"Ventana abierta"
Por eso empieza así la Cuaresma: tenemos que ir amando a Dios y olvidando -matando- el Yo. Es tiempo para recordar que mi cuerpo se convertirá en polvo; recordar que tengo que cuidar la vida de mi alma; pedir más perdón por mis pecados; prepararme para recibir la salvación y el amor de Jesús que conmemoramos en la Semana Santa.
Una reflexión para cada día de Cuaresma 2026
Padre Javier Olivares
Se trata de que hagas oración cada día. Todos los días puedes empezar el rato de oración con la "oración inicial para cada día"; después, leyendo con atención el "texto de cada día", charlas con Dios y con María; por último, terminar rezando la "oración final".
ORACIÓN INICIAL PARA CADA DÍA
Señor mío, Jesucristo, creo firmemente que estás aquí; en estos pocos minutos de oración que empiezo ahora quiero pedirte y agradecerte.
PEDIRTE la gracia de darme más cuenta de que Tú vives, me escuchas y me amas; tanto, que has querido morir libremente por mí en la cruz y renovar cada día en la Misa ese sacrificio.
Y AGRADECERTE con obras lo mucho que me amas: ¡Tuyo soy, para ti nací ! ¿Qué quieres, Señor, de mí?
Día 32º. Sábado 4º. de Cuaresma
¡Qué error compararse
con los demás! Pedro había sido un hombre muy favorecido por la vida. Había
tenido unos padres cariñosos y una niñez feliz. Su mente era despierta y
siempre sacó buenas notas. Tuvo éxito en la vida y su posición social era más
que desahogada. Se casó con una mujer guapa, excelente ama de casa y buena
madre de familia; además adoraba a Pedro a quien consideraba el mejor hombre
del mundo... En resumen: Que tuvo una existencia feliz, en una atmósfera
tranquila, libre de tensiones y de frustraciones. Su vida, pues, había sido irreprochable,
gozando de una merecida buena reputación.
La vida de Juan había sido otra cosa. Tuvo una juventud amarga, pues sus padres
se llevaban mal, discutían constantemente y amenazaban con separarse. Fuese por
sus taras emocionales, fuese porque no era demasiado inteligente, sus notas
eran casi siempre malas. Obtuvo a duras penas un título universitario casi por
condescendencia, y luego un modesto empleo, justo para malvivir. Sin
posibilidades para ahorrar, temía siempre caer enfermo o sufrir un accidente
grave. Había vivido en un barrio modestísimo, ruidoso y poco recomendable, con
casas antiguas y apiñadas. Su mujer era apática y además gruñona. Tal vez por
eso Juan bebía demasiado, perdía los nervios con frecuencia y decía palabras
malsonantes.
Ambos eran católicos y cumplían con sus deberes religiosos. Pedro iba a Misa y comulgaba a menudo; Juan, sólo los domingos, las fiestas de guardar y algunas otras fiestas señaladas. Dios se los llevó casi al mismo tiempo, y los dos comparecieron ante Él para ser juzgados. Fueron ambos al Cielo, pero el juicio les deparó sorpresas considerables. La de Pedro consistió en que no obtuvo el puesto que se esperaba. "Sí, fuiste bueno -le dijo Dios-, pero ¿cómo no ibas a serlo? Apenas tuviste contrariedades ni problemas. Tus pasiones eran por naturaleza moderadas y no tuviste en tu vida fuertes tentaciones. Has sido un hombre virtuoso, sí, pero debías haber sido un hombre santo.
Juan, por su parte, tuvo una sorpresa todavía mayor, porque pasó por delante y quedó situado más alto. Sin duda podías haber sido mejor -le dijo el Señor- pero, al menos, luchaste. No te compadeciste en exceso de ti mismo y nunca tiraste la toalla. Teniendo en cuenta tus insuficiencias y tus circunstancias, no lo hiciste mal del todo y aprovechaste muchas de mis gracias...
Tú, ¿por quién te ves representado? El Señor nos pide que seamos santos. No te
compares con el resto de la gente pues puede sucederles lo que a Juan. Jesús,
que sólo me compare contigo y que te imite en todo.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
ORACIÓN FINAL
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en la Cruz y escarnecido.
Muéveme ver tu cuerpo tan herido
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Texto del Padre José Pedro Manglano Castellary



No hay comentarios:
Publicar un comentario