"Ventana abierta"
Web católico de Javier Olivares
El yugo es
un instrumento de madera al cual, formando yunta, se unen por el cuello las
mulas, o por la cabeza o el cuello los bueyes. El efecto del yugo es unir
estrechamente a dos seres vivos, haciéndolos compartir idéntica ruta y un mismo
destino. La expresión viene del latín, "iugulus": garganta. De ahí
las venas yugulares, a uno y otro lado del cuello, convirtiendo a esa región en
zona de extremo riesgo para la vida.
Lo anterior ayuda a entender el sentido metafórico que se le
atribuye a la palabra yugo: carga pesada, prisión o atadura. Ley o dominio
superior que sujeta y obliga a obedecer. En el lenguaje político se equipara a
tiranía, despotismo, absolutismo. Las proclamas libertarias suelen usar la
imagen del yugo finalmente destrozado por la revolución. También en economía se
habla del yugo tributario, haciendo gráfica la extenuación e impotencia del
contribuyente para eludir el inexorable y siempre creciente caudal de
impuestos.
Llama la atención que los contrayentes del matrimonio reciban
el nombre de "cónyuges". La raíz es la misma, también el significado
original: son dos seres que permanecen ligados en forma tal, que uno no podrá
elegir o cambiar la ruta sin involucrar al otro. Con razón se les llama también
"consortes", es decir, partícipes de la misma suerte o destino. Por
cierto, alguien querrá ver en ello una irritante limitación de la libertad.
Muchos, en cambio lo celebrarán como manifestación de solidaridad: todo lo tuyo
es mío, todo lo mío es tuyo, todo lo que te afecte a ti me afecta a mí; tú y yo
somos una sola cosa. El yugo admite una y otra interpretación.
Una fuerte tendencia cultural presiona hoy en el sentido de
suprimir todos los yugos. Los entiende en bloque, sin discernimiento, como
atentatorios a la libertad. El existencialismo considera toda norma como una
violencia contra la libertad, ya que al ser universal, no puede la norma o ley
tomar en cuenta la irrepetible originalidad de cada individuo. Del marxismo
conocemos su grito de guerra: odio a todos los dioses; la religión es el opio del
pueblo: las normas y leyes no son más que la violencia que las clases
dominantes imponen a las clases oprimidas. Para el liberalismo no hay otra ley
que la autonomía: cada uno es ley para sí mismo. No existe nadie, ni en el
cielo ni en la tierra, con autoridad para dar órdenes que uno no quiera
aceptar.
En este escenario cobra su real dimensión las concentraciones
nudistas recientes. El fotógrafo que lo convocó había previamente expuesto
múltiples razones de su performance. Sólo días después de realizado el acto,
desnudó su real intención. Según él, las religiones no han hecho otra cosa que
ejercer control sobre los seres humanos. Los varones, a su vez, se han dedicado
a ejercer control sobre las mujeres. Al convocar a mujeres y varones para que
se desnuden promiscuamente y en espacios públicos, el fotógrafo ha pretendido,
según propia confesión, liberar al hombre del control o yugo de las religiones.
Estos actos fueron explícitamente de rebeldía o agresión contra Dios.
Respetando a las personas que quisieron participar (sólo Dios
conoce y juzga lo que hay en cada corazón), tomamos nota de lo que ellas
manifestaron finalizado el acto "¡soy libre, por fin pude ser libre, por
fin puedo hacer lo que yo quiera! ¡Esto es lo máximo: la más bella experiencia de
mi vida!". Representantes de la psiquiatría y psicología han querido ver
en ello una liberación de traumas largamente reprimidos. Puede ser. Vale, sin
embargo, la pregunta: ¿liberados de qué? ¿Y con libertad ahora para qué? A
ellos les toca responderla, uno no puede invadir su conciencia.
Cualquiera sea la respuesta, el episodio deja una apasionante
tarea para los educadores. No hemos logrado enraizar en nuestros pupilos la
convicción de que toda norma o ley moral, lejos de ser un atentado contra su
libertad, es su signo y seguro de vida. Tomemos como ejemplo los diez
mandamientos. Honrar padre y madre ¿limita o enriquece mi libertad? Concebir y
dar a luz un hijo ¿"embaraza" o enaltece mi libertad? Y si ese niño
tiene alguna patología invalidante ¿se recibe y trata al niño como una carga
que irremediablemente se debe soportar, o como una oportunidad y exigencia de
amar con predilección, hasta el límite? Honrar la verdad, decirla y hacerla
¿restringe mi libertad o es la mejor manera de ser libre? Honrar la propiedad
ajena y cumplir la perfecta justicia ¿me limita o me dilata como persona? Ser
justo (dar a cada uno lo suyo) equivale en la Biblia a ser santo. Honrar y
respetar la vida, cuidarla y defenderla, aun a riesgo de sacrificar la propia
¿frena mi autorrealización o es el máximo signo de autodonación? Dar la vida
por amor es el único modo eficaz de preservarla.
Detrás de cada norma restrictiva de mi libertad germina,
cuajada de promesa, una semilla de afirmación de mi propia libertad. Bien lo
saben los cónyuges. Al celebrar su contrato matrimonial, entienden compartir y
compenetrar su libertad con la del otro contrayente. Quedan uncidos en una
yunta, vinculados con un mismo yugo. Si a veces surge la nostalgia de la
libertad preconyugal, será ocasión de revalidar el gesto profético y audazmente
comprometido que llamamos fidelidad. "Yo elegí este camino, y a esta
persona como compañera de camino. Se lo prometí a ella y a Dios. Yo soy libre
para prometer, y libre para cumplir lo que he prometido. Mi libertad se llama
ahora fidelidad. Y en esa fidelidad encuentro mi felicidad. Porque la felicidad
se da en el amor perfecto, como perfecto es el amor del Padre celestial, y
perfecto el amor de Cristo por su Iglesia".
Pero ¿dónde queda mi imperfección? ¿Qué hago con mis ostentosos
límites? ¿Seré capaz de vivir todo el tiempo uncido al mismo yugo? Ahora
comprendemos la sabiduría y benevolencia de Cristo. Anticipándose a nuestra
objeción, Él se nos ofrece como receptor de nuestras fatigas y corrector de
nuestras limitaciones: "venid a Mí, todos los que estéis cansados y
agobiados. Yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de Mí, que soy manso y
humilde de corazón. Así encontraréis descanso. Porque mi yugo es suave, y mi
carga ligera".
Genial: el modo de aliviarse uno de sus propios agobios, es
cargar con el yugo de Cristo. ¿Y cuál es el yugo de Cristo? Fidelidad a la
voluntad del Padre. Fidelidad que se aprende vaciando el corazón de toda
soberbia y prepotencia. "Aprendan de Mí: soy manso y humilde de
corazón". Los mansos heredan la tierra. Los humildes son ensalzados por
Dios. Los mansos se han liberado de la tentación de controlar y violentar a los
demás. Los humildes se han liberado de la tentación de posar y aparentar más
allá de lo que son. Mansos y humildes son, por excelencia, libres. Y por eso
felices. Y le deben su libertad y felicidad a que aceptaron cargar el yugo de
Cristo.
"Dichosos los que caminan en la Ley del Señor, y guardan
sus mandamientos de todo corazón. Tus mandamientos son la alegría"
Autor del texto: Raúl Hasbún
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