"Ventana abierta"
DOMINICAS LERMA
¿SABÍAS
QUE…
… EN ROMA LES ESPERABA SU PRINCIPAL
PUBLICISTA?
Cuando Domingo comenzó la peripecia burocrática
para lograr la aprobación de la Orden, ya vimos que tener buenos contactos fue
clave para conseguir agilizar los trámites. Hablamos, nada menos, que del
cardenal Hugolino, uno de los prelados más jóvenes de la curia y que ya era
amigo íntimo del castellano.
Con su viveza y entusiasmo habitual, en cuanto
supo de la llegada de nuestros frailes a Roma, raudo y veloz como el viento,
salió en su búsqueda y captura, dando con ellos en mitad de una de las calles
principales de la Ciudad Eterna.
Mientras continuaban su camino hacia el
Vaticano, queriendo dar gracias a Dios ante la tumba del primer Papa, Hugolino
se puso a hablar sin cesar, todo emocionado. ¡Tenía mucho que contarles!
Y es que, como te decía al principio, este buen
cardenal se había convertido en el mejor publicista de la nueva Orden, y, a la
más pequeña ocasión (o sin ella), se dedicaba a hablar de los Frailes
Predicadores con todo el que se dejaba, narrando apasionadamente todas sus
bondades, lo necesaria que era esta Orden para la Iglesia, su prometedor
futuro… y, si veía la más mínima posibilidad, no dudaba en encargarse de
invitar a su oyente a entrar en la Orden. ¡Pura promoción vocacional!
La cuestión es que nuestro querido cardenal
estaba ansioso por proponerle una jugada muy importante a Domingo. Resulta que
Hugolino le había echado el ojo a un pez gordo, un sacerdote y famoso profesor
de la universidad de París (de Derecho Canónico, para más señas), que andaba
por aquellas fechas en Roma. Hacía unos días se había entrevistado con él y,
muy resuelto, le había regalado una de sus ardientes arengas en favor de la
Orden de Predicadores, para, a renglón seguido, invitarle a hacerse fraile.
Pues bien, tras escuchar todo el discurso, el supuesto pez se le escurrió con
palabras amables… y le dio calabazas.
Pero que no se piense nadie que el cardenal iba
a rendirse tan fácilmente, ¡sólo faltaba eso!
-Vino a Roma -siguió contando Hugolino-,
acompañando a su obispo, Manasés de Orleans. En realidad, van de peregrinación
a Tierra Santa, pero han tenido que aplazar la salida porque, hace un par de
días, este sacerdote del que os hablo cayó enfermo y está esperando a
recuperarse para continuar el viaje. ¡¡Es providencial, fray Domingo!! ¡Podréis
ir a visitarle, hablar con él! Vos mismo veréis que no me equivoco: ese hombre
tiene vocación de fraile predicador…
Tanto insistió el cardenal, que el castellano
acabó aceptando la propuesta. Desde luego, Hugolino tenía clarísimo el
discernimiento… y parecía realmente que la Providencia le había detenido en
Roma para hacer posible el encuentro.
***
Cuando Domingo entró en la habitación, el
enfermo apartó su mirada perdida de la ventana y volvió el rostro hacia él.
Aunque tumbado en el lecho y con gotas del sudor que le provocaba la fiebre,
esbozó una sonrisa amable y le señaló una silla cercana, invitando a nuestro
amigo a tomar asiento.
-He oído hablar mucho de vos, fray Domingo…
-dijo con un hilo de voz.
-Y yo de vos, maestro Reginaldo -contestó
amablemente el castellano.
La conversación fluyó como la seda. Lo cierto
es que Domingo no tenía de intención de soltar un discurso al pobre enfermo: su
deseo realmente era conocerle, estar con él… ¡por muy empeñado que estuviese
Hugolino en “pescarle”!
Reginaldo era un hombre muy agradable,
entusiasta, con amplios conocimientos… ¡un digno profesor! Pero además sentía
un auténtico amor por Cristo, por las cosas del Señor… ¡un verdadero sacerdote!
Y, cuando el maestro Reginaldo le preguntó por
su Orden, Domingo vio cómo los ojos del enfermo se iban encendiendo en ilusión
mientras le contaba sus sueños de ir por todo el mundo llevando el Evangelio,
viviendo como los apóstoles, predicando por los caminos…
Lo cierto es que Reginaldo se iba entusiasmando
por momentos. Y así, en medio de la conversación, Domingo tuvo una corazonada.
La sintió tan fuerte que era imposible negarla. Con esa sensibilidad que tenía
para escuchar al Señor en su corazón, tuvo la certeza de que Cristo estaba
llamando a Reginaldo a formar parte de la Orden de Predicadores.
A estas alturas del relato, ya sabemos que,
cuando Domingo ve algo con claridad, ¡se lanza de cabeza! Así que ni falta hace
decir que, con suavidad y delicadeza, pero con claridad y decisión, le propuso
a Reginaldo que se uniera a sus frailes.
Reginaldo, tan entusiasmado un instante antes,
guardó silencio. Y Domingo pudo descubrir esa sombra de tristeza que apagaba el
brillo de sus ojos.
-No puedo, fray Domingo -dijo con voz rota-. Yo
ya soy sacerdote, ya tengo mi vida, mis clases, mi lugar en la diócesis… Lo
único que deseo ahora mismo es sanar de esta enfermedad, poder terminar la
peregrinación a Tierra Santa con mi obispo… y volver a mi vida.
No hacía falta ser muy perspicaz para descubrir
que aquel tipo estaba más cerrado que una caja fuerte. En efecto, tenía su vida
hecha, una vida que no le hacía plenamente feliz, pero en la que se sentía
cómodo. Gozaba de la estima de su obispo, de la admiración de sus alumnos… por
no hablar de las comodidades y privilegios de los que disfrutaba. No podía
negar que se le encendía el corazón escuchando hablar a Domingo, como se le
había encendido al conversar con el cardenal Hugolino. Predicar, mendigar el
pan de cada día, vivir como los apóstoles, ¡oh, qué proyecto más noble! Le
hacía recordar el entusiasmo de su juventud, de sus primeros años de sacerdote…
pero ahora… ahora tenía una vida holgada y apacible. ¿Cambiarla por una vida
llena de incertidumbres e incomodidades? ¿Pasar hambre, frío…? ¿Dejar la
universidad?
-Lo siento, fray Domingo -insistió con firmeza-
Admiro vuestra labor y os tendré presente en mis oraciones, pero ese es vuestro
camino… y yo he de seguir el mío.
Cuando se despidieron, Domingo pudo comprobar
que el brillo de ilusión que había iluminado los ojos de Reginaldo durante la
conversación se había apagado. Bien sabía él que, ante un corazón cerrado, poco
se puede hacer. Solo seguir amando… y respetarlo, como hace Cristo.
Así pues, el castellano salió de la casa y se
adentró en las callejuelas de Roma, sintiendo una terrible pena en su interior,
sabiendo que, a sus espaldas, no solo dejaba un hombre enfermo… Dejaba un
hombre triste.
PARA ORAR
-¿Sabías que… el Señor desea que tengas un corazón libre?
Dice san Juan de la Cruz que un pájaro no puede
volar, tanto si está atado por una maroma como si está atado por un hilo.
Aunque sea muy fino, ¡impide que el ave pueda surcar el cielo!
Algo así le pasaba a Reginaldo. Le había
entregado todo al Señor: era sacerdote, servía a su obispo, era un excelente
profesor… ¡estaba dispuesto a todo lo que Cristo le pidiera! Siempre y cuando
no le pidiera cambiar su estilo de vida… No era un hombre malo; pero no era un
hombre libre.
Lo mismo le sucedió a Jesús con aquel joven
rico: ¡cumplía con todos los mandamientos! Y, sin embargo, esa pregunta le
ardía en el corazón: “¿Qué me falta?” ¡Cumplo toda la ley, pero no es
suficiente para mi alma! ¿Qué me falta para ser plenamente feliz?
La respuesta de Jesús es clara: “Sígueme”.
No se trata de un simple seguir con los pies.
Cristo nos invita a seguirle con el corazón, ¡tener una amistad tan fuerte con
Él que sea lo fundamental de nuestra vida, que nos haga libres de todo lo
demás! Reginaldo podía sentir esa invitación de Cristo a confiar del todo, pero
su amistad no era tan grande como para dar un salto de confianza así. Y, como
el joven rico, se quedó triste.
Esa es la clave: no lo que haces, lo que
cumples… sino la amistad que construyes. Lo importante no son las cosas que
haces por el Señor, sino la amistad que tienes con el Señor de las cosas. Y esa
es, precisamente, la primera vocación, la vocación de todo bautizado, la
vocación de todo cristiano: ¡¡ser amigos de Cristo, hasta el punto de decir
“cualquier cosa menos perderte”!!
VIVE DE CRISTO




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