"Ventana abierta"
El recuerdo de la madre siempre es tranquilizador, pero cuando esta Madre es María, la paz inunda nuestra alma, la sonrisa aflora a nuestros labios, la alegría penetra a nuestra vida. Piensa, pues, con frecuencia en María, tenla presente en todos los momentos de tu vida, invócala sobre todo en los tramos más difíciles y comprometidos.
SI VAS CON ELLA, NO PERDERÁS EL RUMBO
ÁNGELUS
LOS CINCO MINUTOS DE MARÍA
Al corazón de María se le suele representar en llamas.
Este símbolo representa y nos recuerda el amor divino en el que se vio envuelto su maternal corazón, y el amor a los hombres que tanto nos hace sentir.
En realidad es imposible llegar a comprender lo inmenso del amor de La Virgen a Dios; solamente ella pudo amarlo tanto, pues solamente ella pudo amarlo con amor de Madre, de hija predilecta y de esposa fidelísima.
El amor hace semejantes a los que se aman; ama a Dios, amalo intensamente y Él irá acercándose a ti, santificándote, elevándote, purificándote de todas tus miserias de tu naturaleza humana.
MADRE, ENSÉÑANOS Y AYÚDANOS A SER FIELES DISPENSADORES DE LOS GRANDES MISTERIOS DE DIOS.
Padre Nuestro. . .
Ave María. . .
Gloria. . .
VIERNES SANTO
Hoy muere. Al amanecer del viernes, le juzgan. Tiene sueño, frío, le han dado golpes. Deciden condenarle y lo llevan a Pilatos. Judas, desesperado, no supo volver con la Virgen y pedir perdón, y se ahorcó. Los judíos prefirieron a Barrabás. Pilatos se lava las manos y manda crucificar a Jesús. Antes, ordenó que le azotaran. La Virgen está delante mientras le abren la piel a pedazos con el látigo. Después, le colocan una corona de espinas y se burlan de Él. Jesús recorre Jerusalén con la Cruz. Al subir al Calvado se encuentra con su Madre. Simón le ayuda a llevar la Cruz. Alrededor de las doce del mediodía, le crucificaron. Nos dio a su Madre como Madre nuestra y hacia las tres se murió y entregó el espíritu al Padre. Para certificar la muerte, le traspasaron con una lanza. Por la noche, entre José de Arimatea y Nicodemo le desclavan, y dejan el Cuerpo en manos de su Madre. Son cerca de las siete cuando le entierran en el sepulcro.
¡Dame, Señor dolor de amor! Ojalá lleves en el bolsillo un crucifijo y lo beses con frecuencia.
CON MARÍA... EL VIERNES SANTO
"¿A dónde vas, hijo? ¿Por qué recorres tan
rápidamente el camino de tu vida?
Nunca habría pensado, hijo mío, que te vería en
este estado,
y nunca habría podido imaginar que llegarían a
este grado de locura los impíos,
poniéndote las manos encima contra toda
justicia".
¿Se celebran tal vez otras bodas en Caná, y
ahora te apresuras, donde cambiaste el agua en vino? ¿Puedo acompañarte, Hijo?
¿O mejor, esperarte? Dime una palabra, Verbo, no pasar frente a mí en silencio,
¡tú que me has conservado pura, Hijo y Dios mío! Pensé que jamás te vería
reducido en este estado, Hijo, ni jamás creería que los impíos se hubiesen
dejado llevar con tanta ferocidad, que te habrían puesto las manos en ti
injustamente.
En efecto, sus pequeños siguen gritando:
¡Hosanna al hijo de David! Bendito el que viene en el
nombre del Señor!, y el camino está todavía
llena de palmas, atestiguan a todos las aclamaciones
que los impíos te dirigían entonces.
¿Y ahora, cual es motivo de tanto mal? Yo
quiero saber porque mi luz se apaga, y ¡porque se clava
a una cruz el Hijo y Dios mío! Caminas, Hijo
mío, hacia una injusta muerte, y nadie se duele
contigo. No te acompaña Pedro, que también te
decía: Aunque tuviera que morir contigo, no te
negaría; te ha abandonado aquel Tomás, que
exclamaba: ¡Vamos también nosotros a morir con él!,
y así los demás, familiares e hijos, destinados
a juzgar las doce tribus de Israel. ¿Dónde están, en
esta hora? ¡De todos, nadie! Tu solamente
mueres por todos, Hijo mío, tú solo. ¿Es ésta la merced
tuya por haber salvado a todos, por haber amado
a todos, Hijo y Dios mío.
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"¿Por qué lloras, Madre mía? ¿Por qué te
dejas llevar por tanta locura junto con las demás
mujeres? ¿Qué yo no pueda soportar el
sufrimiento, que no pueda encontrar la muerte? (...). ¿No
debería padecer? ¿No debería morir? Entonces,
¿cómo podría salvar a Adán?". ¿Qué yo no pueda
vivir en un sepulcro? ¿Pero ahora podré traer a
la vida los que están en el Hades? Es verdad, tu lo
sabes también, he sido crucificado
injustamente. Pero ¿por qué lloras, Madre? Grita más bien así:
«De su voluntad sufre el Hijo y Dios mío».
"Depón, por tanto, Madre; depón tu dolor: no está bien
que gimas, pues fuiste llamada «llena de
gracia». No abandonar un semejante título a los gemidos.
No te hagas semejante a las mujeres sin
inteligencia, Virgen sapientísima.
Tú estás al centro de la sala de mis bodas, no
asumir la actitud de quien se quedó afuera, el alma mustia. Llama aquellos que
están en la sala: ellos son siervos tuyos. Llegará cada uno, temblando, y te
escuchará, oh Santa, cuando dirás: «¿Dónde está el Hijo y Dios mío?». No hagas
parecer amargo el día de la pasión, porque en ellos yo, el Suave, he bajado del
cielo como el maná: no como una vez en el Monte Sinaí, sino en tu seno.
Dentro de ello he sido coagulado, como David
profetizaba: el «monte coagulado», compréndelo, oh
Santa, soy yo, el Verbo que en ti se ha hecho
carne. En esta carne yo sufro, en ella, también, yo
obro la salvación. No llores pues, Madre, grita
más bien así: «De su voluntad soporta la pasión el
Hijo y Dios mío». (…) Todavía un poco de
paciencia, Madre, y verás cómo me desnudaré, y como
un médico llegaré a donde ellos yacen e
inspeccionaré sus heridas, cortando con la lanza las
tumefacciones y las durezas. Tomaré también el
vinagre, y lo versaré en las llagas para cicatrizarlas;
y después de haber explorado el absceso
haciendo sonda con los clavos, haré de mi túnica una
venda. De la Cruz haré la bolsa del médico, me
serviré, Madre, para que tú puedas cantar,
convencida: «¡Con el sufrir, destruye el sufrir, el Hijo y Dios mío!»
Al amanecer del
tercer día, una vez pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y
Salomé se pusieron en camino hacia el sepulcro de Jesús. El amor las impulsaba
a prestar los últimos servicios al cuerpo muerto del Señor, que no habían
podido llevar a cabo en la tarde del viernes. Mientras caminaban, se
preguntaban unas a otras: ¿quién nos removerá la piedra de la entrada al
sepulcro? (Mc 16, 3). Era, en efecto, una especie de rueda de molino que varios
hombres habían colocado para cerrar la sepultura
Llama la atención que los evangelios no mencionen a la Santísima Virgen. Tras haber anotado su presencia al pie de la Cruz, la figura de Nuestra Señora no vuelve a aparecer hasta después de la Ascensión, cuando San Lucas, al principio del libro de los Hechos de los Apóstoles, señala que María se encontraba en el Cenáculo de Jerusalén, con los Apóstoles, las otras mujeres que habían seguido al Señor desde Galilea y varios de sus parientes (cfr. Hch 1, 12-14).
Este silencio es muy elocuente. María, al contrario de todos los demás, creía firmemente en la palabra de su Hijo, que había predicho su resurrección de entre los muertos al tercer día. Por eso, desde la más remota antigüedad, los cristianos han pensado que pasó en vela la noche del sábado al domingo, esperando el momento en que Jesús cumpliría su promesa. Podemos pensar que, con la ayuda de Juan —que no se separaba de Ella desde que la había recibido por madre al pie de la cruz—, dedicó las horas anteriores a reunir a los discípulos del Maestro, tratando de fortalecerlos en la fe y en la esperanza, sobre todo a los que habían sido cobardes en aquellos momentos dolorosos.
Mientras despuntaba
el alba del nuevo día —que pronto comenzaría a llamarse dies dominica, día del
Señor—, la Virgen se metía más y más en la oración. La fe y la esperanza de la
Iglesia naciente estaban concentradas en Ella. Y es sentir común que la primera
aparición del Señor resucitado fue para su Madre: no para que creyera, sino
como premio de su fidelidad y consuelo en su dolor. Después, con el pasar de
las horas, la noticia corrió de boca en boca: primero entre los discípulos, a
quienes se lo comunicaron las mujeres que habían ido al sepulcro; y luego a
círculos cada vez más amplios.
Sin embargo, en Jerusalén los ánimos estaban todavía revueltos; la crucifixión de Cristo no había aplacado los odios de los príncipes de los sacerdotes y de los ancianos. Sobre los Apóstoles pendía un serio peligro: el de ser acusados de robo y ocultamiento del cadáver. Quizá por esta razón, los ángeles recordaron a las mujeres —para que lo comunicaran a los discípulos— lo que Jesús mismo les había dicho antes de la pasión: que se marcharan a Galilea (cfr. Lc 24, .
Aquel primer domingo
estuvo lleno de idas y venidas al sepulcro vacío. Finalizó con la aparición de
Jesús a los Apóstoles en el Cenáculo, a la que seguiría otra en el mismo lugar,
una semana después (cfr. Jn 20, 19 ss). Luego debieron de emprender el viaje a
Galilea, con María entre ellos, por los senderos recorridos otras veces con Jesús
en alegre compañía.
"La Virgen, seguramente alojada en la casa de Cafarnaún
donde antes había vivido, seguía fortaleciendo a todos en la fe y en el
amor".
A la espera de las manifestaciones del Maestro, los Apóstoles volvieron a su trabajo de pesca (cfr. Jn 21, 1 ss) mientras la Virgen, seguramente alojada en la casa de Cafarnaún donde antes había vivido, seguía fortaleciendo a todos en la fe y en el amor.
Poco a poco los ánimos hostiles se aplacaron, los Apóstoles y los discípulos vieron fortalecida su fe en la resurrección: de cada encuentro con el Señor —los evangelios nos relatan sólo algunos— salían enardecidos, alegres, optimistas de cara al futuro. Hasta que, en un momento determinado, Jesús citó a los más íntimos en Jerusalén para darles las últimas enseñanzas y recomendaciones, porque la partida definitiva se acercaba.
Fue una tarde, después de consumir juntos la última comida. En la cima o en las laderas del Monte de los Olivos, con Jerusalén a sus pies, tuvieron la última reunión en familia con el Maestro. Quizá sus corazones se encogieron un poco, pensando que ya no le verían más. Pero el Señor mismo, adelantándose, les aseguró que continuaría con ellos de un modo nuevo (cfr. Mt 28, 20).
Les mandó no ausentarse de Jerusalén, sino esperar la promesa del Padre (Hch 1, 4), y luego subió a los Cielos para participar del señorío de Dios en su Humanidad Santísima. San Lucas cuenta la escena con detalle: los sacó hasta cerca de Betania y levantando sus manos los bendijo. Y mientras los bendecía, se alejó de ellos y comenzó a elevarse al cielo. Y ellos le adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría (Lc 24, 50-52). Tenían consigo a la Madre de Jesús, que era también Madre de cada uno de ellos. Y, estrechados en torno a Ella, aguardaron la llegada del Espíritu Santo prometido.
Textos tomados del Libro "Los cinco minutos de María" del Padre Alfonso Milagro.







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