"Ventana abierta"
La hija de María
Los hermanos Grimm, protestantes, reflejaron en un cuento las virtudes más «católicas» de la Virgen
«La hija de María» tiene su origen, como otras historias suyas, en la
tradición oral
Carmelo López-Arias / Cari Filii
ReligiónenLibertad
Los hermanos Grimm escribieron
un cuento, inspirado como muchos otros de sus colecciones en la tradición oral
popular, que tiene como protagonista a la Virgen María. No figura entre los más conocidos de los
célebres escritores y filólogos alemanes, aunque sí ha sido editado y
representado en numerosas ocasiones. En esa narración relucen algunas de las
virtudes que los católicos ven de forma natural como propias de la Madre de
Dios. El portal mariano Cari Filii ha publicado un artículo al respecto:
Pero lo cierto es que la Virgen María había formado parte de la cultura popular alemana y entre las historias que se transmitían figuraba la que ellos bautizaron como Marienkind (de wikipedia) [La hija de la Virgen María], un cuento donde Nuestra Señora muestra compasión al principio y misericordia al final, pero entre medias también hace gala de un sentido de la justicia que nos recuerda que ella rechaza el pecado con aversión no menor a la de su Hijo, aunque esté pronta a socorrer al pecador en cuanto se arrepiente. El relato tiene similitudes con otros pertenecientes a la tradición oral italiana o noruega.
La hija de la Virgen María cuenta la historia de un leñador que vive en el bosque con su mujer y su hija, a quien no puede alimentar porque es pobre. Un día se le aparece "una señora muy alta y hermosa que llevaba en la cabeza una corona de brillantes estrellas", y que le ofrece llevarse a la pequeña a su palacio y cuidarla allí como a una hija suya. El hombre accede al sacrificio en bien de su hija, y la niña vive feliz durante años, hasta que al cumplir catorce, la Señora sale de viaje y deja a su cargo trece llaves. Doce puede usarlas para abrir sendas estancias, pero la decimotercera le prohíbe utilizarla.
Cuando de queda sola, la niña abre las doce puertas, que los intérpretes asimilan a los Doce Apóstoles. Y finalmente cede a la tentación y abre la puerta prohibida, donde aparece, "en medio de rayos del más vivo resplandor, la estatua de un rey magníficamente ataviada", que simbolizaría la Santísima Trinidad. La luz de esa puerta toca ligeramente la punta del dedo de la niña, que se convierte en oro.
Cuando la Señora regresa, le pregunta si ha abierto la decimotercera puerta. La pequeña lo niega tres veces, incluso cuando ella le mira el dedo. "No me has obedecido y has mentido, no mereces estar conmigo en mi palacio", le dice antes de expulsarla. A partir de ese momento, a "la hija de la Virgen María" empiezan a sucederle con el paso de los años todo tipo de desgracias, incluida la pérdida del habla. Consigue enamorar a un rey y casarse con él, pero persiste en su pecado. Cada cierto tiempo la Señora le ofrece la posibilidad de decir la verdad, pero ella siempre miente, yendo sus males in crescendo, incluida la pérdida de sus hijos.
Hasta que un día, cuando está a punto de morir, condenada a muerte por su propio esposo, la Señora le da una última oportunidad, y esta vez ella la aprovecha: "Si, Señora, soy culpable", a lo que la Virgen responde corriendo a liberarla porque "todo el que se arrepiente y confiesa su pecado es perdonado". María "le entregó a sus hijos, le desató la lengua la hizo feliz por el resto de su vida".
Cuento Íntegro
Artículo publicado originalmente en Cari Filii News.
Grimmstories
La hija
de la Virgen María
Un cuento de los hermanos Grimm
A la entrada de un extenso bosque vivía un leñador con su mujer y un solo hijo, que era una niña de tres años de edad; pero eran tan pobres que no podían mantenerla, pues carecían del pan de cada día. Una mañana fue el leñador muy triste a trabajar y cuando estaba partiendo la leña, se le presentó de repente una señora muy alta y hermosa que llevaba en la cabeza una corona de brillantes estrellas, y dirigiéndole la palabra le dijo: "Soy la señora de este país; tú eres pobre miserable; tráeme a tu hija, la llevaré conmigo, seré su madre y tendré cuidado de ella." El leñador obedeció; fue a buscar a su hija y se la entregó a la señora, que se la llevó a su palacio. La niña era allí muy feliz: comía bizcochos, bebía buena leche, sus vestidos eran de oro y todos procuraban complacerla. Cuando cumplió los catorce años, la llamó un día la señora, y la dijo: "Querida hija mía, tengo que hacer un viaje muy largo; te entrego esas llaves de las trece puertas de palacio, puedes abrir las doce y ver las maravillas que contienen, pero te está prohibido tocar a la decimotercia que se abre con esta llave pequeña; guárdate bien de abrirla, pues te sobrevendrían grandes desgracias."
La
joven prometió obedecer, y en cuanto partió la señora comenzó a visitar las
habitaciones; cada día abría una diferente hasta que hubo acabado de ver las
doce; en cada una se hallaba el sitial de un rey, adornado con tanto gusto y
magnificencia que nunca había visto cosa semejante. Llenábase de regocijo, y
los pajes que la acompañaban se regocijaban también como ella. No la quedaba ya
más que la puerta prohibida, y tenía grandes deseos de saber lo que estaba
oculto dentro, por lo que dijo a los pajes que la acompañaban. "No quiero
abrirla toda, mas quisiera entreabrirla un poco para que pudiéramos ver a
través de la rendija." - "¡Ah! no," dijeron los pajes,
"sería una gran falta, lo ha prohibido la señora y podría sucederte alguna
desgracia." La joven no contestó, pero el deseo y la curiosidad
continuaban hablando en su corazón y atormentándola sin dejarla descanso.
Apenas se marcharon los pajes, dijo para sí: "Ahora estoy sola, y nadie
puede verme." Tomó la llave, la puso en el agujero de la cerradura y la
dio vuelta en cuanto la hubo colocado. La puerta se abrió y apareció, en medio
de rayos del más vivo resplandor, la estatua de un rey magníficamente ataviada;
la luz que de ella se desprendía la tocó ligeramente en la punta de un dedo y
se volvió de color de oro. Entonces tuvo miedo, cerró la puerta muy ligera y
echó a correr, pero continuó teniendo miedo a pesar de cuanto hacía y su
corazón latía constantemente sin recobrar su calma habitual; y el color de oro
que quedó en su dedo no se quitaba a pesar de que todo se la volvía lavarse.
Al cabo de algunos días volvió la señora de su viaje, llamó a la joven y la
pidió las llaves de palacio; cuando se las entregaba la dijo: "¿Has
abierto la puerta décimatercera?" - "No," la contestó. La señora
puso la mano en su corazón, vio que latía con mucha violencia y comprendió que
había violado su mandato y abierto la puerta prohibida. Díjola sin embargo otra
vez. "¿De veras no lo has hecho?" - "No," contestó la niña
por segunda vez. La señora miró el dedo, que se había dorado al tocarle la luz;
no dudó ya de que la niña era culpable y la dijo por tercera vez: "¿No lo
has hecho?" - "No," contestó la niña por tercera vez. La señora
la dijo entonces: "No me has obedecido y has mentido, no mereces estar
conmigo en mi palacio."
La joven cayó en un profundo sueño y cuando despertó estaba acostada en el
suelo, en medio de un lugar desierto. Quiso llamar, pero no podía articular una
sola palabra; se levantó y quiso huir, mas por cualquiera parte, que lo
hiciera, se veía detenida por un espeso bosque que no podía atravesar. En el
círculo en que se hallaba encerrada encontró un árbol viejo con el tronco hueco
que eligió para servirla de habitación. Allí dormía por la noche, y cuando
llovía o nevaba, encontraba allí abrigo. Su alimento consistía en hojas y
yerbas, las que buscaba tan lejos como podía llegar. Durante el otoño reunía
una gran cantidad de hojas secas, las llevaba al hueco y en cuanto llegaba el
tiempo de la nieve y el frío, iba a ocultarse en él. Gastáronse al fin sus
vestidos y se la cayeron a pedazos, teniendo que cubrirse también con hojas.
Cuando el sol volvía a calentar, salía, se colocaba al pie del árbol y sus
largos cabellos la cubrían como un manto por todas partes. Permaneció largo
tiempo en aquel estado, experimentando todas las miserias y todos los
sufrimientos imaginables.
Un día de primavera cazaba el rey del país en aquel bosque y perseguía a un
corzo; el animal se refugió en la espesura que rodeaba al viejo árbol hueco; el
príncipe bajó del caballo, separó las ramas y se abrió paso con la espada.
Cuando hubo conseguido atravesar, vio sentada debajo del árbol a una joven
maravillosamente hermosa, a la que cubrían enteramente sus cabellos de oro
desde la cabeza hasta los pies. La miró con asombro y la dijo: "¿Cómo has
venido a este desierto?" Mas ella no le contestó, pues le era imposible
despegar los labios. El rey añadió, sin embargo. "¿Quieres venir conmigo a
mi palacio?" Le contestó afirmativamente con la cabeza. El rey la tomó en
sus brazos; la subió en su caballo y se la llevó a su morada, donde la dio
vestidos y todo lo demás que necesitaba, pues aun cuando no podía hablar, era
tan bella y graciosa que se apasionó y se casó con ella.
Había trascurrido un año poco más o menos, cuando la reina dio a luz un hijo;
por la noche, estando sola en su cama, se la apareció su antigua señora, y la
dijo así: "Si quieres contar al fin la verdad, y confesar que abriste la
puerta prohibida, te abriré la boca y te volveré la palabra, pero si te
obstinas e insistes en el pecado e insistes en mentir, me llevaré conmigo tu
hijo recién nacido." Entonces pudo hablar la reina, pero dijo solamente:
"No, no he abierto la puerta prohibida." La señora la quitó de los
brazos su hijo recién nacido y desapareció con él.
A la mañana siguiente, como
no encontraban el niño, se esparció el rumor entre la servidumbre de palacio de
que la reina era ogra y le había matado. Todo lo oía y no podía contestar, pero
el rey la amaba con demasiada ternura para creer lo que se decía de ella.
Trascurrido un año, la reina tuvo otro hijo; la señora se la apareció de nuevo
por la noche y la dijo: "Si quieres confesar al fin que has abierto la
puerta prohibida te volveré a tu hijo, y te desataré la lengua, pero si te
obstinas en tu pecado y continúas mintiendo, me llevaré también a este otro
hijo." La reina contestó lo mismo que la vez primera: "No, no he
abierto la puerta prohibida." La señora cogió a su hijo en los brazos y se
le llevó a su morada. Por la mañana cuando se hizo público que el niño había
desaparecido también, se dijo en alta voz habérsele comido la reina y los
consejeros del rey pidieron que se la procesase; pero la amaba con tanta
ternura que les negó el permiso, y mandó no volviesen a hablar más de este
asunto bajo pena de la vida.
Al año tercero la reina dio a luz una hermosa niña, y la señora se presentó
también a ella durante la noche, y la dijo: "Sígueme." La cogió de la
mano, la condujo a su palacio, y la enseñó a sus dos primeros hijos, que la
conocieron y jugaron con ella, y como la madre se alegraba mucho de verlos, la
dijo la señora: "Si quieres confesar ahora que has abierto la puerta
prohibida, te volveré a tus dos hermosos hijos." La reina contestó por
tercera vez: "No, no he abierto la puerta prohibida." La señora la
volvió a su cama, y la tomó su tercera hija.
A la mañana siguiente, viendo que no la encontraban, decían todos los de
palacio a una voz: "La reina es ogra, hay que condenarla a muerte."
El rey tuvo en esta ocasión que seguir el parecer de sus consejeros; la reina
compareció delante de un tribunal y como no podía hablar ni defenderse, fue condenada
a morir en una hoguera. Estaba ya dispuesta la pira, atada ella al palo, y la
llama comenzaba a rodearla, cuando el arrepentimiento tocó a su corazón.
"Si pudiera," pensó entre sí, "confesar antes de morir que he
abierto la puerta." Y exclamó: "Sí, señora, soy culpable."
Apenas se la había ocurrido este pensamiento, cuando comenzó a llover y se la
apareció la señora, llevando a sus lados los dos niños que la habían nacido
primero y en sus brazos la niña que acababa de dar a luz, y dijo a la reina con
un acento lleno de bondad: "Todo el que se arrepiente y confiesa su pecado
es perdonado." La entregó sus hijos, la desató la lengua y la hizo feliz
por el resto de su vida.
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