ardía algo que producía una llama blanquecina.
Las vírgenes del templo, arreglaron los cabellos de María, haciéndolo con increíble destreza. Ana había traído el traje de novia y la virgen por su humildad, no quiso volver a ponérselo después de su desponsorio. Prendiéronle los cabellos en torno de la cabeza, cubriéndola con un velo blanco que le caía sobre los hombros y sobre el velo, le pusieron una corona.
El anillo nupcial de la santa Virgen no era de oro, ni de plata ni de otro metal, era de color oscuro y tornasolado, no era pequeño ni delgado, sino grueso y como un dedo de ancho; era además sencillo, aunque se veían incrustados en él pequeños triángulos regulares en los cuales había letras.
José vestía una saya larga de color azul, las mangas que eran muy anchas, estaban sujetas a los lados por cordones. Le rodeaba el cuello un collar oscuro o más bien, una ancha estola y dos bandas blancas le colgaban sobre el pecho..
Ví a María y José durante la fiesta en traje de bodas y en una ocasión me pareció que san José ponía el anillo nupcial en el dedo de la Sma. Virgen. Terminadas las bodas, la Sma. Virgen en compañía de su madre Ana, se fue a Nazaret; también la acompañaron hasta cierta distancia del camino muchas otras vírgenes que dejaron el templo juntamente con ella. María hizo el viaje a pié, José había ido a Belén para arreglar negocios de familia y solo más tarde se marchó a Nazaret. 

EL ANILLO NUPCIAL DE MARÍA

He visto que el anillo nupcial de María no es de oro ni de plata ni de otro metal. Tiene un color sombrío con reflejos cambiantes. No es tampoco un pequeño círculo delgado, sino bastante grueso como un dedo de ancho. Lo vi todo liso, aunque llevaba incrustados pequeños triángulos regulares en los cuales había letras. Vi que estaba bien guardado bajo muchas cerraduras en una hermosa iglesia. Hay personas piadosas que antes de celebrar sus bodas tocan esta reliquia preciosa con sus alianzas matrimoniales. En estos últimos días he sabido muchos detalles relativos a la historia del anillo nupcial de María; pero no puedo relatarlo en el orden debido.
He visto una fiesta en una ciudad de Italia (Perusa) donde se conserva este anillo. Estaba expuesto en una especie de viril, encima del tabernáculo. Había allí un gran altar embellecido con adornos de plata. Mucha gente llevaba sus anillos para hacerlos tocar en la custodia. Durante esta fiesta he visto aparecer de ambos lados del altar del anillo, a María y a José con sus trajes de bodas. Me pareció que José colocaba el anillo en el dedo de María. En aquel momento vi el anillo todo luminoso, como en movimiento. A la izquierda y a la derecha del altar, vi otros dos altares, los cuales probablemente no se hallaban en la misma iglesia; pero me fueron mostrados allí en esta visión.
Sobre el altar de la derecha se hallaba una imagen del Ecce Homo, que un piadoso magistrado romano, amigo de San Pedro, había recibido milagrosamente. Sobre el altar de la izquierda estaba una de las mortajas de Nuestro Señor.
Terminadas las bodas, se volvió Ana a Nazaret, y María partió también en compañía de varias vírgenes que habían dejado el Templo al mismo tiempo que ella. No sé hasta dónde acompañaron a María: sólo recuerdo que el primer sitio donde se detuvieron para pasar la noche fue la escuela de Levitas de Bet-Horon.
María hacía el viaje a pie. Después de las bodas, José había ido a Belén para ordenar algunos asuntos de familia. Más tarde se trasladó a Nazaret.



Los Desposorios de la Santisima Virgen con San José: visiones de Maria de Agreda



Llega María a la pubertad. – Mándala el Señor que tome esposo. Obedece a pesar de sus votos, y el Sumo Sacerdote congrega a los varones libres que aspiran a la mano de María. – Florece la vara de José, y se celebran sus desposorios con la Virgen.
Sentía ya nuestra divina Princesa que se llegaba el claro día de la vista deseada del sumo bien, y como por crepúsculos y anuncios reconocía en sus potencias la fuerza de los rayos de aquella luz divina que ya se le acercaba. Enardecíase toda con la vecindad de la invisible llama que alumbra y no consume.
Y con estas esperanzas y con la vista de los espíritus divinos se alentaron algo las ansias de María Santísima por la vista de su amado. Pero aquel linaje de amor que busca al objeto nobilísimo de la voluntad, sólo con él se satisface, y sin él, aunque sea con los mismos ángeles y santos, no descansa el corazón herido de las flechas del Todopoderoso.
A los trece años y medio, estando ya en esta edad muy crecida nuestra hermosísima princesa María purísima, tuvo otra visión abstractiva de la Divinidad por el mismo orden y forma que las otras de este género: en esta visión podemos decir sucedió lo mismo que dice la escritura de Abraham, cuando le mandó Dios sacrificar a su hijo querido Isaac, única prenda de todas sus esperanzas. Tentó Dios a Abraham – dice Moisés – probando y examinando su pronta obediencia para coronarla. A nuestra gran Señora podemos decir también que tentó Dios en esta visión, mandándola que tomase el estado de matrimonio.
Había celebrado el Altísimo con la divina princesa María solemne desposorio, cuando fue llevada al templo, confirmándole con la aprobación del voto de castidad que hizo, y con la gloria y presencia de todos los espíritus angélicos. Habíase despedido la candidísima paloma de todo humano comercio, sin atención, sin cuidado, sin esperanza y sin amor a ninguna criatura, convertida toda y transformada en el amor casto y puro de aquel sumo bien que nunca desfallece, sabiendo que sería más casta con amarle, más limpia con tocarle y más virgen con recibirle. Hallándola en esta confianza el mandato del Señor, que recibiese esposo terreno y varón, sin manifestarle luego otra cosa, ¿qué novedad y admiración haría en el pecho inocentísimo de esta divina doncella, que vivía segura de tener por esposo a sólo el mismo Dios que se lo mandaba? Mayor fue esta prueba que la de Abraham; pues no amaba él tanto a Isaac, cuanto María Santísima amaba la inviolable castidad.
Turbóse algún poco la castísima doncella María, según la parte inferior, como sucedió después con la embajada del Arcángel San Gabriel; pero, aunque sintió alguna tristeza; no le impidió la más heroica obediencia, que hasta entonces había tenido, con que se resignó toda en las manos del Señor.
En el ínterin que nuestra gran Princesa se ocupaba cuidadosa con esta operación, ansias y congojas rendidas y prudentes, habló Dios en sueños al sumo sacerdote, que era el santo Simeón, y le mandó que dispusiese, cómo dar estado de casada a María, hija de Joaquín y Ana de Nazareth; porque Su Majestad la miraba con especial cuidado y amor. El santo sacerdote respondió a Dios, preguntándole su voluntad en la persona con quien la doncella María tomaría estado dándosela por esposa. Ordenóle el Señor que juntase a los otros sacerdotes y letrados, y les propusiese cómo aquella doncella era sola y huérfana, y no tenía voluntad de casarse; pero que, según la costumbre de no salir del templo las primogénitas sin tomar estado, era conveniente hacerlo con quien más a propósito les pareciese.
Obedeció el sacerdote Simeón a la ordenación divina; y habiendo congregado a los demás, les dio noticia de la voluntad del Altísimo y les propuso el agrado que Su Majestad tenía de aquella doncella María de Nazareth, según se le había revelado, y que hallándose en el templo, y faltándole sus padres, era obligación de todos ellos cuidar de su remedio, y buscarle esposo digno de mujer tan honesta, virtuosa y de costumbres tan irreprensibles, como todos habían conocido de ella en el templo; y a más de esto la persona, la hacienda, la calidad y las demás partes eran muy señaladas, para que se reparase mucho a quien todo se había de entregar. Añadió también que María de Nazareth no deseaba tomar estado de matrimonio; pero que no era justo saliese del templo sin él, porque era huérfana y primogénita.
Conferido este negocio en la junta de los sacerdotes y letrados, y movidos todos con impulso y luz del cielo, determinaron que en cosa donde se deseaba tanto el acierto, y el mismo Señor había declarado su beneplácito, convenía inquirir su santa voluntad en lo restante, y pedirle señalase por algún modo la persona que más a propósito fuese para esposo de María, y que fuese de la casa y linaje de David, para que se cumpliese con la ley. Determinaron para esto un día señalado, en que todos los varones libres y solteros de este linaje, que estaban en Jerusalén, se juntasen en el templo; y vino a ser aquel día el mismo en que nuestra Princesa del cielo cumplía catorce años de edad. Y como era necesario darle a ella noticia de este acuerdo y pedirla su consentimiento, el sacerdote Simeón la llamó, y la propuso el intento que tenían él y los demás sacerdotes de darla esposo antes que saliese del templo.
Esto sucedió nueve días antes del que estaba señalado para la última resolución y ejecución del acuerdo. Y en este tiempo la Santísima Virgen multiplicó sus peticiones al Señor con incesantes lágrimas y suspiros, pidiendo el cumplimiento de su divina voluntad en lo que tanto, según sus cuidados, le importaba. Un día de estos nueve se la apareció el Señor y la dijo: Esposa y paloma mía, dilata tu afligido corazón, y no se turbe ni contriste: yo estoy atento a tus deseos y ruegos, y lo gobierno todo, y por mi luz va regido el sacerdote: yo te daré esposo de mi mano, que no impido tus santos deseos, pero que con mi gracia te ayude en ellos: yo te buscaré varón perfecto conforme a mí corazón.
Llegó el día señalado, en que cumplía nuestra princesa María los catorce años, de su edad, y en él se juntaron los varones descendientes de la tribu de Judà y linaje de David, de quien descendía la soberana Señora, que a la sazón estaba en la ciudad de Jerusalén. Entre los demás fue llamado José, natural de Nazareth y morador de la misma ciudad santa; porque era uno de los del linaje real de David. Era entonces de edad de treinta y tres años, de persona bien dispuesta y agradable rostro, pero de incomparable modestia y gravedad; y sobre todo era castísimo de obras y pensamientos, con inclinaciones santísimas, y que desde doce años de edad tenía hecho voto de castidad.
Era deudo de la Virgen María en tercer grado, y de vida purísima, santa e irreprensible en los ojos de Dios y de los hombres. Congregados todos estos varones libres en el templo, hicieron oración al Señor junto con los sacerdotes, para que todos fuesen gobernado por su divino Espíritu en lo que debían hacer. El Altísimo habló al corazón del sumo sacerdote, inspirándole que a cada uno de los jóvenes allí congregados pusiese una vara seca en las manos, y todos pidiesen con viva fe a Su Majestad declarase por aquel medio a quién había elegido por esposo de María. Y como el buen, olor de su virtud y honestidad, y la fama de su hermosura, hacienda y calidad y ser primogénita y sola en su casa era manifiesto a todos, cada cual codiciaba la dichosa suerte de merecerla por esposa. Sólo el humilde y rectísimo José entre los congregados se reputaba por indigno de tanto bien; y acordándose del voto de castidad que tenía hecho, y proponiendo de nuevo, su perpetua observancia, se resignó en la divina voluntad, dejándose a lo que de él quisiera disponer, pero con mayor veneración y aprecio que otro alguno de la honesta doncella María.
Estando todos los congregados en esta oración, se vio florecer la vara sola que tenía José, y al mismo tiempo bajar de arriba una paloma candidísima, llena de admirable resplandor, que se puso sobre la cabeza del mismo santo.
Con la declaración y señal del cielo los sacerdotes dieron a San José por esposo elegido del mismo Dios para la doncella María. Y llamándola para el desposorio, salió la escogida como el sol más hermosa que la luna y apareció en presencia de todos con un semblante más que de ángel, de incomparable hermosura, honestidad y gracia, y los sacerdotes la desposaron con el más, casto y santo de los varones, José.




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