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Sean bienvenidos

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Invitación y bienvenida

Hola amig@s, bienvenid@s a este lugar, "Seguir la Senda.Ventana abierta", un blog que da comienzo e inicia su andadura el 6 de Diciembre de 2010, y con el que sólo busco compartir con ustedes algo de mi inventiva, artículos que tengo recogidos desde hace años, y también todo aquello bonito e instructivo que encuentro en Google o que llega a mí desde la red, y sin ánimo de lucro.

Si alguno de ustedes comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia, o por el contrario quiere que sea retirado de inmediato, por favor, comuníquenmelo y lo haré en seguida y sin demora.

Doy las gracias a tod@s mis amig@s blogueros que me visitan desde todas partes del mundo y de los cuales siempre aprendo algo nuevo. ¡¡¡Gracias de todo corazón y Bienvenid@s !!!!

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Espero que todos los artículos que publique en mi blog -y también el de ustedes si así lo desean- les sirva de ayuda, y si les apetece comenten qué les parece...

Mi ventana y mi puerta siempre estarán abiertas para tod@s aquell@s que quieran visitarme. Dios les bendiga continuamente y en gran manera.

Aquí les recibo a ustedes como se merecen, alrededor de la mesa y junto a esta agradable meriendita virtual.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.
No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad. Les saluda atentamente: Angelita Grueso.

lunes, 8 de agosto de 2011

El sastrecillo valiente




En la soledad de su taller, el sastrecillo Miguel cosía unos jubones de encargo con cara de pocos amigos. La culpa de su enfado se debía a un enjambre de mocas, que zumbaba en torno suyo.
En pleno verano, a treinta y muchos grados, Miguel debía trabajar a destajo sin un mal ventilador que viase su sofoco. Y encima las moscas.
Corrian tiempos de miserias, y él tenía que trabajar catorce horas diarias paro poder llevarse a la boca un mendrugo de pan y vestir ropas muy pobres.
Además, el país donde vivía Miguel atravesaba una racha espantosa: había un gigante invencible que destrozaba ciudades enteras de un simple manotazo. Tan formidable criatura era el terror de la nación. Con sus pisadas, arrasaba casa, campos de cultivo y fortalezas sin que los ejércitos se Su Majestad pudiesen inquietarle.
En cada esquina del Reino apareció un bando con la efigie del gigante, prometiendo recompensas de hasta un millón de escudos de oro al primero que lograses capturarle, vivo o muerto. A pesar de tan tentadora oferta, nadie se atrevió a intentar la hazaña.
- ¡Acabaremos todos arruinados! – se lamentó un ciudadano, junto a la ventana de Miguel.
- ¡Dicen que mide más de veinte metros de altura, y reúne la fuerza de un ejército! – aseguró otro.
Miguel permanecía ajeno a tan gran tragedia nacional. En ese instante, sólo le preocupaba un problema: las impertinentes moscas.
Harto ya de soportarlas, asió dos cazamoscas que tenía a mano, acechó con ellos a sus enemigas, y, descargando un golpe en el aire, mató a siete de una vez.
- ¡Siete de un golpe! – exclamó, jubiloso.
A todo esto, sus vecinos seguían dando vueltas al tema del gigante, cerca de la ventana.
- Ha arrasado siete granjas.
- ¡Eso no es nada! De siete tragos, ha vaciado otros tontos lagos
- ¡Siete! ¡He matado a siete de un solo golpe! – voceó de repente Miguel, asomándose a la ventana.
- ¡Siete! ¡No es posible! – exclamó uno.
- ¿Y de un solo golpe? – intervino otro.
- ¡Como os lo digo! – afirmó Miguel.
- ¡Memorable!
La noticia corrió como un reguero de la pólvora por todo el Reino, llegó a oídos de los ministros, y, por último, al Rey. Este, sentado en el trono, se mesó la barbilla, sorprendido.
- De modos que siete gigantes de un solo golpeo – comentó, al fin.
- Eso es, Majestad – afirmó su Primer Ministro – Creedme, únicamente él puede salvar vuestro Reino.
- ¡Pues traedle inmediatamente a mi presencial! – ordenó el Rey-.
Quiero escuchar de sus propios labios tan prodigiosa historia.
Desde luego, el sastrecillo no entendió para qué le llamaba el Rey. Sin embargo, acudió a Palacio devorado por la curiosidad.
- ¿Es cierto que mataste siete de un solo golpe? – le preguntó el Soberano, apenas le tuvo delante.
- Sí, Majestad, con estas manos.
- ¡Es una cosa increíble! ¡Cuéntamelo todo desde el principio!
Dando rienda suelta a su imaginación, Miguel supo aderezar el relato con emoción. El Monarca, completamente absorto, brincaba en el trono a impulsos de su interés.
- …y no me daban tregua. Si uno me atacaba por la izquierda, otro lo hacía por la derecha, si el de más allá por delante, el de más acá por detrás. ¡Total, que estaba perdido! Tan al me vi que…
- ¿Qué, qué paso? – le apremió el Rey.
- ¡Pues lo dicho! Les aticé un tremendo golpe, y los siete cayeron a mis pies, sin vida, hechos polvos.
- ¡Soberbio! ¡Fabuloso! ¡Fantástico! – gritaron cuantos nobles cortesanos abarrotaban el Salón.
- Eres un héroe, te daré la mano de mi hija, matagigantes, si… - exclamó el Rey, poniéndose en pie.
- ¡Pero, Majestad, si yo…!
- ¡No hay peros que valgan! ¡Además, te llevarás el millón de escudos de oro cuando captures al gigante! - refrenó el Monarca, eufórico.
- ¡Acepto la empresa que me encomendáis, Majestad! – contestó Miguel, con voz estentórea -. ¡el gigante será vencido, o moriré en el empeño!
Pocos días después, el sastrecillo valiente dejó, la ciudad para salir al encuentro del gigante. Con paso vivo, caminó hacia las colinas.
Al principio, no supo a qué atribuir las espantosas sacudidas que cuarteaban la tierra y hacían desmoronarse a las rocas. Pero cuando descubrió la enorme botaza que caía sobre él, supo la verdad: el gigante iba de paseo. Miguel decidió refugiarse en un carro repleto de calabazas, que yacía solitario en mitad de un prado.
Las pisadas del gigante retumbaban como mazazos, cada vez más cerca. El sastrecillo asomó las narices y lo que vio le hizo desfallecer: ¡el gigante se había sentado allí mismo, sobre la casita, y acercaba una de sus manazas al carro!
- ¡Calabazas! ¡No están mal como aperitivo!
De un solo puñado, vació todo el carro, con Miguel incluido. Una a una, las calabazas llovieron sobre sus fauces, desde gran altura. El sastrecillo, escurriéndose hábilmente dentro de la manaza, se puso en último lugar; cuando le llegó el turno, sacó sus tijeras de sastre, pinchó con ellas al gigante en el pulgas, y encarándose luego con él, gritó:
- ¡Aquí terminan tus atropellos, estúpido bellaco!
- ¿Eh? ¿Has si tú quien me ha pinchado?
- ¡Sí, yo, y más voy a pincharte si no te das preso ahora mismo en nombre del Rey! – le amenazó Miguel.
- ¡Jo, jo, jo! ¡Preso yo a manos de un microbio! ¡Si te había confundido con una de ellas! – se mofó el gigante, realmente divertido.
- ¡Bueno, basta ya de tonterías! – le apremió Miguel, temblando de miedo-. ¡Te rendirás por las buenas o por las malas!
- ¡Óyeme bien, despreciable gusano! – bramó el gigante, un poco enfadado ya -. ¡Puedo hacerte fosfatina con un solo dedo, así que no agotes mi paciencia!
- ¡Que te rinda, he dicho! – insistió Miguel, clavándoles sus tijeras en la punta de la nariz.
- ¡Aaaay…!
Loco de furia, alzó su otra manaza para aplastarle, pero ya Miguel ponía en práctica su plan.
Mientras eludía el palmetazo del gigante, se refugió en la manga de su camisa. Una vez allí, extrajo de su bolsa de costura una aguja y un carrete de hilo muy grueso. Con varias punteadas cosió las dos mangas del gigante, que terminó maniatado.
- Pero ¿Qué haces? – aulló aquél-. ¡Suélteme!
Sus amenazas eran inútiles. Miguel, trabajando con vertiginosa rapidez, cortó la camisa por encima del codo y salió de su escondite. A todo esto, una manaza del gigante siguió su rastro, y asomó por el roto. Nada más verla aparecer, el sastrecillo volvió a coser el desgarrón, y su enemigo quedó aún más inmovilizado.
Ya sólo quedaba a Miguel atar con la hebra al gigante, desde los hombros hasta los pies, mediante vueltas y vueltas hábilmente anudadas entre sí. Minutos después, su rival era una simple momia bamboleante, que podía venirse abajo al menor tirón de la hebra.
Y fue precisamente lo que hizo Miguel, tirar de la hebra. El gigante se desplomó, y quedó tendido en el suelo, atado como un fardo.
Miguel regresó a la Corte para dar la buena nueva. Como es natural, el Rey y todos sus vasallos le escucharon boquiabiertos:
- ¿Encontraste al gigante? – fue lo primero que le preguntaron.
- A ése le encuentras cualquiera – repuso Miguel
- ¿Y qué hizo al verte?
- Quiso devorarme como a una vulgar calabaza.
- ¿Qué armas empleaste para vencerle?
- Tijeras, aguja y hebra – contestó el sastrecillo.
Después, el pueblo en masa acudió en busca del gigante.
- ¡Viva el sastrecillo valiente! – gritaron.
El Monarca entregó a Miguel un millón de escudos y la mano de su hija. Fueron muy felices
Hermanos Grimm

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