"ventana abierta"
De la mano de María
Héctor L. Márquez (Conferencista católico)
REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DÉCIMA
QUINTA SEMANA DEL T.O. (1)
Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:
«Moisés, Moisés.»
Respondió él: «Aquí estoy.»
La primera lectura de hoy (Ex 3,1-6.9-12) nos
presenta el comienzo del episodio de la zarza ardiendo. Este es el pasaje en
que Yahvé escogió a Moisés para liberar a su pueblo de la esclavitud que estaba
sufriendo a manos de los egipcios. Esa misión de Moisés comenzó como todas
(incluyendo la tuya y la mía), con el llamado: “Moisés. Moisés”. Él le
respondió: “Aquí estoy”.
Moisés escuchó la Palabra de Dios y se mostró
receptivo a la misma. Entonces Dios le reveló la misión que tenía para él: “Y
ahora marcha, te envío al Faraón para que saques a mi pueblo, a los
israelitas”. El envío. Y ante la incertidumbre de Moisés sobre su capacidad
para llevar a cabo la misión, la promesa: “Yo estoy contigo”. Dios nunca
abandona a los que escoge y envía. Mañana le revelará Su nombre.
La lectura evangélica que nos ofrece la
liturgia de hoy (Mt 11,25-27) contiene una de mis frases favoritas de Jesús:
“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas
cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí,
Padre, así te ha parecido mejor”.
Jesús parece referirse a los “sabios” y
“entendidos” de su tiempo (los escribas, fariseos, sacerdotes, doctores de la
ley), quienes cegados por su conocimiento de la Ley creían saberlo todo. Por
eso eran incapaces de asimilar el mensaje sencillo pero profundo de Jesús. “Yo
les aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él” (Mc
10,13).
Jesús nos pide que nos hagamos como niños, para
que podamos conocer y reconocer al “Abba” que Él nos presenta: “nadie conoce al
Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el
Hijo se lo quiera revelar”. Por eso escogió sus discípulos de entre la gente
sencilla, creyentes que no estaban “contaminados” por el ritualismo y legalismo
excesivo de los sacerdotes y fariseos. Escogió la tierra buena sobre la que
estaba llena de abrojos (Mt 13,1-9; Mc 4,1-9; Lc 8,4-8).
Dios no es fácil de alcanzar, nadie lo ha visto
nunca. Por eso nos envió a su Hijo, quien sí le conoce, para que Él nos de a
conocer al Padre. Para conocer al Padre tenemos que reconocer nuestra
incapacidad de conocerlo por nosotros mismos. Jesús nos ofrece la oportunidad
de conocerle a Él a través de su Palabra, y a través de Él al Padre. Parece un
trabalenguas, pero el mensaje es sencillo, como aquellos a quienes va dirigido:
Él es el “Camino” que nos conduce al Padre; y quien le conoce a Él conoce al
Padre (Jn 14,6-7).
Jesús nos ha llamado a cada cual por su nombre
y nos ha encomendado una misión que tenía pensada para cada uno de nosotros
desde antes que fuésemos concebidos, desde siempre, desde la eternidad. Si nos
apartamos del bullicio y el ruido del mundo, como lo estaba Moisés en la
primera lectura, podremos escuchar la voz de Dios que nos llama por nuestro
nombre. Lo único que tenemos que decir es: “Aquí estoy”, como lo hizo Moisés; o
como Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10).
Y tú, ¿qué le vas a contestar?



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