"Ventana abierta"
P. Leonardo Molina García S.J.
DIOS NOS HA AMADO, AMÉMONOS UNOS A OTROS
Fe adulta
José Luis Sicre
Domingo 6º de Pascua. Ciclo B
La 2ª lectura y el evangelio están
estrechamente relacionados. «Amémonos unos a otros», comienza el texto de la
carta de san Juan. Y el evangelio insiste dos veces: «Este es mi mandamiento:
que os améis unos a otros»; «Esto os mando: que os améis unos a otros». Este
precepto se basa en el amor que Dios nos ha manifestado de dos formas
complementarias: enviando su Espíritu y enviando a su Hijo.
Un Padre que da el Espíritu sin distinguir
entre judíos y paganos (1ª lectura)
La lectura del libro de los Hechos de los
Apóstoles recoge parte de un importantísimo episodio de la iglesia primitiva.
Hasta entonces, los discípulos de Jesús se han visto a sí mismos con un grupo
dentro del judaísmo, sin especial relación con los paganos. No se les pasa por
la cabeza hacer apostolado entre ellos, mucho menos entrar en sus casas si no
se han convertido al judaísmo y se han circuncidado. Los consideran impuros.
En este contexto, se cuenta que Pedro tuvo
una visión: ve bajar del cielo un mantel repleto de toda clase de animales
impuros (cerdo, conejo, cigalas, etc.) y escucha una voz que le ordena: mata y
come. Pedro se niega en redondo. «Nunca he probado un alimento profano o
impuro». Y la voz del cielo le responde: «Lo que Dios declara puro tú no lo
tengas por impuro».
Termina la visión. Pedro se siente
desconcertado, y mientras piensa en su posible sentido, llaman a la puerta de
la casa tres hombres enviados por un pagano, el capitán Cornelio, para pedirle
que vaya a visitarlo. Pedro comprende entonces el sentido de la visión: no
puede considerar impuro a un pagano interesado en conocer el evangelio. Al día
siguiente se pone en camino desde Jafa a Cesarea y cuando llega a casa de
Cornelio tiene lugar la escena que hoy leemos.
Indico algunos detalles interesantes:
1) «Está claro que Dios no hace
distinciones»; para él lo importante no es la raza sino la conducta del que lo
respeta y practica la justicia.
2) La venida del Espíritu Santo sobre este
grupo de paganos produce los mismos frutos que en los apóstoles el día de
Pentecostés: hablan lenguas extrañas y proclaman la grandeza de Dios.
3) El Espíritu Santo viene sobre ellos
antes de recibir el bautismo. No se puede decir de forma más clara que «el
Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere».
La conducta de Pedro provocó gran
escándalo en los sectores más conservadores de la comunidad de Jerusalén y
debió subir a la capital a justificar su conducta. Pero este episodio deja
claro que, para Dios, los paganos no son seres impuros. Él ama a todos los
hombres sin distinción. Con ello se justifica el apostolado posterior entre los
paganos.
Un Padre que da su Hijo a los pecadores
(2ª lectura)
La carta de Juan justifica el mandato de
amarnos mutuamente diciendo que «Dios es amor» y cómo nos lo ha demostrado.
Cuando yo era niño, el catecismo de
Ripalda, a la pregunta de quién es Dios nos enseñaba a responder: «Un señor
infinitamente bueno, sabio y poderoso, principio y fin de todas las cosas». El
autor de la carta no necesita tantas palabras. Se limita a decir: «Dios es
amor». Y ese amor lo manifiesta enviando a su hijo «como víctima de
propiciación por nuestros pecados».
La «víctima de propiciación» era el animal
que se ofrecía para impetrar el perdón. El Día de la Expiación (yom kippur),
el Sumo Sacerdote ofrecía un macho cabrío por los pecados del pueblo. En otras
ocasiones se ofrecían cabras y novillos con el mismo fin. Pero esas víctimas
carecían de valor definitivo. La humanidad se encontraba en una especie de
círculo cerrado del que no podía escapar. Entonces Dios nos proporciona la
única víctima decisiva: su propio hijo.
Y esto lo hace cuando todavía éramos
pecadores. No espera a que nos convirtamos y seamos buenos para enviarnos a su
Hijo. Si la primera lectura decía que Dios no hace distinción entre judíos y
paganos, la segunda dice que no hace distinción entre santos y pecadores.
En vez de amar a Dios, amar a los hermanos
(evangelio)
En la segunda lectura el protagonismo ha
sido de Dios. En el evangelio, el protagonista principal es Jesús, que
demuestra su amor hasta el punto de dar la vida por nosotros, llamarnos amigos
suyos, elegirnos y enviarnos. (¡Cuánta gente desearía poder decir que es amigo
o amiga de un personaje famoso, que ha sido elegido por él para llevar a cabo
una misión!).
Lo que Jesús exige a cambio de esta amistad
es muy curioso. Cuando era estudiante en el Pontificio Instituto Bíblico le
escuché este comentario al P. Lyonnet: «Fijaos en lo que dice la 1ª carta de
Juan: “Si tanto nos ha amado Dios…” Nosotros habríamos añadido: “también
nosotros debemos amar a Dios”. Sin embargo, lo que dice Juan es: “Si tanto nos
ha amado Dios, debemos amarnos unos a otros”».
Algo parecido ocurre en el evangelio de
hoy. «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.»
Jesús podría haber dicho: «Amadme como yo os he amado». Pero no piensa en él,
piensa en nosotros. Es fácil engañarse diciendo o pensando que amamos a Jesús,
porque no puede demostrarse ni negarse. Lo difícil es amar al prójimo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario