"Ventana abierta"
RINCÓN PARA ORAR
SOR MATILDE
JESÚS HABLABA DEL TEMPLO DE SU CUERPO
13 Se acercaba la Pascua de los
judíos y Jesús subió a Jerusalén.
14 Y encontró
en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en
sus puestos.
15 Haciendo un
látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes;
desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas;
16
y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de
la Casa de mi Padre una casa de mercado.»
17 Sus discípulos
se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.
18 Los judíos
entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar
así?»
19
Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo
levantaré.»
20 Los judíos
le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir
este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
21 Pero él
hablaba del Santuario de su cuerpo.
22 Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús. (Jn. 2, 13-22)
“¿Quién
puede resistir al ímpetu de tu ira? ¿Quién ha sentido el peso de tu
cólera?”. Jesús entró en el Templo, cercana ya la Pascua de los
judíos y como había que ofrecer sacrificios y comprar el cordero
pascual, el Templo se fue llenando poco a poco de comerciantes
que ofrecían sus reses y animales. No se podía entrar a la presencia
de Dios, con las manos vacías y todos compraban su ofrenda para el
sacrificio. Llegando Jesús, y viendo que “la Casa de
su Padre”, se había convertido en un mercado, se llenó de santa
ira y tomando un azote con cordeles, les echó de allí a
todos: a ellos, con sus animales y a los cambistas, con sus mesas y
monedas. Limpió el Templo de su
profanación, porque “¡el celo de tu Casa me
devora!”. Y ese Templo, es Santo, es la Casa de
Dios donde habita su Santo Nombre y lugar de adoración, alabanza
y oración.
Así
se lo había mandado Dios a Moisés, cuando le hizo construir
la Tienda del Encuentro, donde Dios se hacía presente en una
nube, mostrando algo de su Gloria a su siervo
fiel, Moisés. Salomón, construyó para el Señor un
templo magnífico y éste, donde Jesús entraba para orar a Dios, era la
continuación de éste otro. Pero Jesús, nos habla de un templo
más excelso y sin parangón con estos anteriores que, eran
tan sólo figura del Templo Divino de
su Cuerpo. ¡Aquí, es donde en verdad se da un verdadero culto a
Dios, porque más allá que el Hijo de Dios, Jesús, nada le
complace al Padre! Y ya Jesús se lo había dicho a la
Samaritana:“créeme mujer, que es llegada la hora en que, en
Jerusalén, no se adorará al Padre, sino que “los verdaderos
adoradores, adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad. Estos son
los adoradores que el Padre busca”.
El
culto en espíritu y verdad es el mismo Cristo muerto y resucitado.
Su Cuerpo, que se hace presente en
el Sacrificio Eucarístico por las palabras del sacerdote, sobre
el pan y el vino. Y nosotros, somos templos del Dios vivo, cuando
comemos y bebemos el pan y el vino consagrados que es verdaderamente
su Cuerpo y su Sangre. Jesús mismo, ha invitado a todos a
este banquete divino para tener Vida en El: “el que come
mi Carne y bebe mi Sangre, habita en Mí, y yo
en él”.
Ya
se lo decía san Pablo a sus fieles: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es
templo del Espíritu Santo? No os poseéis en propiedad
pues han pagado un precio por vosotros, (la entrega de la Carne y
la Sangre del Hijo de Dios), por tanto, glorificad a Dios
con vuestro cuerpo”. Nuestro cuerpo, ha sido santificado por Cristo para
que nos dediquemos a las buenas obras que Él quiso realizar en
nosotros. Con este Huésped, que es el Espíritu Santo de Cristo
en nuestras almas, ¡qué santa tiene que ser nuestra vida! ¡Dios nos
contempla, sus ángeles y santos, también nos ven luchar por “conservar nuestro
cuerpo como hostia viva agradable a Dios”!¡Qué el Espíritu Santo, no
vea frustrada su obra de santificar nuestra alma como templo
precioso, donde la Santísima Trinidad se deleita habitar! ¡Qué seamos
templos vivos en donde la gloria de Dios se manifieste y seamos testigos
ante todos los hombres de la obra de amor que Jesús ha venido a realizar en
nuestras almas! ¡Qué así sea! ¡Amén!





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