"Ventana abierta"
Padre Leonardo Molina García
SALOMÓN, EL JOVEN RICO Y LOS DISCÍPULOS
Fe adulta
Written by José Luis Sicre
Las lecturas de este domingo enfrentan
tres posturas: la de Salomón, que pone la sabiduría por encima del oro, la
plata y las piedras preciosas; la del rico, que pone su riqueza por encima de
Jesús; la de los discípulos, que renuncian a todo para seguirlo.
Salomón: la sabiduría vale más que el oro
(Sabiduría 7,7-11)
El libro de la Sabiduría se escribió en el
siglo I a.C., probablemente en Alejandría, en griego (por eso los judíos no lo
consideran inspirado). No sabemos quién lo escribió, pero el autor finge ser
Salomón. Un recurso muy habitual en la época, para dar mayor prestigio al
libro. Salomón, al comienzo de su reinado, tuvo un sueño en el que Dios le
ofreció pedir lo que quisiera. En vez de oro, plata, la derrota de sus
enemigos, etc., pidió sabiduría para gobernar al pueblo. Inspirándose en ese
relato, el autor del libro de la Sabiduría pone estas palabras en boca del rey:
El joven rico: la riqueza vale más que
Jesús (Marcos 10,17-30)
El evangelio contiene dos escenas: en la
primera, los protagonistas son el rico y Jesús.
El protagonista, antes de formular su
pregunta, pretende captarse la benevolencia de Jesús o, quizá también,
justificar por qué acude a él: lo llama «maestro bueno», título que no se
aplica en Israel a ningún maestro (solo conocemos un ejemplo del siglo IV
d.C.).
La pregunta. El problema que lo angustia es «qué haré
para heredar la vida eterna», algo fundamental para entender todo el pasaje. Lo
que pretende el protagonista, dicho con otra expresión judía de la época, es
«formar parte de la vida futura» o «del mundo futuro»; lo que muchos entre
nosotros entienden por «salvarse». Este deseo sitúa al protagonista en un
ámbito poco frecuente entre los judíos de la época: admite un mundo futuro,
distinto del presente, mejor que éste, y desea participar de él. Por otra
parte, su pregunta no es tan rara como podemos imaginar. Si nos preguntasen qué
hay que hacer para salvarse, las respuestas es probable que variasen bastante.
Una pregunta parecida la encontramos hecha al rabí Eliezer (hacia el año 90)
por sus discípulos. Y responde: «Procuraos la estima de vuestros vecinos;
impedid que vuestros hijos lean la Escritura a la ligera y haced que se sienten
entre las rodillas de los discípulos de los sabios; y, cuando oréis, sed
conscientes de quién tenéis delante. Así conseguiréis la vida del mundo
futuro».
La respuesta de Jesús. Antes de responder, aborda el saludo
y da un toque de atención sobre el uso precipitado de las palabras. El único
bueno es Dios. (Por entonces no existía la Congregación para la Doctrina de la
Fe, que lo habría condenado por error cristológico).
Luego responde a la pregunta haciendo
referencia a cinco mandamientos mosaicos, todos ellos de la segunda tabla,
aunque cambiando el orden y añadiendo «no estafarás», que no aparece en el
decálogo.
Lo curioso es que Jesús no dice nada de
los mandamientos de la primera tabla, que podríamos considerar los más
importantes: no tener otros dioses rivales de Dios, no pronunciar el nombre de
Dios en falso, y santificar el sábado. Para Jesús, de forma bastante
escandalosa para nuestra sensibilidad, para «salvarse» basta portarse bien con
el prójimo.
Cuando el protagonista le responde que eso
lo ha cumplido desde joven, Jesús lo mira con cariño y le propone algo nuevo:
que deje de pensar en la otra vida y piense en esta vida, dándole un sentido
nuevo. Hasta ahora, incluso cumpliendo los mandamientos, él sigue siendo el
centro de su vida. Lo que le pide Jesús es que cambie de orientación:
renunciando a sus bienes, renuncia a sí mismo, y otras personas ocupan el
horizonte: primero los pobres, de forma inmediata; luego, de manera definitiva,
Jesús, al que debe seguir para siempre.
La reacción del rico. El programa de Jesús se limita a tres
verbos: vender, dar, seguir. El joven no vende, no da, no sigue. Se aleja.
«Porque era muy rico». Con esta actitud, no pierde la vida eterna (que depende
de los mandamientos observados), pero pierde el seguir a Jesús, dar plenitud a
su vida ahora, en la tierra.
Mientras el rico se aleja, tiene lugar la
segunda escena, en la que Jesús completa su enseñanza sobre el peligro de la
riqueza y el problema de los ricos.
Las palabras «¡Qué difícil les será entrar
en el reino de Dios a los que tienen riquezas!» requieren una aclaración. Entrar
en el reino de Dios no significa salvarse en la otra vida. Eso ya ha quedado
claro que se consigue mediante la observancia de los mandamientos, sea uno rico
o pobre. Entrar en el Reino de Dios significa entrar en la comunidad
cristiana, comprometerse de forma seria y permanente con la persona de
Jesús en esta vida.
Ante el asombro de los discípulos, Jesús
repite su enseñanza añadiendo la famosa comparación del camello por el ojo de
la aguja. Ya en la alta Edad Media comenzó a interpretarse el ojo de la aguja
como una puerta pequeña en la muralla de Jerusalén; pero esa puerta nunca ha
existido y la explicación sólo pretende suavizar las palabras de Jesús de
manera un tanto ridícula. Jesús expresa con imaginación oriental la dificultad
de que un rico entre en la comunidad cristiana.
¿Por qué se espantan los discípulos? Su
reacción podemos interpretarla de dos formas, según los dos posibles sentidos
del verbo griego: 1) ¿quién puede salvarse?; 2) ¿quién puede subsistir?
En el primer caso, los discípulos
reflejarían la mentalidad de que la riqueza es una bendición de Dios; si los
ricos no se salvan, ¿quién podrá salvarse?
En el segundo caso, los discípulos
pensarían que la comunidad no puede subsistir si no entran ricos en ella que
pongan sus bienes a disposición de todos.
En cualquier hipótesis, la respuesta de
Jesús («Dios lo puede todo») da por terminado el tema.
Los discípulos: Jesús vale más que todo
La intervención de Pedro no empalma con lo
anterior, sino que contrasta la actitud de los discípulos con la del rico:
«nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido». Ahora quiere saber qué les
tocará.
La respuesta de Jesús enumera siete
objetos de renuncia, como símbolo de renuncia total: casa, hermanos, hermanas,
madre, padre, hijos, tierras. Todo ello tendrá su recompensa en esta vida (cien
veces más en todo lo anterior, menos en padres) y, en la otra, vida eterna.
Pero, al hablar de la recompensa en esta vida, Mc añade «con persecuciones».
Decía Salomón que, con la sabiduría «me
vinieron todos los bienes juntos». A los discípulos, la abundancia de bienes se
la proporciona el seguimiento de Jesús.
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