"Ventana abierta"

RINCÓN PARA ORAR
SOR MATILDE

DOMINGO,
PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR DOMINGO, PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
1 Pasado el sábado, al
alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a
ver el sepulcro.
2 De pronto se produjo
un gran terremoto, pues el Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo
rodar la piedra y se sentó encima de ella.
3 Su aspecto era como
el relámpago y su vestido blanco como la nieve.
4 Los guardias,
atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos.
5 El Ángel se dirigió
a las mujeres y les dijo: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el
Crucificado;
6 no está aquí, ha resucitado,
como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba.
7 Y ahora id enseguida
a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e irá
delante de vosotros a Galilea; allí le veréis." Ya os lo he dicho.»
8 Ellas partieron a
toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a
sus discípulos.
9 En esto, Jesús les
salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!» Y ellas, acercándose, se
asieron de sus pies y le adoraron.
10 Entonces les dice
Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me
verán.» (Mt. 28, 1-10)
“Al alborear el domingo, ya pasado
el Sabbat, el día sagrado para los judíos, María Magdalena y la
otra María, fueron a ver el sepulcro de Jesús”. Ellas iban a encontrarse
con Jesús muerto y “quedaron atemorizadas ante un fuerte temblor de tierra
y vieron un ángel que removía la piedra del sepulcro y se sentó sobre
ella”. Era el Ángel del Señor, con un blanco
deslumbrante: “¡Jesús, ha resucitado, como había
dicho!”, y las llevó al sitio donde había estado su Cuerpo.
Ante este anuncio y esta realidad, el
temor se cambió en una alegría que les hizo salir corriendo para anunciar a los
discípulos lo que habían visto y se les había anunciado. Pero si ellas tenían
prisa por llegar hasta Pedro y los demás, más manifestó
Jesús Resucitado, en su deseo incontenible de aparecérseles en la
carrera e invitarlas: “¡¡Alegraos!!”. Ellas se acercaron a Jesús y le
abrazaron los pies, y se postraron en tierra adorándolo. Y Jesús, de
nuevo, les invita a no temer y a alegrarse.
Después de los dolores y penas de
la Pasión de Jesús que ellas habían contemplado con tanta tristeza,
ahora esta se cambia en alegría. Si el Señor no hubiera sostenido el
corazón de estas mujeres con su gracia, habrían muerto presas de emociones
tan fuertes. ¡Pero no!, Jesús es el Señor de la Vida
que ha puesto bajo sus pies a todo lo que es muerte y destrucción. Él nos
espera en la Vida y no quiere que vivamos en la tristeza y el
agobio, porque “así como Cristo ha resucitado con su Cuerpo de
carne, nosotros también resucitaremos, porque hemos creído en la
fuerza de Dios que los resucitó de entre los muertos”.
¡Ya no hay cabida más que para la
alegría con Cristo! Él ha ahuyentado todas las tinieblas
del pecado y nos ha revestido de su gracia, tan resplandeciente como el
aspecto del Ángel de la Resurrección: “Nosotros reflejamos a cara
descubierta la Gloria del Señor como en un espejo y somos transformados
de Gloria en Gloria, en la misma semejanza, como por
el Espíritu del Señor. (II Cor. 3,18).
¡Somos los ecos de Cristo en
quien Dios-Padre se complace porque hemos amado a Jesús y
creído en ÉI! Tanto cuando nos apretaba el dolor y las penas de
esta vida con sus tentaciones y luchas, como ahora que nos envuelve la certeza
de la Resurrección de Cristo, así como de la
nuestra. ¡Nuestra carne no morirá porque Cristo con
su Cuerpo está sentado a la derecha de Dios-Padre en
los cielos! Que es como decir: Cristo está eternamente en su gloria y
gozando del Amor del Padre que es el Espíritu
Santo. ¡Esta es nuestra fe en la que nos gloriamos y no podemos menos
de adorar y alabar a nuestro Señor Jesucristo que nos ha asociado a
todo su Misterio Pascual!
¡Señor, en tu piedad, no dejes nunca que
nuestra frivolidad e infidelidad nuble nuestros ojos y nuestro corazón a
tanta Luz y Gloria! ¡Qué así sea! ¡Amén! ¡Amén!
