"Ventana abierta"
RINCÓN PARA ORAR
YO TE LO DIGO, EXTIENDE LA MANO
1 Entró de nuevo en la sinagoga,
y había allí un hombre que tenía la mano paralizada.
2 Estaban al acecho a ver si le
curaba en sábado para poder acusarle.
3 Dice al hombre que tenía la
mano seca: «Levántate ahí en medio.»
4 Y les dice: «¿Es lícito en
sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?»
Pero ellos callaban.
5 Entonces, mirándoles con ira,
apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano.» El la
extendió y quedó restablecida su mano.
6 En cuanto salieron los
fariseos, se confabularon con los herodianos contra él para ver cómo eliminarle. (Mc.6,1-6)
Es sorprendente que Jesús, una y otra vez, vaya
a la sinagoga el sábado. Como buen judío no faltaba a la cita de encontrarse
con Dios y escuchar su Palabra, proclamada en este lugar sagrado. Y, aunque el
lugar es santo, porque en ella se da culto a Dios, no faltan también los
fariseos que están acechando sus palabras y sus obras de sanación. Y es que
Jesús no pasaba inadvertido, aunque sólo fuera con su presencia. Él es Maestro
y no puede esconder su identidad. Él tiene Palabras de vida eterna que
entusiasma y da vida a los sencillos y a los que esperaban al “Deseado de las
gentes”.
Reconocen que sus anhelos y su vislumbrar en la
espera la identidad del Mesías, concuerda perfectamente con Jesús de Nazaret. Y
los simples abandonan sus pensamientos y dejan en su Persona todas sus
añoranzas y esperanzas. Porque, en este contraste de escuchar a Jesús y comparar
sus pensamientos, saborean amargamente y felizmente que “las palabras de los
hombres son insustanciales”. Pero, las Palabras de Jesús tienen vida eterna. Y
esto lo saben por intuición y también por revelación del Espíritu Santo, que
siempre nos lleva de la mano a la Verdad y a la Vida.
Los fariseos hostigan a Jesús para “cazarlo”
con astucia y Jesús, viendo su mala voluntad, les descubre sus malos
pensamientos: “¿Hay que hacer lo bueno o lo malo el sábado? Y, mirando en torno
con ira, le dice al hombre: “extiende la mano”. Y al punto quedó restablecida”.
Y pudo muy bien añadir Jesús en este milagro: “Has quedado sano, desde ahora
que tus manos no sepan otra cosa que hacer el bien a tu alrededor”. ¡Y es que
nuestras manos a veces no son instrumentos al servicio de Dios y del hermano
necesitado!
Este Evangelio nos está provocando a mirar
detenidamente nuestras manos y ver ¿qué descubro en ellas para dar amor y vida
divina? Porque con nuestras manos bendecimos, nos santiguamos, y las elevamos
para alabar a Dios y adorarlo. Pero, ¡ah, con pena lo digo, estas mismas manos
pueden estar llenas de violencia y ser instrumento para descargar nuestra ira,
quizás no canalizada todavía por el Señor.
¡Dios y su Espíritu Santo nos protejan de estas cosas tan malas! ¡Oremos cuando veamos que nuestras manos no se dirigen a ofrecer lo mejor que tenemos, que es el Amor! ¡Dios lo hará por su bondad y misericordia! ¡Qué así sea! ¡Amén! ¡Amén!





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