"Ventana abierta"
Domingo 1º de Cuaresma. Ciclo A
Al comenzar la Cuaresma, tiempo de conversión y
preparación para celebrar la Pascua, la Iglesia nos recuerda dos actitudes muy
distintas frente a la tentación: la de Adán y Eva, en la que podemos vernos
reflejados todos nosotros, y la de Jesús. En el primer caso triunfa la
debilidad, la caída inmediata; en el segundo, la fuerza, la capacidad de resistir
en la prueba. Esta contraposición no pretende desanimarnos ni denunciar lo
débiles y malos que somos. Al contrario, como afirma Pablo en la segunda
lectura, «si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo
hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos».
La debilidad de Eva y Adán (1ª
lectura: Génesis 2,7-9; 3,1-7)
El texto describe el proceso que lleva al pecado. No lo hace con un lenguaje intelectual, sino mediante un dialogo vivo. Para ello introduce a la serpiente, que ya en el poema mesopotámico de Gilgamesh aparece como enemiga del hombre, al que roba la planta de la vida y la inmortalidad. Pero el autor de nuestro relato enfoca el tema de manera distinta, más profunda. La serpiente no roba la planta de la vida, sino que destruye al ser humano por dentro.
La tentación comienza con una mentira,
falseando la prohibición de Dios, que se limitaba a comer del árbol de la
ciencia. Presenta al Señor como alguien inhumano y cruel, que impone al hombre
algo terrible. Sus palabras son tan burdas que al principio es fácil
rechazarlas. Pero la tentación insiste. Niega la existencia de peligro. Surge
entonces la atracción por lo prohibido, y la apetencia. Hasta entonces, parece
como si Eva y Adán no se hubiesen fijado en el árbol. El simple miedo a morir
los retrae de su contemplación. Ahora, «la mujer vio que el árbol era
apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia». A partir de ese
momento está perdida, y también su marido.
Al punto, el pecado produce sus frutos. La serpiente había prometido que se
les abrirían los ojos. Efectivamente, se les abren y adquieren un conocimiento
nuevo. Pero lo que aprenden es que están desnudos, y esto provoca vergüenza mutua
y la necesidad de cubrir la propia desnudez.
2. La fortaleza de Jesús
(evangelio: Mateo 4,1-11)
El contraste más fuerte con Eva y Adán lo representa Jesús en el momento de las tentaciones, que empalman con el episodio del bautismo. En él, la voz del cielo proclama: «Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco». ¿Cómo entiende Jesús su filiación divina? ¿Cómo un salvoconducto para pasarlo bien y triunfar? Todo lo contrario. Inmediatamente después marcha al desierto, y allí va a quedar claro cómo entiende su filiación.
Primera tentación: solucionar las
necesidades primarias
Partiendo del hecho
normal del hambre después de cuarenta días de ayuno, la primera tentación es
la de utilizar el poder en beneficio propio. Es la tentación de las necesidades imperiosas, la que sufrió el pueblo de Israel repetidas veces
durante los cuarenta años por el desierto. Al final, cuando Moisés recuerda al
pueblo todas las penalidades sufridas, le explica por qué tomó el Señor esa
actitud: «(Dios) te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con
el maná, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo
que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3).
En el caso de Jesús, el tentador se deja de
sutilezas y va a lo concreto: «Si eres Hijo de Dios, di que las piedras éstas
se conviertan en panes». Jesús no necesita quejarse de pasar hambre, ni
murmurar como el pueblo, ni acudir a Moisés. Es el Hijo de Dios. Puede resolver
el problema fácilmente, por sí mismo. Pero Jesús tiene aprendida desde el
comienzo esa lección que el pueblo no asimiló durante años: «Está escrito: No
sólo de pan vive el hombre, sino también de todo lo que diga Dios por su boca».
La enseñanza de Jesús en esta primera tentación
es tan rica que resulta imposible reducirla a una sola idea. Está el aspecto
evidente de no utilizar su poder en beneficio propio. Está la idea de la confianza en Dios. Pero
quizá la idea más importante, expresada de forma casi subliminar, es la visión
amplia y profunda de la vida como algo que va mucho más allá de la necesidad
primaria y se alimenta de la palabra de Dios.
Segunda tentación: pedir pruebas a Dios
La segunda tentación
(tirarse desde el alero del templo) se presta a interpretaciones muy distintas.
Podríamos considerarla la tentación del sensacionalismo, de recurrir a procedimientos
extravagantes para tener éxito en la actividad apostólica. La multitud
congregada en el templo contempla el milagro y acepta a Jesús como Hijo de
Dios. Pero esta interpretación olvida un detalle importante: el tentador nunca
hace referencia a esa hipotética muchedumbre. Lo que propone ocurre a solas
entre Jesús y los ángeles de Dios. Por eso parece más exacto decir que la tentación consiste en pedir a Dios
pruebas que corroboren la misión encomendada. Nosotros no estamos
acostumbrados a esto, pero es algo típico del Antiguo Testamento, como
recuerdan los ejemplos de Moisés (Ex 4,1-7), Gedeón (Jue 6,36-40), Saúl (1 Sam
10,2-5) y Acaz (Is 7,10-14). Como respuesta al miedo y a la incertidumbre espontáneos
ante una tarea difícil, Dios
concede al elegido un signo milagroso que corrobore su misión. Da lo mismo que se trate de un bastón mágico
(Moisés), de dos portentos con el rocío nocturno (Gedeón), de una serie de
señales diversas (Saúl), o de un gran milagro en lo alto del cielo o en lo
profundo de la tierra (Acaz). Lo importante es el derecho a pedir una señal que
tranquilice y anime a cumplir la tarea.
Jesús, a punto de comenzar su misión, tiene
derecho a un signo parecido. Basándose en la promesa del Salmo 91,11-12 («a sus
ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos; te llevarán en
volandas para que tu pie no tropiece en la piedra»), el tentador le propone una
prueba espectacular y concreta: tirarse del alero del templo. Así quedará claro
si es o no el Hijo de Dios. Sin embargo, Jesús no acepta esta postura, y la
rechaza citando de nuevo un texto del Deuteronomio: «No tentarás al Señor tu
Dios» (Dt 6,16). La frase del Dt es más explícita: «No tentaréis al Señor,
vuestro Dios, poniéndolo a prueba, como lo tentasteis en Masá (Tentación)»,
donde la auténtica tentación consiste en dudar de la presencia y la protección
de Dios: «¿Está o no está con nosotros el Señor?».
Tercera tentación: el deseo de triunfar
La tercera tentación, a tumba abierta por parte del tentador, consiste en la búsqueda del poder y la gloria, aunque suponga un acto de idolatría. No es la tentación provocada por la necesidad urgente o el miedo, sino por el deseo de triunfar. Jesús rechaza la condición que le impone Satanás citando Dt 6,13.
El problema de la historicidad
El relato de Mt nos obliga a preguntarnos si se
trata de hechos históricos o ficticios. Porque el diálogo con el tentador, el
viaje a la ciudad santa y el otro a una montaña altísima no parecen tener nada
de histórico.
Es interesante recordar que el cuarto evangelio
no contiene un episodio de las tentaciones, pero habla de ellas a lo largo de la vida de Jesús. La más fuerte
es la del poder, en el momento en que los galileos quieren nombrar a Jesús rey.
Y tentaciones muy parecidas en su contenido, no en la forma, se repiten al
final de la vida de Jesús, en la cruz: «Si eres Hijo de Dios, sálvate y baja de
la cruz» (Mt 27,40). Estas
tentaciones reflejan otro dato de gran interés: los tentadores son los hombres,
no Satanás.
Reflexión final
La tentación es un hecho real en la vida de
Jesús, a la que se vio sometida por ser verdadero hombre.
Mateo ha recogido este tema para dejarnos claro desde el principio cómo entiende Jesús su filiación divina: no como un privilegio, sino como un servicio.
En el fondo, las tres tentaciones se reducen a
una sola: colocarse por delante de Dios, poner las propias necesidades, temores
y gustos por encima del servicio incondicional al Señor, desconfiando de su
ayuda o queriendo suplantarlo.
Las tentaciones tienen también un valor para
cada uno de nosotros y para toda la comunidad cristiana. Sirven para analizar
nuestra actitud ante las necesidades, miedos y apetencias, y nuestro grado de
interés por Dios.
Reflexión:
1. Al leer estos “cuentos” estas narraciones casi infantiles, uno tiene la
tentación de despreciarlas. Demasiado ingenuas, sólo aptas para niños
crédulos
2. Y sin embargo, tienen un fondo fantástico y real para nuestro mundo y para mí: estamos sometidos a continua invitaciones (tentaciones) a ir contra la libertad , la verdad y la autenticidad. ¿Nos suena? ¿Algo ajeno a este mundo? No son fantasmas para beatas personas, infantiles, no modernas…
3. ¿Acaso no prima en nosotros el dinero ( y posibilidades y
tener seguridad), la vanidad ( el amor propio, la propaganda, la moda) y la
mundanidad?
4. ¿Dónde dejamos el servicio, la entrega, la fidelidad? ¿Acaso tenemos miedo
a la cruz, al final del programa de Jesús?
5. ¿Dónde dejamos la libertad, el desprendimiento necesario y la confianza en
Dios Padre? ¿Dónde la paz, el amor, la justicia, la libertad y la verdad
propuestas por Jesús al principio de su salida a predicar? ¿Anticuados?
6. Clara está; sin su gracia, sin su empuje, ese camino es imposible,
muy difícil, sólo para santos…o es una ingenuidad.
7. Pero ahí está la Sabiduría de Dios.
8. Jesús es para nosotros modelo de Sabiduría. Y fuerza de Dios y
de verdad auténtica y autentificada.
9. “No nos dejes caer en la tentación” repetía y nos hacía repetir Jesús en su oración (el padrenuestro)



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