"Ventana abierta"
RINCÓN PARA ORAR
DICHOSOS LOS QUE SUFREN, POR CAUSA MÍA
1 Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se
le acercaron.
2 Y tomando la palabra, les
enseñaba diciendo:
3 « Bienaventurados los pobres
de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
4 Bienaventurados los mansos,
porque ellos poseerán en herencia la tierra.
5 Bienaventurados los que
lloran, porque ellos serán consolados.
6 Bienaventurados los que tienen
hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
7 Bienaventurados los
misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Bienaventurados los limpios de
corazón, porque ellos verán a Dios.
9 Bienaventurados los que
trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10 Bienaventurados los
perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los
Cielos.
11 Bienaventurados seréis cuando
os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra
vosotros por mi causa.
12 Alegraos y regocijaos, porque
vuestra recompensa será grande en los cielos;
Un día muy especial, “vio Jesús a las gentes,
subió a un monte y se sentó”. Cuando Jesús se sienta lo hace como los rabinos,
que desde su altura enseñan a todos. Pero, quienes supieron este gesto de Jesús
fueron sus discípulos que, a sus pies, escuchaban sus enseñanzas. Y esta es “la
carta magna del Evangelio”, la quinta esencia de la Palabra de Dios.
Y son ocho asertos que, quien los cumpla
entrará en el Reino de los Cielos. Lo que sucede es que, al oír a Jesús, de
entrada, todos queremos ser felices con el Reino. Pero la primera parte de cada
Bienaventuranza, ya no nos es tan grata a nuestro gusto como lo son los premios
de este mundo. Pues, ¿quién quiere ser pobre de espíritu?, o ¿con la
mansedumbre, que tiene a raya su ira? A nadie le gusta llorar, porque esto
supone pena grande en el alma…
Jesús, que nos dio este sermón divino, puede
explicarnos cada una de sus enseñanzas. La primera, nos habla de una pobreza
que no es carencia de los bienes de la tierra, sino precisamente los que tienen
su espíritu, que solo se sacia con el alimento espiritual, con la presencia de
Dios en sus almas. Y esto porque nadie apetece algo de lo que no ha conocido y
saboreado.
Si, aunque sólo sea una vez, el Señor Jesús se
ha descubierto a nosotros en una fe muy viva, ello queda grabado en nuestro
espíritu. Desde entonces, diremos a Jesús: “¡más, dame más de este alimento que
sacia mi espíritu!”. Y aquí sentiremos, con el mismo Espíritu Santo, que yo soy
de esos pobres de quienes Jesús nos habla, y que se están saciando ya aquí de
los bienes espirituales, y esto para siempre, hasta el encuentro definitivo con
Jesús en el último día de nuestra vida
Un hombre así es feliz ya en la tierra, porque
ha apartado toda la riqueza de esta para dar paso a los dones del cielo, que
solo Él nos puede dar: su espera nunca será defraudada. Si hay algún
sufrimiento es el de no poseer todavía a Cristo en nuestra vida.
Y, ¿qué diremos de la mansedumbre? Solo los mansos arrebatan el Reino de los Cielos. Este hombre no conoce la venganza por el mal que se le pueda infligir. Jesús, colgado en la cruz, nos está hablando de perdón; de vencer el mal con el bien; de no devolver el insulto, sino repartir a manos llenas el perdón, la disculpa: “Padre, perdónales, porque no sabe lo que hacen”. El poder bendecir en estas circunstancias es sólo fruto de la gracia, del Espíritu Santo que sólo sabe de amor. Sufrir con Cristo y por Cristo es tener sus mismos sentimientos que tuvo El desde su nacimiento hasta su muerte.
¡Señor, que profundicemos, con la gracia del Espíritu Santo, cada perla preciosa de este Evangelio bendito! ¡Que así sea! ¡Amén! ¡Amén!





No hay comentarios:
Publicar un comentario