"Ventana abierta"

Leonardo Molina García. S.J.
Fiesta de la Epifanía
El autor del primer evangelio, Mateo, que
probablemente reside en Antioquía de Siria, lleva años viviendo una experiencia
muy especial: aunque Jesús fue judío, la mayoría de los judíos no lo aceptan
como Mesías, mientras que cada vez es mayor el número de paganos que se
incorporan a la comunidad cristiana. Algunos podrían interpretar este extraño
hecho de forma puramente humana: los paganos que se convierten son personas
piadosas, muy vinculadas a la sinagoga judía, pero no se animan a dar el paso
definitivo de la circuncisión; los cristianos, en cambio, no les exigen
circuncidarse para incorporarse a la iglesia. Mateo prefiere interpretar este
hecho como una revelación de Dios a los paganos.
Para expresarlo, se le ocurre una idea
genial: anticipar esa revelación a la infancia de Jesús, usando un relato que
no debemos interpretar históricamente, sino como el primer cuento de
Navidad. Un cuento precioso y de gran hondura teológica. Y que
nadie se escandalice de esto. Las parábolas del hijo pródigo y del buen samaritano
son también cuentecitos, pero han cambiado más vidas que infinidad de historias
reales.
La estrella
Los antiguos estaban convencidos de que el
nacimiento de un gran personaje, o un cambio importante en el mundo, era
anunciado por la aparición de una estrella. Sin necesidad de recurrir a lo que
pensasen otros pueblos, la Biblia anuncia que saldrá la estrella de Jacob como
símbolo de su poder (Números 24,17). Este pasaje era relacionado con la
aparición del Mesías.
Los buenos: los magos
De acuerdo con lo anterior, nadie en
Israel se habría extrañado de que una estrella anunciase el nacimiento del
Mesías. La originalidad de Mateo radica en que la estrella que anuncia el
nacimiento del Mesías se deja ver lejos de Judá. Pero la gente normal no
se pasa las noches mirando al cielo, ni entiende mucho de astronomía. ¿Quién
podrá distinguirla? Unos astrónomos de la época, los magos de oriente.
La palabra “mago” se aplicaba en el siglo
I a personajes muy distintos: a los sacerdotes persas, a quienes tenían poderes
sobrenaturales, a propagandistas de religiones nuevas, y a charlatanes. En
nuestro texto se refiere a astrólogos de oriente, con conocimientos profundos
de la historia judía. No son reyes. Este dato pertenece a la leyenda posterior,
como luego veremos.
Los malos: Herodes, los sumos sacerdotes y
los escribas
La narración, muy sencilla, es una
auténtica joya literaria. El arranque, para un lector judío, resulta dramático.
“Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey 2 Herodes”. Cuando Mateo
escribe su evangelio han pasado ya unos ochenta años desde la muerte de este
rey. Pero sigue vivo en el recuerdo de los judíos por sus construcciones, su
miedo y su crueldad. Es un caso patológico de apego al poder y miedo a
perderlo, que le llevó incluso a asesinar a sus hijos y a su esposa Mariamne.
Si se entera del nacimiento de Jesús, ¿cómo reaccionará ante este competidor?
Si se entera, lo mata.
Un cortocircuito providencial
Y se va a enterar de la manera más
inesperada, no por delación de la policía secreta, sino por unos personajes
inocentes.
Mt escribe con asombrosa habilidad
narrativa. No nos presenta a los magos cuando están en Oriente, observando el
cielo y las estrellas. Omite su descubrimiento y su largo viaje. La estrella
podría haberlos guiado directamente a Belén, pero entonces no se advertiría el
contraste entre los magos y las autoridades políticas y religiosas judías. La
solución es fácil. La estrella desaparece en el momento más inoportuno, cuando
sólo faltan nueve kilómetros para llegar, y los magos se ven obligados a entrar
en Jerusalén. Nada más llegar formulan, con toda ingenuidad, la pregunta más
comprometedora: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos
visto su estrella y venimos a adorarlo”.
Una bomba para Herodes.
El contraste Y así nace la escena
central, importantísima para Mt: el sobresalto de Herodes y la consulta a
sacerdotes y escribas. La respuesta es inmediata: “En Belén, porque así lo
anunció el profeta Miqueas”. Herodes informa a los magos y éstos parten. Pero
van solos. Esto es lo que Mt quiere subrayar. Entre las autoridades políticas y
religiosas judías nadie se preocupa por rendir homenaje a Jesús. Conocen
la Biblia, saben las respuestas a todos los problemas divinos, pero carecen de
fe. Mientras los magos han realizado un largo e incómodo viaje, ellos son
incapaces de dar un paseo de nueve kilómetros. El Mesías es rechazado desde el
principio por su propio pueblo, anunciando lo que ocurrirá años más tarde.
Los magos no se extrañan ni desaniman.
Emprenden el camino, y la reaparición de la estrella los llena de alegría.
Llegan a la casa, rinden homenaje y ofrecen sus dones. Estos regalos se han
interpretado desde antiguo de manera simbólica: realeza (oro), divinidad
(incienso), sepultura (mirra). Es probable que Mt piense sólo en ofrendas de
gran valor dentro del antiguo Oriente. Un sueño impide que caigan en la trampa
de Herodes.
Los Reyes magos no son los padres, somos
nosotros
A alguno quizá le resulte una
interpretación muy racionalista del episodio y puede sentirse como el niño que
se entera de que los reyes magos no existen. Podemos sentir pena, pero hay que
aceptar la realidad. De todos modos, quien lo desee puede interpretar el
relato históricamente, con la condición de que no pierda de vista el sentido
teológico de Mt. Desde el primer momento, el Mesías fue rechazado por gran
parte de su pueblo y aceptado por los paganos. La comunidad no debe extrañarse
de que las autoridades judías la sigan rechazando, mientras los paganos se
convierten.
El contraste entre la primera lectura y el
evangelio
La liturgia parece ver en el relato de los
magos el cumplimiento de lo anunciado en el libro de Isaías (Is 60,1-6). ¡Levántate,
brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!
Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti
amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu
luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira:
todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas
las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se
asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te
traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de
dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro,
y proclamando las alabanzas del Señor. Sin embargo, la relación es de
contraste. En Isaías, la protagonista es Jerusalén, la gloria de Dios
resplandece sobre ella y los pueblos paganos le traen a sus hijos, los judíos
desterrados, la inundan con sus riquezas, su incienso y su oro. En el
evangelio, Jerusalén no es la protagonista; la gloria de Dios, el Mesías, se
revela en Belén, y es a ella adonde terminan encaminándose los magos. Jerusalén
es simple lugar de paso, y lugar de residencia de la oposición al Mesías: de
Herodes, que desea matarlo, y de los escribas y sacerdotes, que se desinteresan
de él.
Alegría, adoración y regalo
Nosotros, descendientes de los pueblos
paganos, debemos imitar el ejemplo de los magos: inmensa alegría al ver la
estrella, adoración al niño, regalos. Alegría, regalos y niños son típicos del
6 de enero. Pero Mateo piensa en un niño distinto, al que debemos adorar y
ofrecernos, llenos de alegría.
P. Leonardo Molina. S.J.
1. Leo atentamente el comentario de un sabio
competente, Sicre.
2. Me centra el contenido de este evangelio
un poco complicado, pero me aclara muchas ideas, me quita prejuicios, me centra
en lo que pretendía Mateo. El evangelista quería expresar la aparición de Jesús
a todos los pueblos (a nosotros, no judíos)
3. Pero se dirigía a todos los lectores (tú,
yo, hoy…) y muchas cosas quiere decirnos a cada uno de nosotros (que somos
distintos…)
4. A mí me habla de un proceso de mi fe. Soy
(era) pagano. “Algo” me hablaba de un personaje que podría darme las
claves de mi vida…yo no sé quién es, cómo, a qué me iba a comprometer, qué me
va a ofrecer… (la estrella misteriosa) ¿Mis padres, la escuela, los amigos… qué
sé yo…?
5. Alentado por ese
sentimiento-convencimiento me puse en camino. Encontré dificultades (oscuridad,
cansancio, echar la mirada atrás, arrepentimientos, envidias de otras
felicidades, desconciertos… tentaciones de irme al lado, de abandonar…
6. No sé por qué he seguido, he superado
obstáculos; “alguien” me empujaba, me levantaba, me sacaba de la fosa, me
llenaba a veces “de gracia y de ternura”. Como perro saliendo de gatera,
me levantaba y seguía adelante.
7. Y ciertamente, ahora mismo, estoy
teniendo, y a ello me invita la liturgia, alegría, adoración y regalos.
8. Dice san Mateo 2,11) que cuando llegaron
al portal “Al ver la estrella se llenaron de una inmensa alegría. Entraron
en la casa, vieron al niño con su madre, María, y echándose por tierra le
rindieron homenaje; abrieron sus arquetas y le ofrecieron como dones oro,
incienso y mirra”.
9. ¡Ay, qué regalos! Quién pudiera
alcanzarlos. Y no para mí solo, sino para todos, todos, todos… incluso a los
que lo rechazan en principio. Ojalá se convenzan.
10. José, María, el Niño, tan poquita cosa, en un medio desastroso, en un clima turbio, hoy día: ¡ahí está la salvación del mundo! Aunque no acabe de creérmelo del todo…


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