"Ventana abierta"
P. Clemente Sobrado C.P.
“Por tanto, cuando das limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto, te lo pagará”.
Con motivo de las
últimas Navidades, un caballero me entregó un sobre con una cierta cantidad de
dinero, para que pudiera ayudar a una familia que había solicitado ayuda en la
radio.
Al preguntarle ¿de parte de quién?
Su respuesta fue clara: “Cuando hago limosna no tengo nombre”.
El Concilio Vaticano II en el Decreto sobre el apostolado de los seglares,
lo dice muy bien:
“Para
que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente extraordinario y aparezca
como tal, es necesario que:
Se considere en el prójimo la imagen de Dios
según la cual ha sido creado;
Y a Cristo Señor a quien en realidad se ofrece
lo que se da al necesitado;
Se considere con la máxima delicadeza la
libertad y la dignidad de la persona que recibe el auxilio;
Que no se manche la pureza de intención con
ningún interés de la propia utilidad o por el deseo de dominar:
Se satisfaga, ante todo, las exigencias de la
justicia;
Y no se brinde como ofrenda de caridad lo que
ya se debe por título de justicia;
Se quiten las causas de los males, no solo los
efectos;
Y se ordene el auxilio de forma que quienes
los reciben se vayan liberando poco a poco de la dependencia externa y se vayan
bastando a sí mismos”. (A.A n. 8)




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