"Ventana abierta"
Domingo 28 Ciclo C
José Luis Sicre
Las lecturas de este domingo son fáciles de
entender y animan a ser agradecidos con Dios. La del Antiguo Testamento y el
evangelio tienen como protagonistas a personajes muy parecidos: en ambos casos
se trata de un extranjero. El primero es sirio, y las relaciones entre sirios e
israelitas eran tan malas entonces como ahora. El segundo es samaritano, que es
como decir, hoy día, palestino. Para colmo, tanto el sirio como el samaritano
están enfermos de lepra.
Naamán el sirio (2 Reyes 5,14-17)
El relato es mucho más extenso e interesante de lo que recoge el
texto de la liturgia. Naamán es un personaje importante de la corte del rey de
Siria, pero enfermo de lepra. En su casa trabaja una esclava israelita que le
aconseja visitar al profeta de Samaria, Eliseo. Así lo hace, y el profeta, sin
siquiera salir a su encuentro, le ordena bañarse siete veces en el Jordán. Naamán,
enfurecido por el trato y la solución recibidos, decide volverse a Damasco.
Pero sus servidores le convencen de que haga caso al profeta.
Con vistas al tema de este domingo, lo importante es la actitud
de agradecimiento: primero con el profeta, al que pretende inútilmente hacer un
regalo, y luego con Yahvé, el dios de Israel, al que piensa dar culto el resto
de su vida. Pero no olvidemos que Naamán es un extranjero, una persona de la
que muchos judíos piadosos no podrían esperar nada bueno. Sin embargo, el
“malo” es tremendamente agradecido.
Un samaritano anónimo (Lucas 17,11-19)
Si malo era un sirio, peor, en tiempos de Jesús, era un
samaritano. Basta recordar lo que escribió Jesús ben Sirá: «Dos naciones
aborrezco y la tercera ya no es pueblo: los habitantes de Seír y Filistea y el
pueblo necio que habita en Siquén» (Eclo 50,25). Pero a Lucas le gusta dejarlos
en buen lugar. Ya lo hizo en la parábola del buen samaritano, exclusiva suya, y
lo repite en el pasaje de hoy.
Este relato refleja mejor que el de Naamán la situación de los
leprosos. Viven lejos de la sociedad, tienen que mantenerse a distancia, hablan
a gritos. «Jesús, jefe, ten compasión de nosotros». Se encuentran en situación
desesperada, y su grito recuerda al que en los salmos se dirige a Dios cuando
el orante se siente desfallecer, solo y afligido, en profunda angustia (Sal
6,3; 9,14; 25,16 etc.).
¿Cómo reacciona Jesús? Al principio de su actividad en Galilea
curó a un leproso, pero Lucas lo cuenta indicando cuatro detalles: 1) extiende
la mano y lo toca; 2) responde a su petición diciendo: «Quiero, queda limpio»;
3) al instante desaparece la lepra; 4) le ordena ir al sacerdote y ofrecer lo
mandado por Moisés (Lc 5,12-16)
Ahora Jesús no hace nada, se limita a ordenarles: «Id a
presentaros a los sacerdotes». ¿Qué significa el plural «los sacerdotes»? ¿Que
cada uno irá a buscar al sacerdote residente en su pueblo? ¿Que acudirán a
diversos sacerdotes en el templo de Jerusalén? ¿Por qué no les dice que
ofrezcan lo mandado por Moisés? Estas preguntas no interesan a Lucas. Lo
importante es que los leprosos, sin que les desaparezca la lepra de inmediato,
obedecen a Jesús y se ponen en camino. Un notable acto de fe en la palabra de
Jesús, porque la sensación de haberse curado no la tienen hasta más adelante.
Entonces, solo uno vuelve, alabando a Dios por el camino, y se
postra rostro en tierra a los pies de Jesús para darle gracias. Pero Jesús no
se dirige a él, sino a un auditorio que abarca a todos los presentes, haciendo
tres preguntas: ¿No han quedado limpios los diez? Él sabe que sí, aunque los
demás no lo sepan. ¿Dónde están los otros nueve? Se supone que en busca de un
sacerdote. ¿Solo este extranjero ha vuelto a dar gloria a Dios? Algo evidente,
aunque nadie sabe que es extranjero. Cabe una objeción: este samaritano dio
gloria a Dios en cuanto advirtió que estaba curado, ¿no habrán hecho lo mismo
los demás, aunque no volviesen a dar las gracias a Jesús? Esta pregunta nos
hace caer en la cuenta de que no se puede dar gloria a Dios sin dar las gracias
a Jesús.
La escena termina con unas palabras que hemos escuchado en otros
casos: «Tu fe te ha salvado» (7,50; 8,48; reaparecerá en 18,42). Todos han sido
curados, solo uno se ha salvado. Nueve han mejorado su salud, solo uno ha
mejorado en su cuerpo y en su espíritu, ha vuelto a dar gloria a Dios.
Poco antes, los discípulos han pedido a Jesús que les aumente la
fe (17,5). Ahora Lucas ofrece una pista para conseguirlo. La fe se manifiesta
en la alabanza a Dios y el agradecimiento a Jesús, algo que está a nuestro alcance.
Examen de conciencia
¿Dónde me sitúo? ¿Entre los “buenos” poco agradecidos, o entre los “malos” agradecidos?





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