"ventana abierta"
De la mano de María
Héctor L. Márquez (Conferencista católico)
REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO QUINTO DOMINGO DEL
T.O. (B)
En este decimoquinto
domingo de tiempo ordinario, la primera lectura está tomada la profecía de Amós
(Am 7,12-15). Amós no fue muy bien visto en Israel (Reino del Norte), pues,
además de ser un simple pastor, era de Judá (Reino del Sur) y, para colmo, vino
a denunciar las infidelidades del pueblo de Israel contra Yahvé. Amasías,
sacerdote de Betel (Betel era una de dos capitales religiosas del Reino Israel
– junto con Dan), se siente amenazado, pues las denuncias de Amós le tocan
directamente. Por eso se queja ante el rey Jeroboam, e intenta expulsar a Amós.
Amós se le enfrenta con la valentía que caracteriza a los enviados de Dios
y contesta: “Yahvé me tomó de detrás del rebaño y me dijo: ‘Ve y profetiza a mi
pueblo Israel’.” Y la respuesta de Yahvé Dios a Amasías, a través de su
profeta, no se hace esperar (Am 7,17): “Tu mujer se prostituirá en la ciudad,
tus hijos y tus hijas caerán a espada, tu tierra será repartida a cordel, tú
mismo morirás en tierra impura (tierra extranjera, manchada por la presencia de
los ídolos), e Israel será deportado de su tierra”. Esto ocurrió efectivamente
en el año 722 a.C.
Dios nos habla continuamente y de muchas maneras; sobre todo a través de
su Palabra, nos señala el Camino y, como le sucedió a Israel, esa Palabra de
vida eterna cae en oídos sordos. Por eso continuamos adorando nuestros
“diosecillos”, que no hacen otra cosa que mantenernos apegados a las cosas
materiales, alejándonos cada vez más de Dios.
Hoy, día del Señor, hagamos un pequeño examen de consciencia para tratar
de identificar esos “ídolos” que nos esclavizan y nos impiden, como al pueblo
de Israel, acercarnos a Dios y ser acreedores de su promesa de vida eterna.
Por eso en la lectura evangélica de hoy (Mc 6,7-13), que es la versión de
Marcos del envío de los “doce”, cuya versión de Mateo leyéramos el jueves, Jesús
instruye a sus apóstoles que, para poder llevar a cabo su misión en forma
efectiva tienen que despojarse de todas las cosas materiales, de todo peso que
pueda convertirse un lastre para el Camino: “los fue enviando de dos en dos,
dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para
el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la
faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto”.
Como hemos dicho en ocasiones anteriores, Jesús no condena las posesiones
materiales, especialmente aquellas que son producto del trabajo bendecido por
Él. Lo que Jesús condena reiteradamente es el “apego” a esas posesiones que nos
impide “dejarlo todo” para seguirle (Cfr. Mt 19,16-22; Mc 10,17-22; Lc
18,18-23); aquellas cosas que nos impiden amar al Señor nuestro Dios “con todo
[nuestro] corazón, con toda [nuestra] alma, con todas [nuestras] fuerzas, y con
toda [nuestra] mente (Cfr. Dt 6,5; Lc 10,27).
Que pasen un hermoso día en la PAZ del Señor y, si aún no lo han hecho, no olviden visitarle en su Casa; Él les espera.



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