"Ventana abierta"
Homilía hoy
P. Leonardo Molina García. S.J.
LO MÁS HUMANO DE LO HUMANO ES EL AMOR
Fe adulta
Fray Marcos
Jn 15,9-17
El evangelio de hoy es continuación del
que leímos el domingo pasado. Sigue explicando en qué consiste esa pertenencia
del cristiano a la vid. Poniendo como modelo su unión con el Padre, va a
concretar Jesús lo que constituye la esencia de su mensaje. Ya sin
comparaciones, nos coloca ante el centro del mensaje: El AMOR. En el c. 13 ya
nos había dado la consigna: un mandamiento nuevo os doy. Solo el amor nos hace
humanos.
Juan pone en boca de Jesús la seña de
identidad que debe distinguir a los cristianos. Es el mandamiento nuevo, por
oposición al mandamiento antiguo, la Ley. Queda establecida la diferencia entre
las dos alianzas. Jesús no manda amar a Dios ni amarle a él, sino amar como él
ama. No se trata de una ley sino de una consecuencia de la Vida de Dios y que
se ha manifestado en Jesús. Nuestro amor será “un amor que responde a su amor”
(Jn 1,16). El amor que pide Jesús tiene que surgir de dentro, no imponerse
desde fuera.
Juan emplea la palabra “ágape”. Los
primeros cristianos emplearon ocho palabras, para designar el amor: ágape,
cáritas, philia, dilectio, eros, líbido, stergo, nomos. Ninguna de ellas
excluye a las otras, pero solo el “ágape” expresa el amor sin mezcla alguna de
interés personal. Sería el puro don de sí mismo, solo posible en Dios. Está
haciendo referencia a Dios, es decir, al grado más elevado de don de sí mismo.
No está hablando de amistad o de una “caridad”. Se trata de desplegar una
cualidad exclusiva de Dios.
Dios demostró su amor a Jesús con el don
de sí mismo. Jesús está en la misma dinámica con los suyos, es decir, les
manifiesta su amor hasta el extremo. El amor de Dios es la realidad primera y
fundante. Juan lo ha dejado bien claro en la segunda lectura: “En esto consiste
el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó”.
Descubrir esa realidad y vivirla es la principal tarea del que sigue a Jesús.
Es ridículo seguir enseñando que Dios nos ama si somos buenos y nos rechaza si
somos malos.
Hay una diferencia que tenemos que
aclarar. Dios no es un ser que ama. Dios es el amor. En Él, el amor es su
esencia, no una cualidad como en nosotros. Yo puedo amar o dejar de amar y
seguiré siendo yo. Si Dios dejara de amar un solo instante, dejaría de existir.
Dios manifiesta su amor a Jesús y a mí, pero no lo hace como nosotros. No
podemos esperar de Dios “muestras puntuales de amor”, porque no puede dejar de
demostrarlo un instante. Jesús sí puede manifestar el amor de Dios, amando como
un ser humano.
Juan intenta trasmitirnos que, hablando
con propiedad, Dios no puede ser amado. Él es el amor con el que yo amo, no el
objeto de mi amor. Aquí está la razón por la que Jesús se olvida del primer
mandamiento de la Ley: “amar a Dios sobre todas las cosas”. Juan comprendió
perfectamente el problema, y deja muy claro que solo hay un mandamiento: amar a
los demás, no de cualquier manera, sino como Jesús nos ha amado. Es decir,
manifestar plenamente ese amor que es Dios, en nuestras relaciones con los
demás.
No se puede imponer el amor por decreto.
Todos los esfuerzos que hagamos por cumplir un "mandamiento" de amor
están abocados al fracaso. El esfuerzo tiene que estar encaminado a descubrir a
Dios que es amor dentro de nosotros. Todas las energías que empleamos en
ajustarnos a una programación tienen que estar dirigidas a tomar conciencia de
nuestro verdadero ser. Solo después de un conocimiento intuitivo de lo que Dios
es en mí, podré descubrir los motivos del verdadero amor.
El amor del que nos habla el evangelio es
mucho más que instinto o sentimiento. A veces tiene que superar sentimientos e
ir más allá del instinto. Esto nos lleva a sentirnos incapaces de amar. Los
sentimientos de rechazo a un terrorista pueden hacernos creer que nunca llegaré
a amarle. El sentimiento es instintivo y anterior a la intervención de nuestra
voluntad. El amor es más que sentimiento. La prueba de fuego del amor es el
amor al enemigo. Si no llego hasta ese nivel, todos los demás amores son
engañosos.
El amor no es sacrificio ni renuncia, sino
elección gozosa. Esto que acaba de decirnos el evangelio no es fácil de
comprender. Tampoco esa alegría de la que nos habla Jesús es un simple
sentimiento pasajero; se trata de un estado permanente de plenitud y bienestar,
por haber encontrado mi verdadero ser y descubrir que es inmutable. Una vez que
has descubierto tu ser luminoso e indestructible, desaparece todo miedo,
incluido el miedo a la muerte. Sin miedo no hay sufrimiento. Surgirá
espontáneamente la alegría.
Solo cuando has descubierto que lo que
realmente eres, no puedes perderlo, estás en condiciones de vivir para los
demás sin límites. El verdadero amor es don total. Si hay un límite en mi
entrega, aún no he alcanzado el amor evangélico. Dar la vida, por los amigos y
por los enemigos, es la consecuencia lógica del verdadero amor. No se trata de
dar la vida biológica muriendo, sino de poner todo lo que somos al servicio de
los demás.
Ya no os llamo siervos. No tiene
ningún sentido hablar de siervo y de señor. Más que amigos, más que hermanos,
identificados en el mismo ser de Dios, ya no hay lugar ni para el “yo” ni para
lo “mío”. Comunicación total en el orden de ser. Jesús se lo acaba de demostrar
poniéndose un delantal y lavándoles los pies. La eucaristía dice exactamente lo
mismo: Yo soy pan que me parto y me reparto para que me coman. Yo soy sangre
(vida) que se derrama por todos para comunicarles esa misma Vida. Jesús lo
compartió todo.
Os he hablado de esto para que vuestra
alegría llegue a plenitud. Es una idea que no siempre hemos tenido clara en
nuestro cristianismo. Dios quiere que seamos felices con una felicidad plena y
definitiva, no con la felicidad que puede dar la satisfacción de nuestros
sentidos. La causa de esa alegría es saber que Dios comparte su mismo ser con
nosotros. Nos decía un maestro de novicios: “Un santo triste es un triste
santo”.
No me elegisteis vosotros a mí, os elegí
yo a vosotros. Debemos recuperar esta vivencia. El amor de Dios es lo
primero. Dios no nos ama como respuesta a lo que somos o hacemos, sino por lo
que es Él. Dios ama a todos de la misma manera, porque no puede amar más a uno
que a otro. De ahí el sentimiento de acción de gracias en las primeras
comunidades cristianas. De ahí el nombre que dieron los primeros cristianos al
sacramento del amor. “Eucaristía” significa exactamente acción de
gracias.
Cualquier relación con Dios, sin un amor
manifestado en obras, será pura idolatría. La nueva comunidad no se
caracterizará por doctrinas, ni ritos, ni normas morales. El único distintivo
debe ser el amor manifestado. Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que
ajustarse a unos estatutos sino una comunidad que experimenta a Dios como amor
y cada miembro lo imita, amando como Él. Esta oferta no la puede hacer la
institución, por eso se muestra Jesús tan distante e independiente de todas
ellas. Ninguna otra realidad puede sustituir lo esencial. Si esto falta no
puede haber comunidad cristiana.
Meditación
Sin la experiencia de unidad con Dios
no podemos desplegar el verdadero amor.
El verdadero amor nos lleva al límite de lo humano.
No somos nosotros los que tenemos que amar.
Tiene que desaparecer el yo
para sentirme uno con todos.
Amar es deshacerme de todo lo que creo ser
para que solo quede en mí lo que hay de Dios.



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