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Sean bienvenidos

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Invitación y bienvenida

Hola amig@s, bienvenid@s a este lugar, "Seguir la Senda.Ventana abierta", un blog que da comienzo e inicia su andadura el 6 de Diciembre de 2010, y con el que sólo busco compartir con ustedes algo de mi inventiva, artículos que tengo recogidos desde hace años, y también todo aquello bonito e instructivo que encuentro en Google o que llega a mí desde la red, y sin ánimo de lucro.

Si alguno de ustedes comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia, o por el contrario quiere que sea retirado de inmediato, por favor, comuníquenmelo y lo haré en seguida y sin demora.

Doy las gracias a tod@s mis amig@s blogueros que me visitan desde todas partes del mundo y de los cuales siempre aprendo algo nuevo. ¡¡¡Gracias de todo corazón y Bienvenid@s !!!!

Si lo desean, bajo la cabecera de "Seguir la Senda", se encuentran unos títulos que pulsando o haciendo clic sobre cada uno de ellos pueden acceder directamente a la sección que les interese. De igual manera, haciendo lo mismo en cada una de las imágenes de la línea vertical al lado izquierdo del blog a partir de "Dios", pasando por todos, hasta "Galería de imágenes", les conduce también al objetivo escogido.

Espero que todos los artículos que publique en mi blog -y también el de ustedes si así lo desean- les sirva de ayuda, y si les apetece comenten qué les parece...

Mi ventana y mi puerta siempre estarán abiertas para tod@s aquell@s que quieran visitarme. Dios les bendiga continuamente y en gran manera.

Aquí les recibo a ustedes como se merecen, alrededor de la mesa y junto a esta agradable meriendita virtual.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.
No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad. Les saluda atentamente: Angelita.

lunes, 16 de junio de 2014

Por Dios, ¡nadie en soledad!

"Ventana abierta"


16 junio, 2014

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Por Dios, ¡nadie en soledad!
por José Moreno Losada sacerdote de Badajoz 


Al terminar la celebración, una feligresa cariñosa, Manoli, me ha recordado que el sábado -en la Asamblea Parroquial- hablé de la necesidad de cuidar más la página web de la parroquia; en esa intención, insinué que podría incluirse un apartado llamado “el rincón de la homilía”.

Lo decía yo porque Paco Maya, el párroco, es muy cuidadoso y ordenado con este  ministerio; siempre escribe de un modo desarrollado lo que va a compartir –yo soy más de esquemas-, de tal manera que yo le echo un vistazo a ver por dónde va normalmente su escrito y hasta le copio descaradamente. Quiero decir que el trabajo está hecho y que seguro que muchas personas les apetecería volver tranquilamente sobre su reflexión homilética y gustarla, amén de todos aquellos que sin estar en la Eucaristía quisieran acercarse a ella. Más de una vez la han pedido y se ha fotocopiado en la misma sacristía después de la celebración eucarística.

Hoy Manoli me lo decía porque le hubiera gustado que yo tuviera escrito lo que he aportado en el comentario homilético en la festividad de la Santísima Trinidad. Yo llevaba un esquema, que he adaptado de modo distinto en la Residencia de los mayores –donde celebro como capellán- y en la parroquia. Pero como no vale pedir que otros hagan cosas que uno no está dispuesto a hacer, aquí estoy, con el calor de una tarde veraniega adelantada, intentando sacar hilvanes de lo ya dicho en el momento de la celebración, aunque falta todo ese entorno de riqueza que es una comunidad viva, rica, alegre y participativa que me seducía esta mañana cuando estaba en el ambón, y que me da una capacidad creativa que ahora me costará recoger.

Introducción

Tras la celebración pneumatológica de Pentecostés, la liturgia nos propone adentrarnos en el misterio de la Trinidad divina, esa formulación sencilla que unimos a la cruz en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Misterio que ha dado para escribir lo que no podría contarse ni decirse a lo largo de la historia de la Iglesia y de la Teología, que ha llevado a discusiones, herejías y divisiones de primer orden, que nos ha ofrecido conceptos y términos de una riqueza tremenda como el de “persona, relación, comunión…”, a la vez que a algunos crípticos e indescifrables pretendiendo decir lo que de ningún modo se podía expresar, sino solo sentir tanto en la relación entre ellos –Tres personas distintas en una sola naturaleza, de las que se puede decir lo mismo de uno que de otro y al mismo tiempo- como en la comunicación con la humanidad y el orden que pretendemos darle entre ellos, ya sea en torno al patriarcalismo o en la discusión de la “y” entre el Hijo y el Espíritu. Un galimatías lleno de riquezas que puede quedarnos fríos en la fe de la vida y del cada día, ahí donde la Trinidad se nos revela “histórica y económicamente” como nos dicen los teólogos actuales muchos más acordes con el existencialismo y el personalismo, cunas de un humanismo lleno de entrañas de compasión y de amor. Hoy necesitamos entrar en la contemplación de este misterio desde  la vida, sabiendo que en la vida es como Dios nos ha ido revelando quién es él, así le respondió a Moisés cuando este le pidió que le diera su seña de identidad para poder decirle al pueblo quién era ese Dios: “Yo soy el que soy… actúo…”, o sea, por mis obrar me conoceréis. Y así ha sido.

El misterio de la Trinidad

Recuerdo como Ricardo –nuestro querido teólogo y párroco del Perpetuo- siempre hace referencia a una cita del sexto concilio de Toledo, en el que hablando sobre el credo cristiano y haciendo referencia a la Trinidad, se decía “creemos en un solo Dios, pero no en un Dios solitario”. Un modo sencillo y existencial de entender el concepto teológico. Dios se nos ha revelado como el Dios que ni es solitario ni quiere la soledad. Así lo ha ido descubriendo Israel a lo largo de los siglos y así lo hemos desarrollado los cristianos en una comprensión teológica de la historia, como historia de la salvación en la que Dios ha actuado y se ha dado a conocer como comunidad entrañable en el absoluto de lo divino.

El Padre

Cada atardecer y cada amanecer es una proclamación del misterio de la creación en la perspectiva de la paternidad amorosa y creativa. Lo dice el libro de la Sabiduría: todo lo que has creado lo has hecho porque lo “has querido”, sino no lo hubieras creado. Ahora vamos a bautizar un niño pequeño, que ha sido creado por el amor del Padre. Israel ha ido entendiendo no sólo que un dios poderoso ha hecho el cielo y la tierra, sino que lo ha hecho con un corazón de Padre eligiendo como hijo a un pueblo muy pequeño, con un corazón de salvación. Y nos ha hecho a su imagen, por eso “no es bueno que el hombre esté solo”, y el primero que ha actuado contra la soledad estructura de lo humano y de su pecado ha sido el propio Dios, haciéndose Dios de su pueblo y en especial de los pequeños y de los más humildes: niños, pobres, viudas, extranjeros, enfermos… Y hemos conocido totalmente al Padre cuando nos ha dado al Hijo.

El Hijo

Y en esa relación de amor ha llegado al extremo como nos dice el evangelio de Juan hoy: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su hijo único”. Ahí hemos conocido al Hijo, en ese hombre obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, para que nosotros tuviéramos vida. En la humanidad de Jesús de Nazaret hemos descubierto al hijo que nos descubre al Padre: “nadie conoce al Padre, sino el Hijo y todo aquél a quien El se lo quiera dar a conocer”. Sí, ha sido Jesús quien nos ha mostrado el corazón del Padre: “Todo lo que hago se lo he visto hacer a mi Padre…su voluntad es mi alimento…os digo lo que le he escuchado…quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Él es la imagen de Dios invisible –nos dice Pablo- y Él quiere vivir en nosotros y darnos sus sentimientos de Hijo del Padre, para que no sintamos amados como El: “como el Padre me ama así os he amado yo”, “El padre está en mí y yo en él”. Este Jesús es el de la buena noticia: “nunca os dejaré solos, siempre, todos los días estaré con vosotros”. Y el que invita y desea  esta unidad para nosotros, la de la Trinidad: “Que sean uno, como Tú y yo somos uno, para que el mundo crea”. Para esta experiencia de absolutez y de amor nos ha prometido su Espíritu. Hemos conocido realmente al Hijo porque nos ha dado al Padre.

El Espíritu Santo

Del Espíritu no deberíamos hablar, sólo sentir. Es el Don de Cristo, quien lo tiene le pertenece. ¿Se puede definir lo que es amar, enamorarse, ser hijo, ser padre, amigo, hermano? no, sólo el que ama y lo es, lo sabe. El Espíritu de Cristo es el que potencia en nosotros los sentimientos de Cristo, el que nos descubre habitados por el amor del Padre y del Hijo, empujándonos en un horizonte de futuro y de sentido que nada ni nadie nos podrá quitar jamás: “nadie nos podrá separar jamás del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús…porque el que tiene el Espíritu de Cristo le pertenece”. El Espíritu es la fuerza de la relación amorosa que nos identifica y nos une, sacándonos de toda soledad. Por eso Jesús lo tenía claro, “os conviene que yo me vaya…cuando me vaya os enviaré mi Espíritu…y vosotros haréis cosas mayores que yo…”. Es en el Espíritu donde el Padre y el Hijo se dan totalmente sin reservas: “El Espíritu está sobre mí…Este es mi hijo amado, el predilecto…Padre en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Recibir el Espíritu es entrar en estar relación amorosa de la que tanto nos han hablado nuestros místicos Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Es desde esta clave de amor como pedimos con el himno: “Ven espíritu divino…entra hasta el fondo del alma divina luz y enriquécenos…”. El Padre y el Hijo nos han dado el Espíritu de su amor.

El absoluto

En el misterio de la historia y de la economía de la salvación hemos ido descubriendo la personalidad de nuestro Dios  Padre, Hijo y Espíritu, y en ellos hemos descubierto el horizonte absoluto de la naturaleza divina, en su unidad amorosa. Un horizonte de vida y de esperanza en el que se resuelve el enigma de lo humano y la cuestión de nuestro sentido.

Hemos sido creados a imagen de Dios, no somos individuos, somos personas que sólo se entienden en la comunidad de lo humano y en la relación con lo divino. Dios no ha creados individuos, ha creado la humanidad y todo su mundo, a toda ella ama y se dirige desde su corazón. El hombre en la soledad se destruye, ella es signo del pecado, Dios no ha creado un hombre solitario, sino llamado a ser imagen de Dios en su ser comunidad, sólo puede realizarse en la relación amorosa que lo completa y lo engrandece. Por eso no es bueno que nadie esté solo. Los cristianos para ser imagen de nuestro Dios estamos llamados a vivir en el horizonte de “nadie en soledad”. Nos divinizamos cuando construimos lazos de comunión en cualquiera de los ambientes que nos movemos: matrimonio, familia, trabajo, calle, política… y la Parroquia, que como Iglesia, está llamada ser sacramento de la unidad de los hombres entre sí y de éstos con Dios.

Cristo, siendo la imagen viva y visible, es nuestro referente de humanización en el amor trinitario, Él no ha hecho otro cosa que construir la unidad con el corazón del Padre. Unidad que se ha centrado en la reconstrucción del hombre herido y caído, el excluido, separado de la comunidad. Su buena noticia ha prometido el reino de la fraternidad. En él se nos ha aclarado que como no hay creación particular, ni humanidad individual en el origen , tampoco la habrá en el horizonte. Todos estamos llamados a la nueva creación, todo el hombre, todos los hombres, toda la historia, con toda la creación. No hay salvaciones, ni resurrecciones individuales, en el corazón del Padre se acoge y se transforma toda la historia y toda la creación cristificadas. Por eso no hay otro camino de salvación que el del hermano, el del hombre pobre y necesitado con el que todos nos podemos identificar, como lo hizo Cristo: “porque estuve hambriento, enfermo, en la cárcel, desnudo… ¿Cuándo? …cada vez que lo hicisteis con uno de ellos lo hicisteis conmigo”. El que tiene el Espíritu de Cristo que da el Padre, se hace próximo amante de todo lo que le rodea y le necesita.



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