"Ventana abierta"
Fe adulta
Los textos bíblicos de los cuatro domingos de Adviento no constituyen propiamente una preparación a la Navidad, sino una introducción a todo el nuevo año litúrgico. Por eso abarcan etapas muy distintas: 1) lo que se esperó del Mesías antes de su venida; 2) su nacimiento; 3) su actividad pública y las reacciones que suscitó; 4) su vuelta al final de los tiempos. Estas cuatro etapas se mezclan cada domingo y resulta difícil relacionar las distintas lecturas. Si buscamos un elemento común sería el tema de la esperanza: ¿qué debemos esperar?, ¿cómo debemos esperar?"
1. ¿Qué debemos esperar? La utopía
de la paz universal
La primera lectura (Isaías 2,1-5) responde a
una de las experiencias más universales: la guerra, tan actual por la que tiene
lugar en Ucrania, lo ocurrido en Gaza y en tantos otros lugares del mundo.
Maranatha: ¡Ven, Señor, Jesús!
Podríamos contemplar este hecho con
escepticismo. La ambición, el odio, la violencia, siempre terminan imponiéndose
y creando interminables conflictos y guerras. Sin embargo, la lectura de Isaías
propone una perspectiva muy distinta. Todos los pueblos, cansados de guerrear y
de matarse, marchan hacia Jerusalén buscando en el Dios de Israel un juez justo
que dirima sus conflictos e instaure la paz definitiva.. Venga tu Reino, Señor!
El texto de Isaías une, lógicamente, la
desaparición de la guerra con la desaparición de las armas. En este contexto,
hoy día es frecuente hablar de las armas atómicas, los submarinos nucleares,
los drones de última generación. Sin embargo, la ONU advierte que en el mundo
circulan mil millones de armas de fuego, que causan innumerables muertos.
Esta primera lectura bíblica nos anima a esperar y procurar que un día
se haga realidad lo anunciado por el profeta: De las espadas forjarán arados, de las lanzas,
podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán
para la guerra.
2. ¿Cómo debemos esperar?
Vigilancia ante la vuelta de Jesús (Mateo 24,37-44)
La liturgia da un tremendo salto y pasa de las
esperanzas antiguas formuladas por Isaías a la segunda venida de Jesús, la
definitiva. Los días previos al 24 de diciembre solemos dedicarlos a pensar en
la primera venida de Cristo, simbolizada en los belenes. El peligro es
quedarnos en un recuerdo romántico.(Nos envuelven los comercios, la Radio, la
TV a un ambiente de “buenismo” (para comprar, vender, animar a regalar, a
poner las ciudades llenas de color y armonía románticas)
Nada de eso: Jesús vino a salvar “lo que estaba perdido…y se
dedicó a ello, y animó a salvar. …Y LO MATARON. Pero el corazón de
los resistentes, los atentos, con “una oreja pegada a la realidad y otra
al Dios Padre (Papa Francisco), no solo aguantan y aguardan, sino que,
además, crean, ponen en marcha sus cualidades y posibilidades y crean ese mundo
de paz, amor, justicia, libertad y verdad que anuncio Jesús en sus primeros
pasos apostólicos. La iglesia quiere que miremos al futuro, incluso a un futuro
muy lejano: el de la vuelta definitiva de Jesús, y la actitud de vigilancia que debemos mantener y
que nunca vale si no nos regala Dios esperanza. Esta actitud de vigilancia
queda expuesta en dos comparaciones.
Ambas insisten en que la venida del Hijo del
Hombre será de improviso e imprevisible; no habrá ninguna de esas señales
previas que tanto gustaban a la apocalíptica (oscurecimiento del sol y de la
luna, terremotos, guerras, catástrofes naturales).
Las dos exhortan a la vigilancia, a estar preparados, pero no dicen en qué consiste esa vigilancia y preparación; se limitan a crear un interés por el tema. Esta falta de concreción puede decepcionar un poco. Pero es lo mismo que cuando nos dicen al comienzo de un viaje en automóvil: «ten cuidado». Sería absurdo decirle al conductor: «Ten cuidado con los coches que vienen detrás», o «ten cuidado con los motoristas». El cristiano, igual que el conductor, debe tener cuidado con todo. Sin agobios, pero sin descuidarse o abandonar los objetivos. Los objetivos propuestos a los alumnos educados en los colegios de jesuitas pueden señalarnos a todos pautas de acción en la espera: alumnos, hijos, clientes, padres, madres, educadores,curas, monjas, adultos y jóvenes: alumnos conscientes, competentes, compasivos y comprometidos. O sea, en términos modernos, vigilantes y esperanzados. Y luchadores creativos. Merece la pena el guía, que, aunque muerto (matado, tratado de eliminar) resucitó. Triunfó. A Él seguimos.
3. ¿Cómo debemos esperar?
Disfrazarnos de Jesús (Romanos 13,11-14)
Pablo parte de la experiencia típica de las
primeras comunidades cristianas: la vuelta de Jesús es inminente, «nuestra
salvación está más cerca», «el día se echa encima». El cristiano, como hijo de
la luz, debe renunciar a comilonas, borracheras, lujuria, desenfreno, riñas y
pendencias. Es el comportamiento moral a niveles muy distintos (comida,
sexualidad, relaciones con otras personas) lo que debe caracterizar al
cristiano y cómo se prepara a la venida definitiva de Jesús. Ese pequeño
catálogo podría haberlo firmado cualquier filósofo estoico. Pero Pablo añade
algo peculiar: «Vestíos del Señor Jesucristo». Esto no es estoico, es
típicamente cristiano: Jesús como modelo a imitar, de forma que, cuando la gente
nos vea, sea como si lo viese a él. Creo que Pablo no tendría inconveniente en
que sus palabras se tradujesen: «Disfrazaos del Señor Jesucristo». Comportaos
de tal forma que la gente os confunda con él. Buen programa para comenzar el
Adviento.
Reflexión final
Las lecturas de este domingo pueden fomentar, más que la esperanza, la desilusión. Si finalmente se firma la paz en Ucrania, no faltarán otros iluminados que provoquen nuevas guerras. A mucha gente le interesa más la misión Artemis que la segunda venida de Jesús. Y la radio y la televisión harán propaganda en los próximos días de las cenas navideñas y de los regalos que debemos comprar. A pesar de todo, el cristiano, como Abrahán, debe «esperar contra toda esperanza». Contra todo realismo, contra toda des-.esperanza. Creemos, esperamos y hacemos en nuestra vida un adviento continuo. La meta es ilusionante. ¡Ven, Señor, Jesús! ¡Venga tu Reino, Señor!



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