"Ventana abierta"
ADIÓS A LA MADRE Y SALIDA DE NAZARET
El interior de la casa de
Nazaret...
Jesús está sentado a la mesa...
come despacio, claramente sin ganas, por complacer a su Madre, y que está más
pensativo de lo habitual, levanta la cabeza y la mira. Se encuentra con una
mirada llena de lágrimas, y baja la cabeza para que no se sienta cohibida,
limitándose a cogerle la delicada mano que tiene apoyada en el borde de la
mesa. La toma con la mano izquierda y se la lleva a la cara; Jesús apoya en
ella su mejilla como rozándola un momento para sentir la caricia de esa pobre
mano temblorosa, y la besa en el dorso con gran amor y respeto.
Veo a María llevándose la mano libre, la izquierda, hacia la boca, como para ahogar un sollozo; luego se seca con los dedos una lágrima grande que ha rebasado el borde del párpado y estaba regando la mejilla.. María sale rápidamente al huertecillo, donde ya hay poca luz... y desaparece. Jesús apoya el codo izquierdo sobre la mesa, y sobre la mano la frente, deja de comer y se sumerge en sus pensamientos… Sale Él también al huerto, ... entra por una abertura de una pared rocosa, dentro de lo que reconozco como el taller de carpintero… Replegada sobre sí, en el banco, María llora. Parece una niña. Tiene la cabeza apoyada en el brazo izquierdo doblado, y llora, en voz baja pero con mucho dolor. Jesús entra despacio y se le acerca con tanta delicadeza, que Ella comprende que está allí sólo cuando su Hijo le deposita la mano sobre la cabeza inclinada, llamándola "Mamá" con voz de amorosa reprensión.
María levanta la cabeza y mira a Jesús entre un velo de llanto, y se apoya, con las dos manos unidas, en su brazo derecho. Jesús con un extremo de su ancha manga le seca la cara y la abraza, la estrecha contra su pecho, la besa en la frente. Jesús tiene aspecto majestuoso, parece más viril de lo habitual, y María más niña, salvo en la cara marcada por el dolor. - Ven, Mamá - le dice Jesús, y, apretándola estrechamente con el brazo derecho, se encamina de nuevo hacia el huerto; allí se sienta en un banco que está apoyado en la pared de la casa… Jesús le habla a María. No percibo al principio las palabras, apenas susurradas, a las que María asiente con la cabeza.
Después oigo: - Y di a la familia..., a las mujeres de la familia, que vengan. No te quedes sola. Estaré más tranquilo, Madre, y tú sabes la necesidad que tengo de estar tranquilo para cumplir mi misión. Mi amor no te faltará. Vendré frecuentemente y, cuando esté en Galilea y no pueda acercarme a casa, te avisaré; entonces vendrás tú adonde este Yo. Mamá, esta hora debía llegar. Empezó aquí, cuando el Ángel se te apareció; ahora se cumple y debemos vivirla, ¿no es verdad, Mamá? Después vendrá la paz de la prueba superada, y la alegría. Antes es necesario atravesar este desierto, como los antiguos Padres para entrar en la Tierra Prometida. Pero el Señor Dios nos ayudará como hizo con ellos, y su ayuda será como maná espiritual para nutrir nuestro espíritu en el esfuerzo de la prueba. Digamos juntos al Padre nuestro...».
Jesús se levanta y María con Él, y levantan la cara al cielo. Dos hostias vivas que resplandecen en la oscuridad. Jesús dice lentamente, pero con voz clara y remarcando las palabras, la oración del Señor. Hace mucho hincapié en las frases: «VENGA A NOSOTROS TU REINO, HÁGASE TU VOLUNTAD», distanciando mucho estas dos frases de las otras. Ora con los brazos abiertos (no exactamente en cruz, sino como los sacerdotes cuando dicen: «El Señor esté con vosotros»), María tiene las manos juntas.
Entran de nuevo en casa, y Jesús — a quien no he visto nunca beber vino — echa en una copa un poco de vino blanco de un ánfora de la despensa y la lleva a la mesa; coge de la mano a María y la obliga a sentarse junto a Él y a beber de ese vino (en que moja una rebanada de pan que le ofrece). Tanto insiste, que María cede. El resto lo bebe Jesús.
Luego estrecha a su Madre contra su costado, y así la sujeta, contra su persona, en el lado del corazón... No hablan más. Esperan. María acaricia la mano derecha de Jesús y sus rodillas. Jesús acaricia el brazo y la cabeza de María. Jesús se levanta y con Él María, se abrazan y se besan amorosamente una y otra vez; y una y otra vez parece que quieren despedirse, pero María vuelve a estrechar contra su pecho a su Hijo. Es la Virgen, pero es una madre a fin de cuentas, una madre que debe separarse de su hijo y que sabe a dónde conduce esa separación. Que ya no se me venga a decir que María no ha sufrido. Antes lo creía poco, ahora no lo creo en absoluto.
Jesús va hacia la puerta después de trazar un gesto de bendición en la estancia. María lo sigue y, en la puerta, ya abierta, se besan una vez más... Jesús se pone en camino. Dos veces se vuelve aún a mirar a su Madre, que está apoyada en la jamba, más blanca que la Luna, toda reluciente de llanto silencioso. Jesús se va alejando por la callejuela blanca. María continúa llorando apoyada en la puerta. Y Jesús desaparece en una equina de la calle.
Ha empezado su camino de
Evangelizador, que terminará en el Gólgota. María entra llorando y cierra la
puerta. También para Ella ha comenzado el camino que la llevará al Gólgota. Y
por nosotros… (De los cuadernos de María Valtorta)
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