"Ventana abierta"
Segunda Semana de Adviento
Cuando dios creó a los
árboles los proveyó de raíces y ramas. Las unas se afirmaban a la tierra, las
otras se elevaban hacia el cielo, pues ellos habían venido de allá y no debían
olvidarse jamás de su verdadera patria. Desde entonces, los árboles tienden sus
ramas hacia lo alto como una plegaria silenciosa y perpetua, recordando a su
Creador.
El pino, hace mucho
tiempo, hacía lo mismo y, dirigiendo hacia arriba sus largas y anchas ramas
dominaba incluso a los otros árboles. Pero esto es diferente hoy en día; ¿saben
por qué?
Ocurrió así:
Una noche, María la dulce madre de Jesús y
José, su marido, se encontraban en un gran bosque de pinos. Estaban lejos de
toda casa y no habían encontrado albergue esa noche. Entonces se acostaron al
pie de un árbol para tratar de dormir. Pero se levantó un viento fresco que se
hacía cada vez más fuerte. Incluso acercándose mucho al tronco de los árboles
elevados, no se estaba protegido. Entonces María, en su angustia, se puso a
acariciar el tronco del árbol que le protegía y dijo: “Perdóname que interrumpa
la plegaria que diriges a nuestro padre. Pero mira: Dios mismo se ha inclinado
hacia la tierra. Yo llevo a su hijo bajo mi corazón. Y tiene necesidad de tu
ayuda”. Con las palabras de María, un estremecimiento recorrió todo el árbol.
Lentamente, muy lentamente, fue volviendo sus ramas hacia el suelo, de forma que pareciese un enorme techo. El pino había perdido sus agujillas siempre una vez al año, pero aquí comenzaron a crecer. Así, las ramas del pino sirvieron de abrigo a María y José durante la noche. Y desde ese día, el pino nunca pierde sus agujillas.





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