"Ventana abierta"
Mensaje para 51 JMOV
Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones.
Vocaciones, testimonio de verdad
Queridos hermanos y hermanas:
1. El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al
ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y
abandonadas “como ovejas que no tienen pastor”. Entonces dice a sus discípulos:
“La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de
la mies que mande trabajadores a su mies”» (Mt 9,35-38). Estas
palabras nos sorprenden, porque todos sabemos que primero es necesario arar,
sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies
abundante. Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante». ¿Pero quién ha
trabajado para que el resultado fuese así? La respuesta es una sola: Dios.
Evidentemente el campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros. Y
la acción eficaz que es causa del «mucho fruto» es la gracia de Dios, la
comunión con él (cf. Jn 15,5). Por tanto, la oración que Jesús
pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes
están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores
de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la
Iglesia. Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué
punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la
gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de
Corinto: «Vosotros sois campo de Dios» (1 Co 3,9). Así, primero
nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios
puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último,
la adoración por la obra que él ha hecho y que requiere nuestro libre
compromiso de actuar con él y por él.
2. Muchas veces hemos rezado con las palabras del salmista: «Él nos hizo y
somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 100,3); o
también: «El Señor se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya» (Sal 135,4).
Pues bien, nosotros somos «propiedad» de Dios no en el sentido de la posesión
que hace esclavos, sino de un vínculo fuerte que nos une a Dios y entre
nosotros, según un pacto de alianza que permanece eternamente «porque su amor
es para siempre» (cf. Sal 136). En el relato de la vocación
del profeta Jeremías, por ejemplo, Dios recuerda que él vela continuamente
sobre cada uno para que se cumpla su Palabra en nosotros. La imagen elegida es
la rama de almendro, el primero en florecer, anunciando el renacer de la vida
en primavera (cf. Jr 1,11-12). Todo procede de él y es don
suyo: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, pero —asegura el
Apóstol— «vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co 3,23). He
aquí explicado el modo de pertenecer a Dios: a través de la relación única y
personal con Jesús, que nos confirió el Bautismo desde el inicio de nuestro
nacimiento a la vida nueva. Es Cristo, por lo tanto, quien continuamente nos
interpela con su Palabra para que confiemos en él, amándole «con todo el
corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser» (Mc 12,33).
Por eso, toda vocación, no obstante la pluralidad de los caminos, requiere
siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en
su Evangelio. Tanto en la vida conyugal, como en las formas de consagración
religiosa y en la vida sacerdotal, es necesario superar los modos de pensar y
de actuar no concordes con la voluntad de Dios. Es un «éxodo que nos conduce a
un camino de adoración al Señor y de servicio a él en los hermanos y
hermanas» (Discurso a la Unión internacional de superioras generales, 8
de mayo de 2013). Por eso, todos estamos llamados a adorar a Cristo en nuestro
corazón (cf. 1 P 3,15) para dejarnos alcanzar por el impulso
de la gracia que anida en la semilla de la Palabra, que debe crecer en nosotros
y transformarse en servicio concreto al prójimo. No debemos tener miedo: Dios
sigue con pasión y maestría la obra fruto de sus manos en cada etapa de la
vida. Jamás nos abandona. Le interesa que se cumpla su proyecto en nosotros,
pero quiere conseguirlo con nuestro asentimiento y nuestra colaboración.
3. También hoy Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida
ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de
nuestros males y enfermedades. Me dirijo ahora a aquellos que están bien
dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la
Iglesia, para comprender cuál es la propia vocación. Os invito a escuchar y
seguir a Jesús, a dejaros transformar interiormente por sus palabras que «son
espíritu y vida» (Jn 6,63). María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite
también a nosotros: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Os hará
bien participar con confianza en un camino comunitario que sepa despertar en
vosotros y en torno a vosotros las mejores energías. La vocación es un fruto
que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio
mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por
sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en
la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno. ¿Acaso no
dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos
a otros» (Jn 13,35)?
4. Queridos hermanos y hermanas, vivir este «“alto grado” de la vida
cristiana ordinaria» (cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31), significa algunas veces ir a contracorriente, y comporta también
encontrarse con obstáculos, fuera y dentro de nosotros. Jesús mismo nos
advierte: La buena semilla de la Palabra de Dios a menudo es robada por el
Maligno, bloqueada por las tribulaciones, ahogada por preocupaciones y
seducciones mundanas (cf. Mt 13,19-22). Todas estas dificultades
podrían desalentarnos, replegándonos por sendas aparentemente más cómodas. Pero
la verdadera alegría de los llamados consiste en creer y experimentar que él,
el Señor, es fiel, y con él podemos caminar, ser discípulos y testigos del amor
de Dios, abrir el corazón a grandes ideales, a cosas grandes. «Los cristianos
no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Id siempre más allá, hacia
las cosas grandes. Poned en juego vuestra vida por los grandes ideales» (Homilía en la misa para los confirmandos, 28 de abril de 2013). A vosotros obispos, sacerdotes, religiosos,
comunidades y familias cristianas os pido que orientéis la pastoral vocacional
en esta dirección, acompañando a los jóvenes por itinerarios de santidad que,
al ser personales, «exigen una auténtica pedagogía de la santidad,
capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe integrar
las riquezas de la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de
ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las
asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia» (Juan Pablo II, Carta
ap. Novo millennio ineunte, 31)
Dispongamos por
tanto nuestro corazón a ser «terreno bueno» para escuchar, acoger y vivir la
Palabra y dar así fruto. Cuanto más nos unamos a Jesús con la oración, la
Sagrada Escritura, la Eucaristía, los Sacramentos celebrados y vividos en la
Iglesia, con la fraternidad vivida, tanto más crecerá en nosotros la alegría de
colaborar con Dios al servicio del Reino de misericordia y de verdad, de
justicia y de paz. Y la cosecha será abundante y en la medida de la gracia que
sabremos acoger con docilidad en nosotros. Con este deseo, y pidiéndoos que
recéis por mí, imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.
Francisco.
Vaticano, 15 de Enero de 2014