"ventana abierta"
De la mano de María
Héctor L. Márquez (Conferencista católico)
REFLEXIÓN PARA EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA (B)
“Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.
La lectura evangélica
que nos ofrece la liturgia para este sexto domingo de Pascua (Jn 15,9-17) es la
versión “agrandada” del que leíamos el pasado jueves (Jn 15, 9-11). Durante su
“discurso de despedida” Jesús insiste en el mandamiento del Amor. Mas no se
trata de un amor romántico ni de una simple amistad, se trata del amor “que
duele”, el que profesa quien está dispuesto a entregarse a cambio de nada, el
que nos hace amar a los que nos odian, a nuestros enemigos. En fin, se trata de
amarnos como Él nos ama, con todos nuestros pecados, nuestras debilidades,
nuestros defectos; con un amor de madre…
Es el mandamiento del amor, el “gran mandamiento”, la Ley del Amor que
vino a dar plenitud al decálogo, porque el que ama ya cumple todos los
mandamientos, no por temor al castigo, sino porque ama.
El texto original utiliza el verbo agapaô y
el sustantivo ágape para
denominar el amor a que se refiere, diferenciándolo de eros y filia (Ver Carta Encíclica Deus Cáritas est de SS. Benedicto XVI). Se refiere a ese amor que entregándose
libremente produce la verdadera alegría.
La segunda lectura de hoy (1Jn 4,7-10), también de la autoría de Juan,
llamado el evangelista del Amor, nos ayuda a entender e interpretar el
evangelio. “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama
ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque
Dios es amor”. A primera vista parece un trabalenguas, pero cuando lo leemos
con detenimiento, encontramos la pista para entender el mandamiento del Amor.
Debemos recordar que cuando hablamos de “conocer” en términos bíblicos nos
referimos a algo mucho más profundo que saber la identidad de alguien, o
simplemente relacionarnos con alguien. “Conocer” implica un grado profundo de
intimidad. Por tanto, cuando hablamos de “conocer” a Dios, lo que queremos
decir es tener una “experiencia” de Dios; experiencia que solo puede ser
producto de un encuentro íntimo, personal con Él, al punto de hacernos uno con
Él. “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y
haremos morada en él” (Jn 14,23).
La medida es alta, al parecer inalcanzable, si dependemos de nuestra
capacidad humana. Pero para el que ha tenido un encuentro personal con el
Resucitado y le ha abierto su corazón al Amor infinito e incondicional de Dios,
al punto de convertirse en otro “cristo” (Gál 2,20), nada es imposible.
Piet Van Breemen, en su libro Te he llamado por tu nombre, lo resume así: “Si comprendemos esto con nuestro corazón, podremos a la vez amar a Dios, y su amor nos hará capaces, a su vez de amar a nuestro prójimo. Si yo me sé amado por Dios, su amor llenará mi corazón y se desbordará, porque un corazón humano es demasiado pequeño para contenerlo todo entero. Así, amaré a mi prójimo con ese mismo amor. En eso consiste todo el mensaje del Evangelio”.



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