"ventana abierta"
De la mano de María
Héctor L. Márquez (Conferencista católico)
REFLEXIÓN PARA EL
MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA
“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco,
y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y
nadie las arrebatará de mi mano”.
Hemos dicho en innumerables ocasiones que no
basta con creer en Jesús, hay que creerle a Jesús; creer lo que Él nos dice, y
actuar conforme a su Palabra. Ese era el problema de los judíos que
cuestionaban a Jesús en el pasaje evangélico de hoy (Jn 10,22-30), instándolo a
decirles si Él era o no el Mesías: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso?
Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”.
Jesús les contesta siguiendo la alegoría del
pastor y las ovejas: “Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en
nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque
no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me
siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las
arrebatará de mi mano”.
“Os lo he dicho y no creéis… porque no sois
ovejas mías”. Las ovejas del rebaño escuchan la voz de su pastor y le siguen.
Los judíos pertenecían al “pueblo elegido” vinculado por la Alianza de Abraham,
una alianza que se transmitía por la carne, por herencia biológica. Por eso
estaba representada por un signo canal: la circuncisión. La Nueva Alianza en la
persona de Jesús no se transmitiría por la carne, sino por la infusión del
Espíritu.
Los judíos no comprendieron esto, por eso no le
creyeron. “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron [la Palabra]. Pero a
todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de
llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la
carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios” (Jn
1,11-13).
Las ovejas del Buen Pastor son las que le
escuchan y le siguen, sin sujeción a la carne o la herencia; y a esas Él les
dará vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de Su mano.
No fue por casualidad que el lugar donde por
primera vez se llamó “cristianos” a los seguidores de Jesús fue en Antioquía,
territorio pagano. Hasta ese momento se les conocía como “seguidores del Camino”
(Hc 9,2), un grupo de judíos que eran discípulos de un rabino llamado Jesús de
Nazaret.
La primera lectura de hoy nos narra cómo la
Palabra de Jesús-Buen Pastor es escuchada y abrazada por los paganos de
Antioquía ante la predicación de Bernabé, a quien más tarde se le une Pablo, y
entre ambos fundan allí una comunidad de fe. Ya no se trataba de un grupo de
judíos siguiendo a su rabino; era un grupo de judíos y gentiles, creyentes en
el Cristo resucitado y su anuncio de Reino. Era pues propicio que se les
llamara “cristianos”. El nuevo “rebaño” de Jesús.
Nosotros somos herederos de la fe de esos
cristianos gentiles. Hemos sido incorporados a Jesús y a la Nueva y Eterna
Alianza instituida por Él, no “por obra de la carne, ni de la voluntad del
hombre”, sino porque hemos sido “engendrados por Dios” a través de la infusión
del Espíritu que recibimos el día de nuestro Bautismo. El mismo Espíritu que
recibieron los Apóstoles el día de Pentecostés, fiesta que ya se divisa en el
horizonte.



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