"Ventana abierta"
ESTÁD EN VELA, CON LAS LÁMPARAS ENCENDIDAS
35 « Estén ceñidos
vuestros lomos y las lámparas encendidas,
36 y sed como hombres que
esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame,
al instante le abran.
37 Dichosos los
siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se
ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá.
38 Que venga en la
segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!
(Lc. 12, 35-38)
“Estar en vela”, estar despiertos y
no amodorrados en una vida de molicie e insensatez.
Despiertos a la voz del Señor que clama en nuestro corazón, día
y noche. Despiertos a su voluntad para responder con presteza: “aquí
estoy, mándame”. Su voz ha de ser nuestro faro en la noche de esta
vida: “escuchad hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro
corazón”. Porque, lo contrario a la docilidad es la dureza de
nuestro corazón, los oídos sordos y despiertos a los zumbidos de tantas
voces del mundo que nos reclaman que las sigamos.
Con la gracia de Dios será posible
estar alertas y prestos a las cosas de Dios y no tanto a las de la tierra.
Y la lámpara que luce en nuestra alma es la fe. La fe que, el
Espíritu Santo, ha encendido en el día de nuestro bautismo. Ella nos
abre campos insospechados de entendimiento y sabiduría de las cosas
de Dios. Y la luz de la fe hay que cuidarla, echarle el aceite
necesario para que nunca se apague. Y el aceite que alimenta la llama es la
perseverancia, la constancia en avivarla. Y sabemos, que
debajo de la fe, está el bien obrar que dice Santiago: “muéstrame tu
fe sin obras y yo, por las obras, te probaré mi fe”
El siervo cuidadoso, que escucha el menor
aviso de su amo que está para llegar, es alabado
por Dios y de tal manera es acogido por Él, que “se
ceñirá y le irá sirviendo”. Sólo los criados se ceñían la túnica
larga con un cinturón, para poder servir cómodamente a los
amos (Siglo I en la cultura judía). Aquí se invierten los
papeles: Jesús, el Señor, se hace como un criado o un
esclavo y, ante sus fieles servidores, se dedica a servirles.
Y, ¿qué vianda les da?: ¡su propio Cuerpo, ya en esta vida!
Y es que, la grandeza interior se mide por el servicio: “yo
estoy entre vosotros como el que sirve”
y “el Hijo del Hombre no ha venido para que le
sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos”.
¡Señor, que seamos siervos y no
señores! ¡Qué te sirvamos en los pobres con
diligencia, porque “lo que hicisteis a uno de estos mis pequeños
hermanos, a mí me lo habéis hecho”! ¡Hagámoslo con diligencia y con
amor, porque el que sirve con presteza lo hace con amor, y el amor es
la señal de un bienaventurado, de un siervo de Cristo!
¡Qué tu Espíritu Santo no nos deje dormir y andar soñolientos por la vida! ¡Qué las cosas de Dios sean las que atraigan nuestro corazón hacia Dios! ¡Tú, Señor, lo puedes hacer en mí, porque conoces mi barro y sabes que sin Ti nada bueno sale de mí! ¡Qué así sea! ¡Amén! ¡Amén!





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