"Ventana abierta"
RINCÓN PARA ORAR
SOR MATILDE
JESÚS, NOS BAUTIZA CON ESPÍRITU Y FUEGO
15 Como el
pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de
Juan, si no sería él el Cristo;
16 respondió Juan a todos, diciendo:
«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno
de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y
fuego.
21 Sucedió que cuando todo el pueblo
estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el
cielo,
22 y bajó sobre él el Espíritu Santo
en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo;
yo hoy te he engendrado.»
Jesús, siempre es conducido por el Espíritu,
¡es su Espíritu Santo! Sale de Nazaret y el Espíritu le empuja al desierto
donde permanece cuarenta días. Después, le lleva al Jordán donde Juan el
Bautista está bautizando y, se deja bautizar por él. Y mientras, oraba, el
Espíritu descendió sobre Él en forma de paloma y le manifiesta el Padre, como
Dios que es, en toda su divinidad: “Tú eres mi Hijo, el Amado, en Ti me
complazco”. E, investido con la fuerza del Espíritu, comienza a predicar en las
sinagogas judías y, en todos los poblados.
¡Qué buena enseñanza de Jesús, para nuestras vidas! Y diremos: “¡Es que Jesús,
es el Hijo de Dios!”. Y, nosotros, ¿es que no somos hijos en el Hijo? En esta
docilidad al Espíritu Santo, en la vida de Jesús, también nosotros podemos
imitarle: “dejaos conducir por el Espíritu Santo de Dios y no os dejéis
arrastrar por los deseos de la carne (Gal. 5,16). El Espíritu Santo, siempre
está a nuestro lado insinuándonos las obras de amor que nos santifican y hacen
agradables al Padre. Y las obras de amor, ya sabemos cuáles son, así como las
que nos insinúa el espíritu del Maligno. Las primeras, llevan el sello divino
de la paz y las segundas la impronta de la turbación, la división y la
soberbia.
Jesús, ante Juan el Bautista, ¡el mayor, arrodillado ante el menor! ¡No lo
entendemos! Pero Jesús, nos da la razón: “déjame hacer ahora pues conviene que
cumplamos toda justicia”. El Padre, así lo ha determinado porque Jesús, es el
Siervo de Yahvé, el que se inclina sobre nosotros hasta el punto de lavarnos
los pies. Y sobre todo, nos lava el alma de todo pecado para que podamos entrar
en la atmósfera de la Trinidad, puros y limpios y, el Espíritu, pueda entonces
hacer su obra de amor sobre nosotros. El bautismo de Jesús, es para nosotros
una lección de humildad, la que inaugura, declarándose el Hijo Amado en quien
el Padre se deleita, ensalzado por el Padre porque, “el que se humilla, será
ensalzado y el que se ensalza, será humillado”.
En el día de nuestro bautismo, éste fue el primer don que nos concedió el
Espíritu Santo: “ser sepultados con Cristo en la muerte para, por su gracia,
resucitar a una vida nueva”. Este camino de muerte a Vida, lo vivió Jesús
realmente en su carne y nos mereció el poder nosotros vivirlo juntamente con
Él, al ser sumergidos en el agua y con la invocación de las Tres Divinas
Personas. Son éstos, Misterios sacramentales que superan la percepción de
nuestro sentidos pero que, la Palabra de Dios, así nos los ha regalado, por su
gracia. Y, “si somos hijos, somos también herederos, herederos de Dios y
coherederos con Cristo, supuesto que, padezcamos con Él, para ser con Él
glorificados (Rom. 8,17).
¡Seamos hijos agradecidos y rendidos a su amor! No otra cosa quiere Dios de
nosotros porque desea que reinemos con Cristo, para siempre, en el cielo!
¡Señor, ya que nos has dado lo más con nuestra bautismo, sostennos con tu
Espíritu Santo en el día a día, para no apartarnos nunca de tu amor! ¡Que así
sea! ¡Amén! ¡Amén!




No hay comentarios:
Publicar un comentario