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Doy las gracias a tod@s mis amig@s blogueros que me visitan desde todas partes del mundo y de los cuales siempre aprendo algo nuevo. ¡¡¡Gracias de todo corazón y Bienvenid@s !!!!

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Mi ventana y mi puerta siempre estarán abiertas para tod@s aquell@s que quieran visitarme. Dios les bendiga continuamente y en gran manera.

Aquí les recibo a ustedes como se merecen, alrededor de la mesa y junto a esta agradable meriendita virtual.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.

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No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad. Les saluda atentamente: Angelita.

sábado, 9 de abril de 2011

Informe Especial:

María Madre de Dios


María Madre de Dios, solemnidad Universal

 ( 1º de enero)



La Solemnidad de Santa María Madre de Dios es la primer Fiesta Mariana que apareció en la Iglesia Occidental, su celebración se comenzó a dar en Roma hacia el siglo VI, probablemente junto con la dedicación –el 1º de enero– del templo “Santa María Antigua” en el Foro Romano, una de las primeras iglesias marianas de Roma…
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La antigüedad de la celebración mariana se constata en las pinturas con el nombre de “María, Madre de Dios” que han sido encontradas en las Catacumbas o antiquísimos subterráneos que están cavados debajo de la ciudad de Roma, donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Misa en tiempos de las persecuciones.

LA LITURGIA DE LA FIESTA

Más adelante, el rito romano celebraba el 1º de enero la octava de Navidad, conmemorando la circuncisión del Niño Jesús. Tras desaparecer la antigua fiesta mariana, en 1931, el Papa Pío XI, con ocasión del XV centenario del concilio de Éfeso (431), instituyó la Fiesta Mariana para el 11 de octubre, en recuerdo de este Concilio, en el que se proclamó solemnemente a Santa María como verdadera Madre de Cristo, que es verdadero Hijo de Dios; pero en la última reforma del calendario –luego del Concilio Vaticano II– se trasladó la fiesta al 1º de enero, con la máxima categoría litúrgica, de solemnidad, y con título de Santa María, Madre de Dios.
De esta manera, esta Fiesta Mariana encuentra un marco litúrgico más adecuado en el tiempo de la Navidad del Señor; y al mismo tiempo, todos los católicos empezamos el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María.
De hecho, la liturgia de este día tuvo siempre un marcado carácter mariano, de manera que el cambio de título sirve casi exclusivamente para explicar lo que estaba implícito en la misa y en el oficio de la octava de navidad.
Las antífonas, que exaltan la maternidad divina de María, están tomadas del oficio antiguo y han sido utilizadas durante varios siglos. He aquí un bello ejemplo, tomado de Laudes:
La madre ha dado a luz al rey, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni se verá de nuevo. Aleluya.
En palabras del papa Pablo VI, “el tiempo de navidad es una conmemoración prolongada de la maternidad divina, virginal y salvífica de aquella cuya virginidad inviolada dio el Salvador al mundo”. La fiesta del 1º de enero es un resumen y una exaltación de este misterio. Tiene por finalidad exaltar la singular dignidad que este misterio reporta a la santa Madre a través de la cual recibimos al Autor de la vida.
En la liturgia percibimos la preocupación por destacar con más claridad la relación entre María y la Iglesia. En la fiesta del 1º de enero hay una referencia explícita, en la oración de la poscomunión, a la función maternal de María respecto del pueblo de Dios:
“Padre, cuando proclamamos que la virgen María es madre de Cristo y madre de la Iglesia, haz que nuestra comunión con su Hijo nos traiga la salvación”. Esto pone de manifiesto que ella es la madre de la Cabeza y de los miembros, la “santa Madre de Dios y, por consiguiente, la Madre providente de la Iglesia” (Marialis cultus 11).

LA MATERNIDAD ESPIRITUAL DE MARÍA

Además de su función como “Portadora de Dios”, está su maternidad espiritual respecto de la humanidad. Como Eva fue la “madre de todos los hombres” en el orden natural, María es madre de todos los hombres en el orden de la gracia. Al dar a luz a su primogénito, parió también espiritualmente a aquellos que pertenecerían a él, a los que serían incorporados a él y se convertirían así en miembros suyos. Él es el “primogénito entre muchos hermanos”, la Cabeza de la humanidad redimida, el representante de la humanidad que une todas las cosas en él.

En la propia vida de María se dio una conciencia creciente de su maternidad espiritual. Incluso en la anunciación debió de tener algún presentimiento de su función como madre del Mesías.
Ella sabía que Dios tenía grandes proyectos para su Hijo, y esto debió animarla a la renuncia y al sufrimiento en favor de su pueblo. Ella debía de dar a luz a un salvador de su pueblo, a un hombre para otros. La función de ella debía de subordinarse por completo a la de él. Ella aceptaba de manera implícita participar en la misión de él; y, en la medida en que el destino de su Hijo la afectaba también a ella, continuaba afirmando y reafirmando su asentimiento. Fue así cuando ella presentó a su primogénito en el templo. Ella renunció a todos sus derechos sobre su hijo y lo ofreció a Dios y a su pueblo. Esta maternidad espiritual alcanzó su cota más alta a los pies de la cruz; y comenzó una nueva fase en pentecostés.
La virgen María continúa desempeñando su función maternal en el cielo:
“Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna”
(Lumen gentium, 62).

Por eso los fieles la invocaron como madre desde los tiempos más remotos de la Iglesia -Mater Christi, mater gratiae et misericordiae- y ahora mater ecclesiae, madre de la Iglesia. Esta confianza en las oraciones de la madre de Jesús no es sólo un puro sentimiento piadoso, sino el efecto de una profunda convicción de que ella tiene amor de madre y solicitud por todos los hermanos de Cristo, y de que las oraciones de ella tienen una eficacia superior. En palabras de un teólogo, “María, en su estado glorificado en el cielo, tiene que seguir siendo un misterio de intercesión y de mediación maternal” (E. Schillebeeckx).

LA VERDAD FUNDAMENTAL DE LA MATERNIDAD DIVINA

La fiesta del 1º de enero no sólo es la fiesta mariana más antigua en la liturgia romana, sino que, además, tiene importancia excepcional y merece la prominencia que se le ha otorgado ahora.
Efectivamente, el misterio de la maternidad divina es realmente la verdad fundamental acerca de la Virgen María. Otras fiestas ocupan lugares más elevados en el orden jerárquico, pero es preciso recordar que las dos más importantes tienen una relación directa con la fiesta del 1º de enero. La Inmaculada Concepción tiene presente la función de María como madre de la palabra encarnada. Esa fue la manera que Dios escogió para preparar una morada digna para su Hijo. La mayor de todas las fiestas marianas, la Asunción, no es sino la consecuencia de su maternidad divina, pues no era conveniente que el “Tabernáculo de Dios” sufriera la corrupción.
La doctrina de la maternidad divina no es sólo un dogma católico, sino que es una creencia que compartimos con muchos cristianos de otras denominaciones. Y esto es importante, porque, hablando en general, los protestantes tienen dificultades con la Inmaculada Concepción e incluso con la Asunción de María a los cielos. Aquí pisamos, al menos, una base común, como dijo un portavoz de ellos: “Cuando dices que María es la madre de Dios, lo has dicho todo”.
En uno de los himnos latinos a Nuestra Señora encontramos el verso Monstra te esse matrem, “Demuestra que eres una verdadera madre para nosotros”.
Pero no basta con que creamos en su función intercesora; es imprescindible que también la experimentemos. Deberíamos tener un sentido permanente de su presencia en nuestras vidas, cerca de su Hijo y cerca de nosotros. Este es el secreto de la devoción católica a Nuestra Señora, y ésa es la gracia que pedimos en la oración final de la fiesta:
“Concédenos que podamos sentir el poder de su intercesión cuando ella implora por nosotros con Jesucristo tu Hijo, el autor de la vida”.

EL DÍA MUNDIAL DE LA PAZ

El papa Pablo VI hizo de esta fecha un día especial de oración por la paz universal. Tras hablar de su significación litúrgica como octava de navidad y solemnidad de la madre de Dios, continúa diciendo:
Es también una ocasión apta para renovar la adoración al recién nacido príncipe de la paz, para escuchar una vez más las alegres noticias del ángel; y para implorar a Dios, a través de la Reina de la Paz, el don supremo de la paz. Por esta razón, en la feliz concurrencia de la octava de navidad y del primer día del nuevo año, hemos instituido El día mundial de la paz. Una ocasión que gana constantemente nuevos adeptos y que comienza a producir ya frutos de paz en los corazones de muchos
(Marialis cultus, 5).

Todo el mensaje de navidad puede resumirse en la palabra “paz”, y la Iglesia trata de dar al mundo esa paz. En palabras de san León Magno, “el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz”. Y dice que es el don de Dios a nosotros y también nuestro regalo a él, pues nada más agradable a Dios que los hermanos conviviendo en paz (Sermón 6 para la navidad; Oficio de lecturas para el 31 de diciembre, Liturgia de las horas, I, 406).

SALUDO A LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA
(San Francisco de Asís)
Salve, Señora, santa Reina,
santa Madre de Dios, María,
que eres virgen hecha iglesia
y elegida por el santísimo Padre del cielo,
a la cual consagró Él
con su santísimo amado Hijo
y el Espíritu Santo Paráclito,
en la cual estuvo y está
toda la plenitud de la gracia y todo bien.
Salve, palacio suyo;
salve, tabernáculo suyo;
salve, casa suya.
Salve, vestidura suya;
salve, esclava suya;
salve, Madre suya
y todas vosotras, santas virtudes,
que sois infundidas por la gracia
e iluminación del Espíritu Santo
en los corazones de los fieles,
para que de infieles hagáis fieles a Dios.

Maternidad Divina de María



María es la Madre de Nuestro Señor Jesucristo.
María es la Madre celestial de nosotros, es decir, de la Iglesia.
En torno a estos dos principios giran todas las grandes prerrogativas de María, y por consiguiente todas nuestras noticias sobre Ella. De ahí que podamos reducir todo el dogma mariano a estos dos puntos:


MARÍA, MADRE DE DIOS

El misterio primordial de la Virgen es, sin duda alguna, la MATERNIDAD DIVINA. Hasta tal punto es esto verdadero, que todas las demás prerrogativas de Nuestra Señora dimanan del misterio de su divina Maternidad, bien sea como preparación para ella, o bien como consecuencias naturales o exigencias lógicas de la misma.
Así tenemos cómo:
Su predestinación es precisamente y ante todo para ser Madre de Dios.
La Concepción Inmaculada es la primera realización de esa santidad que necesitaba poseer el Tabernáculo del Altísimo.
La plenitud de gracia, la virginidad perpetua, etc., no son otra cosa que preparación inmediata y últimos toques para la más perfecta realización de ese inefable misterio de la Maternidad.
Aun las perfecciones físicas de Nuestra Señora convergen en esa misma finalidad.
Los misterios relativos a la Vida, Pasión y Muerte del Señor, en los que toma parte tan activa su Madre, María, son consecuencias del oficio de Madre de Cristo, Dios y Hombre.
Finalmente, la Asunción de la Virgen a los cielos en cuerpo y alma, y la coronación como Reina del Cielo y Madre espiritual de los hombres, serán su premio.
Así, ilustrados y orientados con la luz fundamental de esta idea central, es como tenemos que ver todos y cada uno de los misterios y privilegios marianos.
Se dice que María es Madre de Dios, en sentido estricto del término, puesto que ella engendró y dio a luz a Jesús, que es Dios: en Jesús hay una sola persona, que es la del Verbo Eterno de Dios.
Los que no admiten que María es Madre de Dios, pueden catalogarse en dos clases:
a – Los que no creen en la divinidad de Jesucristo, como los judíos, algunas grupos protestantes para quienes el libre examen los ha llevado hasta el extremo de no creer en lo que los caracterizaría como cristianos, y, en fin, todos los no-cristianos, y
b – Los que, creyendo en la divinidad de Jesucristo creen que María es madre de Jesús-hombre nada más, sin tener que ver nada con la persona del Verbo. Entre estos últimos, la herejía más típicamente antimariana es la nestoriana, cuyos adherentes afirmaban que la Virgen era madre del hombre, Madre de Cristo o a lo sumo portadora de Dios, pero de ninguna manera Madre de Dios.
La Maternidad Divina, dignidad primordial y fundamento de todas las excelencias de Nuestra Señora, es una verdad de fe católica, solemnemente definida en el Concilio de Efeso, en el año 431, presidido por San Cirilo de Alejandría. Allí se proclamaron los famosos “anatemas” contra Nestorio.
Además del Concilio de Efeso, María fue confesada Madre de Dios en el Concilio de Calcedonia, en el II de Constantinopla, en el de Letrán, en el III de Constantinopla, etc., así como también fue unánimemente pregonada por las Padres de la Iglesia, los escritores eclesiásticos y los Doctores, sin excepción alguna.
El Evangelio de San Lucas nos trae el testimonio divino:
“El niño que nazca (de ti) será santo y llamado Hijo de Dios” (Lc l, 35)
“Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. Será grande y llamado Hijo del Altísimo; el Señor le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin”
(Ibid. 3l-33)

En la Visitación, el evangelista nos presenta la primera profesión de fe en María, Madre de Dios; He aquí lo que exclama la prima de la Virgen, Isabel:
“Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre ”
“Y, cómo es que la madre de mi Señor viene a mí?”
(Lc l, 42-43)

Si el Hijo de María es el Señor de Isabel, obvio es que María, la madre de ese Señor, Jesús, es la Madre de Dios.
Aunque la Maternidad Divina de María es un misterio impenetrable a la razón natural, y objeto de la mera fe divina, sin embargo la razón, investigando humilde, piadosa y sobriamente, puede darnos alguna idea: así según se expresa Santo Tomás de Aquino:
“madre de alguien se llama verdadera y propiamente aquella mujer que lo engendra y da a luz. Y sabemos que María concibió y dio a luz a Cristo, que es Dios; luego María es verdadera y propiamente Madre de Dios. La razón es concluyente, puesto que Jesucristo en ningún momento deja de ser Dios”.



Maria, Madre de Dios, reflexión doctrinal



¿Cómo puede ser María la Madre de Dios, si Dios ya existía antes de que ella naciera?

En el diccionario encontramos que “madre” es la mujer que engendra un hijo/hija. Se dice que es madre del que ella engendró. Si aceptamos que María es madre de Jesús y que Él es Dios, entonces María es Madre de Dios… 
María no fue madre del Hijo eternamente.
 Ella comienza a ser Madre de Dios cuando el Hijo Eterno se encarnó en sus entrañas.

Dios, para hacerse hombre quiso tener madre. Gálatas 4,4: “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios, por ende María es madre de Jesús, Dios y hombre verdadero.
Entonces, María es Madre de Dios, no porque haya engendrado a Dios en la eternidad sino porque lo engendro hace 2000 años.
Negar que María es Madre de Dios es negar la Encarnación del Hijo o negar que el Hijo es Dios.

Dios no necesitaba una madre pero la quiso tener para acercarse a nosotros con infinito amor. Dios es el único que pudo escoger a su madre y, para consternación de algunos y gozo de otros, escogió a la Santísima Virgen María quién es y será siempre la Madre de Dios.

Cuando la Virgen María visitó a su prima Isabel, esta, movida por el Espíritu Santo le llamó “Madre de mi Señor”.
El Señor a quien se refiere Isabel no puede ser otro sino Dios.
(Cf. Lucas 1, 39-45).
La verdad de que María es Madre de Dios es parte de la fe de todos los cristianos ortodoxos (de doctrina recta).
Fue proclamada dogmáticamente en el Concilio de Efeso en el año 431 y es el primer dogma Mariano.

LOS ERRORES DE NESTORIO

En el siglo V, Nestorio, Patriarca de Constantinopla afirmaba los siguientes errores:
* Que hay dos personas distintas en Jesús, una divina y otra humana.

* Sus dos naturalezas no estaban unidas.

* Por lo tanto, María no es la Madre de Dios pues es solamente la Madre de Jesús hombre.

* Jesús nació de María sólo como hombre y más tarde “asumió” la divinidad, y por eso decimos que Jesús es Dios.

Vemos que estos errores de Nestorio, al negar que María es Madre de Dios, niegan también que Jesús fuera una persona divina.
La doctrina referente a María está totalmente ligada a la doctrina referente a Cristo.
Confundir una es confundir la otra.

Cuando la Iglesia defiende la maternidad divina de María esta defendiendo la verdad de que, su hijo, Jesucristo es una persona divina.
En esta batalla doctrinal, San Cirilo, Obispo de Alejandría, jugó un papel muy importante en clarificar la posición de nuestra fe en contra de la herejía de Nestorio.

En el año 430, el Papa Celestino I en un concilio en Roma, condenó la doctrina de Nestorio y comisionó a S. Cirilo para que iniciara una serie de correspondencias donde se presentara la verdad.

EL CONCILIO DE ÉFESO

En el año 431, se llevó a cabo el Concilio de Efeso donde se proclamó oficialmente que María es Madre de Dios
(Theotokos en griego).

“Desde un comienzo la Iglesia enseña que en Cristo hay una sola persona, la segunda persona de la Santísima Trinidad. María no es solo madre de la naturaleza, del cuerpo pero también de la persona quien es Dios desde toda la eternidad. Cuando María dio a luz a Jesús, dio a luz en el tiempo a quien desde toda la eternidad era Dios. Así como toda madre humana, no es solamente madre del cuerpo humano sino de la persona, así María dio a luz a una persona, Jesucristo, quien es ambos Dios y hombre, entonces Ella es la Madre de Dios”.

María fue dogmáticamente proclamada Theotokos en el Concilio de Efeso. 431A.D.
El opositor de esta doctrina, Nestorio, proponía en vez que María era Cristotokos (Madre del hombre Cristo) pero no Theotokos (Madre de Dios).

LA ORTODOXIA (DOCTRINA RECTA) ENSEÑA

-Jesús es una persona divina (no dos personas).
-Jesús tiene dos naturalezas: es Dios y Hombre verdaderamente.
-María es madre de una persona divina y por lo tanto es Madre de Dios.

María es Madre de Dios. Este es el principal de todos los dogmas Marianos, y la raíz y fundamento de la dignidad singularísima de la Virgen María. María es la Madre de Dios, no desde toda la eternidad sino en el tiempo.
El dogma de María Madre de Dios contiene dos verdades:
1) María es verdaderamente madre: Esto significa que ella contribuyó en todo en la formación de la naturaleza humana de Cristo, como toda madre contribuye a la formación del hijo de sus entrañas.
2) María es verdaderamente madre de Dios: Ella concibió y dio a luz a la segunda persona de la Trinidad, según la naturaleza humana que El asumió.
El origen Divino de Cristo no le proviene de María. Pero al ser Cristo una persona de naturalezas divina y humana. María es tanto madre del hombre como Madre del Dios. María es Madre de Dios, porque es Madre de Cristo quien es Dios\hombre.
La misión maternal de María es mencionada desde los primeros credos de la Iglesia. En el Credo de los Apóstoles:
“Creo en Dios Padre todopoderoso y en Jesucristo su único hijo, nuestro Señor que nació de la Virgen María”.
El título Madre de Dios era utilizado desde las primeras oraciones cristianas.
En el Concilio de Efeso, se canonizo el título Theotokos, que significa Madre de Dios.
A partir de ese momento la divina maternidad constituyó un título único de señorío y gloria para la Madre de Dios encarnado.
 La Theotokos es considerada, representada e invocada como la reina y señora por ser Madre del Rey y del Señor.
Mas tarde también fue proclamada y profundizada por otros concilios universales, como el de Calcedonia(451) y el segundo de Constantinopla (553).
En el siglo XIV se introduce en el Ave María la segunda parte donde dice:
“Santa María Madre de Dios” Siglo XVIII, se extiende su rezo oficial a toda la Iglesia.
El Papa Pío XI reafirmó el dogma en la Encíclica Lux Veritatis (1931).

La Madre de Dios en el Concilio Vaticano II: este concilio replantea en todo el alcance de su riqueza teológica en el más importante de sus documentos, Constitución dogmática sobre la Iglesia, (Lumen Gentium). En este documento se ve la maternidad divina de María en dos aspectos:
1) La maternidad divina en el misterio de Cristo.
2) La maternidad divina en el misterio de la Iglesia.
“Y, ciertamente, desde los tiempos mas antiguos, la Sta. Virgen es venerada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles suplicantes se acogen en todos sus peligros y necesidades…. Y las diversas formas de piedad hacia la Madre de Dios que la Iglesia ha venido aprobando dentro de los limites de la sana doctrina, hacen que, al ser honrada la Madre, el Hijo por razón del cual son todas las cosas, sea mejor conocido, amado, glorificado, y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamientos”
(LG #66)
En el Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI (1968):
 “Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y salvador nuestro”.
En 1984 Juan Pablo II consagra el mundo entero al Inmaculado Corazón de María, y repite en la oración de consagración:
“Recurrimos a tu protección, Santa Madre de Dios”.

María por ser Madre de Dios transciende en dignidad a todas las criaturas, hombres y ángeles, ya que la dignidad de la criatura está en su cercanía con Dios. Y María es la más cercana a la Trinidad. Madre del Hijo, Hija del Padre y Esposa del Espíritu.
“El Conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre María, será siempre la llave exacta de la comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia. Y la Madre de Dios es mía, porque Cristo es mío” (S. Juan de la Cruz).
Fuente: padre Jordi Rivero en corazones.org


Oraciones a María Madre de Dios



Al paso de los siglos, los cristianos cumplimos la profecía que María hizo sobre sí misma: «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada»
 (Lc 1,48).
Tanto en Oriente como en Occidente, los hijos de la Iglesia han crecido siempre en un ambiente de culto y devoción a la Gloriosa, la Inmaculada, la Reina y Señora nuestra, la Virgen María, la santa Madre de Dios…
En la oración privada, en los rezos familiares, en los claustros monásticos, en las devociones populares y en el esplendor de la liturgia, se alza un clamor secular de alabanza y de súplica a la Madre de Jesús. Y esto tiene que ser cosa del Espíritu Santo, es decir, del Espíritu de Jesús, que en el corazón de los fieles, canta la dulzura bondadosa de la Virgen Madre.

LA MÁS ANTIGUA ORACIÓN A LA VIRGEN

«Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita».

Esta bellísima oración (Sub tuum præsidium, en la liturgia latina) procede de una antífona litúrgica griega no posterior al siglo III. En ella se invoca a María como «Madre de Dios», título reconocido como dogma bastante más tarde, en el concilio de Efeso (a.431).
María aparece ahí, literalmente, como «la única limpia, la única bendita», y a su regazo maternal nos acogemos, rezando en plural, los fieles cristianos, que, en las angustias y peligros, confiamos en el gran poder de su intercesión ante el Señor. La consagración a María realizada por Juan Pablo II en Fátima (13-V-1982) estuvo inspirada precisamente en esta oración.

EN LOS PRIMEROS SIGLOS

El canto que Cristo, con su Cuerpo, a lo largo de los siglos, ha dedicado a la Virgen Madre, tiene siempre rasgos de una belleza muy singular… San Agustín (+430) la saluda:
«Oh bienaventurada María, verdaderamente dignísima de toda alabanza, oh Virgen gloriosa, madre de Dios, oh Madre sublime, en cuyo vientre estuvo el Autor del cielo y de la tierra»…
Y Sedulio, por los mismos años:
 «Salve, Madre santa, tú que has dado a luz al Rey que sostiene en su mano, a través de los siglos, el cielo y la tierra»…
Y el gran San Cirilo de Alejandría, en ocasión solemnísima, cuando el concilio de Efeso confesó a María como Madre de Dios:
«Te saludamos, oh María, Madre de Dios, verdadero tesoro de todo el universo, antorcha que jamás se puede extinguir, corona de las vírgenes, cetro de la fe ortodoxa, templo incorruptible, lugar del que no tiene lugar, por quien nos ha sido dado Aquel que es llamado bendito por excelencia»…
Y el grandioso Himno Acatistos de la liturgia griega, quizá compuesto por San Germán, que fue patriarca de Constantinopla (del 715 al 729):
«Oh Guía victoriosa, nosotros, tus servidores, liberados de nuestros enemigos, te cantamos nuestras acciones de gracias… Ave, Esposa inmaculada. Ave, resplandor de alegría. Ave, destructora de la maldición. Ave, cumbre inaccesible al pensamiento humano»…

EN LA EDAD MEDIA

El Ave María, compuesta con las palabras del ángel Gabriel y de Isabel (Lc 1,28s.42), así como otras oraciones latinas hoy recogidas al final de las Completas, en la Liturgia de las Horas (Dios te salve, Reina y Madre; Madre del Redentor, virgen fecunda; Salve, Reina de los cielos; Reina del cielo, alégrate) son de origen medieval, lo mismo que el Rosario y el Angelus, esas oraciones que tanto arraigo han tenido y tienen en la piedad de los fieles, y que la Iglesia tantas veces ha recomendado (Marialis cultus 40-55).
Es el canto enamorado que el Cristo total ofrece a María, y que se prolonga en la Edad Media con nuevas melodías… En Canterbury, San Anselmo (+1109):
«Santa y entre los santos de Dios especialmente santa María, madre de admirable virginidad, virgen de amable fecundidad, que engendraste al Hijo del Altísimo»…
Y en la abadía de Steinfeld, cerca de Colonia, el premonstratense Herman (+1233):
«Yo querría sentirte, hazme conocer tu presencia. Atiéndeme, dulce Reina del cielo, todo yo me ofrezco a ti. Alégrate tú, la misma belleza.
Yo te digo: Rosa, rosa. Eres bella, eres totalmente bella, y amas más que nadie»…
Y en el monasterio cisterciense de Helfta, Santa Gertrudis (+1301):
«Salve, blanco lirio de la refulgente y siempre serena Trinidad, deslumbrante Rosa celestial»…
No se cansa la Iglesia de bendecir a la gloriosa siempre Virgen María. Sólo siente la pena de no poder hacerlo convenientemente, porque todas las alabanzas a la Gloriosa se quedan cortas.
Y es que, como dice San Bernardo, de tal modo es excelsa su condición, que resulta «inefable; así como nadie la puede alcanzar, así tampoco nadie la puede explicar como se merece. ¿Qué lengua será capaz, aunque sea angélica, de ensalzar con dignas alabanzas a la Virgen Madre, y madre no de cualquiera, sino del mismo Dios?»
 (Serm. Asunción 4,5).
Por eso nosotros, con el versículo final de la oración Ave Regina cælorum, le pedimos la gracia de saber alabarla, y que nos dé fuerza contra sus enemigos, que son los nuestros:
Dignare me laudare te Virgo sacrata.
Da mihi virtutem contra hostes tuos.
Fuente: mscperu.org





1º. María, Madre de Dios.

2º. María, Madre Espiritual y abogada nuestra.
La idea fundamental que predomina en ambos principios, es la de maternidad. Por consiguiente, podemos establecer que toda la razón de ser de María, es ser Madre…

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