La Buena Semilla
Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es
necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe y que es galardonador
de los que le buscan.
Hebreos 11: 6
Porque por fe andamos, no por vista.
2 Corintios 5: 7
La fe
Creer en Dios supone creer en su existencia y
en el hecho de que yo soy su criatura. Es reconocer su grandeza y su poder, en
contraste con mi pequeñez, mi fragilidad. Es percibir lo absoluto de su
santidad y de su amor, y llegar a la terrible conclusión de mi derrota moral.
La fe me lleva a reconocer lo que soy ante Dios: una criatura que lo ofendió, que
merece su juicio y que en sí misma no tiene ninguna posibilidad de salvarse.
Creer en Dios también es tener la firme
convicción de que él tiene el poder para salvarme, debido a lo que él es. La
Biblia, su Palabra, nos anuncia su plan de salvación: “De tal manera amó Dios
al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree,
no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3: 16). Esta liberación es
inmediata para aquel que cree, es un don de Dios, es la vida eterna.
La fe en Dios, en su Palabra, es la base para
la vida del cristiano. El creyente que tiene la vida eterna vive hoy en “vida
nueva” (Romanos 6: 4). Confía en Dios, le habla, le hace preguntas. Cuenta con su ayuda diaria. El
Señor Jesús mismo enseñó cómo poner en práctica esta vida de fe. Respondió a
dos ciegos: “Conforme a vuestra fe os sea hecho” (Mateo 9: 29). A un padre
que le suplicaba por su hijo enfermo, le dijo: “Al que cree todo le es
posible” (Marcos 9: 23). Andar por la fe es dejar a Dios dirigir nuestra
vida. Es reconocer la verdad y la confiabilidad de lo que nos dice en la
Biblia. Es creer en sus promesas; y en especial, es la esperanza de estar
pronto con Jesús.




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