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Sean bienvenidos

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Invitación y bienvenida

Hola amig@s, bienvenid@s a este lugar, "Seguir la Senda.Ventana abierta", un blog que da comienzo e inicia su andadura el 6 de Diciembre de 2010, y con el que sólo busco compartir con ustedes algo de mi inventiva, artículos que tengo recogidos desde hace años, y también todo aquello bonito e instructivo que encuentro en Google o que llega a mí desde la red, y sin ánimo de lucro.

Si alguno de ustedes comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia, o por el contrario quiere que sea retirado de inmediato, por favor, comuníquenmelo y lo haré en seguida y sin demora.

Doy las gracias a tod@s mis amig@s blogueros que me visitan desde todas partes del mundo y de los cuales siempre aprendo algo nuevo. ¡¡¡Gracias de todo corazón y Bienvenid@s !!!!

Si lo desean, bajo la cabecera de "Seguir la Senda", se encuentran unos títulos que pulsando o haciendo clic sobre cada uno de ellos pueden acceder directamente a la sección que les interese. De igual manera, haciendo lo mismo en cada una de las imágenes de la línea vertical al lado izquierdo del blog a partir de "Ventana abierta", pasando por todos, hasta "Galería de imágenes", les conduce también al objetivo escogido.

Espero que todos los artículos que publique en mi blog -y también el de ustedes si así lo desean- les sirva de ayuda, y si les apetece comenten qué les parece...

Mi ventana y mi puerta siempre estarán abiertas para tod@s aquell@s que quieran visitarme. Dios les bendiga continuamente y en gran manera.

Aquí les recibo a ustedes como se merecen, alrededor de la mesa y junto a esta agradable meriendita virtual.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.

No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad.
No hay mejor regalo y premio, que contar con su amistad. Les saluda atentamente: Mª Ángeles Grueso (Angelita)

jueves, 18 de noviembre de 2010

CARGA CON TU CRUZ

"Ventana abierta"


CARGA CON TU CRUZ


Cada uno tenemos nuestra propia cruz, que tenemos que llevar.


Señor, mi cruz es muy pesada.


Señor, por favor, redúcemela.


Aún me pesa mucho, libérame de esta carga.


Señor, quítame un poco de la carga.


¡¡Uf!! ¡¡qué alivio!!


Tu cruz puede servirte para cruzar.


Usa tu cruz de puente para cruzar...


¡Oh! mi cruz es demasiado pequeña y ahora no me sirve para continuar el camino.


Si no hubiese reducido mi cruz...

Solo hay una salida para los sufrimientos.... Pasar por ellos.

Dios nunca te dará más de lo que puedes cargar; así que carga tu cruz y regocíjate en el premio.
Aprendamos a cargar nuestra cruz sin renegar y sólo pidamos al Señor fuerza y fortaleza para salir adelante y salir triunfadores.
Cualquiera sea tu cruz, cualquiera sea tu dolor, siempre habrá un resplandor; atardecer después de la lluvia...

Quizas puedas tropezar, quizas hasta caer.....
pero Dios siempre está listo a responder a tu llamada ......
¡¡Dios siempre enviará un arco iris, después de la lluvia!


jueves, 4 de noviembre de 2010

¿El problema de la sexualidad en el Cielo?

"Ventana abierta"


¿El problema de la sexualidad en el Cielo?
Clemente Sobrado C. P.

Nos han metido tanto el problema de nuestra sexualidad que se ha convertido en el centro y en el sentido de nuestras vidas. Lo podemos tener todo, pero si no tenemos ejercicio de nuestra sexualidad, pareciera que nos falta todo. Podemos renunciar al dinero, que tanto nos cuesta ganar, pero no a tener una aventurita por ahí. Eso que otros dicen “echarse una cana al aire”.

¿Una felicidad sin el ejercicio de nuestra genitalidad?
Yo lo entiendo hasta por propia expe- riencia.
¿Cuántos creen en el celibato de los sacerdotes y religiosos?
¿Cuántas amantes nos han colgado a los curas?
Basta escuchar los chistes más sabrosos. ¿Verdad que son de curas y monjas?


Nunca me he acomplejado de mi celibato. Pero sí me he sentido muchas veces un tanto fastidiado.
Porque dudar de que soy capaz de vivir célibe, es como dudar de mi identidad, de mi vocación y de mi sinceridad.
Pero bueno, uno tiene que vivir en la cultura que le ha tocado vivir.
Y es ahí donde tendremos que seguir viviendo con gozo ese compromiso libre y generosamente aceptado.
Pero, lo de los curas, hasta puedo entenderlo.
Lo que ya me resulta más complicado es el problema que le plantean a Jesús.
Porque pareciera que eso del sexo, de hombre y mujer, de casado, también plantea dudas y problemas a muchos para entender a los que se han salvado y están en el cielo. “¿De cuál de ellos será mujer?”
El problema no sé si será de la mujer, feliz con tanto marido, o de los siete hermanos que la tuvieron por esposa.
¿Tendrán líos y conflictos y peleas por ella, disputándosela, allá en la resurrección?


Nuestra manía es ver el más allá como la prolongación del más acá.
Incluso, para muchos, el mismo Dios no es sino un superhombre.
Y al cielo lo imaginamos como la manera de disfrutar de lo que más nos ha hecho felices aquí en la tierra.


Cuando teníamos Velatorio en la Parroquia uno veía cosas bien curiosas.
Algunos ponían encima del ataúd la fruta que en vida más le gustaba.
Otros ponían el plato que fue siempre su preferido.
Incluso, no faltaban quienes, al encargar la misa de mes o de año, pedían al Coro que cantase tal o cual canción porque a él o a ella le encantaba mientras vivía.
¿Se imaginan que una buena viuda pidió que durante la Misa le cantasen al muertito “Medias de seda” porque fue su canción preferida? Bueno, debo confesar que no conozco esa canción.


La respuesta de Jesús creo que ha desalentado a muchos.
Y hasta pienso que les ha quitado las ganas de resucitar e irse al cielo.
Porque, si allí, vamos a ser como angelitos sin sexualidad. Que allí ya no habrá casorios, ni habrá maridos ni esposas, porque todos seremos “hijos de Dios”, la cosa ya no parece tan interesante.
Pienso que a aquellos fariseos que veían la vida del más allá como la prolongación de la vida de aquí, les debió suceder lo que a mí me pasó con un muchachito de doce años cuyo tío estaba de misionero. Comentando que estaba en un lugar difícil de la misión, y que últimamente lo habíamos visto muy flaco, porque allí la comida era muy floja, se me ocurrió preguntarle al chico que estaba bien gordito: “¿No te gustaría ser misionero como tu tío?”.
La respuesta fue inmediata: “Jolines, ¡para no comer!”

¿No sería también esa la respuesta de los saduceos que trataron de tentar a Jesús? ¡Va, si la cosa es así, si sólo vamos a ser angelitos, hijos de Dios, no vale la pena!

Cuando centramos nuestras vidas en los valores humanos, y en nuestra condición humana sin trascendencia, la resurrección resulta tener muy poco aliciente. Y sin embargo, la verdad de nuestras vidas no está aquí. La verdad de nuestras vidas está precisamente en la resurrección que nos transformará y nos hará semejantes de Dios. Estamos llamados a ser hombres y mujeres, pero, como Jesús, hombres y mujeres resucitados.

P. Clemente Sobrado C. P.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Pastillas contra el dolor ajeno. Lunes, 1 - Noviembre - 2010

"Ventana abierta"


Médicos Sin Fronteras


Pastillas contra el dolor ajeno

Descripción


Médicos Sin Fronteras (MSF) acaba de lanzar la campaña “Pastillas contra el dolor ajeno” dirigida a conseguir 1’5 millones de euros, mediante la venta en farmacias de toda España, de cajitas con 6 caramelos de mentol, uno por cada una de las enfermedades a las que irá destinada la recaudación: la Malaria, el Chagas, el Sida infantil, el Kala Azar, la Tuberculosis y la Enfermedad del Sueño, que afectan a personas del Tercer Mundo sin posibilidad de acceso a la medicina.


MSF ha conseguido involucrar, de manera desinteresada, a numerosos artistas, guinistas, técnicos, Colegios profesionales, distribuidores de farmacia, medios de comunicación y empresas, con la intención de que la recaudación total resulte libre de costes y pueda llegar íntegra al tratamiento de las enfermedades reseñadas. Luis García Berlanga, fallecido el pasado sábado, prestó su imagen para el spot principal de la campaña, en la que ha sido su última presentación pública.


Fundación ROSE, en su línea de actuación con empresas clientes de Caja Mediterráneo, ha propiciado la colaboración en esta iniciativa de Damel (producción de caramelos), Grupo Caliche y SEUR (transporte y distribución), Ibergest (reprografía) y Terramar (manipulados y envasado)
El prospecto que contiene cada cajita destaca la colaboración de tres entidades, una de las cuales es Fundación ROSE Caja Mediterráneo.

jueves, 28 de octubre de 2010

Un Jesús peligroso

"Ventana abierta"


Un Jesús peligroso

Los hombres libres. Los hombres que tienen el coraje de cambiar lo que hay que cambiar. Los hombres capaces de revelar el nuevo rostro de Dios. Todos esos son un riesgo y un peligro para cuantos preferimos sestear cómodamente en lo de siempre. Para cuantos no nos atrevemos a poner en tela de juicio lo que siempre se nos ha dicho. Y nos dejamos llevar de la corriente. Para todos ellos, Jesús es un peligro.
Fue todo un peligro para la religión de la Ley.
Fue todo un peligro para todos los que vivían el Dios de la Ley.


Fue todo un peligro para todos aquellos que creían que primero hay que ser bueno para que Dios los ame.
Por eso, Jesús fue el gran escándalo para los buenos fariseos:
 “Este come y se hospeda en casa de los pecadores”.
Los malos y los pecadores siempre han sido un escándalo para los buenos.


Menos para Jesús, que personalmente se invita a hospedarse en su casa y a comer con ellos.
Todos vivimos demasiado esa pobre idea de que ser bueno era distanciarnos de los malos y no contaminarnos con ellos. Algo así como si fueran los otros los que nos manchan y ensucian.

Conozco a un religioso que quiso hacer algo por esas pobres mujeres que, por elegancia de nuestro lenguaje, llamamos de “las cuatro letras” o simplemente “mujeres de la vida”. ¡Qué finos y fariseos, si luego no tenemos reparo alguno en llamarlas “prostitutas”!


Pues este buen hombre entró en contacto con ellas. Se metió en su propio barrio, por donde los “buenos” no se atrevían a pasar, simple y llanamente “por eso de qué dirá la gente o para que la gente no piense mal”. A él le importó muy poco lo que la gente dijese y murmurase. Sabía que Jesús también las amaba y las quería y quería echarles una mano y sacarlas de su situación de marginación.


Cada semana reunía a un grupo de ellas tratando de hacerles recuperar su dignidad. Organizó un ropero para que pudiesen ganarse algo. Y hasta buscó empresas que comprasen lo que ellas hacían. Pero las murmuraciones eran cada día mayores. Pero su experiencia duró solo un año.

En la parroquia, algunos dejaron de asistir a su misa. Hasta que el Superior, muy cuidadoso de la buena imagen del súbdito, le prohibió tajantemente seguir con su labor. Le hizo ver que con su trabajo alejaba a la gente de la Iglesia y se iba a otra parroquia. ¡Era un peligro para la Parroquia. 
¡Tremendo problema! Y no encontró mejor solución que, lograr que los Superiores Mayores lo destinasen a otro lugar en otra provincia.
Estas pobres mujeres, durante un tiempo, acudían a la Parroquia preguntando por el Sacerdote. “¡Es el único que nos ha visto y tratado como personas!” “¿Por qué se lo han llevado?”


De seguro que salvaron su imagen, su fama y su reputación. Pero aquellas mujeres quedaron abandonadas y marginas. ¡Pobre Jesús! También él se metió con gente de mal vivir. También él se hospedó en casa de un pecador. También él se sentó a comer y cenar. Y también sus feligreses comenzaron a murmurar de él:
“Come con pecadores”.

Y mientras tanto, ninguno de ellos se dio cuenta de que el pecador Zaqueo comenzaba un cambio radical en su corazón:
“La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”.
Cuantos se escandalizaron del buen sacerdote preocupado por la dignidad de esas pobres mujeres y dejaron de asistir a su Misa, ¿serían luego capaces de dar la mitad de los bienes que tenían a los pobres?
¿Serían capaces de meter la mano al bolsillo y a la billetera y devolver lo que posiblemente habían adquirido injustamente?

Cuando se trata de darle la mano al débil, al marginado, al pecador, Dios no cuida de ensuciar su imagen.
Porque Dios no vive de la imagen que puedan tener de Él, sino de la verdad del hombre y la salvación del hombre.
A Dios no le importan las murmuraciones de los que se creen buenos. Le importa más la dignidad del hombre.


En la Cruz, Dios perdió toda su dignidad humana. Pero fue precisamente en la Cruz donde reveló la dignidad y la grandeza del hombre y de su corazón divino.
Quien se aleja de los malos, para conservar su buena imagen, se está alejando de Dios. La distancia entre nosotros y Dios es la misma distancia que establecemos entre nosotros y los malos.

P. Clemente Sobrado C. P.


jueves, 14 de octubre de 2010

¿Por qué rezamos poco? Jueves, 14 - Octubre - 2010

"Ventana abierta"


¿Por qué rezamos poco?


La pregunta me parece tonta. Eso es como preguntarle a dos enamorados ¿por qué hablan tanto? O preguntarle a una pareja de esposos cansados ¿por qué se hablan tan poquito? El Evangelio de hoy nos habla de “cómo tenían que orar siempre sin desanimarse”.

- Se habla mucho con alguien cuando tenemos algo que decirle. Cuando dentro llevamos cosas que compartir. O simplemente cuando queremos comunicamos con alguien. A mí me encantan los niños cuando están hablando los mayores.

Ellos meten cuchara cuantas veces pueden. Y ya pueden decirles que se callen, que no molesten y no fastidien. “Mami… papi… mi hermanito, mi hermanita… oye mami, dónde…”. Te he dicho que no molestes… que estoy hablando con tu tío César… Tú ya puedes seguir en lo tuyo que ellos siguen en lo suyo… “mami… papi…”. Ellos se sienten en su ambiente. Se sienten con derecho a que se les escuche, por muy ocupados que estén los viejos…

- Por eso, preguntar por qué rezamos tan poco, pareciera tener una respuesta muy simple: ¿No será que no tenemos nada que decirle a Dios? ¿No será que no nos sentimos en ambiente con Él?

- El problema de la oración en sí no existe. Lo que existe es una experiencia de Dios que se eclipsa en nuestro interior. Dios pareciera no ser gran noticia para nosotros. En la medida en que Dios es o deja de ser noticia dentro de nosotros, en esa misma medida, rezamos o dejamos de rezar. Por eso Santa Teresa, que tanto sabía de oración, define la oración como “hablar de cosas de amistad”. Porque no me digas que con los amigos, los amigotes, no hablas. Hasta es posible que te manden callar porque no dejas hablar a los demás. En cambio cuando se trata de hablar con Dios, necesitamos que nos manden rezar.


- Me impresionó un amigo mío, hoy invidente. pese a que aún es joven. Me mandó llamar pues quería confesarse. Lo visité en su casa. Después de confesarle le dije que rezara por penitencia un Padre nuestro. Por favor, Padre, déme una penitencia. No me diga Ud. que rezar un Padre nuestro es penitencia. Para mí, rezar, es algo muy agradable, placentero, me siento a gusto rezando. Dígame, Padre, ¿por qué Uds. los sacerdotes han acostumbrado tan mal a la gente en la confesión? Por una parte los invitan a que recen a Dios diariamente, y luego les hablan de la oración como “una penitencia por los pecados”.., por favor, Padre… Desde entonces siento cierto rechazo cada vez que digo a alguien “reza un Padre nuestro por penitencia”.

- Rezar… una penitencia… En mis largos años de sacerdote no había caído en la cuenta. Rezar no puede ser penitencia. Rezar tiene que ser un momento agradable, porque eso de oración es “cosa de amistad”. Y yo no hago penitencia cuando hablo con los amigos.

- Claro que alguien puede decirme que él espera para rezar, a sentir a Dios como amigo suyo. Pues, no estoy de acuerdo. Es cierto que con los amigos hablamos a gusto. Pero también es cierto que hablando nos hacemos muchos amigos. Cuántas veces te encuentras con alguien a quien no conoces. Comenzáis a charlar y al final del viaje sois amigos. Ya os cursáis mutuas invitaciones. Pues si bien la oración nace de la amistad con Dios, también es cierto que cuanto más reces más irás sintiendo a Dios como amigo.

- Puede que al principio te sientas un tanto corto en tus manifestaciones. Pero Dios es un tipo que fácilmente se deja querer y amar. Si comienzas a charlar con Él, pronto te darás cuenta de que “es un tipo simpático, y que te cae bien”. Lo importante es que rompas el hielo. Comienza, no importa lo que le digas. Y si no sabes cómo hacerlo, cuéntale cómo te ha ido durante el día. Y si prefieres, dile lo que te cuesta aguantar a tu marido o a tu esposa, y hasta le puedes decir que con la suegra es inútil, pues se quiere meter en todo… Así de simple. ¿Para qué andar con rodeos, si Él está esperando tu primera palabra que le dé ocasión para entrar en amistad contigo?

- Recuerdas esa propaganda “fui al gimnasio y no pasó nada… compré ropa nueva… y no pasó nada. Sigo igual de gorda”. Hay muchos que tienen una dificultad para rezar. Le recé el otro día, y no pasó nada. No me hizo caso. Le pedí que me ayudara en lo otro y no pasó nada, tampoco me hizo caso. Para qué seguir.

Oye, amigo, tú también me das la impresión de que lo único para lo que quieres las amistades es para desplumarlas, pedirles tarjetas de recomendaciones, ascensos. La amistad es otra cosa, hermano. Deja que la amistad profundice vuestra relación y verás cómo las cosas llegan sin pedirlas. No seas de los que sólo rezan cuando se mojan. Yo no creo que hables con tu madre sólo cuando necesitas pedirle dinero para irte al cine. Ni creo que hables con tu enamorada cuando necesitas que te haga un favor.


Los amigos mendigos ordinariamente no saben de amistad. Más bien diría que son tíos de los que hay que prevenirse. La mejor amistad se da cuando el amigo se siente precisado a querer hacer algo por ti sin que tú se lo pidas. Yo creo que Jesús andaba por esa línea cuando dijo que “el Padre, aún antes de pedirle nada, ya sabe lo que necesitamos”.


No seas tú como aquel niño a quien su mami le preguntó: hijito ¿ya has rezado algo al levantarte? No, mami, durante el día yo no tengo miedo. Sólo rezo de noche que es cuando me da miedo estar solo. Prefiero que digas como Gandhi: “Puedo pasar un día sin comer, pero no puedo pasar un día sin orar”.

Clemente Sobrado C. P.
PD: Muy en breve os enviaré la dirección para entrar a mi nuevo Blog: “Club amigos de la Esperanza”.

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jueves, 7 de octubre de 2010

El dolor une lo que la religión divide. Jueves, 7 - Octubre - 2010

"Ventana abierta"

El dolor une lo que la religión divide


La curación de los diez leprosos resulta sorprendente. Samaritanos y judíos no podía verse. La Samaritana se extraña de que “un judío hable con ella siendo samaritana”. A Jesús le niegan posada porque “va camino de Jerusalén”.
¿Por qué será que la religión en vez de unir termina desuniendo?
¿Por qué los que no tienen mí fe, han de resultarme extraños y hasta enemigos?
¿Por qué los que no son de mi Iglesia, tienen que ser una especia de competidores y extraños?
Los grandes líos entre Pablo y Pedro, comer o no comer con los paganos.
Y eso sucedía en tiempos de Jesús.
Y sigue siendo una realidad también hoy.


En una de mis visitas a Jerusalén, se me ocurrió abrir la Biblia en la explanada del templo. Pudo costarme caro. Inmediatamente me vino uno gritando, que no sé lo que me decía porque hablaba en árabe. Debí guardarla de inmediato en mi bolso de mano.
Europa se debate sobre la supresión de los signos religiosos en los Centros Educativos y lugares públicos, “por respeto, dicen, a las distintas creencias”. Los signos religiosos, como el Crucifijo, es una ofensa para los demás.
¿No estaremos deshumanizando la religión y la fe?
De tanto pensar en Dios y defender los derechos de Dios, ¿no nos estaremos olvidando de los hombres, su dignidad y su libertad?
Una religión que no respeta las distintas manifestaciones ¿será un verdadero signo de Dios?
Y sin ir más lejos, ¿no estamos constantemente acusándonos, aún dentro de la Iglesia, como si cada uno, cada grupo tuviese un Dios en pelea consigo mismo y con el Dios de las demás?
Que si Jesuitas u Opus Dei, dicen unos.
Que si tradicionalistas o de avanzada, dicen otros.
Que si el único auténtico camino de fe y vida cristiana es el nuestro, el de nuestro Movimiento.
¿No estaremos convirtiendo la Iglesia en una especie de aglomerado de Partidos Políticos, donde los unos les sacan la mugre a los otros, sobre todo en el Parlamento o a la hora de las Elecciones?
Felizmente yo diría que, más allá de lo religioso, de la Ley y de nuestros “diositos” está el dolor que es capaz de unirnos, compartiendo la misma realidad y el mismo sufrimiento.

 Junto a nueve judíos estaba “un samaritano”. Incluso los diez se ponen en camino y son curados de su lepra los diez.
Parecen ser un grupo unido mientras comparten su lepra y su aislamiento y su marginación.
Sin embargo, una vez limpios de la lepra, y regresan a su religión, de nuevo vuelven a separarse. Los nueve siguen su camino al encuentro de los sacerdotes para reintegrarse a la comunidad de la Ley. Y el samaritano regresa en solitario a Jesús a dar gracias y alabar a Dios.



El samaritano no tiene sacerdotes que lo reciban.
El samaritano no tiene templo que lo acoja.
El samaritano no tiene comunidad que le abra los brazos.
Regresa al que está por encima de la religión.
Regresa al que está por encima de la Ley y del Templo.
No basta el milagro de su curación para descubrir la novedad de Jesús.
No basta el milagro de su curación para abandonar la antigua Ley que los marginaba.
No basta el milagro de su curación para incorporarse al Dios de Jesús.


Es posible que muchas veces el apego a la “tradición”, a lo de siempre, sea el mayor obstáculo para una religión renovada.
Es posible que muchas veces el apego a lo “de siempre”, sea el mayor estorbo para abrirnos a lo nuevo, a la actualidad y contemporaneidad de Dios.
Es posible que las leyes, las estructuras de los hombres, la fidelidad a las leyes sean como un muro que impide ofrecer un nuevo rostro de Dios a los hombres de hoy.
Y es posible que también los “samaritanos” de hoy, aquellos que no piensan como los “buenos”, estén más abiertos y disponibles para “regresar”, no a la tradición sino a Jesús mismo, reconociendo en Él, el verdadero Evangelio de Dios. 

“¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?” Y le dijo: “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”.


Clemente Sobrado C. P.www.iglesiaquecamina.com

"Queremos ver a Jesús"

"Ventana abierta"


"Queremos ver a Jesús"


P. Clemente Sobrado C. P.

En su Mensaje con motivo del Domund 2010, Benedicto XVI repite casi literalmente las palabras de Juan Pablo II en su Exhortación “Novo Milenio Ineunte”, donde ambos citan el texto del Evangelio de Juan: “Queremos ver a Jesús”.

Aquellos griegos llegados para la fiesta: No piden que se les hable de Jesús.
No piden que se les regale una estampita de Jesús.
No piden que les demos discursos ni teologías sobre Jesús.
Ellos “quieren ver”.
Ellos quieren verlo con sus propios ojos.
Ellos quieren experimentarlo personalmente.
Nada de conocer a Jesús de segunda mano.


“Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo “hablar” de Cristo, sino en cierto modo “hacérselo ver”. (NMI n.16)
Y que Benedicto XVI traduce así: “también los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes no sólo que “hablen” de Jesús, sino que “hagan ver” a Jesús, que hagan resplandecer el Rostro del Redentor en todo rincón de la tierra ante las generaciones del nuevo milenio, especialmente, ante los jóvenes de cada continente, destinatarios privilegiados y sujetos del anuncio evangélico. Éstos deben percibir que los cristianos llevan la palabra de Cristo porque Él es la Verdad, porque han encontrado en Él, el sentido, la verdad para su vida”.


Es cierto que Jesús envió a los suyos a “anunciar” a “proclamar” el Evangelio a toda la creación.
La palabra es necesaria.
La palabra sola no es suficiente.
La palabra hablada necesita de la palabra vida.
La palabra que no se revela en la vida está vacía.
Es la vida la que se hace la mejor palabra.
Es la vida la que hace creíble la palabra.
La Iglesia habla mucho de Jesús.

Pero los hombres y mujeres de hoy “aguantan escuchar”, pero prefieren “ver”.
No quieren tanto predicadores sino los testigos.
No quieren tanto la elocuencia sino el testimonio.
No quieren escuchar, quieren ver.


Por eso, el DOMUND que quiere ser “la ocasión para renovar el compromiso de anunciar el Evangelio y dar a las actividades pastorales un más amplio respiro misionero”, implica también una revisión de nuestra propia fe que queremos compartir con los demás.

No podemos ofrecerles una fe que a nosotros ya no nos sirve.
No podemos ofrecerles una fe que nosotros tenemos en desuso.
No podemos ofrecerles una fe que ya no alumbra y no da sentido a nuestras vidas.
Ser misionero y tener conciencia misionera no es darles lo que a nosotros nos sobra.
Ser misionero no significa regalar a los demás aquello que a nosotros nos estorba.
Ser misioneros no significa comprometer a los demás con algo de lo que nosotros decimos habernos liberado.
El verdadero problema misionero de la Iglesia está en la sinceridad entre lo que anunciamos y lo que vivimos.
Las palabras abundan.
Lo que se necesita es el testimonio de vida.
Es preciso que escuchen. Para ello requieren de alguien que les anuncie.
Pero es preciso que “vean”. Para ello es indispensable el testimonio de una Iglesia que respalde la palabra y revele el verdadero rostro de Jesús.
Todos estamos llamados a ser ese rostro vivo de Jesús.
Dios es invisible y se hace visible en Jesús.
“El que me ve a mí, ve al Padre que me ha enviado”.
Jesús hoy, ya resucitado y ascendido al cielo, es invisible.

Pero Jesús se hace visible en cada uno de los creyentes en él.
“El que nos ve a nosotros, ve a Jesús que nos ha enviado”.


Para ser una Iglesia auténticamente misionera, todos tendremos que revisar muchas cosas que oscurecen y nublan el rostro de Jesús. Mientras tanto, los hombres y mujeres de hoy nos siguen gritando, a veces en silencio: “Queremos ver a Jesús”. ¿A caso no nos cuestiona esa frase tan corriente de hoy de “Yo creo en Jesús, pero no en la Iglesia”. Posiblemente sea una excusa. Pero no puede dejar de ser una interrogante.

P. Clemente Sobrado C. P.


jueves, 30 de septiembre de 2010

La fe mueve montañas

"Ventana abierta"


La fe mueve montañas


Clemente Sobrado C. P. WWW.iglesiaquecamina.com

Lo dice el adagio popular. Pero antes lo había dicho El. “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esa montaña echa al mar y se echaría”. Bueno, hoy nadie acude a la fe para terraplenar las montañas. Hoy preferimos esas tremendas escavadoras que lo hacen muy bien.
Sin embargo, lo del Evangelio sigue teniendo valor, a pesar de las grandes excavadoras. Y no es que se nos pida mucho. Se nos pide solo “como un granito de mostaza”. ¡Qué sería si tuviésemos una fe como un melón o un zapallo!
Pondríamos al mundo de patas arriba. Seríamos capaces de cambiarlo todo.

Pero ¿no crees que, aún con esta poquita fe que tan fácilmente se tambalea, hacemos verdaderos milagros?
Con nuestra poca fe: somos capaces de comprometernos con el cambio de un mundo que diera la impresión de que no lo cambia nadie.
Con nuestra poca fe: somos capaces de seguir creyendo en Dios, por más que todos nos digan que la religión es una tontería y una obsesión piadosa.
Con nuestra poca fe: somos capaces de seguir creyendo en la Iglesia. Incluso hoy que tan maltratada la vemos por todas partes y tan sucia y manchada por las miserias de nosotros sus hijos.

Me encanta el capítulo “Conversión” del libro de Joan Chittister cuando escribe:
“Permanezco en la Iglesia porque, aunque las luces se han apagado en partes de la casa, sé que estoy en mi casa.
Caigo en la cuenta ahora, con intensa indignación, de lo sexista que es realmente la Iglesia pese a todas sus declaraciones de fe en Jesús y de amor a la mujer.
Pero caigo también en la cuenta de que es la familia en la que he crecido.
Es la familia que me dio mis primeras imágenes de Dios, mi primera sensación de valor humano, mi primer sentido de la santidad, mi primera invitación a una bondad medida por mucho más que el “éxito”.
Una familia, sólo por ser disfuncional, como lo es ésta, no deja de ser una familia.
En todo caso, debemos esforzarnos todo lo posible por llegar todos al bienestar en ella”. (pág. 101)


Con nuestra poca fe: donde algunos se escandalizan y son capaces de abandonar a la Iglesia, otros la seguimos amando como a nuestra madre.
Con nuestra poca fe: seguimos creyendo que, estos malos momentos en los que todo el mundo se dedica a embarrarla, muchos seguimos creyendo que no es sino una especie de invierno que la desnuda de su belleza externa, pero donde la savia sigue viva en sus raíces en espera de una nueva primavera.
Con nuestra poca fe: somos capaces de entregar nuestras vidas al servicio de los demás.
Con nuestra poca fe: los padres son capaces de envejecer luchando por sacar adelante a sus hijos.
Con nuestra poca fe: muchos hemos sido capaces de dejar nuestras familias para entregarnos a su servicio y al servicio del Evangelio y del Reino.
Pero Jesús no quiere sino que nos pide que no nos demos por satisfechos con “nuestra poca fe” y desea que tengamos más fe, una fe capaz de curarnos, sanarnos, salvarnos.

Una fe que no está en los libros sino en el encuentro amistoso y personal con Él. Porque, al fin y al cabo, creer, tener fe, es mucho más que saber mucho de religión. Es una amistad y una relación personal y un fiarnos totalmente de Él.
Por eso, la súplica de los discípulos tiene que seguir siendo también nuestro grito de cada día: “Señor, aumenta nuestra fe”. O la de aquel otro que le pide a Jesús: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”.

Señor, que hay muchas luces apagadas en esta nuestra casa que es la Iglesia: “aumenta nuestra fe”.
Señor, que todos los medios de comunicación airean los pecados de tu Iglesia y a veces ya no rebelamos tu rostro: “aumenta nuestra fe”.


Señor, que el sufrimiento de los inocentes pone obstáculos para que el mundo siga creyendo en Ti: “aumenta nuestra fe”.
Señor, que tanta pobreza y tantas desigualdades e injusticias parecen ser una acusación contra Ti: “aumenta nuestra fe”.
Señor, danos una fe que haga posible que nuestras vidas revelen y manifiesten mejor tu rostro de Padre en el mundo. No te pedimos que nos hagas milagros. Te pedimos una fe capaz de hacerlos.


Clemente Sobrado C. P. WWW.iglesiaquecamina.com

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jueves, 23 de septiembre de 2010

Indiferencia e insensibilidad


Cuando alguien me dice que ha escuchado hablar mal de mí me alegro. Quiere decir que aún estoy vivo y preocupo. Lo peor suele ser cuando nadie dice nada de ti. Porque quiere decir que ya no existes.
Hay demasiada gente muerta que no está en los cementerios.
Anda por las calles. Pero no interesa a nadie.
Nadie se fija en ella. A nadie preocupa.
Camina por la vida pero no habita en ningún corazón.
Y sólo estamos vivos cuando algún corazón nos abre la puerta y nos manda entrar.
La parábola del rico y de Lázaro, tendido al otro lado del portón, pudiéramos llamarla la “parábola de la indiferencia e insensibilidad”.
En ningún momento se dice que el rico fuese mala gente.
Ni tampoco se dice que sea malo vivir bien.
Ni se le acusa por ser rico.
Lo que se critica en este rico es su “frialdad para con los demás”, su “indiferencia e insensibilidad” para con un pobre mendigo que no pide mucho. Se contentaría, como los perritos, con poder comer las migajas que caen de la mesa y que luego la empleada barre y las tira al tacho de la basura.
La indiferencia para con los demás es la mejor manera de vivir en la burbuja de su soledad, ajeno a todo y a todos.
Los demás no existen para él.
Los demás no tienen importancia.
Se puede vivir sin ellos. Y no pasa nada.
La indiferencia nos hace además “insensibles”. Y la insensibilidad es una de las señales que también uno está muerto por dentro, por muy opíparamente que coma y beba.
Después de un accidente, una de las primeras cosas que suelen hacer los médicos es comprobar que los miembros, los brazos, las piernas, las manos, la cabeza tienen sensibilidad.
En 1963 sufrí un tremendo accidente coche muy cerca de Vitoria. Nuestro auto dio no sé cuantas vueltas de campana. Felizmente yo salí despedido, pero mi compañero que conducía quedó atrapado entre el asiento y el timón. Yo lo movía y no daba señal alguna de vida. Pensé que estaba muerto. Y en mi atolondramiento decidí darle la absolución. Unos chicos nos recogieron y nos llevaron al Hospital que estaba cerca. Yo, preocupado y sin saber que hacer. De pronto, escucho que dice: “me duele esta pierna”. Recuerdo que dije una piadosa lisura y grité: “entonces estás vivo”. Me volvió el alma al cuerpo. Le dolía. Estaba vivo. No estaba muerto. Sólo eran tres fracturas en la pierna izquierda. Esas se curaron en seis meses de reposo.
El verdadero problema del rico, que conocemos con el apellido de “Epulón”, no era ser rico, ni el vestir de púrpura, ni el banquetear espléndidamente. Su problema era que por dentro estaba muerto.
Su corazón no tenía sensibilidad. Su corazón era insensible ante el pobre Lázaro.
Su corazón no tenía sentimientos. Su corazón era incapaz de reaccionar “ni que un muerto resucite”.
La inmensa mayoría de nuestros problemas humanos tenemos que encontrarlos en nuestro corazón. La indiferencia y la insensibilidad no nos impiden ver la realidad, pero sí pone anestesia en nuestro corazón para no sentir nada.
¿Que hay mucha hambre en el mundo? Ya lo sabíamos. Nosotros seguimos igual.
¿Que hay muchos ancianos que viven en la soledad? Ya lo sabemos. Nosotros seguimos igual.
¿Que hay muchos niños mendigando en la calle? Ya lo sabemos. Los vemos todos los días. Pero nosotros seguimos igual.
¿Que hay mucha gente en paro laboral, desesperada por no poder llevar un pan a casa? Ya lo sabemos. Nosotros seguimos igual.
No. Nosotros no somos culpables ni del hambre del mundo, ni de la soledad de los ancianos y enfermos, ni de los niños de la calle, ni del paro.
Nosotros somos culpables por nuestra indiferencia e insensibilidad.
Al rico de la parábola no se le acusa ni se le hace responsable de que Lázaro sea un pobre mendigo. Se le condena por su insensibilidad ante el hambre del mendigo que está al otro lado del portón.
A veces, lo que los demás necesitan no es que les solucionemos sus problemas.
Sólo nos piden que no nos resulten indiferentes ni seamos insensibles para con ellos. Que su realidad “nos duela” un poquito en el corazón. Que les demos vida en nuestro corazón. Porque sólo cuando comenzamos a sufrir y a sentir en nuestro corazón el problema de los otros, recién ahí comenzamos a hacer algo por ellos.
Y porque sólo entonces podemos decir que “también nosotros estamos vivos”.
Clemente Sobrado c.p.www.iglesiaquecamina.com


jueves, 16 de septiembre de 2010

El Santo Rosario y la Billetera juntos


Es fácil meter juntos, en el mismo bolsillo, el Santo Rosario y la Billetera. La verdad que no sé qué se dirán los Padre nuestros y las Ave Marías con los billetes. De seguro que en el bolsillo no se hacen mayores líos y problemas. Y hasta me preguntaría cómo se llevan esas ediciones de bolsillo del Evangelio con la Billetera. Porque ahora, como tenemos esas ediciones que unos llaman de “bolsillo” y yo llamo “portátiles”, es muy fácil que en el mismo bolsillo estén juntitos los Evangelios y los Billetes. Y de cuando en vez sacamos los Evangelios y los leemos y de cuando en vez abrimos la Billetera para contar nuestros billetes. Es posible que no se molesten demasiado.
El problema está cuando el Santo Rosario y Billetera, los Evangelios y los Billetes, los guardamos juntitos en el corazón. Ahí es posible que la armonía no sea tan armoniosa. Y que haya peleas entre los unos y los otros. Porque, ¿cómo podemos leer el Evangelio de hoy y que no pase nada? “Ninguno puede servir a dos amos, porque, o bien aborrece a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”.
Es posible que muchos nos hayamos escandalizado hace unos meses cuando la Televisión nos mostró dos casos: uno, el de un tipo que se compró una de esas ediciones lujosas de la Biblia, la cortó muy bonito por el interior y en el espacio abierto aparecía bien acomodado un paquete de cocaína. El otro era uno de los presos de Piedras Gordas que hizo lo mismito con su gran Biblia, sólo que en vez de cocaína tenía escondido su celular.
Al principio también yo me sentí sorprendido de la agudeza de la gente, pero luego guardé silencio y me puse a pensar. Pero ¿no hacemos todos algo parecido con nuestro corazón? Metemos y llevamos dentro a Dios y al dinero. Y nos sentimos tan felices y contentos. Y les servimos por turno. Cuando necesitamos a Dios le despertamos. Y cuando necesitamos del dinero abrimos el fajo de billetes.
Lo que Jesús pretende es decirnos que “no se puede servir” a los dos. Porque servir es ser esclavo del uno o del otro. Y lo digo por experiencia. No resulta fácil convencernos que tratamos de servir a los dos. Evidente, nadie se atreve a decir que sirve al dinero, al contrario, siempre diremos que servimos a Dios. Pero, en el fondo habrá que preguntarse quién es el verdadero dueño de nuestro corazón. ¿Quién es el que señala y marca la dirección de nuestro corazón? ¿Dios o el dinero?
Confieso que me resulta mucho más fácil abrir el Evangelio y leer piadosamente una de sus páginas, que abrir mi billetera y sacar unos billetes para un hermano que no tiene para comprarse unas medicinas para su hijo enfermo. Hace unas semanas antes de entrar a la radio se me acercó uno de esos necesitados mostrándome la receta. Yo ni quise detenerme para mirarla. Días más tarde me entero de que un periodista de la misma radio, que estoy seguro no va a misa hace tiempo, salvo a la de difuntos o alguna boda, ahí mismo le preguntó cuánto costaban. Metió la mano a la billetera y le dio para que comprase sus medicinas. Creo que la bofetada que recibí todavía me sigue doliendo y me sigo cuestionando: “me resultaría muchísimo más fácil leerle y comentarle una página de mi Evangelio “de bolsillo”, aunque sea este capítulo 16, versículos 15 y 16 del Evangelio de Lucas, que soltarle unos billetitos para aliviar el dolor de un hermano que sufre. Lo que significa que estoy más desprendido del Evangelio que de esos papelitos con timbre y firma del Banco de Reserva o del Banco Central. Las cosas son así.
Jesús no nos quiere divididos ni los unos de los otros, y menos todavía divididos cada uno interiormente. Y cuando somos sinceros con nosotros mismos nos damos cuenta de que en nuestros corazones hay demasiadas fisuras, demasiadas divisiones. “Yo no sirvo al dinero” pero lo guardo en la Caja Fuerte. ¿A alguien se le ocurriría guardar los Evangelios en la Caja de Seguridad? El colmo sería que guardásemos allí billetes y Evangelios, Dios y al dinero, el Santo Rosario y la Billetera.
Jesús nos quiere de una pieza. Jesús nos quiere enteros. Quiere la unidad de nuestro corazón. Digamos, que nos quiere libres y no esclavos de lo que tenemos. Incluso está bien que seamos previsores para lo que pueda suceder más tarde en nuestras vidas. Pero es que hay urgencias que no puede esperar para más tarde, porque el hambre es de hoy, la enfermedad también es de hoy y las necesidades son de hoy.
Clemente Sobrado C. P.www.iglesiaquecamina.com


jueves, 9 de septiembre de 2010

Lo que se pierde, se busca


Bien pudiéramos titular hoy este Evangelio como: “El Evangelio de lo que se pierde y que Dios busca”.
Se puede perder y extraviar una oveja que se aleja y sale del rebaño y luego corre el peligro de quedarse sola en el monte.
Se puede perder una moneda, que aunque sea de poco valor, para una pobre viuda puede ser el pan y la comida del día.
Y se puede también perder el hijo que, a pesar de todo lo bueno que ha recibido en casa prefiere la libertad descontrolada de una vida sin marcos referenciales más que el “pasarlo bien”.
Y a Dios le encanta eso de dedicarse a “buscar”.
Le encanta contar las ovejas y de inmediato ponerse en camino monte arriba hasta que da con ella.
Le encanta tanto que, a pesar de su cansancio, se la echa a hombros para regresarla a casa.
Le encanta buscar esa monedita que es la comida del día de los pobres y lo celebra porque ese día los pobres podrán comer.
Hay tristeza en el alma cuando algo se pierde.
Y abunda la alegría del corazón cuando algo se encuentra.
Es la historia de Dios con su Pueblo.
Es la historia de Dios con cada uno de los hombres. “Yo he venido a buscar lo que estaba perdido”.
Me encanta ese Programa de Radioprogramas de los Domingos que lleva un título muy sugerente: “Busca personas”. Todo un equipo de la Radio que se dedica a ubicar a familiares, amigos, que llevan años perdidos y nadie sabe donde están. Personalmente tuve la experiencia del encuentro de una hija con su padre después de cuarenta y tres años. No se conocían. Lágrimas, palabras entrecortadas por la emoción, abrazos que nunca terminan.
Es un programa que me recuerda mucho nuestra historia personal. Porque también nosotros nos alejamos.
Nos perdemos.
Nos extraviamos.
Y hasta es posible que no sepamos cómo lograr el reencuentro.
Sobre todo es nuestra historia con Dios.
Todos llevamos dentro, mucho de “oveja perdida”, de “moneda extraviada”, o de “hijo que se fue de casa”.
Pero además, me recuerda la actitud de Dios que, día a día se dedica a buscarnos a todos los que nos hemos perdido.
A todos los que nos hemos extraviado en el camino y vivimos a la intemperie de la vida sin calor de comunidad y sin calor de hogar, sin calor de Iglesia.
Los geólogos buscan minerales en las entrañas de las montañas.
Los zahoríes buscan manantiales de agua que corren por las entrañas de la tierra.
Pero ¿cuántos nos dedicamos a buscar a nuestros hermanos que hace tiempo no hemos visto en la Iglesia, en la comunidad?
Sabemos que, por esas razones misteriosas del corazón humano, se han ido, se han alejado o simplemente se han extraviado. Y es posible que nosotros sigamos haciendo la digestión igualito que siempre.
A lo más nos contentamos con pensar que algún día volverán a casa. Que algún día se arrepentirán y emprenderán el camino del regreso.
Pero mientras tanto:
¿nos duele su ausencia?
¿nos duele ver que su silla está vacía en la comunidad?
¿nos duele no saber nada de ellos?
Hace unos años, un buen hombre sufría la obsesión del suicidio. Lo había intentado varias veces. Y otras tantas, alguien logró salvarlo porque puso en marcha toda una serie de mecanismos. Cada vez que llamaba a su casa y no respondía ya entraba en sospecha que se había ausentado para poner fin a su vida. La última vez pudo encontrarlo a cerca de mil kilómetros de distancia. Alguien estaba siempre atenta por saber por donde andaba. Finalmente, tenemos que reconocerlo, lo perdimos de vista. ¿Qué ha sido de él? ¿Se habrá suicidado? Lo que más me duele es que casi ya nos íbamos haciendo a la idea de que lograría lo que buscaba y casi sentimos un alivio.
Estoy seguro que aún entonces Dios lo habrá andado buscando. Lo que nosotros no logramos, ¿lo habrá logrado Dios? No lo sabemos. Han pasado ya los años.
Dios es de los que no se cansa de “buscar”. Dios es de los que no puede conciliar el sueño en tanto un hijo suyo esté fuera de casa y del calor de la familia. Cada uno somos testigos de esas búsquedas de Dios. Porque ¿cuántas veces nos hemos extraviado y nos ha vuelto a encontrar?
Clemente Sobrado C.P.www.iglesiaquecamina.com
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jueves, 2 de septiembre de 2010

Hombres inacabados


Cuando llegué a Lima hace ya más de cuarenta años, había un edificio en lo que se llama “obra negra”. Cada vez que paso delante de él siento pena. Todavía sigue incompleto. Han habilitado la mitad de los pisos, pero el resto sigue como cuando lo vi  por primera vez. Y estoy seguro de que si nos damos una vuelta por la ciudad, nos vamos a topar con cantidad de edificios que se han quedado a medias.
Esto me lleva al Evangelio de hoy, que no habla de edificios, pero sí de torres inacabadas, torres que se han quedado a medio camino, que no han podido llegar hasta arriba, el final.
Una inversión que no ha servido para nada. Alguien que calculó mal sus posibilidades o que simplemente se cansó y decidió dejar las cosas sin ponerles ese ramo de remate y bendición.
Pero mi preocupación va un poco más lejos.
Miro luego a la gente y mi pregunta es siempre la misma. Una pregunta dolorosa.
¿Y estos hombres y mujeres, serán hombres y mujeres que se han realizado de verdad o serán también hombres y mujeres que se han quedado a medio andar?
Hombres a medias.
Mujeres a medias.
Hombres y mujeres que nunca han llegado a ser hombres y mujeres de verdad. Nunca han llegado a su verdadera talla.
Niños que nunca llegarán a ser hombres y mujeres maduros y se quedarán enamos y raquíticos toda su vida.
Jóvenes que nunca lograrán salir de su adolescencia y por tanto nunca llegarán a madurar como personas adultas:
Jóvenes dependientes de las faldas de la madre.
Jóvenes que nunca han logrado su verdadera libertad.
Jóvenes que toda su vida sufrirán el “mal de la mamitis”.
Casados que nunca han experimentado su verdadera libertad y siguen pegados al tronco de su familia original:
Tienen su casa propia pero su corazón sigue viviendo en la casa paterna.
Tienen su esposa y hasta sus hijos, pero antes de llegar a casa tienen que pasar por la casa de “mami”.
Esposos y esposas que no saben pasar el fin de semana solos, sino que necesitan salir a comer siempre con la mami, el papi, los hermanos.
Esposos y esposas que antes de entregar su salario de fin de mes, tienen que repartirlo entre la mami, el papi y los hermanitos.
Las consecuencias las vemos todos los días en los matrimonios y en las parejas.
Nunca dejan que nazca lo nuevo porque siguen pegaditos a lo que han dejado.
Hombres y mujeres que nunca llegan a ser ellos mismos y siguen siendo los eternos hijos “de mami y de papi”.
Jesús es bien claro. Para seguirle a El hay que lograr la verdadera libertad de espíritu, la verdadera libertad sicológica, su madurez. “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”.
No se puede hablar de verdadero seguimiento mientras sigamos atados a nuestro pasado.
No se puede hablar de verdadera fe y seguimiento mientras sigamos atados a lo que un día decidimos dejar, pero que lo llevamos arrastrando con nosotros, como esos presos que caminan arrastrando las cadenas en sus pies.
Y aquí nos toca nuestra parte a todos:
Sacerdotes y religiosos que decidimos “dejarlo todo”, pero en realidad lo llevamos todo en la maleta de nuestro corazón.
Decidimos dejar nuestra casa, pero no podemos vivir sin ella.
Decidimos dejar a nuestra familia, pero no podemos vivir sin el calor humano de la familia.
Decidimos renunciar al matrimonio, pero llevamos el corazón cargado de afectos y de sentimientos que nos impiden vivir con libertad nuestro celibato.
Decidimos renunciar a tener riqueza, pero luego no podemos vivir sin las comodidades que nos ofrecen las cosas.
En el fondo, tenemos que reconocerlo, la inmensa mayoría de nosotros no logramos crecer y desarrollarnos hasta adquirir nuestra plenitud.
Seguimos siendo hombres a medias.
Seguimos siendo esposos a medias.
Seguimos siendo sacerdotes y religiosos a medias.
Seguimos siendo célibes a medias.
Seguimos siendo pobres a medias.
Todo a medias. Nos dan miedo los enteros.
Nos da miedo “ser lo que tenemos que ser”.
Nos da miedo “ser lo que Dios quiere que seamos”.
Nunca llegamos al final del camino de nuestras vidas y nos quedamos siempre en el primer descanso que encontramos.

Clemente Sobrado C. P.

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