"Ventana abierta"
RINCÓN PARA ORAR
SOR MATILDE
EL MÁS FUERTE QUE YO, OS BAUTIZARÁ CON ESPÍRITU SANTO Y FUEGO
10 La gente le preguntaba: «Pues
¿qué debemos hacer?»
11 Y él les
respondía: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el
que tenga para comer, que haga lo mismo.»
12 Vinieron
también publicanos a bautizarse, y le dijeron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?»
13 El les dijo:
«No exijáis más de lo que os está fijado.»
14
Preguntáronle también unos soldados: «Y nosotros ¿qué debemos hacer?» Él les
dijo: «No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas, y contentaos
con vuestra soldada.»
15 Como el
pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de
Juan, si no sería él el Cristo;
16 respondió
Juan a todos, diciendo: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más
fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os
bautizará en Espíritu Santo y fuego.
17 En su mano
tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; pero la
paja la quemará con fuego que no se apaga.»
18 Y, con otras
muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Nueva. (Lc. 3, 10-18)
En este momento de la historia de Israel, el
pueblo estaba en expectación por la llegada del Mesías prometido. Parece como
que Dios hubiera preparado los ánimos y no sólo con un Precursor del mismo sino
con el Enviado por Dios: Jesús. Es verdad que ÉI todavía no se había revelado a
su pueblo, pero tenía unos 30 años y era la Luz que va a alumbrar a todas las
naciones. Por esto, su persona irradiaba luz aunque estuviera oculta entre sus
gentes. Así, los ánimos de todos, estaban en espera y haciendo como cabida en
su corazón al que tenía que llegar.
Y, cuando apareció Juan el Bautista bautizando en el Jordán y predicando un
bautismo de penitencia, todos se cuestionaban si no sería ya llegado el Mesías.
Pero Juan Bautista era un hombre amigo de la verdad y no admitía en su persona
un solo equívoco: “yo no soy el que esperáis, yo tan sólo soy “la voz que clama
en el desierto” para que os convirtáis y sigáis los Mandamientos de Dios con
fidelidad”. Y, les anunciaba que “el más fuerte ya está entre vosotros y, cuando
se manifieste, no bautizará sólo con agua sino con Espíritu Santo y fuego. Él
también separará lo precioso de lo vil en la vida de cada hombre, porque será
como un Fuego de Amor que transforma en su mismo Amor, todo aquello que toca.
Juan, a cada uno según su estado, les indicaba cómo habían de purificarse para
acoger al que trae Fuego, al que diviniza. No se trata de cambiar de oficio
sino de buscar la santidad de Dios en nuestras vidas. Y la santidad es ponernos
en todo según su voluntad, porque quiere que sigamos sus Mandamientos.
Pero con Jesús, la predicación del Bautista, cambia bastante. Jesús nos trae el
Espíritu de Dios que es el Amor del Padre y Éste, lo primero que hace es
purificar nuestra alma, porque desea tomar posesión de ella. La alegría de Juan
ante la obra de Jesús es incontenible: “¡Porque esta alegría mía está
cumplida!”. Tantos años en el desierto con una oración llena de esperanza daba
ahora sus mejores frutos. Podría haber dicho lo mismo que Simeón: “ahora Señor
según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Sí, ha acabado su
predicación, pero ahora le toca seguir a este Mesías que tanto amaba hasta
imitarle en la muerte con el derramamiento de su sangre: “el que no toma su
cruz y me sigue, no puede ser discípulo mío”. Por esto, fue el Bautista el
primer discípulo de Jesús y el más acabado. Y es que Juan ya fue lleno del
Espíritu Santo en el seno de su madre y siempre fue fiel a sus menores
insinuaciones.
¡Oh Jesús, tú quieres y puedes darnos tu Espíritu Santo para que te preparemos en nuestro corazón “un discípulo bien dispuesto”! ¡Esto es lo que esperas de nosotros a las puertas de esta próxima Navidad, porque naces para mí y, si tu gracia me llena, podré hacerte en mi alma una digna morada! ¡Qué así se haga, Señor mío! ¡Amén!




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