"Ventana abierta"
EL AMIGO
DEL HIJO
Web católico de Javier Olivares
Era la reunión del
domingo por la noche de un grupo apostólico en una iglesia de la comunidad.
Después de cantar los himnos, el sacerdote de la iglesia se dirigió al grupo y
presentó a un orador invitado; se trataba de uno de sus amigos de la infancia,
ya entrado en años.
Mientras todos lo seguían con la mirada, el anciano ocupó el
púlpito y comenzó a contar esta historia:
"Un hombre junto con su hijo y un amigo de su hijo
estaban navegando en un velero a lo largo de la costa del Pacífico, cuando una
tormenta les impidió volver a tierra firme. Las olas se encresparon a tal grado
que el padre, a pesar de ser un marinero de experiencia, no pudo mantener a
flote la embarcación, y las aguas del océano arrastraron a los tres."
Al decir esto, el anciano se detuvo un momento y miró a dos
adolescentes que por primera vez desde que comenzó la plática estaban mostrando
interés y siguió narrando:
"El padre logró agarrar una soga, pero luego tuvo que
tomar la decisión más terrible de su vida: Escoger a cuál de los dos muchachos
tirarle el otro extremo de la soga. Tuvo sólo escasos segundos para decidirse.
El padre sabía que su hijo era un buen cristiano, y también sabía que el amigo
de su hijo no lo era. La agonía de la decisión era mucho mayor que los embates
de las olas."
"Miró en dirección a su hijo y le gritó: ¡TE QUIERO,
HIJO MIO! y le tiró la soga al amigo de su hijo. En el tiempo que le tomó al
amigo llegar hasta el velero volcado en campana, su hijo desapareció bajo los
fuertes oleajes en la oscuridad de la noche. Jamás lograron encontrar su
cuerpo."
Los dos adolescentes estaban escuchando con suma atención,
atentos a las próximas palabras que pronunciara el orador invitado.
"El padre" -continuó el anciano- "sabía que su
hijo pasaría la eternidad con Cristo, y no podía soportar el hecho de que el
amigo de su hijo no estuviera preparado para encontrarse con Dios. Por eso
sacrificó a su hijo. ¡Cuán grande es el amor de Dios que lo impulsó a hacer lo
mismo por nosotros!"
Dicho esto, el anciano volvió a sentarse, y hubo un tenso
silencio. Pocos minutos después de concluida la reunión, los dos adolescentes
se encontraron con el anciano. Uno de ellos le dijo cortésmente:
"Esa fue una historia muy bonita, pero a mí me cuesta
trabajo creer que ese padre haya sacrificado la vida de su hijo con la ilusión
de que el otro muchacho algún día decidiera seguir a Cristo."
"Tienes toda la razón", le contestó el anciano
mientras miraba su Biblia gastada por el uso. Y mientras sonreía, miró
fijamente a los dos jóvenes y les dijo:



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