"Ventana abierta"
Nuestras sentidas condolencias por la triste noticia del fallecimiento de la Hna. Josefa de la Hera.
Ha sido un gran honor haber podido disfrutar de su agradable y cariñosa presencia en un determinado tiempo de nuestra existencia.
La echaremos mucho en falta, y aún más una servidora que casi hasta el último momento nos hemos estado comunicando por este medio, hasta que ella empeoró.
Ha sido un verdadero dolor, y más sabiendo que este último año ha resultado ser de más sufrimiento para ella por esa dichosa enfermedad.
Recuerdo cuando fue el Aniversario del Colegio Sta.
María de los Reyes aquí en Torreblanca, que las Hnas. Josefa y Carmina, se pasaron por
casa honrándonos con su visita y haciéndonos el honor de pasar un ratito en su
agradable y cariñosa compañía, lo tengo en mi memoria como un grato recuerdo
que no se me olvidará jamás.
Dios ha sentido la necesidad de llevarla con Él y ahorrarle más sufrimiento, dándole su abrazo de Padre bueno coronándola de gloria. D.E.P.
Circular de la semblanza de la Hna. Josefa de la Hera R.S.C.J. en su fallecimiento, ofrecida por su Comunidad de Religiosas.
JOSEFA DE LA HERA PÉREZ
“El que es bueno/a, del buen tesoro de su corazón, saca cosas
buenas” (Lc 6,45). Quienes han vivido cerca de Josefa - Pepita para su familia,
Pepa en la comunidad, Madre de la Hera en sus primeros tiempos de profesora o
Directora -, dan testimonio de que esa bondad era uno de sus rasgos
característicos.
Para todas fue una sorpresa inesperada que, poco después de
su ingreso en el hospital para una estancia que se imaginaba corta, el 8 de
Agosto dejara simplemente de respirar: Con infinita paz, sin un estertor, sin
un ruido. Era el lunes siguiente a la fiesta de la Transfiguración y el Señor a
quien había amado tanto, venía a buscarla para transfigurarla junto a Él.
Una de sus amigas que la acompañó en esos últimos días le
comentó que en la liturgia se había leído el texto “A los que aman a Dios, todo
se les convierte en bien” (Rm 8,28) y ella le pidió que se lo escribiera para
tenerlo a la vista. Ya apenas se entendía lo que decía porque apenas le salía
la voz.
En alguna ocasión había contado: “Quizá por ser la pequeña de
cuatro, de niña era muy llorona y mis hermanos decían: “¡Ya está la niña
llorando!”. También en su última etapa en Chamartín, cuando por el alzheimer se
sentía confusa y perdida, era frecuente encontrarla llorando en la capilla, o
sentada en un pasillo. Nadie pensaba que estuviera tan cerca su encuentro con
Aquel de quien un profeta da el nombre llama “el que enjuga todas las lágrimas”
( Is 25, 8)
Había nacido en Guadalcanal (Sevilla) en 1940, hija de
Alberto y Carmela; alumna del Sagrado Corazón de El Valle, le iba bien en los
estudios y era muy inteligente, aunque de una manera borrada. Quiso entrar
pronto en el noviciado pero a sus padres les pareció conveniente que esperara
unos años porque había estado enferma el último año de colegio. Llegó a
Chamartín en 1961 y, después del juniorado, fue destinada al colegio de
Rosales.
Su divisa de probación en 1970 dejó huella en su vida: “El
espíritu de Dios me ha consagrado para proclamar la buena Nueva a los pobres y
anunciar el gozo y la paz”. Al volver a su nuevo destino, la comunidad pequeña
de la Ribera, una postulante de entonces cuenta cuánto le marcó la llegada de
la recién profesa: “Con su cuaderno de anillas permanentemente a mano,
irradiaba fervor y entusiasmo.”
La mayor parte de su vida apostólica iba a pasarla en
contacto con los pobres, especialmente en Torreblanca donde, por sus sucesivas
estancias en el barrio, conocía a las familias de tres generaciones y llegó a
ser allí toda una institución. Una alumna, hoy es Hija de la Caridad, expresa
lo que Josefa significó para toda su familia y el cariño y agradecimiento que
le guardan: “La recordaremos a lo largo de toda nuestra vida ¡qué alegría
encontrar personas de Dios que lo reflejan en su vida y dejan huella...!”
A nivel personal, estaba también marcada por una manera de
vivir sencilla, austera y pobre, pero con una pobreza “magnánima” que nunca
imponía a otras. Ese fue también su estilo como ecónoma provincial, una
responsabilidad en la que actuaba con comprensión, paciencia y generosidad. Le
tocó de lleno ocuparse de la construcción de la actual casa provincial, una
tarea arduamente trabajosa por la lentitud de los permisos, negociaciones con
arquitecto y constructoras..., además de la dificultad añadida de las
contradicciones y diversidad de opiniones en la provincia. Una vez terminada la
casa, asumió también el esfuerzo del traslado y la reubicación de la comunidad
y los despachos.
Estos son algunos apuntes de personas muy cercanas a ella:
“En los distintos empleos y responsabilidades que le
confiaban era meticulosa, ordenada, tenaz y servicial. Bondadosa, sensible, muy
sincera, fiel, no hablaba mal de nadie. Austera y generosa a tope, a veces muy
cabezona y también miedosa, por eso debió costarle mucho formar parte del grupo
que pidió a la provincial de esos momentos irse a vivir a las viviendas
"inviduales" de Torreblanca. Conociéndola y sabiendo la resistencia que
le producía todo aquello, dice mucho de su generosidad aunque no llegara a
realizarse, con cierto alivio por parte de todas. Tendía a ser escrupulosa y
necesitaba recurrir al sacramento del perdón con frecuencia. Al acabar su
servicio de ecónoma provincial, le preocupaba emplear tanto tiempo (perderlo
decía) en hacer solitarios en el ordenador.”
Amiga de sus amigas, dice una de ellas:
“Con ella era natural, fácil y espontáneo hablar del Señor,
de vivencias de fe, de búsquedas... Siempre me remitía a la hondura y
autenticidad que me sentía llamada a vivir. Escuchadora a fondo. Recuerdo que
al comentarle cómo me sentía trabajada por el Señor, o alguna experiencia de
lucha en la que Él salía victorioso, me decía: “¿Tú le das bastantes gracias al
Señor, eres consciente de lo que te quiere y te conduce?”. Cosas así que le
brotaban tan auténticas eran reflejo de su hondura de fe. Teniendo en cuenta
que su espiritualidad tendía un poco a lo victimal y al sacrificio, esto tenía
un enorme valor.”
Otra recuerda:
“En Torreblanca hablábamos, nos ayudábamos, hacíamos oración
juntas. Recuerdo las veces que arreglábamos de rodillas los sumideros atascados
de la terraza y riéndonos, metíamos las manos y los dejábamos útiles para otra
temporada. Bastantes domingos nos íbamos andando al Canal; allí nos tumbábamos
en la hierba y nos gustaba alabar al Señor en silencio, oyendo los pájaros,
contemplando la naturaleza. Cuando la destinaron a Fuerteventura, empezó
nuestra relación epistolar, muy sabrosa por cierto. Hizo unos Ejercicios de mes
en Pedreña y la vi desde entonces más entregada a la voluntad de Dios y, con el
tiempo, pasaba cada vez más ratos en la capilla”.
“Quería que nos ayudáramos a ser más del Señor, ese era su único deseo y hablaba de la muerte con naturalidad. Se interesaba por mis actividades e hicimos el pacto de que ella me respaldaría con su oración, al estilo de Santa Teresita, por la que sentía gran admiración. Últimamente le costó aceptar su enfermedad, el estar hecha un lío y la inactividad, ella que era tan eficiente; pero aunque al final estaba más confusa, seguía lúcida para hablar del Señor, siempre agradecida a todo y a todos.”
“En una de mis últimas visitas me preguntó: “¿Qué haces por aquí, a qué has venido?” Y cuando le contesté que había ido a verla me contestó: “No, ¡has venido a traerme a Dios!”
Un último apunte significativo: tenía mal oído y lo sabía
pero le gustaba cantar. Decía que en el Cielo iba a cantar, bailar y tocar el
piano.
Y es así como nos la podemos imaginar...






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