"Ventana abierta"
RINCÓN PARA ORAR
JESÚS SE COMPADECE, QUIERO
40 Se le acerca un
leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes
limpiarme.»
41 Compadecido de él,
extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio.»
42 Y al instante, le
desapareció la lepra y quedó limpio.
43 Le despidió al
instante prohibiéndole severamente:
44 « Mira, no digas nada a
nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda
que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio. »
45 Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes. (Mc. 1, 40-45)
Jesús era buscado por todo Israel por los
enfermos aquejados de cualquier dolencia. Hoy es un leproso el que se acerca a
Jesús y le suplica arrodillado: “si quieres, puedes limpiarme”. Su
actitud de sumisión y confianza total en Jesús le ha conmovido el Corazón
que no tarda en ofrecerle toda su misericordia. Y no sólo en la
escucha atenta a su necesidad, sino en la palabra de consuelo
que al leproso le supo ya como la salud de su
cuerpo. “Extendió la mano y lo tocó”. ¡Ese tacto de Jesús es
corriente de vida para este pobre hombre!
Y este gesto sigue realizándose en todos los
médicos que, para curar, muchas veces extienden las manos y tocan el
tumor o el miembro dañado. De siempre, el hombre ha sabido que “el
médico de receta”, es decir, aquel que no roza el miembro enfermo, sino
que despacha a su paciente con un papel en la mano, no despierta fe en aquel
que necesita la mano bienhechora del médico y su atención activa por el tacto.
El mandato de Jesús de no decir nada, el
leproso no es obedecido y se hace lenguas de Jesús, relatando su curación
por todas partes. ¡No era para menos! Así, Jesús no podía moverse
libremente en Judea, porque todos lo buscaban urgentemente.
Este Evangelio es también curativo
para nosotros, porque nos empuja a imitar a Jesús en los gestos y en el
amor en nuestras palabras ante el hermano necesitado. Reconocemos
que, muchas veces, de una o de otra manera, hemos pasado de
largo ante la súplica de un hombre. Es posible que no
se arrodillara ante nosotros, pero sí que se inclinó con
sus gestos y una voz lastimera que quizás conmovía hasta las piedras.
¡Necesitamos, Jesús, toda tu
misericordia que cubra nuestras manos de amor y piedad! ¡Qué no
hagamos ascos de las pobrezas de los que acuden a
mí, Señor! ¡Cúrame primero a mi Jesús, pues quiero tener un corazón
de carne y hacer como Tú!
¿Es que Tú te echaste para atrás ante nuestra naturaleza caída y objetaste al Padre ante tu Encarnación? ¡Ni mucho menos! ¡Sólo hubo amor en el Seno Trinitario y Dios cubrió, sin ascos, nuestra carne de pecado! ¡En el amor a mí, llegaste hasta dar tu vida, y sólo te movió el Amor! ¡Qué mi oración, Jesús, vaya siempre en esta dirección de unas rodillas arrepentidas y una voz queda suplicante para pedirte: “¡Amor! ¡Amor! ¡Dame todo tu Amor! ¡Qué así sea Buen Dios! ¡Amén!





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