"ventana abierta"
De la mano de María
Héctor L. Márquez (Conferencista católico)
REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DÉCIMOCUARTA
SEMANA DEL T.O. (1)
“Si uno se pone de mi parte ante los hombres,
yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo”.
“Si uno se pone de mi parte ante los hombres,
yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega
ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo”. Así concluye
la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Mt 10,24-33). Jesús
continúa su “discurso apostólico”, las instrucciones que da a “los doce” al
enviarlos a predicar su Evangelio, la Buena Noticia del Reino.
Con esta aseveración Jesús nos recuerda que, si
bien Él es misericordioso, es igualmente justo. Él toca a nuestra puerta, pero
no se impone. Como decía el padre Ignacio Larrañaga: “Jesús es un perfecto
caballero”. Está en nosotros abrirle y dejarle pasar, o ignorarlo. Si le
escuchamos, abrimos la puerta y le dejamos entrar, Él entrará en nuestra casa y
cenará con nosotros (Ap 3,20).
Dejarle entrar en nuestra casa significa
abrazar su Palabra, hacernos uno con Él; dejarnos arropar por su Amor y actuar
de conformidad. Que podamos decir con Pablo, “ya no vivo yo, sino que Cristo
vive en mí” (Gál 2,20).
Jesús está diciendo a los apóstoles qué
características ha de tener el verdadero discípulo-apóstol. La lectura de hoy
comienza con la humildad, una de las características sobresalientes de Jesús,
el que vino para servir y no para ser servido (Mt 20,28), el que siendo Dios
“se abajó para tomar la condición de esclavo, pasando por uno de tantos” (Fil
2,7), el que lavó los pies a sus discípulos (Jn 13,1-16). Por eso les recuerda
a los apóstoles que “un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más
que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como
su amo”.
Antes de ser considerados “apóstoles” tenemos
que ser discípulos. Y el discípulo sigue al maestro, se sienta a sus pies, lo
imita, trata de ser igual que él, comparte su destino. “Si al dueño de la casa
lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los criados!”. Jesús se compara con el
“dueño de la casa”, y a nosotros con la gente de su casa (la palabra “criado”
no es tal vez la más afortunada). Nos está diciendo que si Él, que es el “jefe”
de nuestra “casa”, es decir, nuestra Iglesia, sufrió ultrajes y calumnias,
nosotros tenemos que estar dispuestos a sufrir lo mismo, y a hacerlo con
dignidad, y hasta con alegría (Cfr.
Mt 5,11-12; 1 Pe 4,14). No importa las consecuencias, tenemos que pregonar Su
mensaje “desde las azoteas”.
Son muchos los que prefieren ignorar el llamado
de Jesús a sus puertas, porque a pesar de que les impresiona la oferta de vida
eterna que les hace, no están de acuerdo con la “letra chica”; entienden que el
precio es demasiado alto. Prefieren la comodidad, el placer, ahora, en este
mundo. Se ponen de parte del mundo en lugar de ponerse de parte de Jesús. Es
ahí que resuenan las palabras de Jesús en este relato evangélico que citamos al
principio.
Si algo tiene el mensaje de Jesús es que es
consistente. A esos, cuando llegue el día del Juicio el Padre les dirá:
“Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el
demonio y sus ángeles” (Mt 25,41).
Y tú, ¿en qué grupo quieres ser contado?



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