"Ventana abierta"

P. Leonardo Molina García. S.J.
PRIMER PROFETA Y PRIMEROS DISCÍPULOS
Fe adulta
Domingo 2º Tiempo Ordinario Ciclo B. (José
Luis Sicre)
El domingo pasado leímos el relato del
bautismo en el evangelio de Marcos. Si hubiéramos seguido leyendo este
evangelio, lo siguiente serían las tentaciones de Jesús. Pero, en un prodigio
de zapping litúrgico, cambiamos de evangelio y leemos este domingo un texto de
Juan. El cuarto evangelio no cuenta el bautismo de Jesús ni su estancia de
cuarenta días en el desierto. Pero sí dice que fue a donde estaba Juan
bautizando, y allí entró en contacto con quienes serían sus primeros
discípulos. Para ambientar este episodio, y con fuerte contraste, la primera
lectura cuenta la vocación de Samuel.
La vocación de un profeta (1 Samuel
3,3b-10.19)
Samuel no es el primer profeta. Antes de
él se atribuye el título a Abrahán, y a dos mujeres: María, la hermana de
Moisés, y Débora. Pero el primer
gran profeta, con fuerte influjo en la vida religiosa y política del
pueblo, es Samuel. Por eso, se ha concedido especial interés a contar su
vocación, para darnos a conocer qué es un profeta y cómo se comporta Dios con
él.
En aquellos días, Samuel estaba acostado
en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel.
Este respondió:̶ Aquí estoy. Corrió adonde estaba Elí y dijo:̶ Aquí
estoy, porque me has llamado. Respondió Elí:̶ No te he llamado; vuelve a
acostarte.»
Fue y se acostó. El Señor volvió a llamar
a Samuel. Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo: ̶
Aquí estoy, porque me has llamado. Respondió Elí:̶ No te he llamado,
hijo mío. Vuelve a acostarte.
Samuel no conocía aún al Señor, ni se le
había manifestado todavía la palabra del Señor. El Señor llamó a Samuel por
tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y dijo:̶ Aquí estoy,
porque me has llamado. Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba
al joven, y dijo a Samuel:
̶ Ve a acostarte. Y si te llama de
nuevo, di: "Habla, Señor, que tu siervo escucha"
Samuel fue a acostarse en su sitio. El
Señor se presentó y le llamó como las veces anteriores:̶ ¡Samuel, Samuel!
Respondió Samuel:̶ Habla, que tu siervo escucha.
Samuel creció. El Señor estaba con él, y
no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras.
El autor utiliza el frecuente recurso de
plantear un problema (el Señor llama a Samuel sin que éste sepa quién lo
llama), con dos intentos fallidos por parte del niño (dos veces acude a Elí) y
la solución en un tercer momento («Habla, Señor, que tu siervo escucha»).
De los datos que ofrece el texto, el más
interesante es la explicación de por
qué Samuel confunde a Yahvé con Elí. «Samuel no conocía todavía al
Señor». ¿Cómo es esto posible? Su madre lo dejó en el templo cuando era todavía
un niño, vive con la familia del sumo sacerdote, ha debido de oír hablar de
Yahvé infinidad de veces, escuchar su nombre en cantos y salmos. Samuel debía
de tener una buena formación catequética. A pesar de todo, «no conocía todavía
al Señor, no se le había revelado la palabra del Señor». Una cosa es conocer a Dios de oídas, por oraciones y lecciones mejor
aprendidas, y otra muy distinta ese contacto profundo con él a través de su
palabra.
Cabe el peligro de centrarse en la figura
de Samuel y pasar por alto lo mucho que dice el texto a propósito de Dios. Ante
todo, no comunica su voluntad al pueblo directamente, se sirve de una persona
concreta. Al mismo tiempo, se revela como un ser extraño, desconcertante, que
elige para esta misión a un niño de pocos años y parece jugar con él al ratón y
al gato, haciendo que se levante tres veces de la cama antes de hablarle con
claridad.
Además, ese Dios que más tarde se revelará
como un ser cercano al profeta, acompañándolo de por vida, se revela también
como un ser exigente, casi cruel, que le encarga al niño una misión durísima
para su edad: condenar al sacerdote con el que ha vivido desde pequeño y que ha
sido para él como un padre. Esto no se advierte en la lectura de hoy porque la
liturgia ha omitido esa sección para dejarnos con buen sabor de boca.
En resumen, la vocación de un profeta no
sólo le cambia la vida, también nos ayuda a conocer a Dios.
Contacto de Jesús con los primeros
discípulos (Juan 1,35-51)
En el cuarto evangelio, Juan no bautiza a
Jesús, pero dirige unas palabras a sus discípulos cuando lo ve venir. Lo que
les dice se resume en tres puntos: 1) Es
el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 2) Bautiza con Espíritu
Santo. 3) Es el Hijo de Dios. El autor no explica ninguna de estas
afirmaciones ni cuenta la reacción del auditorio. Pero, en los días siguientes,
Jesús entra en contacto con Andrés y un discípulo anónimo (generalmente se
piensa en Juan); Andrés le llevará a su hermano Simón Pedro; Jesús encuentra a
Felipe y le ordena: «Sígueme»; y este anima a Natanael a unirse al grupo (Jn
1,35-51). Es una pena que el evangelio de este domingo se limite al encuentro con
los tres primeros discípulos, porque el
conjunto ofrece un mensaje muy interesante sobre la vocación.
Andrés
y el discípulo anónimo (1,35-39)
En aquel tiempo, estaba Juan con dos de
sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: ̶ Este es el Cordero de
Dios.
Los dos discípulos oyeron sus palabras y
siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: ̶
¿Qué buscáis?
Ellos le contestaron: ̶ Rabí (que
significa Maestro), ¿dónde vives?
Él les dijo: ̶ Venid y lo veréis.
Entonces fueron, vieron dónde vivía y se
quedaron con él aquel día; era como la hora décima [las cuatro de la tarde].
En el primer encuentro, la iniciativa
parte del Bautista que, al ver pasar a Jesús, dice de él lo mismo que había
dicho en su discurso anterior: «Ese es el cordero de Dios». Entonces fue más
concreto: «Ese es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». La
referencia parece clara al personaje del que habla Isaías 53: uno que salva a
su pueblo cargando con sus pecados, y que, cuando lo condenan a muerte, «como
cordero llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador, no abría la
boca» (vv.6-7).
Las palabras de Juan, más que simple
información parecen contener una invitación a sus discípulos a entrar en
contacto con ese personaje misterioso. Juan,
con esta actitud de desprendimiento y generosidad, está anticipando lo que dirá
más tarde: «Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado por delante de él. (…)
Él debe crecer y yo disminuir» (Jn 3,28.30).
Y los dos discípulos, aunque quizá no entendieron claramente lo que
significaba «Ese es el Cordero de Dios», sintieron gran curiosidad, lo
siguen, y escuchan las primeras palabras que pronuncia Jesús en el evangelio:
«¿Qué buscáis?» No es una pregunta trivial, suena a desafío. Es la pregunta
que Jesús dirige a cualquier lector
del evangelio: «¿Qué buscas?». Y
el lector se siente obligado a pensar si ha buscado o busca algo en su vida, o
si ha dejado de buscar. Los dos muchachos podrían decir, con el salmista: «Tu
rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro». Pero su respuesta es más
tímida. Se dirigen a él con profundo respeto, llamándolo «rabí», y se limitan a
preguntarle dónde vive. Por desgracia (y esta vez no podemos culpar a los
liturgistas) no sabemos de qué hablaron desde las cuatro de la tarde en
adelante.
Andrés y Simón Pedro (1,40-42) Andrés,
hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a
Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: -Hemos encontrado al
Mesías (que significa Cristo).
Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó
mirando y le dijo: -Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que
se traduce: Pedro).
De esa larga conversación cuyo contenido
ignoramos, Andrés sacó la
conclusión de que aquella persona era alguien más que el Cordero de Dios, o un
rabí cualquiera. Así lo comunica entusiasmado a su hermano: «Hemos
encontrado al Mesías». ¿Qué quería decir con esto? Ateniéndonos al cuarto
evangelio, la mentalidad popular esperaba del Mesías que realizara numerosos
milagros, como sugiere la gente de Jerusalén: «¿Cuándo venga el Cristo, hará
más signos de los que este ha hecho?» (Jn 7,31). En esta línea prodigiosa,
otros piensan que «el Mesías permanecerá para siempre» (Jn 12,34). Sin embargo,
el título de Mesías tenía por entonces una fuerte carga política, como se
advierte en los Salmos de Salomón 17 y 18, de origen fariseo,
procedentes del siglo I a.C. Es posible que esto fuera lo que más
entusiasmara a Andrés e intentara transmitir a su hermano Simón Pedro.
La pretensión de haber encontrado al
Mesías la considerarían absurda muchos judíos. Los fariseos llevaban más de un
siglo pidiendo a Dios que enviara a su Rey Mesías. ¿Iba a encontrarlo
precisamente este pobre muchacho galileo? Sin embargo, su hermano le hace caso
y marcha al encuentro de Jesús.
Tiene lugar entonces una de las escenas
más misteriosas. Cuando Andrés y Simón Pedro llegan ante Jesús, el evangelista
introduce una pausa que crea fuerte tensión: «Jesús se le quedó mirando». ¿Qué siente Jesús al ver a Simón
Pedro? ¿Qué experimenta este al verse examinado por Jesús? Una vez más, el
evangelista omite cualquier comentario.
Jesús no lo saluda. No le pregunta qué
busca. No necesita que Andrés se lo presente. Él sabe quién es y quién es su
padre. Inmediatamente, con una autoridad suprema, le cambia el nombre por
Cefas, sin explicarle por qué se lo cambia ni qué significa ese nombre.
El nombre del mayor de los apóstoles es un
rompecabezas. Los evangelios y cartas del NT lo llaman Simón, Simón hijo de
Juan, Simón hijo de Jonás, Simón Pedro, Cefas, Pedro. Podríamos formular la
siguiente hipótesis:
1) Su único nombre era Simón, y así lo
llama Jesús en algunas ocasiones (Mt 17,25; Mc 14,37; Lc 22,31). En diversas
tradiciones aparece también con ese solo nombre (Mc 1,16.39.30.36; Lc 4,38; 5,3.4.5.10;
24,34). Haciendo referencia a su padre se lo conoce también como «Simón hijo de
Juan» (Jn 1,42; 21,15.16.17) o «Simón hijo de Jonás» (Mt 16,17).
2) Jesús le cambia el nombre por Cefas,
término arameo que significa piedra, y cuyo equivalente griego es Pedro. Lo
advertimos en Pablo, que nunca lo llama Simón, ni Simón Pedro, sino ocho veces
Cefas (1 Cor 1,12; 3,22; 9,5; 15,5; Gal 1,18; 2,9,11.14) y dos Pedro (Gal
2,7.8). La idea de que fue Jesús quien le cambió el nombre por Pedro (Cefas) se
encuentra también en Mc 3,16 y Lc 6,14.
3) Sin embargo, se impuso la idea de que
Jesús no le cambió el nombre sino que le añadió uno más al antiguo. Entonces se
lo designa «Simón Pedro», incluso en el cuarto evangelio (Jn 6,8.68; 13,6.9.24;
13,36; 18,10.15.25; 20,2.6; 21,3.7.11.15).
Olvidémonos el problema de los nombres e
imaginemos la escena. Simón Pedro, a remolque de su hermano Andrés, acude a
Jesús pensando encontrar en él al Mesías. Y
este, en vez de entusiasmarlo con un discurso o un milagro, lo mira fijamente y
le cambia el nombre, que es lo más personal que tenemos. Para un judío, el
nombre y la persona se identifican. Lo que advierte Simón es que ese personaje
está disponiendo de él sin consultarlo ni pedirle permiso. Sin embargo, no
reacciona, no pide una explicación ni se rebela. Quien no lo conozca, imaginará
a Simón como un muchacho tímido y callado. Veremos que no es así.
La escena simboliza el poder de Jesús
sobre Simón y una cierta predilección por él, ya que es el único al que le
cambia el nombre. El lector del cuarto evangelio sabe, desde este momento, que
deberá conceder gran importancia a este personaje.
Dos relatos parecidos y diversos
El contraste entre el evangelio y la
vocación de Samuel es enorme. Esta
ocurre en el santuario, de noche, con una voz misteriosa que se repite y un
mensaje que sobrecoge. En el evangelio todo ocurre de forma muy humana, normal:
un boca a boca que va centrando la atención en Jesús, cuando no es él mismo
quien llama, como en el caso (que no se ha leído) de Felipe. Y las reacciones
abarcan desde la simple curiosidad de los dos primeros hasta el escepticismo
irónico de Natanael, pasando por el entusiasmo de Andrés y Felipe. Pero hay
también elementos parecidos.
1. En ambos relatos, la vocación cambia la
vida. En adelante, «el Señor estaba con Samuel», y los discípulos estarán con
Jesús. Este cambio se subraya especialmente en el caso de Pedro, al que Jesús
cambia el nombre.
2. La vocación revela a Dios en el caso de
Samuel, y a Jesús en el caso de los discípulos. Cada vocación aporta un dato
nuevo sobre la persona de Jesús, como distintas teselas que terminan formando
un mosaico: Juan Bautista lo llama «Cordero de Dios»; los dos primeros se
dirigen a él como Rabí, «maestro»; Andrés le habla a Pedro del Mesías; Felipe,
a Natanael, de aquel al que describen Moisés y los profetas, Jesús, hijo de
José, natural de Nazaret; y el escéptico Natanael terminará llamándolo «Hijo de
Dios, rey de Israel». Es una pena que la mutilación del texto impida captar
este aspecto.
La liturgia nos sitúa al comienzo de la
actividad de Jesús. Lo iremos conociendo cada vez más a través de las lecturas
de cada domingo. Pero no podemos limitarnos a un puro conocimiento intelectual.
Como Samuel y los discípulos, debemos comprometernos con Dios, con Jesús.
«Yo esperaba con ansia al Señor» (Salmo
39)
El Salmo elegido para el día de hoy
comienza con las palabras: «Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y
escuchó mi grito. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios»
(Sal 39,2). Más que a Samuel, estas palabras se aplican a los futuros
apóstoles. Esperaban con ansia al Señor, y por eso han acudido a escuchar a
Juan Bautista. Pero el Señor no se ha limitado a poner en sus bocas un canto
nuevo. Los ha tomado completamente a su servicio.
P. Leonardo
1. Leo atentamente esta larga
disertación. Es decir que me preparo convenientemente para esta lectura
semanal. Largo, muy interesante.
2. Pero creo que debemos ir al núcleo,
sencillamente
3. Para mí, lo mejor es utilizar el método de
contemplación.
4. Es decir: “yo me meto en la escena como
uno de los personajes (como si presente me hallare…): soy Samuel, soy Elí, soy
Juan Bautista, soy uno de los personajes discípulos futuros de Jesús. Hablo,
pregunto, atiendo, escucho atentamente, voy metiendo en mi corazón mis
palabras, lo que oigo, lo que veo…
5. Las frases que más me dicen. “Habla, Señor, que tu siervo escucha”
(que se haga tu voluntad en el cielo y en la tierra) He ahí el cordero de
Dios ¿Qué buscáis? Rabí, dónde vives? Venid y lo veréis ¡Hemos encontrado al Mesías!
En definitiva:
Lo que hemos visto (leído contemplativamente),
lo hemos pasado al corazón y luego a las manos (a la acción)
Si lo hemos visto, contemplado, oído, seguro que le seguiremos… con fallos, indecisiones, cierto. Pero ya hemos encontrado al Mesías, la solución para mí, para ti, para nosotros… ¡qué alegría! En este mundo con tantos influenters engañosos, débiles y frustrantes.¡ Ojalá… La gracia de Dios lo quiera. (Deus lo vult, decían los cruzados…).



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