"Ventana abierta"
De la mano de María
Héctor L. Márquez (Conferencista católico)
REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TRIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T.O. (2)
“Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si
alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y
él conmigo”.
La liturgia de hoy nos presenta como lectura
evangélica la historia de Zaqueo, el publicano (Lc 19,1-10). Como hemos meditado
esta lectura hace apenas dos semanas, hoy nos concentraremos
en le primera lectura, tomada del libro del Apocalipsis (3,1-6.14-22).
Esta lectura, como todas que hemos venido
leyendo en la liturgia de finales del tiempo ordinario, tiene un sabor
escatológico, del final de los tiempos, y abarca las cartas que Juan,
repitiendo las palabas que el Señor le instruye, envía a las iglesias
(comunidades) de Sardes (1-6) y Laodicea (14-22).
El tono de estas cartas, aunque parece ser un
tanto pesimista, en realidad es una llamada de alerta para aquellas comunidades
que, a pesar de haber recibido la Palabra de Dios y aceptado su mensaje, han
perdido el ardor inicial de la conversión y caído en la rutina. Algo así como
lo que nos pasa cuando asistimos a un retiro y salimos de allí enardecidos a
“llevarnos el mundo de frente”, pero con el tiempo comenzamos a enfriarnos.
Aquellas comunidades, cuya fe se había
enardecido por las persecuciones y la “inminencia” del fin de los tiempos, se
habían “acostumbrado” a las persecuciones que se habían convertido en parte del
diario vivir y parecían menos cruentas, dejando ser un signo de la cercanía del
Reino. También habían sido testigos de la caída de Jerusalén y la destrucción
de Templo sin que llegara el día final, lo que hacía que esos eventos perdieran
su significado escatológico. Habían caído en la tibieza espiritual…
Por eso les dice a los de Sardes: “tienes
nombre como de quien vive, pero estás muerto”, y a los de Laodicea: “Conozco
tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero
porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca”.
Una fe vacía, sin obras (Cfr. St 2.15).
La actitud de aquellas primeras comunidades
cristianas no dista mucho de nuestras comunidades del siglo XXI. Hemos caído en
la rutina, hemos perdido la capacidad de interpretar los signos de los tiempos,
las persecuciones de los cristianos parecela algo distante; nuestra fe se ha
entibiado, hemos perdido el sentido del anuncio del Reino.
Pero el Señor siempre viene en nuestro auxilio.
Nosotros podremos entibiarnos, y hasta enfriarnos, pero el ardor de Su amor
infinito y su deseo de que todos nos salvemos (1 Tim 2,4) permanece inalterado.
Por eso nos dice: “sé vigilante y reanima lo
que te queda y que estaba a punto de morir … Acuérdate de cómo has
recibido y escuchado mi palabra, y guárdala y conviértete”; y luego remata con
esa hermosa afirmación llena de amor: “Yo, a cuantos amo, reprendo y corrijo;
ten, pues, celo y conviértete. Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si
alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y
él conmigo”.
El Señor nos está “regañando”, pero lo hace con
la dulzura y el amor que una madre corrige al hijo de sus entrañas.
Hoy te pregunto: ¿le abrirás tu puerta? Todavía
estamos a tiempo.



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