"Ventana abierta"

P. Leonardo Molina García. S.J.
FIESTA DE LA
SAGRADA FAMILIA
José Luis Sicre
Domingo dentro de la Octava de Navidad
Suele decirse que la
familia está en crisis. Los matrimonios por la Iglesia, y también los civiles,
disminuyen de forma notable; los divorcios y las separaciones crecen. En la
fiesta de la Sagrada Familia esperamos que las lecturas nos animen a vivir
nuestra vida familiar. Y así ocurre con las dos primeras, mientras que el
evangelio nos depara una sorpresa.
Hijos adultos y padres ancianos (Eclesiástico 3,3-7.14-17a)
Curiosamente, la
primera lectura no se dirige a los padres, sino a los hijos. Pero no se trata
de hijos pequeños, sino de personas adultas, casadas, que conviven con sus
padres ancianos (cosa frecuente en el siglo II a.C.). El texto de Jesús ben
Sira (autor del libro del Eclesiástico) da por supuesto que esos hijos tienen
suficientes recursos económicos y, al mismo tiempo, vivencia religiosa. Son
personas que rezan y piden perdón a Dios por sus pecados. Pero, según ben Sira,
el éxito a todos los niveles, humano y religioso, dependerá de cómo trate a sus
padres ancianos. En una época en la que no existía la Seguridad Social, «honrar
padre y madre» implicaba también la ayuda económica a los progenitores. Pero no
se trata solo de eso. La actitud de respeto y cariño hacia el padre y la madre
es lo único que garantiza que la oración sea escuchada y que los pecados «se
deshagan como la escarcha bajo el calor».
Maridos, mujeres, hijos y padres (Colosenses 3,12-21)
El texto de la carta
a los Colosenses comienza con una serie de consejos válidos para toda la
comunidad cristiana, entre los que destacan el amor mutuo y el agradecimiento a
Dios. Pero ha sido elegido para esta fiesta por los breves consejos finales a
las mujeres, los maridos, los hijos y los padres.
El que resulta más
problemático en la cultura actual es el que se dirige a las mujeres: «vivid
bajo la autoridad de vuestros maridos». Pero en la situación del imperio romano
durante el siglo I, cuando sobre todo las mujeres de clase alta presumían de
independencia y organizaban su vida al margen del marido, no es raro que el
autor de la carta pida a la esposa cristiana un comportamiento distinto. El
consejo a los maridos, amar a sus mujeres y no ser ásperos con ellas sigue
siendo válido en una época donde abunda la violencia de género. Los consejos
finales a padres e hijos sugieren el ideal de las relaciones entre ambos: un
hijo que obedece con gusto, un padre que no se impone a gritos e insultos.
¿Un evangelio impropio? (Lucas 2, 41-52)
Después de los
consejos anteriores, que animan a obedecer y respetar a los padres, lo que
menos podíamos esperar es un evangelio en el que Jesús parece ofrecer un pésimo
ejemplo de falta de respeto. ¿Qué quiere decirnos Lucas con este extraño
episodio que solo cuenta él?
Lo que quiere decir a María y de María
En el relato
inmediatamente anterior se ha contado que Simeón, al tener a Jesús niño en sus
brazos, además de hablar de su futuro anunció a María que una espada le
atravesaría el alma. Jesús no iba a ser para ella puro motivo de alegría, sino
también de angustia y preocupación. Saltando por alto doce años, la visita al
templo le sirve a Lucas para ejemplificar esa espada que atravesaría a María
durante toda su vida: sufrimiento y desconcierto (porque, aunque Jesús se
explique, “ellos no comprendieron lo que quería decir”). Cuando hablamos de los
sufrimientos de María, de sus “dolores”, pensamos casi siempre en la pasión y
muerte de Jesús. Sin embargo, Jesús hizo sufrir a María toda su vida, no solo
al final. La hizo sufrir con su actividad y sus palabras, que suscitaban la
oposición y el rechazo de mucha gente y que terminarían provocando su muerte.
Lo que quiere decir de Jesús
¿Qué pensaba Jesús de
sí mismo? ¿Era simplemente un buen israelita que, un día, acudió a que Juan lo
bautizara y después tuvo la experiencia de que Dios le hablaba y le encomendaba
una misión, como parece sugerir el comienzo del evangelio de Marcos? Lucas
quiere corregir esta imagen. La estrechísima relación de Jesús con Dios no
empieza en el bautismo, se da desde siempre.
Este episodio se
comprende mucho mejor si se recuerda la historia del profeta Samuel. Consagrado
por su madre al templo, ha pasado toda su vida junto al sacerdote Elí. Hasta
que, a los doce años (según Flavio Josefo), una noche Dios lo llama: “Samuel,
Samuel”. Naturalmente, no puede imaginar que Dios lo llame y va corriendo junto
al sacerdote Elí. Este le dice que no lo ha llamado, que vuelva a acostarse.
Pero la escena se repite al pie de la letra, y el narrador se siente obligado a
comentar: “Samuel no conocía todavía a Yahvé”. Lleva doce años en el templo,
viviendo con el sumo sacerdote, asistiendo al culto, pero “no conocía todavía a
Yahvé”. Jesús, en cambio, a los doce años, sabe perfectamente cuál es su
relación con él: “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”
Dios es su Padre, y ese conocimiento se lo ha comunicado ya a José y María con
anterioridad. Estas palabras contrastan no solo con la ignorancia de Samuel
sino también con lo que le ha dicho María: “Mira que tu padre y yo te
buscábamos angustiados.” Para Jesús, su único Padre es Dios. Y su misión
la ha recibido mucho antes del bautismo.
Lucas, tan buen
conocedor de la Escrituras, cuando dice que Jesús asombraba a todos los
maestros con su sabiduría, es posible que esté aludiendo al Salmo 119: “Soy más
docto que todos mis maestros porque medito tus preceptos. Soy más sagaz que los
ancianos porque observo tus decretos” (vv.99-100). Aunque Jesús no pondrá nunca
el acento en la letra de los preceptos y decretos, sino en la entrega plena a
la voluntad de su Padre.
María y nosotros
Lucas tiene especial
interés en presentar a María como modelo del cristiano. Con pocas palabras (“He
aquí la esclava del Señor”), con el silencio (como en el caso de los pastores y
de Simeón) y, sobre todo, con su actitud de reflexionar y meditar todo lo que
se relaciona con Jesús. María no es tan lista como los teólogos, y mucho menos
que los obispos y papas. Ella no entiende muchas cosas. Jesús la desconcierta.
Pero conoce el gran remedio para el desconcierto: la oración. Cuando estamos a
punto de recomenzar el contacto con la actividad de Jesús, es muy bueno
acordarnos de ella e intentar imitarla.
Va a la primera:
1. Se
dice en México, “pueblo chico, infierno grande”
2. Acertado
diagnóstico, mil veces comprobado
3. La
convivencia es difícil, tiene sus problemas
4. Pero
también es una rica oportunidad.
5. Porque
cuenta con una corriente interior muy
fuerte que sanea muchas enfermedades: el amor.
6. Esa es
su bondad, la que ha hecho posible la supervivencia con
tantas realizaciones hasta heroicas: la fuerza del amor es constructiva y no corrosiva.
7. Hay
que cuidar la familia; la propia y la humana
8. Fijarse
cómo presenta Jesús (y la revelación) nombres
muy asequibles a cualquier experiencia humana: padre, madre, hijos,
hermanos, tribu, raza… amor, perdón, misericordia, compasión, solidaridad…
9. Por
eso es tan importante preservar y fomentar el concepto de familia
10. Sin perder
nunca la tonalidad coherente: el amor. Dios es
amor.
11. Y el amor nos hace conscientes,
competentes, compasivos y comprometidos.
12. Así, así.
