"Ventana abierta"

El recuerdo de la madre siempre es tranquilizador, pero cuando esta Madre es María, la paz inunda nuestra alma, la sonrisa aflora a nuestros labios, la alegría penetra a nuestra vida. Piensa, pues, con frecuencia en María, tenla presente en todos los momentos de tu vida, invócala sobre todo en los tramos más difíciles y comprometidos.
SI VAS CON ELLA, NO PERDERÁS EL RUMBO

ÁNGELUS
LOS CINCO MINUTOS DE MARÍA
El Corazón de María guardaba la Palabra de Dios
y todos los acontecimientos de salvación realizados por su hijo Jesucristo.
Su existencia fue una plena comunicación con su
Hijo desde el sí de la anunciación hasta la aceptación del martirio de Jesús en
la cruz.
Quienes se acercan a ella escucharán como un
eco del Evangelio esta recomendación: Dichoso si guardas en el corazón la
Palabra de Dios y la cumples.
SANTA MARÍA, CONCÉDENOS GUARDAR LA PALABRA EN
EL CORAZÓN PARA CONVERTIRNOS EN EVANGELIO DE DIOS.
Padre Nuestro. . .
Ave María. . .
Gloria. . .
JULIO, MES DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE CRISTO
DÍA 4
La Sangre preciosísima de Jesucristo libra al
alma de la esclavitud del pecado.
I. Uno de los más deplorables efectos que el
pecado produce en nuestra alma es el hacerla esclava de las pasiones y del
demonio, esclavitud que es la más dura y triste de todas. La hace esclava de
las pasiones, porque cada cual es esclavo de todo adversario que ha vencido
sobre él: a quo enim quis superatus est, hujus servus factus est, y en otra
parte leemos: Qui facit peccatum servus est peccati: “aquel que comete el
pecado se hace esclavo del pecado.” Nos hace esclavos del demonio, porque
consentir en sus malas sugestiones es someterse a su tiránico yugo bajo del
cual la pobre alma está sujeta a una vergonzosa dependencia, y de los pecadores
puede decirse que están sumisos a la voluntad del demonio: a quo captivi
tenentur ad ipsius voluntatem. Pues bien, la Sangre de Jesucristo nos libra del
oprobio de semejante esclavitud; nos libra del yugo de las pasiones, domándolas
y reprimiéndolas por los méritos del Hijo de Dios que ha derramado esta Sangre
Preciosísima; nos libra del demonio, porque le derriba y le aterra y hablando
de esta Sangre divina puede decirse con verdad: et nunc princeps hujus mundi
ejicietur foras. ¡Mira pues, oh alma mía, qué fuente de riquezas y de bienes
brota de esa Sangre Preciosísima!
II. Y, oh Dios mío, cuán admirablemente indicadas
están todas estas verdades en aquellas palabras de la Sabiduría bendiciendo el
leño donde se efectuó la justicia: Benedictum lignum, per quod fit justitia.
Por esta justicia conviene entender la paga rigurosa que Jesucristo ha
satisfecho sobre el madero de la Cruz para rescatar las almas de la servidumbre
del demonio, borrar la sentencia de nuestra condenación eterna, y a costa de su
Sangre procurarnos la libertad de hijos de Dios. Ved ahí cómo San Ambrosio
explica el texto que hemos citado: “A la justicia es a la que la Santa
Escritura atribuye el perdón de los pecados; porque Nuestro Señor Jesucristo,
puesto sobre esta Cruz, ha crucificado la sentencia de nuestros pecados, y con
su Sangre ha purificado al mundo entero.” Pero ¿nos aprovechamos de esta franquía
que la Sangre de Jesucristo nos ha merecido? ¿Vivimos como verdaderos hijos de
Dios? ¡Ay! ¡Cuántas veces y voluntariamente volvemos a tomar estas duras
cadenas de cuyo yugo nos libró Jesucristo! Aquel que deja dominar su corazón de
las malas pasiones, el que consiente en las tentaciones del demonio, se hace él
mismo esclavo del demonio. ¿No sabemos, pues, de qué manera este grande enemigo
trata a las almas? ¿No sabemos los remordimientos, las amarguras, las
aflicciones de espíritu de que son abrevadas las almas que militan bajo sus
banderas? Y si alguna vez con una pérfida dulzura viene a presentar a nuestros
labios la copa envenenada del placer, ¿no sabemos que nuestros labios han de
sacar de ella la muerte? ¡Oh! estas cadenas son demasiado duras: rompámoslas,
en fin, y gocemos de la libertad que Jesús nos ha adquirido con el precio de su
Sangre.
COLOQUIO
¡Ay! ¡Jesús mío! si considero lo enorme de mis
faltas y el triste estado a que me han reducido, ¡oh! ¡Y cuánto tengo que
temer! Mis innumerables iniquidades me parecen otras tantas cadenas; pero si
vuelvo mis miradas hacia el precio de la redención con que Vos habéis pagado
por mí sobre la Cruz, ¡qué dulce confianza concibe entonces mi corazón y cuán
fuerte es la esperanza que se apoya sobre tal fundamento! Merito mihi spes
valida in illo est. Exclamaré con San Agustín. Sí, en esto pondré toda mi
esperanza. El peso incalculable y la inmensidad de mis pecados precipitarían mi
alma en el abismo de la desesperación, si Vos no me excitaseis a la confianza y
al perdón, oh divino Salvador mío; si no os viese sentado a la diestra de
vuestro Padre celestial ofreciendo todos los días vuestra propia Sangre por mí,
miserable pecador. Esa Sangre que me ha redimido y me ha librado tantas veces
del infierno, yo tengo confianza en Ella, y ningún temor me inspiran mis
enemigos: Ille tuus unicus redemit me sanguine suo, diré también con confianza:
non calumnientur me superbi, quonian cogito pretium meum. No, la multitud de
mis pecados no me espanta cuando pienso en el precio de mi salvación, que es
vuestra Sangre, oh amable Salvador mío: quonian cogito pretium meum.
EJEMPLO
Santa Catalina de Sena, por sus dulces
palabras, obtuvo de un noble joven de Perusa, llamado Nicolás, que sufriese con
resignación una sentencia de muerte que le parecía injusta. Decíale la Santa:
“Irás a la muerte rociado con la Sangre preciosísima del Hijo de Dios, y
morirás con el dulce Nombre de Jesús en tus labios” y de esta suerte le libró
del grande dolor y del horror que tenía de ser decapitado, y del temor de no
poder perseverar hasta el último momento en su resignación. Hizo aún más la
Santa: quiso ella misma asistirle en su último momento. Verificólo en efecto,
exhortándole a acordarse de la Sangre del Cordero divino, y el joven no cesaba
de repetir: “Jesús mío, yo os amo; Jesús, Jesús.” Así murió, y cuando la cabeza
fue separada del cuerpo, Catalina fijando los ojos en el cielo, vio a
Jesucristo que conducía a esta alma dichosa al reino eterno. (Vida de esta
Santa por Frigerio)
JACULATORIA
Eterno Padre, os ofrezco la Sangre de
Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de la Iglesia.
INDULGENCIA
El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien
días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta
del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de
Roma.
dulce Nombre de Jesús en tus labios” y de esta
suerte le libró del grande dolor y del horror que tenía de ser decapitado, y
del temor de no poder perseverar hasta el último momento en su resignación.
Hizo aún más la Santa: quiso ella misma asistirle en su último momento.
Verificólo en efecto, exhortándole a acordarse de la Sangre del Cordero divino,
y el joven no cesaba de repetir: “Jesús mío, yo os amo; Jesús, Jesús.” Así
murió, y cuando la cabeza fue separada del cuerpo, Catalina fijando los ojos en
el cielo, vio a Jesucristo que conducía a esta alma dichosa al reino eterno.
(Vida de esta Santa por Frigerio).
Textos tomados del Libro "Los cinco minutos de María" del Padre Alfonso Milagro.
