"Ventana abierta"
De la mano de María
Héctor L. Márquez (Conferencista católico)
REFLEXIÓN PARA EL
VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO DEL T.O. (C)
“¿No han quedado limpios los diez?; los otros
nueve, ¿dónde están?”
El relato evangélico que nos presenta la
liturgia para este vigésimo octavo domingo del tiempo ordinario (Lc 17,11-19)
es el de la curación de los diez leprosos. Esta narración, también exclusiva de
Lucas, nos dice que mientras Jesús se dirigía a Jerusalén “vinieron a su
encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’.” Continúa diciendo la narración
que Jesús se limitó a decirles: “ld a presentaros a los sacerdotes”. Y mientras
iban de camino, quedaron limpios.
En tiempos de Jesús los leprosos eran separados
de la sociedad, no podían acercarse a las personas sanas, quienes tampoco
podían acercarse a ellos para no quedar “impuros”. De hecho, mientras se
desplazaban de un lugar a otro tenían que ir tocando una especie de campanilla,
mientras gritaban “¡impuro, impuro!”, para que nadie se les acercara. Si alguno
de ellos se sanaba, solo los sacerdotes podían declararlos curados, “puros”.
Entonces podían reintegrarse a la sociedad. Por eso todo el diálogo entre Jesús
y los leprosos tiene lugar a la distancia prescrita.
Notamos que en este relato Jesús ni tan
siquiera les dijo que quedaban curados, se limitó a decirles que fueran ante
los sacerdotes para que estos certificaran su curación y les devolvieran su
dignidad. Los leprosos no cuestionaron las instrucciones de Jesús, confiaron en
su la palabra y se dirigieron hacia los sacerdotes. Ese acto de fe los curó:
“Y, mientras iban de camino, quedaron limpios”.
Esta parte del relato le sirve de preámbulo a
la parte verdaderamente importante del pasaje. Al percatarse de que habían sido
sanados, solo uno, un samaritano, uno que no pertenecía al “pueblo elegido”,
alabó a Dios, regresó corriendo donde Jesús, se echó por tierra a sus pies, y
le dio las gracias. Solo uno, un “proscrito”. De ahí que Jesús le pregunte:
“¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha
vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”
Tal vez el samaritano fue el único que
experimentó la curación considerándola como un don, mientras los otros nueve la
consideraron un “derecho” por pertenecer al pueblo elegido. Esa fe del
samaritano es la que hace que Jesús le diga como frase conclusiva del pasaje:
“Levántate, vete; tu fe te ha salvado”. Los otros nueve quedaron curados de su
enfermedad física. El samaritano, con su fe, y su reconocimiento de la
misericordia divina, encontró la salvación.
Tenemos que preguntarnos, ¿alabo al Padre y me
postro a los pies de Jesús, dándole gracias por los dones recibidos de su
infinita bondad y misericordia? ¿O me creo que por el hecho de “portarme bien”,
asistir a misa y acercarme a los sacramentos me merezco todo lo que me da?
Hoy, demos gracias a Dios por todos los dones
recibidos de su misericordia divina, reconociendo que los recibimos por pura
gratuidad suya, como una muestra de su amor infinito hacia nosotros.
Que pasen un hermoso día.



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