"Ventana abierta"
El recuerdo de la madre siempre es tranquilizador, pero cuando esta Madre es María, la paz inunda nuestra alma, la sonrisa aflora a nuestros labios, la alegría penetra a nuestra vida. Piensa, pues, con frecuencia en María, tenla presente en todos los momentos de tu vida, invócala sobre todo en los tramos más difíciles y comprometidos.
SI VAS CON ELLA, NO PERDERÁS EL RUMBO
ÁNGELUS
LOS CINCO MINUTOS DE MARÍA
Todas las virtudes
son fuente de belleza en la Madre de Dios pero la raíz principal de su belleza
era su virginidad.
La virginidad sobrehumana, angelical, de la Madre de Dios
daba la impresión de una belleza no conocida y la virginidad interior florecía
en ella con inigualable modestia y suavidad.
La gracia divina, fuente de la belleza sobrenatural, la tuvo María en un grado tal, como no lo ha tenido criatura alguna.
VIRGEN QUE CREÍSTE EN LA PALABRA DE DIOS, QUE NO SOLAMENTE CONOZCA LA PALABRA DEL SEÑOR, SINO QUE LA ACEPTE DE CORAZÓN.
Padre Nuestro. . .
Ave María. . .
Gloria. . .
La Sangre Preciosísima de Jesucristo fortifica
nuestra esperanza
I. Mientras vivimos en este destierro y en este
valle de lágrimas, nuestra alma está como en medio de un mar borrascoso, dice
San Bernardo; a cada instante corre riesgo de naufragar asaltada incesantemente
de mil tentaciones, por las cuales el demonio pretende ganarla y precipitarla
en el abismo de la desesperación; unas veces por el recuerdo de las faltas pasadas,
otras por el terror del juicio, otras, en fin, por la debilidad y enfermedad
que todos experimentamos, nuestro enemigo común trata de arrastrarnos a la
prevaricación. Más ¿cuál será el medio más eficaz para no naufragar en medio de
las olas y de todas estas tempestades? ¿Cómo la esperanza se mantendrá en
nuestro corazón? ¿Cómo vivificarla diariamente? ¿Cómo fortificarla? ¡Ah!
vosotros lo sabéis, almas piadosas; mirando a Jesús en quien descansan todas
nuestras esperanzas, como dice San Pablo. Mirar frecuentemente, con profundos
sentimientos de devoción, la Sangre Preciosísima de Jesús, ved ahí el medio más
apreciable y el más eficaz. Ofrecer continuamente al Padre Eterno esa Sangre
divina, participar con frecuencia de los Sacramentos, invocarla en las tentaciones,
oponerla como un escudo inexpugnable a todos los asaltos infernales, y de este
modo marchar con paso seguro por los caminos del Señor, con la viva confianza
de que Quien nos ha dado su Sangre nos dará la fortaleza para no caer. Sigamos,
nos dice el Apóstol, “la carrera que se nos ha propuesto, fijos los ojos en
Jesús, autor y consumador de nuestra fe”. “Jesús según las palabras del mismo
Apóstol, nos ha rescatado con su propia sangre, a fin de comparecer en nuestro
lugar en la presencia de Dios.” En el Cielo esta hostia inmaculada, el más
agradable de los sacrificios, no cesa de ser ofrecida al Padre Eterno.
Contemplemos, pues, esas llagas y la Sangre de que están inundadas; y dilatado
el corazón por esa Sangre vivificante, caminaremos con rapidez en los caminos
del Señor.
II. El alma que considera sus defectos y sus
continuas imperfecciones podría caer algunas veces en el desaliento, si sus
miradas, no se volviesen hacia el Cordero inmaculado. Más no será así, si tal
es el objeto de sus pensamientos y miradas. No pequéis, hijos míos, decía San
Juan a sus discípulos; más si alguna vez caéis en pecado, no os desaniméis, no
perdáis la confianza del corazón, porque tenemos cerca del Trono del Padre un
poderoso abogado, constante en implorar para nosotros la misericordia y que
hace hablar la voz de su Sangre inocente. Así, pues, si el alma, turbada por la
consideración demasiado atenta y reflexiva de sus imperfecciones se sumerge en
la Sangre Sagrada del divino Cordero que borra los pecados del mundo, sacará de
Ella una maravillosa consolación, considerará que Jesús no cesa de pedir por
nuestra curación y nuestra salud; pensará que Jesús siempre es oído y que esta
Sangre omnipotente puede remediar todos nuestros defectos. Y entonces, con una
profunda paz de corazón, pero con un grande horror de sus faltas, el alma
soportará sus propias imperfecciones, se afirmará en la virtud de la humildad,
y en virtud de esa Sangre triunfará de todas las tentaciones, como nos advierte
la seráfica Santa Teresa de Jesús, y será sanada con este remedio benéfico que
da vida y salvación.
COLOQUIO
¡Ah! Jesús mío, que me amáis tanto, ¡qué
fuerza, qué vida nueva saca de vuestro amor mi esperanza! Este amor llega hasta
ofrecer por mí a cada momento vuestra Sangre omnipotente y eficaz delante del
Trono de vuestro Eterno Padre, a fin de que no mire mis pecados, sino más bien
los méritos de esa Sangre. ¡Ah! ¿Qué haría yo, miserable, en este valle de
lágrimas, si Vos no opusieseis tan poderoso remedio a todos los males que me
rodean? Conozco mi flaqueza, veo los peligros que me rodean, tengo horror a mis
iniquidades pasadas; pero al cabo, a pesar de todo eso, me consuelo cuando
vuelvo mi corazón y mi pensamiento hacia vuestra Sangre Sagrada; ella es mi
remedio, mi fuerza y mi salud; con ella desafío a todos los enemigos de mi
salvación, diré con David: que el infierno se desencadene contra mí; que el
demonio se esfuerce en arrastrarme al abismo de la desesperación, nada temo,
porque mi espíritu y mi corazón están unidos a vuestra Sangre Preciosa; esta
Sangre Vos la habéis derramado por mí; esa Sangre Vos me la ofrecéis con tanto
amor; esa Sangre tiene el poder de salvarme. Así, pues, mi esperanza no quedará
burlada; y yo espero, sí, yo espero llegar un día a repetir en el Cielo con los
Santos que se salvaron por los méritos de esa Sangre: “Vos, Señor, nos habéis
redimido con vuestra Sangre.”
EJEMPLO
El bienaventurado Santiago de Beragna fue
sorprendido un día por una violenta tentación concerniente a su salvación
eterna, y aunque hubo practicado muchas virtudes heroicas, estaba en extremo
espantado del temor de condenarse. Un día, estando sumamente desolado y
afligido, se puso delante de una imagen de Jesús crucificado, y advirtió que de
su sagrado costado salían abundantes gotas de sangre, y al mismo tiempo escuchó
la dulce voz de Jesús que le decía: sanguis iste sit in signum tuae salutis:
«esta Sangre sea la señal de su salvación.» A esta vista y a estas palabras
todo el terror se disipó, sintió en su corazón un indecible consuelo, y
continuó caminando con más fervor que nunca por el sendero de la virtud que le
condujo a una encumbrada perfección.
JACULATORIA
Padre Eterno os ofrezco la Sangre de Jesucristo
en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra Iglesia.
INDULGENCIA
El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.
Textos tomados del Libro "Los cinco minutos de María" del Padre Alfonso Milagro.





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