"Ventana abierta"

Fe Adulta
La primera lectura, profundamente
optimista, anuncia una nueva
alianza entre Dios y el pueblo. Todo tendrá lugar de forma fácil, casi
milagrosa, sin especial esfuerzo para Dios ni para nosotros. En cambio, las dos lecturas siguientes
ofrecen una imagen muy distinta: la nueva alianza entre Dios y el pueblo
implicará un duro sacrificio para Jesús. Un sacrificio que le
sumerge en la angustia y le mueve a rezar al Padre. Esta trágica experiencia se
recuerda hoy en dos versiones distintas: la de Juan, y la de la Carta a los
Hebreos, que recoge el famoso relato de la oración del huerto de los olivos
contado por los evangelios sinópticos.
Oración en el templo (evangelio de Juan
12,20-33)
El cuarto evangelio enfoca el relato de la
pasión de manera peculiar, bastante distinta a la de los sinópticos: no acentúa
el sufrimiento de Jesús sino el señorío y la autoridad que demuestra en todo
momento. Por eso no cuenta la oración del huerto. Pero unos días antes sitúa
una experiencia muy parecida de Jesús en la explanada del templo de Jerusalén.
El evangelio comienza y termina en tono de victoria. El triunfo inicial
se concreta en el deseo de algunos de conocer a Jesús (es secundario que se
trate de “gentiles”, paganos, como dice la traducción litúrgica, o de “judíos
de lengua griega” residentes en otros países que han venido a celebrar la
fiesta de Pascua). Y ese triunfo, reflejado en el interés de unos pocos,
alcanza dimensiones universales al final:
“atraeré a todos hacia mí”.
Pero este marco optimista encuadra una escena trágica: Jesús es
consciente de que para triunfar tiene que morir, como el grano de trigo; tiene
que ser “elevado sobre la tierra”, crucificado. Ante esta perspectiva
confiesa: “me siento agitado”, angustiado. E intenta superar ese estado de
ánimo con la reflexión y la oración. Ante todo, procura convencerse a sí mismo
de la necesidad de su muerte: igual que el grano de trigo tiene que pudrirse en
tierra para producir fruto. Sin embargo, los argumentos racionales no sirven de
mucho cuando uno se siente angustiado. Viene entonces el deseo de pedirle a
Dios: “Padre, líbrame de esta hora”. Pero se niega a ello, recordando que
ha venido precisamente para eso, para morir. En vez de pedir al Padre que lo
salve le pide algo muy distinto: “Padre, glorifica tu nombre”. Lo importante no
es conservar la vida sino la gloria de Dios.
Oración en el huerto (Carta a los Hebreos
5,7-9)
El relato de los evangelios sinópticos es
muy conocido: Jesús marcha al
huerto de los olivos la noche en que será apresado. Sabe que va a morir, siente
profunda angustia, y por tres veces reza al Padre pidiéndole que, si es
posible, le evite ese trago amargo. La Carta a los Hebreos no se detiene a
contar lo ocurrido. Pero recuerda lo trágico del momento cuando afirma que
Jesús rezó “a gritos y con lágrimas”, cosa que no menciona ninguno de los
evangelios. Y lo que pedía (“pase de mí este cáliz”) lo sugiere al decir que
suplicaba “al que podía salvarlo de la muerte”.
Sin embargo, el final de la lectura es optimista: Jesús salva eternamente a
quienes le obedecen. En medio de este contraste entre tragedia y triunfo, unas
palabras desconcertantes: “en su angustia fue escuchado”. Quizá el autor piensa
en el relato de Lucas, que habla de un ángel que viene a consolar a Jesús. Pero
quien conoce el evangelio advierte la ironía o el misterio que esconden estas
palabras: Jesús es escuchado, pero muere.
El templo y el huerto
Es evidente la relación entre las dos
lecturas. En ambos casos Jesús se siente agitado (Juan) o angustiado (Hebreos).
En ambos casos recurre a la oración. En ambas lecturas, la palabra final no es
la muerte, sino la victoria de Jesús y, con él, la de todos nosotros. Pero,
dentro de estas semejanzas, hay una gran diferencia con respecto a la oración
de Jesús: en el evangelio, se niega a pedir al Padre que lo salve, sólo quiere
la gloria de Dios, por mucho que le cueste; en la Carta, Jesús suplica “a
gritos y con lágrimas” para ser salvado de la muerte.
La ciencia bíblica actual tiende a
considerar estos relatos dos versiones distintas del mismo hecho. Pero durante
años y siglos estuvo de moda la tendencia a armonizar los datos del evangelio.
En esta postura, los relatos
ofrecen dos momentos distintos y sucesivos de la experiencia humana y religiosa
de Jesús.
En un primer momento, ante la angustia de
la muerte, se refugia en la reflexión racional (he venido para morir como el
grano de trigo) y se niega a pedirle al Padre que lo salve. Al cabo de pocos
días, cuando la pasión y muerte no son una posibilidad sino una certeza, reza
con gritos y lágrimas, sudando sangre (como añade Lucas): “Padre, si es
posible, pase de mí este cáliz”. Una reacción más humana, pero perfectamente
compatible con lo que cuenta Juan.
A las puertas de la Semana Santa, la
experiencia y la reacción de Jesús son un ejemplo excelente que nos anima en
nuestros momentos de angustia y desánimo, y nos mueve a agradecerle su entrega
hasta la muerte.
La nueva alianza (Jeremías 31,31-34)
La primera lectura ofrece el quinto
momento, culminante, de la Historia de la salvación.
P. Leonardo
1. Todos los evangelios tienen una intención:
atraer nuestra mirada hacia Jesús.
2. Miramos, claro que
miramos. Nuestra atención
siempre está dirigida: a nuestros intereses, a nuestros gustos, a los
amigos, en prevención de enemigos; la envidia es una mirada, airada “al
bien ajeno…” Leemos revistas, periódicos que nos gustan (que van con nuestros
intereses, claro)
3. Al cristiano le atrae esta figura maravillosa,
Jesús que camina hacia la perdición personal, por su vida, su coherencia, por
su libertad, por su entrega valiente…
4. Claro; ahí, mirando a Jesús, atentamente,
sin desviarnos un ápice, aprendemos aquello que en el fondo sabemos que es
nuestro ideal, pero que nuestra vista se desvía continuamente a otros campos
5. Atención: creo que no mirar, no oír y no
andar son nuestro problema
6. Jesús
les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os
aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo;
pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se
aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que
quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor;
a quien me sirva, el Padre lo premiará…Y cuando yo sea elevado sobre la tierra
atraeré a todos hacia mí.» …Esto lo decía dando a entender la muerte
de que iba a morir.
7. Invitación,
pues, a mirar, aprender, agradecer… e imitar, caminar humildemente.
8. Es la auténtica verdad, camino de vida.


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