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Invitación y bienvenida

Hola amig@s, bienvenid@s a este lugar, "Seguir la Senda.Ventana abierta", un blog que da comienzo e inicia su andadura el 6 de Diciembre de 2010, y con el que sólo busco compartir con ustedes algo de mi inventiva, artículos que tengo recogidos desde hace años, y también todo aquello bonito e instructivo que encuentro en Google o que llega a mí desde la red, y sin ánimo de lucro.

Si alguno de ustedes comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia, o por el contrario quiere que sea retirado de inmediato, por favor, comuníquenmelo y lo haré en seguida y sin demora.

Doy las gracias a tod@s mis amig@s blogueros que me visitan desde todas partes del mundo y de los cuales siempre aprendo algo nuevo. ¡¡¡Gracias de todo corazón y Bienvenid@s !!!!

Si lo desean, bajo la cabecera de "Seguir la Senda", se encuentran unos títulos que pulsando o haciendo clic sobre cada uno de ellos pueden acceder directamente a la sección que les interese. De igual manera, haciendo lo mismo en cada una de las imágenes de la línea vertical al lado izquierdo del blog a partir de "Dios", pasando por todos, hasta "Galería de imágenes", les conduce también al objetivo escogido.

Espero que todos los artículos que publique en mi blog -y también el de ustedes si así lo desean- les sirva de ayuda, y si les apetece comenten qué les parece...

Mi ventana y mi puerta siempre estarán abiertas para tod@s aquell@s que quieran visitarme. Dios les bendiga continuamente y en gran manera.

Aquí les recibo a ustedes como se merecen, alrededor de la mesa y junto a esta agradable meriendita virtual.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.
No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad. Les saluda atentamente: Angelita.

viernes, 6 de abril de 2012

El petirrojo

"Ventana abierta"


El petirrojo


 Era el tiempo en que Dios creó el mundo; no sólo el cielo y la tierra, sino también todos los animales y plantas, dándoles a cada uno un nombre.
De aquellos días podrían contarse innumerables historias, y si se supiesen todas, entenderíamos el por qué de muchas cosas del mundo que ahora no comprendemos.


Fue entonces, cuando un día que Dios estaba en el Paraíso pintando los pajaritos, se le acabaron los colores de la paleta, de modo que el jilguero hubiese quedado sin color de no haber limpiado el Señor en sus plumas todos los pinceles.
  

Y fue entonces cuando el asno recibió sus largas orejas por no acordarse del nombre que le habían puesto; lo olvidaba apenas daba unos pasos por el Paraíso, y tres veces tuvo que volver atrás y preguntar cómo se llamaba, hasta que Dios, un poco impaciente, lo cogió por las orejas y le dijo:
 "Te llamas burro, bu-rro", 
y mientras hablaba, iba tirando de las orejas del asno, para que crecieran y pudiera oír mejor y no olvidara lo que le decían.


Aquel mismo día, el Señor tuvo que castigar a la abeja, pues en cuanto la crearon empezó a acumular miel, y los animalitos y los hombres que advirtieron lo bien que olía, se acercaron y quisieron probarla, pero la abeja la quería toda para ella, y cuantos se acercaban al panal, los ahuyentó con su venenoso aguijón.

Dios vio lo que sucedía, e inmediatamente llamó a la abeja y la castigó: "Te dí el poder de producir miel, que es lo más dulce de la Creación, pero no te dí derecho alguno a tratar duramente a tu prójimo, ¡recuérdalo bien!, cada vez que piques a alguien que quiera probar tu miel, morirás".



Sí, fue entonces cuando el grillo quedó ciego y la hormiga perdió sus alitas.

Realmente ocurrieron cosas maravillosas.
El Señor estuvo el día entero allí, Majestuoso y Benigno, crea que te crea, y ya declinaba la tarde, cuando se le ocurrió crear un pajarillo gris: "Te llamarás petirrojo"- le dijo cuando lo hubo terminado- lo colocó en la palma de su mano y lo dejó volar.

 

Pero cuando el pajarito hubo revoloteado un rato admirando la hermosa tierra donde tendría que vivir, sintió deseos de contemplarse a sí mismo, y descubrió que era enteramente gris, y su pecho tan gris como el resto. El petirrojo se volvía de uno y otro lado mirando su reflejo en el agua; pero era inútil, en todo su cuerpo no descubrió una sola pluma colorada.


Entonces el pajarito voló presuroso junto a nuestro Señor.
Dios seguía en su Trono, Majestuoso y Amable. 


De sus manos se desprendían mariposas que revoloteaban en torno a su cabeza; las palomas se arrullaban sobre sus hombros; y rosas, lirios y margaritas cubrían el suelo a su alrededor.


El corazón del pajarillo palpitó muy fuerte porque tenía miedo. Pero trazando airosos círculos, se fue acercando más y más a Dios, 

hasta que finalmente se posó en su mano, y el Creador le preguntó qué quería.
 

- Sólo quería preguntarte una cosa -respondió el pajarito-.
- ¿Qué deseas saber?
- ¿Por qué he de llamarme petirrojo, si soy completamente gris, desde el pico hasta la cola?
¿Por qué me llamo petirrojo, si no tengo una sola pluma roja? 
Y el avecilla miraba al Señor con sus ojitos negros y suplicantes, ladeando la cabecita.

   

A su alrededor veía: faisanes de plumaje de púrpura salpicado en oro, papagayos con espesas gorgueras rojas, gallos de crestas coloradas, por no hablar de las mariposas, los peces de colores y las rosas.
Naturalmente pensaba, lo sencillo que sería una sola gota de color en su pecho; haría de él un pájaro hermoso y de nombre adecuado.


- ¿Por qué tengo que llamarme petirrojo si soy enteramente gris? -preguntó otra vez- esperaba oír  decir a Dios: 
¡"Ay amiguito, veo que olvidé pintar de rojo las plumas de tu pecho; no te preocupes, es cosa de un momento".
Pero el Señor sonrió suavemente.
 - Te he puesto el nombre de petirrojo y petirrojo te llamarás, pero las plumas rojas de tu pecho tendrás que ganártelas tú mismo.
Con estas palabras alzó la mano y devolvió el pajarito al mundo.


El pájaro voló pensativo hacia el Paraíso. 
¿Qué podría hacer una avecilla como ella para ganarse las plumas rojas?
Lo único que se le ocurrió fue construir su nido en un zarzal, lo edificó entre las espinas de un tupido arbusto, como si esperara que un pétalo de rosa se adhiriera a su pecho y le diera color.


Había transcurrido una serie interminable de años desde aquel día que fue el más dichoso del mundo.
Los animales y también los hombres, habían abandonado el Paraíso y se habían extendido por toda la tierra, y los hombres habían progresado tanto, que sabían ya labrar la tierra y navegar por el mar,

 

abrigaban vestidos y adornos, y hacía mucho tiempo que habían aprendido a construir grandes templos y poderosas ciudades como: Tebas, Roma y Jerusalén.


Y amaneció otro día inolvidable en la historia del mundo. 
Y en la mañana de aquel día, un petirrojo, desde el borde de su nido construido en un bajo matorral de una colina próxima a las murallas de Jerusalén, charloteaba con sus pequeñuelos.

El petirrojo les contaba las maravillas de la Creación y lo sucedido con la asignación de nombres, como lo venían contando todos los petirrojos a sus crías, desde aquel primero que escuchó la Palabra de Dios y emprendió el vuelo desde su mano.
Y ¿véis? -concluyó tristemente- tantos años como han transcurrido desde el día de la Creación, tantas rosas como se han marchitado, tantos pajarillos como han salido del huevo, tantos que no pueden contarse, y sin embargo el petirrojo sigue siendo un pajarillo gris, aún no ha conseguido sus plumas coloradas para su pecho.

Los polluelos abrieron desmesuradamente los piquitos y preguntaron si sus antepasados no habían intentado realizar alguna hazaña para conquistar la manchita roja.

   

- Hemos hecho lo que hemos podido pero sin éxito.
El primer petirrojo conoció a otra avecilla semejante a él, e inmediatamente empezó a amarla con tal fervor, que sentía arder su pecho. ¡Ah -pensó- ahora lo comprendo todo; Dios ha querido que ame tan apasionadamente, que la llama que habita en mi corazón tiña el plumaje de mi pecho!
Pero no lo consiguió; como tampoco ninguno después de él, como tampoco lo conseguiréis vosotros.

Los menudos pajarillos gorgojearon muy afligidos, les entristecía que el color rojo no pudiera adornar sus plumitas.



- También confiamos en nuestro canto -continuó el petirrojo con largos trinos.
Ya el primer petirrojo cantaba de modo que su pecho se henchía de entusiasmo y volvió a tener esperanzas. Pensó: "¡Ah, el ardor del canto que habita en mí coloreará de rojo las plumas de mi pecho!".
Pero se engañaba; como todos después de él, como os engañaréis vosotros.



De nuevo estalló un gorgojeo quejumbroso en las gargantas, aún medio pelonas, de los pajarillos.


También confiamos en nuestro arrojo y valentía -continuó diciendo.
Ya el primer petirrojo luchó audazmente con otros pájaros y su pecho ardía de belicoso entusiasmo. Pensó: "¡Ah, las plumas de mi pecho enrojecerán con la alegría del combate que arde en mi corazón!".
Pero fracasó; como todos después de él, como también fracasaréis vosotros.

Los pequeñuelos piaron resueltamente, que pese a todo tratarían de conseguir el anhelado trofeo.
Pero el pájaro les respondió afligido, que era imposible. 
¿Cómo iban a conseguirlo ellos cuando tantos antepasados famosos no lo habían conseguido?
¿Qué podrían hacer más que amar, cantar y pelear?
¿Qué iban a ...? 
 El pájaro se interrumpió a media frase. Una gran multitud había aparecido por una de las puertas de Jerusalén y se aproximaba a la colina donde tenía su nido. Se veían jinetes sobre briosos corceles, guerreros con largas lanzas, esbirros con clavos y martillos, se veían sacerdotes y jueces que avanzaban con pasos solemnes, mujeres que sollozaban, y a la cabeza de todos éstos, una turba de populacho desenfrenado, una escolta vociferante y repulsiva de vagabundos.


El pajarillo gris, se acurrucaba tembloroso en el borde del nido; a cada momento temía que aplastaran el zarzal y mataran a sus pequeños.

 

¡Tened cuidado! -les gritó- apretaos unos contra otros y no rechistéis!   

¡Ahí viene un caballo que pasará por encima de nosotros!
¡Atención a ese soldado de sandalias claveteadas!
¡Ya está aquí esa turba desenfrenada!



Las exclamaciones del pajarillo cesaron repentinamente; quedó mudo y absorto, casi olvidó el peligro que corría, lugo se precipitó en el nido y extendió las alas sobre los pequeñuelos.  
¡No, es demasiado terrible -gorgojeó- no quiero que veáis esta escena; van a crucificar a tres malhechores! y extendía asustado sus alitas para que los polluelos no pudieran ver nada, sólo oyeron los martillazos atronadores, los lamentos y el griterío de la multitud.

El petirrojo siguió todo el espectáculo con ojos dilatados de espanto, no podía apartar la vista de aquellos tres desdichados.
¡Qué crueles son los hombres!-dijo al poco rato- no les basta clavar en la cruz a estos infelices, sino que además han tenido que ponerle a uno de ellos una corona de espinas; veo que las espinas han herido su frente por la que corre la sangre, y este hombre es tan hermoso, tan amable, y mira con tal dulzura, que todos debieran amarle; la vista de sus sufrimientos me traspasa el corazón.


La piedad del pajarillo por el ajusticiado de la corona de espinas crecía por momentos.
- ¡Si yo fuese mi hermano el águila, arrancaría los clavos de sus manos, y con mis potentes garras ahuyentaría a todos sus verdugos!

 

Vio cómo goteaba la sangre por la frente del crucificado, y no pudo contenerse por más tiempo.
¡Aunque sea tan pequeño y tan débil, algo he de poder hacer por este pobre mártir!   

Y, abandonando su nido, voló por el aire trazando amplios círculos en torno al crucificado.

 

Varias veces voló a su alrededor sin atreverse a aproximarse, pues era un pajarillo muy tímido y nunca hasta entonces, se había atrevido a acercarse a los hombres. 


Pero poco a poco fue cobrando ánimos, llegó a la cruz, y con su piquito arrancó una de las espinas clavadas en la frente del ajusticiado; y mientras lo hacía una gota de sangre salpicó el pecho del pájaro y tiñó de rojo el delicado plumaje.

 

Cuando el petirrojo volvió a su nido, gritaron los pequeños:
- "¡Tu pecho es rojo! ¡Las plumas de tu pecho son más rojas que las rosas!"



- Sólo es una gota de sangre de la frente de aquel pobre hombre -explicó el pájaro- desaparecerá en cuanto me bañe en un arroyuelo o en alguna fuente.



Y cuando crecieron sus polluelos, tenían el color rojo como la sangre en las plumas de sus pechos, exactamente igual como brilla aún hoy en el pecho de todos los petirrojos del mundo.

 


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