"Ventana abierta"
RINCÓN PARA ORAR
SOR MATILDE
YO SOY EL VERDADERO PAN DEL CIELO
51 Yo soy
el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y
el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.»
52 Discutían entre sí los judíos y
decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
53 Jesús les dijo: «En verdad, en
verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su
sangre, no tenéis vida en vosotros.
54 El que come mi carne y bebe mi
sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.
55 Porque mi carne es verdadera
comida y mi sangre verdadera bebida.
56 El que come mi carne y bebe mi
sangre, permanece en mí, y yo en él.
57 Lo mismo que el Padre, que vive,
me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí.
58 Este es el pan bajado del cielo;
no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan
vivirá para siempre.» (Jn. 6, 51-58)
Jesús, no habla a entendimientos privilegiados
sino a mentes sencillas que, no necesitan de instrucción humana.
Porque la Palabra de Dios, habla al corazón y
en éste, a su núcleo central que, es la fe. Creemos, no
porque entendamos, sino porque nos adherimos a la Palabra Revelada
que, quiere hacernos entrar en la intimidad con Dios. Y, así
recibieron los simples el Misterio más grande de nuestra fe: la
Eucaristía. Ellos, adoraron lo que no
entendían, pero los llevaba a recibir con acción de gracias y
con amor lo que con infinito amor se les regalaba. Pero
otros, poniendo el filtro de los pensamientos humanos, se
escandalizaron y echaron atrás quedándose en su esterilidad y vida
oscura: “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”.
El pan que ha bajado del cielo, es el Cuerpo de
Cristo; y la bebida espiritual, es la Sangre de Cristo. Si
es que, en algún punto dudamos, es que todavía nuestra fe no es
fuerte y no lleva en sí vida eterna. Porque, “el que come
de este pan, vivirá para siempre”. Y Jesús, como
a Marta nos puede preguntar: “¿crees esto?”. A lo que nosotros
daremos nuestro asentimiento, como ella hizo delante de muchos
testigos: “Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Santo de
Dios, el que tenía que venir al mundo”.
El Pan y el Vino, el Cuerpo y la Sangre de
Jesús que, recibimos a diario, es prenda de Vida
eterna, porque en ellos, nos resucitará en el último día.
Comemos y bebemos la Humanidad y la Divinidad de
Jesús. “Él, ansió comer esta comida pascual con sus discípulos, antes
de padecer”. ¡Y, nosotros, contagiados de este “ansia
amante”, nos acercamos a la mesa del Señor y le ofrecemos nuestro homenaje
de gratitud adorándole y dándole infinitas gracias, tantas, como
nuestro corazón pueda desear!...
“Adorar”: ¡Qué palabra tan misteriosa y profunda! Y, es que, adorar el hombre a alguien, sólo puede ser a Dios. Este término, sólo pertenece al lenguaje divino porque se resiste a ser definido, ¡a ser contenido en nuestro lenguaje y menos en nuestros conceptos! Adoro a Dios y sus Misterios, su gran misericordia y bondad para con los que no tienen ser en sí mismos: ¡el hombre! Es el Espíritu Santo el que provoca en nosotros la adoración y nos inclinamos y entregamos todo el amor que de Él recibimos y todo envuelto en un sagrado silencio que alaba a Dios y se hunde en un profundo respeto y amor hacia lo que no alcanzamos, pero nos es dado gratuitamente sin mérito alguno.
¡Señor Jesús, invádanos tu Espíritu Santo de esa unción que sólo puede venir del cielo! ¡Que tu Espíritu Santo provoque en nuestro ser sentimientos de humildad y adoración, porque sólo el humilde, como María, vive en el gozo divino! ¡Que así sea! ¡Amén!





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